El fantasma de la ópera·Episodio 08

El palco número cinco · I

~11 min · 2219 palabras

Armand Moncharmin escribió unas Memorias tan voluminosas durante el dilatado período de su codirección que bien podemos preguntarnos si le quedó tiempo para ocuparse de los asuntos de la Ópera como no fuese consignando cuanto allí acontecía. M. Moncharmin no entendía una nota de música, pero tuteaba al ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, había coqueteado un poco con el periodismo de salones y disfrutaba de cuantiosas rentas privadas. Por último, era un hombre encantador y demostró que no carecía de agudeza, pues tan pronto como resolvió actuar como socio capitalista de la Ópera, escogió al mejor director gerente posible y se dirigió en derechura a Firmin Richard.

Firmin Richard era un compositor muy distinguido que había publicado numerosas obras de éxito de todos los géneros, y a quien agradaban casi todas las formas de música y casi toda clase de músicos. Resultaba evidente, por ende, que el deber de todo músico consistía en profesar afecto a M. Firmin Richard. El único reproche que se le podía hacer era su talante un tanto autoritario y un temperamento excesivamente arrebatado.

Los primeros días pasados por los asociados al frente de la Ópera se consagraron al deleite de verse a la cabeza de empresa tan soberbia; y se habían olvidado por entero de aquella estrambótica historia del fantasma, cuando sobrevino un incidente que vino a demostrarles que la broma —si broma era— distaba mucho de haber concluido. M. Firmin Richard llegó a su despacho aquella mañana a las once. Su secretario, M. Remy, le mostró media docena de cartas que no había abierto por llevar la indicación de «personal». Una de las misivas atrajo al punto la atención de Richard, no solo porque el sobre estaba rotulado en tinta roja, sino porque le pareció haber visto ya aquella letra. Pronto recordó que se trataba de la caligrafía encarnada con que había sido tan singularmente completado el pliego de condiciones. Reconoció la letra torpe e infantil. Abrió la carta y leyó:

MI DISTINGUIDO DIRECTOR:

Lamento tener que importunarle en momentos en que debe de hallarse tan atareado renovando contratos importantes, firmando otros nuevos y haciendo gala en todo momento de su exquisito buen gusto. Sé lo que ha hecho por la Carlotta, por la Sorelli, por la pequeña Jammes y por algunas otras en cuyas dotes sospechó admirables destellos de talento o de genialidad.

Por supuesto, al emplear estas palabras, me guardo bien de aplicarlas a la Carlotta, que canta como una jeringa y a quien jamás debió permitírsele salir de los Ambassadeurs ni del Café Jacquin; ni a la Sorelli, que debe sus laureles principalmente a los carroceros; ni a la pequeña Jammes, que baila como un ternero en un prado. Y tampoco me refiero a Christine Daaé, aun cuando su genio es indudable, mientras que los celos de usted le impiden confiarle ningún papel de lucimiento. A fin de cuentas, usted es libre de gobernar su tiendecita como mejor le plazca, ¿no es verdad?

Con todo, desearía aprovechar la circunstancia de que aún no haya puesto de patitas en la calle a Christine Daaé para escucharla esta noche en el papel de Siébel, toda vez que el de Margarita le está vedado desde su triunfo de la otra velada; y le rogaré que no disponga de mi palco ni hoy ni en los días sucesivos, pues no puedo cerrar estas líneas sin manifestarle cuán desagradablemente sorprendido me he visto en un par de ocasiones al saber, al llegar a la Ópera, que mi palco había sido vendido en taquilla por orden de usted.

No protesté, primero porque me desagrada el escándalo, y segundo porque supuse que sus antecesores, MM. Debienne y Poligny, que siempre fueron amabilísimos conmigo, habían omitido ponerle al corriente de mis pequeñas manías antes de partir. He recibido ahora respuesta de dichos señores a mi carta solicitándoles una explicación, y dicha respuesta demuestra que conoce usted a la perfección mi Pliego de Condiciones y, por ende, que me trata con un desprecio intolerable. Si desea usted vivir en paz, no empiece por arrebatarme mi palco particular.

Queda de usted, distinguido director, sin perjuicio de estas modestas observaciones,

Su más humilde y obediente servidor, EL FANTASMA DE LA ÓPERA.

La carta venía acompañada por un recorte de la sección de anuncios por palabras de la Revue Théâtrale, que rezaba:

«F. O.—No hay disculpa posible para R. y M. Se lo advertimos y dejamos en sus manos su pliego. Recuerdos afectuosos».

Apenas había terminado M. Firmin Richard de leer esta misiva cuando entró M. Armand Moncharmin portando otra exactamente igual. Se miraron y prorrumpieron en carcajadas.

