Capítulo IV · III
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Un día de octubre de mil novecientos diecisiete...
(decía Jordan Baker aquella tarde, sentada muy erguida en una silla de respaldo recto en la terraza del hotel Plaza)
—... iba yo paseando de un sitio a otro, mitad por la acera y mitad por los jardines. Iba más contenta por el césped porque llevaba zapatos ingleses con tacos de goma en las suelas que se clavaban en la tierra mullida. Llevaba también una falda escocesa nueva que ondeaba un poco con el viento, y cada vez que se levantaba los estandartes rojos, blancos y azules ante las casas se ponían tiesos y decían chas-chas-chas-chas, en señal de censura.
La bandera más grande y el jardín más extenso pertenecían a la casa de Daisy Fay. Apenas tenía dieciocho años, dos más que yo, y era con mucho la muchacha más cortejada de todo Louisville. Vestía de blanco, conducía un descapotable blanco y el teléfono no paraba de sonar en su casa con jóvenes oficiales de Camp Taylor implorando el privilegio de monopolizarla esa noche. «¡Aunque solo sea una hora!».
Cuando pasé ante su cancela aquella mañana su descapotable blanco estaba junto al bordillo y ella permanecía sentada dentro junto a un teniente a quien yo no había visto jamás. Estaban tan embebidos el uno en el otro que ella no reparó en mí hasta que me hallé a cinco pasos de distancia.
—¡Hola, Jordan! —me llamó de improviso—. Acércate, por favor.
Me sentí muy halagada de que quisiera hablarme, pues de todas las mayores era a quien más admiraba. Me preguntó si iba a la Cruz Roja a preparar vendajes. Le dije que sí. Bueno, entonces ¿podría decirles que ella no podía acudir hoy? El oficial miraba a Daisy mientras ella hablaba, de esa manera en que toda muchacha anhela ser mirada alguna vez en su vida; y porque me pareció sumamente romántico he recordado la escena desde entonces. Se llamaba Jay Gatsby, y no volví a ponerle los ojos encima en más de cuatro años; incluso tras coincidir con él en Long Island no até cabos para comprender que se trataba del mismo hombre.
Eso fue en 1917. Al año siguiente ya tuve mis propios pretendientes y empecé a disputar torneos de golf, de suerte que apenas frecuenté a Daisy. Ella salía con gente algo mayor, cuando salía con alguien. Corrían rumores disparatados por la ciudad: que su madre la había sorprendido haciendo las maletas una noche de invierno para marcharse a Nueva York a despedir a un soldado que partía al frente. Se lo impidieron por la fuerza, pero estuvo varias semanas sin dirigirle la palabra a su familia. Después de aquello ya no alternó con soldados, sino únicamente con unos cuantos jóvenes de pies planos o miopes que no habían sido admitidos en filas.
Al otoño siguiente recuperó la alegría, tan risueña como de costumbre. Celebró su puesta de largo tras el armisticio y en febrero se hallaba comprometida con un caballero de Nueva Orleans. En junio desposó a Tom Buchanan, de Chicago, con mayor pompa y fausto de cuanto Louisville hubiese presenciado jamás. Él se presentó con un centenar de invitados en cuatro coches privados de tren, alquiló una planta entera del hotel Muhlbach y la víspera del enlace le regaló un collar de perlas valorado en trescientos cincuenta mil dólares.
Yo fui dama de honor. Entré en su dormitorio media hora antes del banquete nupcial y me la encontré tendida en la cama, hermosa como la noche de junio en su traje floreado... y más borracha que una cuba. Sostenía una botella de Sauternes en una mano y una carta en la otra.
—Fe-felicítame —balbuceó—. Nunca había probado el alcohol, pero ¡madre mía lo que me gusta!
—¿Qué te pasa, Daisy?
Estaba asustadísima, te lo aseguro; jamás había visto a una chica en semejante estado.
—Toma, tesoro. —Hurgó a ciegas en una papelera que tenía consigo sobre las sábanas y sacó la sarta de perlas—. Llévalas abajo y devuélveselas a su dueño. Diles a todos que Daisy ha cambiado de parecer. ¡Diles: «Daisy ha cambiado de parecer!»...
Rompió a llorar; lloraba sin consuelo. Salí corriendo a buscar a la doncella de su madre, echamos la llave a la puerta y la metimos en una bañera de agua helada. No soltaba la carta por nada del mundo: se metió con ella en la tina estrujándola en una bola empapada, y solo me consintió dejarla en la jabonera al comprobar que se deshacía en pedazos como nieve blanda.
Pero no añadió palabra alguna. Le dimos sales de amoníaco, le pusimos hielo en la frente, la embutimos de nuevo en el vestido y media hora después, cuando salimos de la alcoba, las perlas lucían en su cuello y el percance había concluido. Al día siguiente a las cinco en punto se casó con Tom Buchanan sin un solo temblor y partieron en un crucero de tres meses por los mares del Sur.
Los vi en Santa Bárbara a su regreso y me pareció que jamás había contemplado a una mujer tan coladita por su marido. Si él dejaba la habitación un minuto, ella miraba en derredor intranquila preguntando: «¿Adónde fue Tom?», con un semblante de lo más abstraído hasta verlo cruzar la puerta. Pasaba horas sentada en la arena con la cabeza de él sobre el regazo, acariciándole los ojos con las yemas de los dedos y mirándolo con arrobamiento insondable. Daba ternura verlos juntos: te arrancaba una risa embobada y cautivada. Aquello fue en agosto. Una semana después de dejar Santa Bárbara, Tom chocó cierta noche contra una carreta en la carretera de Ventura y le arrancó una rueda delantera al coche. La chica que iba con él también salió en los periódicos porque se partió un brazo: era una de las camareras del hotel de Santa Bárbara.
