El gran Gatsby·Episodio 12

Capítulo V · I

~12 min · 2425 palabras

Al regresar a West Egg aquella noche temí por un instante que mi casa estuviese ardiendo. Eran las dos de la madrugada y el rincón entero de la península resplandecía de luz, que caía con fulgor irreal sobre los arbustos y arrancaba destellos finos y alargados a los cables al borde del camino. Al doblar el recodo advertí que se trataba de la mansión de Gatsby, iluminada desde la torre hasta los sótanos.

Al principio creí que se trataba de otra fiesta, una algazara desatada que había degenerado en el juego del escondite o de las sardinas en lata con la casa entera abierta de par en par a la diversión. Pero no se escuchaba el menor ruido. Solo el viento entre los árboles, que mecía los cables y hacía que las luces parpadearan como si la morada guiñase un ojo en medio de la negrura. Conforme mi taxi se alejaba con renqueo divisé a Gatsby caminando hacia mí a través de su césped.

—Su finca parece la Exposición Universal —dije yo.

—¿Le parece? —Volvió los ojos hacia ella con aire distraído—. He estado echando un vistazo a algunas habitaciones. Vayámonos a Coney Island, viejo amigo. En mi automóvil.

—Es demasiado tarde.

—Bueno, ¿y si nos damos un chapuzón en la piscina? No la he probado en todo el verano.

—Tengo que acostarme.

—De acuerdo.

Aguardó unos instantes, mirándome con una impaciencia apenas contenida.

—Hablé con la señorita Baker —dije al cabo de una pausa—. Mañana telefonearé a Daisy para invitarla a merendar aquí.

—Ah, muy bien —repuso con fingida indiferencia—. No quisiera causarle la menor molestia.

—¿Qué día le vendría mejor?

—¿Qué día le convendría a usted? —me corrigió con presteza—. No querría ocasionarle molestias, ya comprende.

—¿Qué tal pasado mañana?

Lo meditó un segundo. Luego, con cierta vacilación: «Quisiera cortar la hierba», dijo.

Ambos bajamos la vista hacia el suelo: había una línea neta donde concluía mi césped desgreñado y comenzaba la alfombra más oscura y primorosa del suyo. Sospeché que se refería a mi hierba.

—Hay otra menudencia... —añadió con tono inseguro, y se detuvo.

—¿Prefiere aplazarlo un par de días? —inquirí.

—Oh, no se trata de eso. Al menos... —Tropezó con una serie de comienzos vacilantes—. Verá, pensé... oiga, viejo amigo, usted no gana mucho dinero, ¿verdad?

—La verdad es que no mucho.

Aquello pareció serenarlo y prosiguió con mayor soltura.

—Imaginé que sería así, si perdona mi franqueza. Verá, llevo entre manos un asuntillo complementario, una suerte de negocio accesorio, ya me entiende. Y pensé que si usted no anda muy boyante... Usted vende bonos, ¿verdad, viejo amigo?

—Lo intento.

—Pues esto le interesaría bastante. No le robaría gran tiempo y podría sacarse un buen pellizco de dinero. Resulta un asunto sumamente confidencial.

Comprendo ahora que en otras circunstancias aquella plática bien pudo constituir una de las encrucijadas decisivas de mi vida. Pero, por cuanto el ofrecimiento era palmaria y torpemente la paga por un servicio que iba a prestarle, no me quedó más remedio que cortarlo en seco.

—Tengo las manos atadas de trabajo —le atajé—. Se lo agradezco de veras, pero no puedo abarcar más compromisos.

—No tendría que tratar en absoluto con Wolfshiem. —Por lo visto creía que yo recelaba de la «colocación» sugerida durante el almuerzo, mas le aseguré que erraba el tiro. Esperó un instante más, anhelando que yo reanudase el diálogo, pero me hallaba demasiado abstraído para mostrarme comunicativo, de modo que se marchó a casa a regañadientes.

