La misteriosa razón · II
~5 min · 969 palabras
MM. Debienne y Poligny parecían cada vez más alterados y daban la impresión de tener algo muy arduo que comunicarnos. Primero nos preguntaron si conocíamos al hombre que, sentado al extremo de la mesa, les había anunciado la muerte de Joseph Buquet; y cuando respondimos negativamente, su desasosiego aumentó. Nos quitaron las llaves maestras de las manos, las contemplaron un instante y nos aconsejaron hacer fabricar cerraduras nuevas con el mayor sigilo para las estancias, armarios y muebles que quisiéramos mantener herméticamente cerrados. Lo dijeron con un tono tan singular que rompimos a reír y les preguntamos si había ladrones en la Ópera. Nos respondieron que había algo peor: el fantasma. Volvimos a reír a carcajadas, convencidos de que se permitían una broma destinada a coronar nuestra modesta velada. Luego, a instancias suyas, nos pusimos serios, decididos a seguirles la corriente y entrar en el juego. Nos aseguraron que jamás nos habrían hablado del fantasma de no haber recibido órdenes formales del mismísimo aparecido para rogarnos que fuésemos complacientes con él y accediésemos a cualquiera de sus peticiones. Sin embargo, aliviados de abandonar un feudo donde aquella sombra tiránica imperaba a su antojo, habían vacilado hasta el último instante en confiarnos tan extraña historia, para cuya acogida nuestros espíritus escépticos no estaban ciertamente preparados. Mas la noticia de la muerte de Joseph Buquet les había servido de brutal recordatorio de que, siempre que habían desatendido los deseos del fantasma, algún percance fantástico o desastroso venía a recordarles su servidumbre.
»Durante estas insólitas declaraciones, hechas en el tono de la confidencia más secreta y solemne, miré a Richard. Richard, en sus tiempos de estudiante, gozaba de gran fama de bromista, y parecía saborear el plato que a su vez le servían. No se perdió ni una brizna, aun cuando la salsa resultase un tanto macabra por causa de la muerte de Buquet. Asentía tristemente con la cabeza mientras los otros hablaban, y sus facciones adoptaban el semblante de un hombre que lamenta amargamente haber tomado las riendas de la Ópera ahora que se entera de que un aparecido anda metido en el negocio. No se me ocurrió nada mejor que remedar servilmente aquella actitud de consternación. Con todo, a pesar de nuestros esfuerzos, no pudimos al final contener la risa en las mismas barbas de MM. Debienne y Poligny, quienes, al vernos pasar de golpe del estado más fúnebre al regocijo más insolente, se comportaron como si nos creyesen locos.
»La broma comenzaba a ponerse pesada, y Richard preguntó entre burlas y veras:
—Pero, a fin de cuentas, ¿qué es lo que pretende ese fantasma?
»M. Poligny se acercó a su pupitre y regresó con un ejemplar del pliego de condiciones. El pliego comienza con las consabidas palabras según las cuales «la dirección de la Ópera dará a las representaciones de la Academia Nacional de Música el esplendor que corresponde al primer escenario lírico de Francia» y concluye con el artículo 98, que estipula la revocación de la contrata si el director infringe las condiciones prescritas. A esto siguen las condiciones, que son cuatro.
»El ejemplar presentado por M. Poligny estaba escrito en tinta negra y era exactamente idéntico al que obraba en nuestro poder, salvo que, al final, contenía un párrafo trazado con tinta roja y con una letra extraña y trabajosa, como si hubiese sido trazada mojando cabezas de cerillas en la tinta, la caligrafía de un párvulo que no ha pasado de los palotes y aún no sabe enlazar las letras. El párrafo rezaba textualmente lo que sigue:
»«5. O si la dirección, en cualquier mes del año, retrasa más de quince días el abono de la asignación que debe satisfacer al fantasma de la Ópera, asignación fijada en veinte mil francos mensuales, a saber, doscientos cuarenta mil francos anuales».
»M. Poligny señaló con dedo vacilante esta última cláusula, con la cual ciertamente no contábamos.
—¿Eso es todo? ¿No exige nada más? —preguntó Richard con la mayor sangre fría.
—Sí, exige algo más —respondió Poligny.
»Y pasó las hojas del pliego hasta dar con la cláusula que especifica los días en que ciertos palcos deben reservarse para el uso gratuito del presidente de la república, los ministros, etc. Al final de dicha cláusula se había añadido un renglón, también con tinta roja:
»«El palco número cinco del piso principal se pondrá a disposición del fantasma de la Ópera para todas las representaciones».
»Al ver esto, no nos quedó más recurso que levantarnos de nuestros asientos, estrechar calurosamente las manos de nuestros dos predecesores y felicitarlos por tan primorosa invención, prueba palpable de que el espíritu jocoso francés distaba mucho de extinguirse. Richard añadió que ahora comprendía de sobra por qué MM. Debienne y Poligny renunciaban a la dirección de la Academia Nacional de Música. No había negocio posible con un fantasma tan poco razonable.
—Ciertamente, doscientos cuarenta mil francos no se encuentran debajo de las piedras —dijo M. Poligny sin pestañear—. ¿Y han sopesado lo que supuso para nosotros la pérdida del palco número cinco? No pudimos alquilarlo ni una sola vez; y no solo eso, sino que tuvimos que devolver los abonos: ¡es monstruoso! ¡En verdad no podemos trabajar para alimentar fantasmas! ¡Preferimos marcharnos!
—Sí —coreó M. Debienne—, preferimos marcharnos. Vámonos.
»Y se puso en pie. Richard dijo: «Pero, después de todo, me parece a mí que pecaron ustedes de excesiva blandura con el aparecido. Si yo tuviera que habérmelas con un espectro tan latoso, no dudaría en mandarlo arrestar».
—¿Pero cómo? ¿Dónde? —gritaron a coro—. ¡Si jamás lo hemos visto!
—¿Ni cuando acude a su palco?
—¡JAMÁS LO HEMOS VISTO EN SU PALCO!
—Pues alquílenlo.
—¿Alquilar el palco del fantasma de la Ópera? Pues bien, caballeros, inténtenlo.
»Dicho esto, salimos los cuatro del despacho. Richard y yo jamás nos habíamos reído tanto en la vida».
Fin del Episodio 7 · de 47
La misteriosa razón · II
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