El gran Gatsby·Episodio 10

Capítulo IV · II

~8 min · 1623 palabras

Todo arreglado, viejo amigo —dijo Gatsby con calma. Aminoramos la marcha. Sacando una tarjeta blanca de su cartera, la ondeó ante los ojos del agente.

—Faltaría más —asintió el policía llevándose la mano a la gorra—. Ya le reconoceré la próxima vez, señor Gatsby. ¡Perdone usted!

—¿Qué era eso? —inquirí—. ¿La foto de Oxford?

—Pude hacerle un favor al comisario en cierta ocasión y me envía una felicitación de Navidad todos los años.

Cruzamos el gran puente mientras la luz del sol entre las vigas proyectaba un parpadeo constante sobre los automóviles, con la metrópoli alzándose al otro lado del río en blancos montones y terrones de azúcar levantados por un anhelo con dinero desprovisto de todo olor. La ciudad contemplada desde el puente de Queensboro es siempre la ciudad vista por primera vez, en su salvaje y virginal promesa de todo el misterio y la belleza del orbe.

Nos cruzamos con un cortejo fúnebre coronado de flores, seguido de dos carrozas con las cortinillas bajadas y de otros carruajes más alegres para los amigos. Los dolientes nos miraron con los ojos trágicos y los labios breves del sureste europeo, y me complació que la estampa del fastuoso automóvil de Gatsby se incorporase a su sombría jornada festiva. Al atravesar la isla de Blackwell nos rebasó una limusina guiada por un chófer blanco, en la que viajaban tres negros emperifollados, dos mozos y una muchacha. Me eché a reír a carcajadas al ver girar las yemas de sus pupilas hacia nosotros con altiva rivalidad.

«Cualquier cosa puede suceder ahora que hemos franqueado este puente —pensé—; cualquier cosa...».

Incluso la existencia de Gatsby parecía posible, sin despertar mayor asombro.

◇

Mediodía atronador. En un sótano bien ventilado de la calle 42 me reuní con Gatsby para almorzar. Pestañeando para deslumbrar la claridad de la calle, mis ojos lo distinguieron en la penumbra de la antesala, conversando con otro individuo.

—Señor Carraway, le presento a mi buen amigo el señor Wolfshiem.

Un judío menudo y de nariz achatada levantó su cabezón y me examinó con dos copiosos penachos de pelo que florecían pródigos en cada una de sus fosas nasales. Al cabo de unos instantes descubrí sus ojillos minúsculos en la semioscuridad.

—... De modo que le eché una mirada —decía el señor Wolfshiem estrechándome la mano con firmeza—, ¿y qué cree usted que hice?

—¿Qué? —pregunté con cortesía.

Mas saltaba a la vista que no se dirigía a mí, pues me soltó la mano y cubrió a Gatsby con su expresiva nariz.

—Le pasé el parné a Katspaugh y le dije: «Muy bien, Katspaugh, ni un centavo hasta que cierre el pico». Y lo cerró allí mismo.

Gatsby nos tomó a cada uno de un brazo y nos condujo al interior del comedor; en ese instante el señor Wolfshiem se tragó la nueva frase que comenzaba y se sumió en una abstracción de sonámbulo.

—¿Combinados? —inquirió el jefe de sala.

—Es un restaurante magnífico —dijo el señor Wolfshiem contemplando las ninfas presbiterianas del techo—. ¡Pero me gusta más el de enfrente!

—Sí, combinados —asintió Gatsby, y dirigiéndose a Wolfshiem—: Hace demasiado calor allá enfrente.

—Caluroso y menudo, sí —admitió el señor Wolfshiem—; pero lleno de recuerdos entrañables.

—¿Qué local es ese? —pregunté.

—El viejo Metropole.

—El viejo Metropole —repitió el señor Wolfshiem con acento fúnebre—. Lleno de rostros idos y difuntos. De amigos que se marcharon para siempre jamás. Mientras viva no podré olvidar la noche en que le descerrajaron los tiros a Rosy Rosenthal allí mismo. Estábamos seis a la mesa y Rosy se había hinchado a comer y beber durante toda la velada. Ya casi al amanecer el camarero se le acerca con una mirada rara y le suelta que alguien quiere hablarle afuera. «De acuerdo», dice Rosy y hace ademán de levantarse; yo lo senté de un tirón.

—«¡Que entren esos cabrones aquí si te quieren, Rosy, pero por lo que más quieras no des un paso fuera de esta sala!».

—Eran las cuatro de la madrugada y si hubiéramos levantado las cortinillas habríamos visto ya la luz del día.

—¿Y salió? —inquirí con candor.

—Vaya si salió. —La nariz del señor Wolfshiem me apuntó indignada—. Se volvió en el umbral y gritó: «¡Que el mozo no se lleve mi café!». Salió a la acera y le encajaron tres plomazos en la barriga llena antes de salir zumbando en el coche.

—A cuatro de ellos los electrocutaron —apunté, haciendo memoria.

—A cinco, contando a Becker. —Sus fosas nasales me miraron con repentino interés—. Tengo entendido que busca una colocación comercial.

La desconexión de ambas reflexiones me dejó atónito. Gatsby respondió en mi lugar:

—¡Oh, no! —exclamó—. Este no es el hombre.

—¿No? —El señor Wolfshiem pareció desilusionado.

—Solo es un amigo. Ya le dije que hablaríamos de eso en otra ocasión.

—Mil perdones —dijo el señor Wolfshiem—; me había equivocado de sujeto.