La velada me había dejado ligero de cascos y feliz; creo que me sumí en un sueño profundo nada más cruzar el dintel de mi puerta. Ignoro, por tanto, si Gatsby marchó a Coney Island o durante cuántas horas estuvo «asomándose a las habitaciones» mientras su mansión ardía en un derroche chillón de luz. A la mañana siguiente telefoneé a Daisy desde el despacho y la invité a tomar el té.

—No te traigas a Tom —le advertí.

—¿Cómo?

—Que no traigas a Tom.

—¿Quién es ese «Tom»? —preguntó con candor.

El día señalado amaneció diluviando. A las once en punto un individuo con impermeable, arrastrando una segadora, golpeó a mi puerta y dijo que el señor Gatsby lo enviaba a cortarme el césped. Aquello me recordó que había olvidado decirle a mi criada finlandesa que regresara, de suerte que conduje hasta el pueblo de West Egg para buscarla por callejuelas empapadas y blanqueadas a la cal, y adquirir algunas tazas, limones y flores.

Las flores resultaron innecesarias, pues a las dos de la tarde arribó un invernadero completo remitido desde la mansión de Gatsby, provisto de incontables recipientes para alojarlo. Una hora más tarde la puerta principal se abrió con sobresalto y Gatsby, ataviado con un traje de franela blanca, camisa plateada y corbata dorada, entró precipitadamente. Estaba lívido y unas ojeras oscuras delataban su falta de sueño.

—¿Está todo en orden? —preguntó de inmediato.

—El césped luce de maravilla, si a eso se refiere.

—¿Qué césped? —inquirió desorientado—. Ah, la hierba del corral. —Se asomó a la ventana para mirarla, pero a juzgar por su semblante dudo de que alcanzara a ver nada.

—Tiene muy buen aspecto —observó con vaguedad—. Uno de los periódicos decía que la lluvia amainaría hacia las cuatro. Creo que fue el Journal. ¿Tiene todo lo necesario para... para el té?

Lo conduje a la alacena, donde contempló con cierto reproche a la asistenta finlandesa. Juntos pasamos revista a los doce pastelillos de limón comprados en la tienda de ultramarinos.

—¿Bastarán? —pregunté.

—¡Desde luego, claro que sí! ¡Son magníficos! —y añadió con voz hueca—: ... viejo amigo.

Hacia las tres y media el aguacero se tornó en una neblina húmeda a través de la cual flotaban gotas tenues a modo de rocío. Gatsby ojeaba con mirada ausente un ejemplar de Economía de Clay, sobresaltándose ante los pasos pesados de la finlandesa que hacían retumbar el suelo de la cocina, y asomándose de tanto en tanto a los cristales empañados cual si una serie de alarmantes sucesos invisibles estuviese cobrando cuerpo en el exterior. Al fin se levantó y me comunicó, con voz temblorosa, que se marchaba a casa.

—¿Y eso por qué?

—Nadie va a venir a tomar el té. ¡Ya es tardísimo! —Consultó su reloj como si sus compromisos apremiaran en otra parte—. No puedo aguardar aquí toda la tarde.

—No digas tonterías; faltan todavía dos minutos para las cuatro.

Tomó asiento compungido, como si yo le hubiese empujado, y simultáneamente se escuchó el rugido de un motor enfilando mi sendero. Ambos dimos un respingo y, un tanto sobrecogido yo también, salí al patio delantero.

Bajo las lilas desnudas y goteantes un gran automóvil descapotable ascendía por la vereda. Se detuvo. El rostro de Daisy, ladeado bajo una pamela lila de tres picos, me contempló con una sonrisa radiante y extasiada.

—¿Es aquí de verdad donde vives, amor mío?

La ondulación embriagadora de su voz resultaba un tónico silvestre bajo la lluvia. Hube de seguir su melodía un instante, en sus ascensos y descensos, con el oído en vilo antes de que las palabras cobraran sentido. Un mechón húmedo de pelo le cruzaba la mejilla como un trazo de pintura azul, y su mano estaba bañada por gotas relucientes cuando la así para ayudarla a descender del coche.