—Siguen con la broma —dijo M. Richard—, pero no le encuentro la gracia.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó M. Moncharmin—. ¿Se imaginan acaso que, por haber sido directores de la Ópera, vamos a concederles un palco indefinidamente?

—No estoy de humor para que se mofen de mí mucho tiempo —repuso Firmin Richard.

—La cosa es bastante inofensiva —observó Armand Moncharmin—. ¿Qué pretenden en realidad? ¿Un palco para esta noche?

M. Firmin Richard ordenó a su secretario que enviase el palco número cinco del piso principal a MM. Debienne y Poligny si no estaba vendido. No lo estaba. Se les remitió de inmediato. Debienne residía en la esquina de la Rue Scribe con el Boulevard des Capucines; Poligny, en la Rue Auber. Las dos cartas del Fantasma de la Ópera habían sido franqueadas en la estafeta de correos del Boulevard des Capucines, según advirtió Moncharmin tras examinar los sobres.

—¡Ya lo ves! —dijo Richard.

Se encogieron de hombros y deploraron que dos hombres de semejante edad se divirtiesen con chiquilladas de tal calibre.

—¡Habrían podido mostrarse más comedidos a pesar de todo! —dijo Moncharmin—. ¿Te has fijado en cómo nos tratan a propósito de la Carlotta, la Sorelli y la pequeña Jammes?

—¡Pero si estos dos están rabiosos de celos, querido amigo! ¡Figúrate, tomarse la molestia de pagar un anuncio en la Revue Théâtrale! ¿No tienen nada mejor que hacer?

—A propósito —dijo Moncharmin—, ¡parecen vivamente interesados en esa pequeña Christine Daaé!

—Sabes tan bien como yo que goza de fama de cantar bastante bien —dijo Richard.

—La fama se gana fácilmente —repuso Moncharmin—. ¿Acaso no tengo yo fama de ser un gran entendido en música? Y no distingo una escala de otra.

—Pierde cuidado: jamás has disfrutado de tal reputación —aseguró Richard.

Acto seguido mandó pasar a los artistas que, desde hacía dos horas, paseaban arriba y abajo ante la puerta tras la cual les aguardaba la gloria y la fortuna... o la rescisión de contrato.

La jornada entera se consumió en discusiones, negociaciones, firmas y cancelaciones de contratos; y los dos directores, rendidos de cansancio, se acostaron temprano sin acordarse siquiera de echar un vistazo al palco número cinco para comprobar si M. Debienne y M. Poligny disfrutaban del espectáculo.

A la mañana siguiente, los directores recibieron una tarjeta de agradecimiento del fantasma:

DISTINGUIDO SEÑOR DIRECTOR:

Gracias. Velada encantadora. Daaé primorosa. Los coros precisan un tirón de orejas. La Carlotta, un espléndido instrumento vulgar. Pronto les escribiré a propósito de los 240.000 francos, o 233.424 fr. 70 c., para ser exactos. MM. Debienne y Poligny me han remitido los 6.575 fr. 30 c. correspondientes a los diez primeros días de mi asignación del año en curso; sus poderes expiraron la noche del diez del corriente.

Atentamente, F. O.

Por otra parte, había una carta de MM. Debienne y Poligny:

MUY SEÑORES NUESTROS:

Les quedamos sumamente reconocidos por su amable atención, pero comprenderán con facilidad que la perspectiva de volver a escuchar Fausto, por grata que resulte a los exdirectores de la Ópera, no puede hacernos olvidar que carecemos de derecho alguno a ocupar el palco número cinco del piso principal, propiedad exclusiva de AQUEL de quien les hablamos cuando repasamos juntos por última vez el pliego de condiciones. Véase el artículo 98, último párrafo.

Acepten, señores, etc.

—¡Oh, esos tipos empiezan a cansarme de veras! —rugió Firmin Richard estrujando la misiva.

Y aquella noche el palco número cinco se puso a la venta.

A la mañana siguiente, al llegar a su despacho, MM. Richard y Moncharmin encontraron un parte del inspector relativo a un suceso acontecido la víspera en el palco número cinco. Reproduzco lo sustancial del informe:

«Me vi obligado a requerir la presencia de la guardia municipal en dos ocasiones esta noche para desalojar el palco número cinco del piso principal, la primera al comenzar el segundo acto y la segunda en mitad del mismo. Los ocupantes, que llegaron al alzarse el telón del segundo acto, armaron un verdadero escándalo con sus risotadas y comentarios grotescos. Se oían voces de «¡Silencio!» por doquier y la sala entera comenzaba a protestar cuando la acomodadora vino a buscarme. Entré en el palco y les advertí en los términos pertinentes. Aquellas personas no me parecieron en sus cabales y soltaron disparates. Manifesté que, si se repetía el alboroto, me vería forzado a desalojar el palco. En cuanto salí, recomenzaron las risas entre nuevas protestas de la concurrencia. Regresé con un guardia municipal, que los puso de patitas en la calle. Protestaron, sin dejar de reírse, diciendo que no se marcharían sin que les devolviesen el dinero. Al fin se apaciguaron y les permití regresar al palco. Las risotadas no tardaron en reanudarse; y, esta vez, los hice expulsar definitivamente».