Sirvieron un suculento picadillo y el señor Wolfshiem, arrinconando la atmósfera sentimental del viejo Metropole, empezó a comer con feroz delicadeza. Sus ojos, entretanto, recorrían con suma lentitud la estancia entera, rematando el giro para inspeccionar a la concurrencia a sus espaldas. Creo que de no haber estado yo presente habría echado una ojeada bajo nuestra propia mesa.

—Oiga, viejo amigo —dijo Gatsby inclinándose hacia mí—, me temo que le molesté esta mañana en el coche.

Reapareció su sonrisa, pero esta vez resistí a su hechizo.

—No me gustan los misterios —respondí—, y no alcanzo a entender por qué no me expone con franqueza lo que desea. ¿Por qué tiene que pasar todo por mediación de la señorita Baker?

—Le aseguro que no hay nada turbio —me tranquilizó—. La señorita Baker es una deportista intachable y jamás se prestaría a nada que no fuese rigurosamente correcto.

De pronto miró su reloj de pulsera, dio un salto y abandonó apresuradamente la sala, dejándome a solas con el señor Wolfshiem en la mesa.

—Tiene que telefonear —dijo el señor Wolfshiem siguiéndolo con la vista—. Un muchacho excelente, ¿verdad? Bien parecido y todo un perfecto caballero.

—Sí.

—Es un hombre de Ósford.

—¡Ah!

—Estudió en el Colegio de Ósford, en Inglaterra. ¿Conoce el Colegio de Ósford?

—He oído hablar de él.

—Es uno de los centros más célebres del mundo entero.

—¿Conoce a Gatsby desde hace mucho? —inquirí.

—Muchos años —repuso con satisfacción evidente—. Tuve el placer de tratarlo justo después de la guerra. Pero supe que había descubierto a un hombre de fina estirpe tras charlar con él una hora. Me dije: «He ahí la clase de hombre que a uno le gustaría llevarse a casa para presentárselo a su madre y a su hermana». —Hizo una pausa—. Veo que se fija en mis gemelos.

No me había fijado en ellos, pero lo hice en ese instante: estaban labrados con fragmentos de marfil extrañamente familiares.

—Los mejores ejemplares de molares humanos —me informó con orgullo.

—¡Vaya! —Los examiné—. Es una idea ciertamente pintoresca.

—Sí. —Se remangó los puños bajo la chaqueta—. Sí, Gatsby es muy comedido con las mujeres. Jamás se atrevería a poner los ojos en la esposa de un amigo.

Cuando el depositario de semejante fe ciega regresó a la mesa y tomó asiento, el señor Wolfshiem apuró su café de un trago brusco y se puso en pie.

—He disfrutado mucho del almuerzo —dijo—, y voy a marcharme antes de abusar de la amabilidad de ustedes dos, jóvenes caballeros.

—No te apresures, Meyer —dijo Gatsby sin entusiasmo. El señor Wolfshiem alzó la mano en una suerte de bendición.

—Es usted muy cortés, pero yo pertenezco a otra generación —anunció con gravedad—. Quédense aquí a discutir de deportes, de jovencitas y de... —Y completó el sustantivo imaginario con otro ademán de la mano—. En cuanto a mí, tengo cincuenta años y no pienso importunarles más.

Al estrecharnos la mano y dar media vuelta su trágica nariz temblaba levemente. Me pregunté si habría dicho algo que lo ofendiese.

—A veces se pone muy sentimental —explicó Gatsby—. Hoy tiene uno de sus días nostálgicos. Es todo un personaje en Nueva York... un asiduo de Broadway.

—¿Y a qué se dedica? ¿Es actor?

—No.

—¿Dentista?

—¿Meyer Wolfshiem? No, es jugador profesional. —Gatsby titubeó y luego añadió con entera frialdad—: Es el tipo que amañó las Series Mundiales de béisbol allá por 1919.

—¿Amañó las Series Mundiales? —repetí estupefacto.

La revelación me dejó patidifuso. Recordaba, desde luego, el fraude de las Series Mundiales de 1919, pero si alguna vez pensé en ello lo juzgué un acontecimiento fortuito, el desenlace inevitable de una serie de azares. Jamás se me ocurrió que un solo individuo pudiera ponerse a jugar con la fe de cincuenta millones de almas con la fría resolución de un ratero descerrajando una caja fuerte.

—¿Y cómo se le ocurrió hacerlo? —pregunté al cabo de un minuto.

—Simplemente vio la oportunidad.

—¿Y por qué no está en chirona?

—No hay forma de echarle el guante, viejo amigo. Es un lince.

Insistí en pagar la cuenta. Conforme el camarero me traía el cambio alcancé a divisar a Tom Buchanan al otro extremo del atestado comedor.

—Acompáñeme un segundo —le pedí a Gatsby—; tengo que saludar a alguien.

Al vernos, Tom se puso en pie de un brinco y dio media docena de zancadas a nuestro encuentro.

—¿Dónde te habías metido? —inquirió con avidez—. Daisy está que trina porque no has llamado.

—Te presento al señor Gatsby, señor Buchanan.

Se estrecharon la mano con sequedad y una sombra tensa y desconocida de azoramiento cubrió el semblante de Gatsby.

—¿Cómo te va la vida, a todo esto? —me interrogó Tom—. ¿Qué haces comiendo tan lejos?

—He estado almorzando con el señor Gatsby.

Me volví hacia el señor Gatsby, pero ya no estaba allí.

Fin del Episodio 10 · de 24

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