La misteriosa razón · I
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Durante este tiempo tenía lugar la ceremonia de despedida. Ya he dicho que esta fiesta magnífica se celebraba con motivo de la jubilación de M. Debienne y M. Poligny, que habían resuelto «morir con honor», como se dice hoy en día. Para la realización de su ideal aunque melancólico programa habían contado con el concurso de cuanto contaba en el mundo social y artístico de París. Todas aquellas personas se reunieron, después de la función, en el vestíbulo del cuerpo de baile, donde la Sorelli aguardaba la llegada de los directores salientes con una copa de champán en la mano y un discurso aprendido en la punta de la lengua. Tras ella, las componentes del cuerpo de baile, jóvenes y maduras, comentaban en voz baja los sucesos del día o cruzaban señas discretas con sus allegados, un tropel ruidoso de los cuales rodeaba los bufés dispuestos a lo largo del entarimado en declive.
Algunas bailarinas se habían cambiado ya de calle; pero la mayoría conservaba sus faldas de gasa vaporosa; y todas habían creído oportuno componer un semblante ad hoc para la ocasión: todas, menos la pequeña Jammes, cuyas quince primaveras —¡feliz edad!— parecían haber olvidado ya el fantasma y la muerte de Joseph Buquet. No cesaba de reír y parlotear, de dar saltitos y gastar bromas pesadas, hasta que MM. Debienne y Poligny aparecieron en las gradas del vestíbulo, momento en que fue severamente llamada al orden por la impaciente Sorelli.
Todo el mundo advirtió que los directores salientes ostentaban un aire festivo, a la manera de París. Nadie llegará a ser un verdadero parisino si no ha aprendido a colocarse una careta de jovialidad sobre sus pesares y una de tristeza, tedio o indiferencia sobre sus íntimos júbilos. Sabéis que uno de vuestros amigos se halla en apuros; no intentéis consolarlo: os dirá que ya está consolado; pero si le ha sonreído la fortuna, guardaos de felicitarlo: lo juzga tan natural que le sorprenderá que le habléis de ello. En París, nuestras vidas son un baile de máscaras continuo; y el vestíbulo del cuerpo de baile es el último sitio en que dos hombres tan avezados como M. Debienne y M. Poligny habrían incurrido en el error de traslucir su aflicción, por sincera que fuese. Y ya prodigaban sonrisas un tanto demasiado complacientes a la Sorelli, que había comenzado a desgranar su discurso, cuando una exclamación de aquella alocada de Jammes quebró la sonrisa de los directores con tal brusquedad que la expresión de angustia y consternación que se ocultaba debajo se hizo patente a todos los ojos:
—¡El fantasma de la Ópera!
Jammes chilló estas palabras con un acento de pavor indecible; y su dedo señalaba, entre la muchedumbre de elegantes, un rostro tan lívido, tan lúgubre y tan feo, con dos cavidades negras tan profundas bajo unas cejas erizadas, que la calavera en cuestión obtuvo al instante un éxito clamoroso.
—¡El fantasma de la Ópera! ¡El fantasma de la Ópera! —Todo el mundo reía, empujaba a su vecino y quería invitar a una copa al fantasma de la Ópera; pero este se había esfumado. Se había deslizado entre la multitud, y los demás lo buscaron en vano, mientras dos ancianos caballeros se esforzaban por calmar a la pequeña Jammes y la pequeña Giry gritaba como un pavo real.
La Sorelli estaba furiosa; no había podido rematar su discurso; los directores la habían besado, le habían dado las gracias y habían escapado tan de prisa como el mismísimo fantasma. Nadie se extrañó de ello, pues se sabía que debían someterse a igual ceremonia en el piso superior, en el vestíbulo de los cantantes, y que por fin debían recibir en persona a sus amistades particulares, por última vez, en la gran antesala del despacho de la dirección, donde se serviría una cena formal.
Allí se encontraron con los nuevos directores, M. Armand Moncharmin y M. Firmin Richard, a quienes apenas conocían; sin embargo, prodigaron protestas de amistad y recibieron a cambio mil lisonjeros cumplidos, de suerte que aquellos invitados que temían una velada tediosa cobraron al punto semblantes más risueños. La cena resultó casi alegre, y un brindis muy ingenioso del representante del gobierno, hermanando las glorias del pasado con los éxitos del porvenir, hizo reinar la más franca cordialidad.