—¿Estás enamorado de mí —me susurró al oído—, o por qué tenía que venir sola?

—Ese es el misterio del castillo de Rackrent. Dile a tu chófer que se marche lejos y haga hora por ahí.

—Vuelve dentro de una hora, Ferdie. —Y luego en un murmullo solemne—: Se llama Ferdie.

—¿La gasolina le afecta a la nariz?

—Creo que no —repuso con candor—. ¿Por qué?

Entramos en la casa. Para mi infinito pasmo, la sala de estar se hallaba desierta.

—Vaya, qué raro —exclamé.

—¿Qué es raro?

Volvió la cabeza al escucharse unos golpecitos suaves y discretos en la puerta principal. Salí a abrir. Gatsby, pálido como un muerto y con las manos embutidas como pesas en los bolsillos de la chaqueta, permanecía de pie en medio de un charco de agua clavando una mirada trágica en mis ojos.

Con las manos todavía en los bolsillos cruzó junto a mí hacia el recibidor, giró bruscamente como si pendiera de un alambre y desapareció en la sala de estar. Aquello no tenía maldita la gracia. Consciente de los latidos desbocados de mi corazón, entorné la puerta frente a la lluvia que arreciaba.

Durante medio minuto no se escuchó el menor rumor. Luego llegó de la sala una suerte de murmullo ahogado y el amago de una risa, seguido por la voz de Daisy entonando una nota clara y forzada:

—Me alegro de verdad una barbaridad de volver a verte.

Siguió una pausa; se prolongó de un modo espantoso. No tenía nada que hacer en el vestíbulo, de modo que pasé a la habitación.

Gatsby, aún con las manos en los bolsillos, se recostaba contra la repisa de la chimenea en una forzada parodia de absoluta displicencia, rayana incluso en el hastío. Echaba la cabeza tan atrás que descansaba contra la esfera de un reloj descompuesto, y desde aquella postura sus ojos extraviados contemplaban a Daisy, que permanecía sentada, asustada pero llena de donaire, al borde de una silla tiesa.

—Ya nos conocíamos —masculló Gatsby. Sus ojos me miraron fugazmente y sus labios se abrieron en un amago frustrado de risa. Por fortuna el reloj aprovechó aquel instante para tambalearse peligrosamente ante la presión de su nuca, ante lo cual él se revolvió y lo atajó con dedos temblorosos, devolviéndolo a su sitio. Luego tomó asiento con rigidez, el codo apoyado en el brazo del sofá y la barbilla en la mano.

—Siento lo del reloj —dijo.

Mi propio rostro ardía ya en un bochorno tropical. No lograba hilvanar un solo lugar común de entre los mil que me bullían en la cabeza.

—Es un reloj muy viejo —solté con estupidez.

Creo que todos temimos por un segundo que se hubiera hecho añicos contra el suelo.

—Hace muchos años que no nos veíamos —dijo Daisy con el tono más natural que pudo impostar.

—Cinco años el próximo mes de noviembre.

La precisión mecánica de la respuesta de Gatsby nos dejó anonadados al menos otro minuto. Estaba a punto de ponerlos a ambos en pie con la desesperada propuesta de que me ayudaran a preparar el té en la cocina cuando la endiablada finlandesa asomó trayéndolo en una bandeja.

En medio de la bienvenida confusión de tazas y pastelillos se restableció cierto decoro elemental. Gatsby se refugió en la penumbra y, mientras Daisy y yo conversábamos, nos miraba alternativamente con ojos tensos y desdichados. No obstante, como la calma aparente no conducía a nada, busqué un pretexto a la primera ocasión y me puse en pie.

—¿Adónde va? —inquirió Gatsby con alarma inmediata.

—Vuelvo enseguida.

—Tengo que hablar con usted antes de que se marche.

