El palco número cinco · II
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Esto fue dicho en un tono tan rudo y solemne que, por un instante, M. Richard quedó desconcertado. Contempló a Mme. Giry, con su chal descolorido, sus zapatos gastados, su viejo vestido de tafetán y su cofia deslucida. Por la actitud del director resultaba harto evidente que no conocía ni recordaba haber tratado a Mme. Giry, ni a la pequeña Giry, ni a la «pequeña Meg». Pero el orgullo de Mme. Giry era tan desmedido que la célebre acomodadora imaginaba que todo el mundo la conocía.
—¡En mi vida he oído hablar de ella! —declaró el director—. Pero eso no es motivo, Mme. Giry, para que no le pregunte qué ocurrió anoche para que usted y el inspector llamasen a la guardia municipal.
—Precisamente deseaba verle a usted, señor, y hablarle del asunto, para que no sufra los mismos disgustos que M. Debienne y M. Poligny. Tampoco ellos querían escucharme al principio.
—No le pregunto por todo eso. Le pregunto qué ocurrió anoche.
Mme. Giry se puso morada de indignación. Jamás le habían hablado de semejante modo. Se levantó como dispuesta a marcharse, recogiéndose los pliegues de la falda y agitando con dignidad las plumas de su cofia deslucida; pero cambiando de parecer, volvió a sentarse y dijo con voz altiva:
—Pues le diré lo que ocurrió: ¡el fantasma volvió a enfadarse!
Entonces, cuando M. Richard estaba a punto de estallar, M. Moncharmin intervino y asumió el interrogatorio, del cual se desprendió que a Mme. Giry le parecía la mar de natural que se oyese una voz diciendo que un palco estaba ocupado cuando no había nadie dentro. No acertaba a explicar este fenómeno, que no era nuevo para ella, salvo por la intervención del fantasma. Nadie podía ver al fantasma en su palco, pero todo el mundo podía oírlo. Ella lo había oído a menudo; y podían creerla, pues siempre decía la verdad. Podían preguntarle a M. Debienne y a M. Poligny, y a cualquiera que la conociese; ¡y también a M. Isidore Saack, a quien el fantasma le había roto una pierna!
—¡Caramba! —dijo Moncharmin interrumpiéndola—. ¿De modo que el fantasma le rompió la pierna al pobre Isidore Saack?
Mme. Giry abrió unos ojos como platos ante semejante ignorancia. No obstante, consintió en ilustrar a aquellos dos pobres inocentes. El hecho había acontecido en tiempos de M. Debienne y M. Poligny, también en el palco número cinco y durante una representación de Fausto. Mme. Giry tosió, se aclaró la garganta —daba la impresión de disponerse a cantar la partitura entera de Gounod— y comenzó:
—Ocurrió de esta guisa, señor. Aquella noche, M. Maniera y su señora, los joyeros de la Rue Mogador, estaban sentados en la primera fila del palco, con su gran amigo M. Isidore Saack sentado detrás de Mme. Maniera. Mefistófeles cantaba —aquí Mme. Giry rompió a cantar—: «Catarina, mientras te haces la dormida...», y entonces M. Maniera oyó una voz en su oído derecho (su esposa estaba a su izquierda) que decía: «¡Ja, ja! ¡Julie no se hace la dormida!». La esposa se llamaba casualmente Julie. De suerte que M. Maniera se vuelve hacia la derecha para ver quién le hablaba así. ¡Nadie! Se frota la oreja y se pregunta si estará soñando. Entonces Mefistófeles prosiguió con su serenata... Pero ¿acaso les estoy aburriendo, caballeros?
—No, no, continúe.
—Son ustedes demasiado bondadosos, caballeros —dijo con una sonrisilla zalamera—. Pues bien, Mefistófeles prosiguió con su serenata —Mme. Giry volvió a entonar su gorgorito—: «Santa que estás en tu altar, hazme la gracia de un beso...». Y entonces M. Maniera vuelve a oír la voz en su oído derecho diciendo esta vez: «¡Ja, ja! ¡A Julie no le importaría concederle un beso a Isidore!». Vuelve a girarse, pero esta vez a la izquierda; ¿y qué creen que ve? A Isidore, que había tomado la mano de la señora y la cubría de besos a través de la abertura del guante... ¡así, caballeros! —besando con arrobo la porción de piel desnuda en medio de sus mitones de hilo—. ¡Entonces se armó la marimorena entre ellos! ¡Pum! ¡Cataplum! M. Maniera, que era grande y fuerte como usted, M. Richard, le arreó un par de sopapos a M. Isidore Saack, que era chiquito y menguado como M. Moncharmin, con perdón de la concurrencia. Se armó un escándalo mayúsculo. En la sala la gente gritaba: «¡Basta ya! ¡Que los separen! ¡Que lo va a matar!». Al fin M. Isidore Saack logró poner pies en polvorosa.
—¿Entonces el fantasma no le rompió la pierna? —preguntó M. Moncharmin, un tanto picado porque su porte hubiese causado tan escasa impresión en Mme. Giry.
—¡Vaya si se la rompió, señor! —replicó Mme. Giry con altanería—. ¡Se la rompió en la gran escalera, por la que bajó a todo correr, señor, y tardará mucho el pobre caballero en volver a subir por ella!
—¿Y le dijo a usted el fantasma lo que le había murmurado al oído derecho a M. Maniera? —preguntó M. Moncharmin con una gravedad que juzgaba sumamente cómica.
—No, señor, me lo contó el mismísimo M. Maniera. Así que...
—Pero ¿usted ha hablado con el fantasma, buena mujer?
—¡Tan ciertamente como le hablo a usted ahora, distinguido señor! —repuso Mme. Giry.