Los directores salientes habían hecho entrega ya a sus sucesores de las dos diminutas llaves maestras que abrían todas las puertas —miles de puertas— del coliseo de la Ópera. Y aquellas llavecitas, objeto de curiosidad general, pasaban de mano en mano, cuando la atención de algunos convidados se vio atraída por el descubrimiento, en el extremo de la mesa, de aquel rostro extraño, cetrino y fantástico de ojos hundidos que ya se había dejado ver en el vestíbulo del cuerpo de baile y había provocado la exclamación de la pequeña Jammes:
—¡El fantasma de la Ópera!
Allí estaba sentado el fantasma, con la mayor naturalidad del mundo, salvo por el detalle de que ni comía ni bebía. Los que comenzaron mirándolo con una sonrisa acabaron por apartar la vista, pues su contemplación despertaba de inmediato los pensamientos más fúnebres. Nadie repitió la chanza del vestíbulo, nadie exclamó:
—¡Miren al fantasma de la Ópera!
Él no pronunciaba una sola palabra, y sus propios vecinos no habrían sabido decir en qué instante preciso se había sentado entre ellos; pero todos comprendían que, si los muertos volviesen jamás a sentarse a la mesa de los vivos, no ofrecerían una estampa más cadavérica. Los amigos de Firmin Richard y Armand Moncharmin creían que aquel comensal seco y descarnado era un conocido de Debienne o de Poligny, mientras que los allegados de Debienne y Poligny suponían que el siniestro individuo formaba parte del bando de Firmin Richard y Armand Moncharmin.
El resultado fue que no se le pidió explicación alguna; ni una observación desagradable, ni una chanza de mal gusto que hubiese podido agraviar a aquel huésped de ultratumba. Algunos de los presentes que conocían la historia del fantasma y la descripción que de él hiciera el tramoyista jefe —ignoraban aún la muerte de Joseph Buquet— pensaron para sus adentros que el hombre del extremo de la mesa bien habría podido pasar por él; y no obstante, según la leyenda, el fantasma carecía de nariz, mientras que el personaje en cuestión tenía una. Pero M. Moncharmin declara en sus Memorias que la nariz del comensal era transparente: «larga, afilada y transparente» son sus términos exactos. Por mi parte, añadiré que esto bien pudo corresponder a una nariz postiza. M. Moncharmin acaso tomó por transparencia lo que no era sino barniz. Todo el mundo sabe que la ortopedia moderna proporciona admirables narices postizas a quienes las han perdido por causas naturales o tras una intervención quirúrgica.
¿Tomó asiento de veras el fantasma a la mesa de los directores aquella noche sin haber sido invitado? ¿Y podemos tener la certeza de que aquella figura era la del mismísimo fantasma de la Ópera? ¿Quién se atrevería a asegurarlo? Refiero el incidente no porque desee hacer creer al lector por un instante —ni siquiera intentar convencerlo— de que el fantasma fuese capaz de semejante alarde de osadía, sino porque, a fin de cuentas, la cosa no es imposible.
M. Armand Moncharmin, en el capítulo undécimo de sus Memorias, dice:
«Cuando pienso en aquella primera noche, no puedo desvincular el secreto que nos confiaron MM. Debienne y Poligny en su despacho de la presencia en nuestra cena de aquel ser espectral a quien ninguno de nosotros conocía».
Lo ocurrido fue esto: MM. Debienne y Poligny, situados en el centro de la mesa, no habían visto al hombre de la cabeza de muerto. De pronto este se puso a hablar.
—Las señoritas del cuerpo de baile tienen razón —dijo—. La muerte del pobre Buquet no es tal vez tan natural como se cree.
Debienne y Poligny dieron un brinco.
—¿Ha muerto Buquet? —gritaron.
—Sí —respondió con calma el hombre, o la sombra de hombre—. Lo han encontrado esta tarde colgado en el tercer sótano, entre una granja y un telón del Roi de Lahore.
Los dos directores, o más bien exdirectores, se levantaron al instante y contemplaron con ojos extraviados a su interlocutor. Mostraban una turbación muy superior a la debida, es decir, muy superior a la que el anuncio del suicidio de un tramoyista jefe suscitaría en cualquiera. Se miraron. Se habían puesto ambos más blancos que el mantel. Al fin, Debienne hizo una seña a MM. Richard y Moncharmin; Poligny balbuceó unas palabras de disculpa a los invitados, y los cuatro pasaron al despacho de la dirección. Dejo a M. Moncharmin que complete el relato. En sus Memorias dice:
Fin del Episodio 6 · de 47
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