Me siguió desalado a la cocina, cerró la puerta y susurró con amargura: «¡Dios mío!».

—¿Qué ocurre?

—Esto es una equivocación espantosa —dijo, sacudiendo la cabeza a ambos lados—; una equivocación tremenda, tremenda.

—Solo estás azorado, eso es todo —y por fortuna añadí—: Daisy también está cohibida.

—¿Ella cohibida? —repitió incrédulo.

—Tanto como tú.

—No hable tan alto.

—Te estás comportando como un chiquillo —le espeté con impaciencia—. Y no solo eso: estás siendo un grosero. Daisy está ahí sola.

Alzó la mano para frenar mis palabras, me lanzó una mirada de inolvidable reproche y, abriendo la puerta con cautela, regresó a la otra estancia.

Salí por la puerta trasera —tal como Gatsby había hecho al rodear la casa desasosegado media hora antes— y eché a correr hacia un enorme árbol nudoso cuyas hojas apretadas formaban un tejadillo contra la lluvia. Diluviaba de nuevo, y mi césped desigual, pulcramente afeitado por el jardinero de Gatsby, rebosaba de charcos cenagosos y marismas prehistóricas. No había nada que contemplar bajo el árbol salvo la mole colosal de la mansión vecina, de modo que me quedé mirándola fijamente, como Kant al campanario de su iglesia, durante media hora. Un cervecero la había levantado en pleno furor por las residencias de estilo una década atrás, y corría la leyenda de que había ofrecido pagar cinco años de contribuciones a todas las cabañas vecinas si los dueños techaban sus chozas con paja. Acaso su negativa desarmó su empeño de Fundar una Estirpe: entró en un declive inmediato. Sus herederos vendieron la finca con el crespón negro todavía clavado en la verja. Los norteamericanos, si bien propensos e incluso deseosos de ser siervos, siempre se han obstinado en rechazar la condición de plebe campesina.

Al cabo de media hora volvió a brillar el sol, y el furgón del tendero dobló el camino de Gatsby con las provisiones para la cena de los criados; estaba seguro de que él no probaría bocado. Una sirvienta empezó a abrir los ventanales superiores de la casa, asomándose unos instantes a cada uno y, apoyada en el mirador central, escupió meditabunda al jardín. Era hora de volver. Mientras duró el aguacero me pareció oír el rumor de sus voces, alzándose y cobrando fuerza a intervalos con ráfagas de emoción. Pero en la nueva calma sentí que el silencio se había adueñado también del interior de la casa.

Entré —haciendo todo el estrépito imaginable en la cocina, salvo volcar el hornillo—, pero dudo que oyeran el menor chasquido. Se hallaban sentados en sendos extremos del sofá, mirándose como si acabaran de formularse alguna pregunta trascendental o esta flotase en el ambiente, y todo rastro de azoramiento se había disipado. Daisy tenía el rostro bañado en lágrimas, y al verme entrar se puso en pie de un salto y empezó a secárselo ante el espejo con su pañuelo. Pero la metamorfosis en Gatsby resultaba desconcertante: resplandecía literalmente; sin mediar palabra ni gesto desmedido de júbilo, un renovado bienestar manaba de su figura e inundaba la salita.

—¡Hola, viejo amigo! —dijo, como si no me hubiese visto en años. Temí por un instante que fuera a estrecharme la mano.

—Ha dejado de llover.

—¿Ha parado? —Al comprender a qué me refería, al ver que campanas de luz solar jugueteaban en la estancia, sonrió como un hombre del tiempo, como un dichoso devoto de la claridad recobrada, y le transmitió la nueva a Daisy—: ¿Qué te parece? Ha dejado de llover.

—Cuánto me alegro, Jay. —Su voz, henchida de una belleza doliente y quebrada, solo expresaba su inesperada alegría.

—Quiero que Daisy y usted vengan a mi casa —dijo él—; me encantaría enseñársela.

Fin del Episodio 12 · de 24

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