Al mes de abril siguiente Daisy dio a luz a su niña y se marcharon a Francia un año entero. Los vi una primavera en Cannes y luego en Deauville, y después regresaron a Chicago para asentarse. Daisy gozaba de gran predicamento en Chicago, como bien sabes. Alternaban con una camarilla veloz, todos jóvenes, ricos y desmadrados; mas ella salió con una reputación intachable. Quizá porque no prueba gota. Resulta una inmensa ventaja no beber entre bebedores empedernidos: puedes refrenar la lengua y, además, calcular cualquier pequeña flaqueza propia de modo que los demás anden tan ciegos que ni se enteren ni les importe. Acaso Daisy jamás haya tenido un devaneo... y sin embargo hay algo en esa voz suya...
Pues bien, hace unas seis semanas oyó el apellido Gatsby por vez primera en años. Fue cuando te pregunté —te acordarás— si conocías a Gatsby en West Egg. Cuando te marchaste a casa vino a mi alcoba, me despertó y preguntó: «¿Qué Gatsby?». Y al describírselo —yo estaba medio dormida— dijo con un timbre de lo más extraño que debía de ser el mismo hombre a quien trató antaño. No fue hasta entonces cuando relacioné a este Gatsby con aquel oficial del descapotable blanco.
Cuando Jordan Baker terminó su relato llevábamos ya media hora fuera del Plaza, paseando en coche de caballos por Central Park. El sol se había puesto tras los rascacielos de las estrellas del cine en las calles cincuenta y tantas del West Side, y las voces claras de los niños, congregados como grillos en el césped, ascendían en medio del bochorno del atardecer:
«Soy el jeque de Arabia. Tu amor me pertenece. De noche, mientras duermes, en tu tienda entraré...».
—Ha sido una rara coincidencia —apunté yo.
—De coincidencia nada.
—¿Por qué no?
—Gatsby compró esa mansión para tener a Daisy justo enfrente, al otro lado de la bahía.
De modo que no eran solo las estrellas a lo que había aspirado en aquella noche de junio. Cobró vida ante mis ojos, liberado de pronto de la matriz de su fasto desprovisto de objeto.
—Quiere saber —prosiguió Jordan— si invitarías a Daisy a tu casa cierta tarde para que él pueda dejarse caer por allí.
La modestia de la pretensión me sobrecogió. Había aguardado cinco largos años y adquirido un palacio donde dispensaba polvo de estrellas a polillas errantes... solo para poder «dejarse caer» una tarde por el jardín de un desconocido.
—¿Hacía falta que me enterase de todo esto antes de pedirme un favor tan insignificante?
—Tiene miedo, ha esperado tanto tiempo... Pensó que te ofenderías. Ya ves: en el fondo es un infeliz acomplejado.
Algo me causaba extrañeza.
—¿Por qué no te pidió a ti que organizaras el encuentro?
—Quiere que ella vea su casa —explicó ella—. Y la tuya queda justo al lado.
—¡Ah!
—Creo que en el fondo albergaba la esperanza de que ella se asomase por casualidad a alguna de sus fiestas —continuó Jordan—, pero nunca sucedió. Luego empezó a preguntar con disimulo si alguien la conocía, y fui la primera a quien encontró. Fue la noche en que me mandó llamar en pleno baile, y tendrías que haber visto los circunloquios que dio para llegar al grano. Desde luego, yo le propuse al instante un almuerzo en Nueva York, y creí que le daba un ataque:
—«¡No quiero hacer nada que llame la atención! —repetía sin cesar—. ¡Quiero verla en la casa de al lado!».
—Cuando le dije que eras muy amigo de Tom estuvo a punto de mandar todo al traste. Apenas sabe nada de Tom, aunque asegura haber leído un diario de Chicago durante años solo con la esperanza de toparse con el nombre de Daisy.
Había caído la noche cerrada, y al cruzar bajo un arquito rodeé con el brazo los hombros dorados de Jordan, la acerqué hacia mí y la invité a cenar. De pronto dejé de pensar en Daisy y en Gatsby para concentrarme en aquella criatura limpia, resuelta y ceñida, pertrechada de un escepticismo universal, que se recostaba con descaro dentro del cerco de mi brazo. Una frase empezó a martillear en mis sienes con embriagadora certeza: «Solo existen los perseguidos, los que persiguen, los afanados y los fatigados».
—Y Daisy bien merece tener algo hermoso en su vida —me susurró Jordan.
—¿Ella quiere ver a Gatsby?
—No debe enterarse de nada. Gatsby no quiere que sospeche. Lo único que tienes que hacer es invitarla a merendar.
Rebasamos una barrera de árboles umbríos y la fachada de la calle 59, un bloque de luz tenue y primorosa, irradió sobre el parque. A diferencia de Gatsby y de Tom Buchanan, yo no tenía a ninguna mujer cuyo rostro incorpóreo flotara entre las cornisas oscuras y los rótulos cegadores; de modo que estreché a la muchacha a mi lado, apretando los brazos. Su boca pálida y desdeñosa sonrió, y volví a atraerla aún más cerca, esta vez hacia mis labios.
Fin del Episodio 11 · de 24
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