—Haga venir al inspector —dijo Richard a su secretario, que ya había leído el parte marcándolo con lápiz azul.

M. Remy, el secretario, había previsto la orden e hizo comparecer al inspector al instante.

—Cuéntenos qué ocurrió —dijo Richard secamente.

El inspector empezó a tartamudear y se remitió al parte.

—Bueno, pero ¿de qué se reía esa gente? —preguntó Moncharmin.

—Debían de haber cenado fuerte, señor, y tenían más ganas de juerga que de escuchar buena música. En cuanto entraron en el palco, volvieron a salir al punto y llamaron a la acomodadora, que les preguntó qué deseaban. Respondieron: «Mire usted dentro del palco: no hay nadie, ¿verdad?». «Nadie», dijo la mujer. «¡Pues bien —dijeron ellos—, cuando entramos, oímos una voz que decía que el palco estaba ocupado!»».

M. Moncharmin no pudo reprimir una sonrisa al mirar a M. Richard; pero M. Richard no sonrió. Él mismo había gastado demasiadas bromas de ese jaez en sus mocedades para no reconocer en el relato del inspector todas las señas de una de esas chanzas pesadas que empiezan por divertir y acaban por exasperar a las víctimas. El inspector, para congraciarse con M. Moncharmin, que sonreía, creyó oportuno sonreír también. ¡Sonrisa funestísima! M. Richard fulminó con la mirada a su subordinado, quien en lo sucesivo se esforzó por componer un semblante de absoluta consternación.

—Con todo, cuando esa gente llegó —rugió Richard—, ¿no había nadie en el palco, verdad?

—¡Ni un alma, señor, ni un alma! Ni en el palco de la derecha ni en el de la izquierda: ¡ni un alma, se lo juro! La acomodadora me lo repitió mil veces, lo que prueba que todo fue una broma.

—¡Ah, de modo que está usted conforme! —dijo Richard—. ¡Está usted de acuerdo! ¡Es una broma! ¿Y le parece divertida, sin duda?

—Me parece de pésimo gusto, señor.

—¿Y qué dijo la acomodadora?

—¡Oh, se limitó a decir que era el fantasma de la Ópera! ¡Eso fue todo!

Y el inspector sonrió socarronamente. Pero pronto advirtió que había metido la pata con aquella mueca, pues las palabras apenas habían salido de su boca cuando M. Richard, de sombrío, pasó a estar furioso.

—¡Que venga la acomodadora! —gritó—. ¡Que la traigan! ¡Ahora mismo! ¡Al instante! ¡Que comparezca aquí ante mí! ¡Y echen a toda esa gente fuera!

El inspector intentó balbucear una protesta, pero Richard le tapó la boca con una orden tajante de callarse. Luego, cuando los labios del desdichado parecían sellados para siempre, el director le ordenó abrirlos de nuevo:

—¿Quién es ese «fantasma de la Ópera»? —gruñó.

Pero el inspector se hallaba ya incapacitado para articular palabra. Logró dar a entender, mediante un ademán desesperado, que no sabía nada del asunto o, más bien, que nada quería saber.

—¿Lo ha visto usted alguna vez? ¿Ha visto al fantasma de la Ópera?

El inspector, mediante un enérgico movimiento de cabeza, negó haber visto jamás al aparecido en cuestión.

—¡Muy bien! —dijo M. Richard fríamente.

Los ojos del inspector se desorbitaron, como preguntándose por qué el director había pronunciado aquel siniestro «¡Muy bien!».

—¡Porque voy a arreglarle las cuentas a todo aquel que no lo haya visto! —explicó el director—. Puesto que parece estar en todas partes, no tolero que me vengan con que no lo ven en ninguna. ¡Me gusta que la gente trabaje cuando está a mi servicio!

Dicho esto, M. Richard desatendió al inspector y pasó a despachar diversos asuntos con su administrador, que había entrado entre tanto en la estancia. El inspector creyó que podía retirarse y se deslizaba de puntillas —¡oh, qué suavidad!— hacia la puerta, cuando M. Richard lo clavó al suelo con un trueno:

—¡Quédese donde está!

M. Remy había enviado a buscar a la acomodadora a la Rue de Provence, cerca de la Ópera, donde trabajaba como portera. Pronto hizo su aparición.

—¿Cómo se llama usted?

—Mme. Giry. Ya me conoce usted de sobra, señor; soy la madre de la pequeña Giry, de la pequeña Meg, ¡vamos!

Fin del Episodio 8 · de 47

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