—Y cuando el fantasma le habla, ¿qué le dice?
—¡Pues me dice que le traiga un escabel!
Esta vez Richard soltó una estrepitosa carcajada, secundado por Moncharmin y por Remy, el secretario. Solo el inspector, escarmentado por la experiencia, se cuidó bien de reír, mientras Mme. Giry se atrevía a adoptar una actitud francamente amenazadora.
—¡En vez de reírse —gritó indignada—, harían mejor en obrar como M. Poligny, que quiso cerciorarse por sí mismo!
—¿Cerciorarse de qué? —preguntó Moncharmin, que jamás se había divertido tanto en la vida.
—¡Pues del fantasma, naturalmente!... Escuchen...
De pronto se calmó, presintiendo que se trataba de un instante solemne en su existencia:
—Escuchen bien —repitió—. Representaban La Juive. M. Poligny pensó presenciar la función desde el palco del fantasma... Pues bien, cuando Léopold grita: «¡Huyamos!» —ya saben— y Éléazar los detiene diciendo: «¿Adónde vais?»... pues bien, M. Poligny —yo lo observaba desde el fondo del palco contiguo, que estaba desierto—, M. Poligny se levantó y salió rígido como una estatua, y antes de que me diese tiempo a preguntarle: «¿Adónde vais?», como Éléazar, ya había bajado la escalera, ¡aunque sin romperse la pierna!
—Aun así, eso no nos aclara cómo el fantasma de la Ópera vino a pedirle a usted un escabel —insistió M. Moncharmin.
—Pues bien, a partir de aquella noche nadie intentó disputarle su palco particular al fantasma. La dirección dio órdenes de que estuviese a su disposición en cada velada. Y siempre que venía, me pedía un escabel.
—¡Toma ya! ¡Un fantasma pidiendo un escabel! ¿Entonces su aparecido es una mujer?
—No, el fantasma es un hombre.
—¿Cómo lo sabe?
—Tiene voz de hombre, ¡oh, una voz de hombre hermosísima! Les diré cómo ocurre: cuando viene a la Ópera, suele ser a mitad del primer acto. Da tres golpecitos en la puerta del palco número cinco. La primera vez que oí aquellos tres toques, sabiendo que no había nadie dentro, ¡ya pueden figurarse mi pasmo! Abrí la puerta, escuché, miré: ¡nadie! Y entonces oí una voz que decía: «Mme. Jules —mi difunto marido se llamaba Jules—, un escabel, por favor». Con perdón de ustedes, señores, sentí un escalofrío de la cabeza a los pies. Pero la voz prosiguió: «No tema, Mme. Jules, ¡soy el fantasma de la Ópera!». Y la voz era tan suave y bondadosa que apenas tuve miedo. La voz estaba sentada en la butaca de la esquina, a la derecha, en la primera fila.
—¿Había alguien en el palco contiguo, a la derecha del número cinco? —preguntó Moncharmin.
—No; el palco siete y el palco tres, el de la izquierda, estaban vacíos. El telón apenas acababa de alzarse.
—¿Y qué hizo usted?
—Pues le traje el escabel. Por descontado, no era para él para quien lo quería, ¡sino para su dama! Pero a ella jamás la vi ni la oí.
—¿Cómo? ¿Qué? ¡De modo que ahora el fantasma está casado! —Los ojos de los dos directores viajaban de Mme. Giry al inspector, quien, situado tras la acomodadora, agitaba los brazos para llamar su atención. Se tocaba la frente con un dedo elocuente para dar a entender que la viuda de Jules Giry estaba rematadamente loca, pantomima que confirmó a M. Richard en su propósito de deshacerse de un inspector que mantenía a una chiflada a su servicio. Entretanto, la buena mujer proseguía con su fantasma, ponderando ahora su generosidad:
—Al final de la función siempre me deja dos francos, a veces cinco, a veces hasta diez cuando pasa muchos días sin venir. Solo que, desde que han empezado a importunarlo de nuevo, ya no me da nada de nada.
—Perdone usted, buena mujer —dijo Moncharmin, mientras Mme. Giry sacudía las plumas de su cofia deslucida ante semejante familiaridad—, perdone usted, pero ¿cómo se las arregla el fantasma para darle a usted sus dos francos?
—¡Pues dejándolos en la repisita del palco, naturalmente! Los encuentro junto al programa, que siempre le coloco. Algunas noches hallo flores en el palco, una rosa caída del corpiño de su dama... pues a veces viene acompañado de una señora; un día se dejaron olvidado un abanico.
—¡Vaya, conque el fantasma se dejó un abanico! ¿Y qué hizo usted con él?
—Pues lo devolví al palco a la noche siguiente.
Aquí se alzó la voz del inspector:
—Ha infringido el reglamento; tendré que multarla, Mme. Giry.
—¡Cállate la boca, idiota! —masculló M. Firmin Richard.
—Devolvió usted el abanico. ¿Y luego?
—Pues luego se lo llevaron consigo, señor; ya no estaba al término de la función; y en su lugar me dejaron una caja de bombones ingleses, que me chiflan. Es una de las delicadezas del fantasma.
—Basta ya, Mme. Giry. Puede retirarse.
Cuando Mme. Giry se hubo marchado con las reverencias de rigor y con la dignidad que jamás la abandonaba, los directores comunicaron al inspector su determinación de prescindir de los servicios de aquella vieja chiflada; y cuando este se retiró a su vez, dieron instrucciones al administrador de liquidar las cuentas del inspector. Quedados a solas, los directores se confiaron mutuamente la idea que a ambos les rondaba por la cabeza: averiguar por sí mismos qué encerraba aquel enigma del palco número cinco.
Fin del Episodio 9 · de 47
El palco número cinco · II
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