El fantasma de la ópera·Episodio 46

Epílogo · I

~13 min · 2684 palabras

He referido ya la singular, mas verídica historia del fantasma de la Ópera. Según manifesté en la primera página de esta obra, ya no es posible poner en duda que Erik existió realmente. Son hoy tantas las pruebas de su existencia al alcance de cualquiera, que nos es dable seguir las acciones de Erik de manera lógica a lo largo de toda la tragedia de los Chagny.

Huelga recordar aquí hasta qué punto conmovió el caso a la capital. El rapto de la artista, la muerte del conde de Chagny en circunstancias tan singulares, la desaparición de su hermano, el narcotizo del encargado del alumbrado de la Ópera y de sus dos ayudantes: ¡cuántas tragedias, cuántas pasiones, cuántos crímenes habían rodeado el idilio de Raoul y de la dulce y encantadora Christine!... ¿Qué había sido de aquella maravillosa y misteriosa artista de quien el mundo no volvería a saber jamás, jamás?... Se la presentaba como víctima de una rivalidad entre los dos hermanos; y nadie sospechó lo ocurrido en verdad, nadie comprendió que, al haber desaparecido a la par Raoul y Christine, entrambos se habían apartado del mundo para gozar de una ventura que no habrían querido divulgar tras la inexplicable muerte del conde Philippe... Tomaron un día el tren en «la estación del norte del mundo»... ¡Acaso yo también tome un día el tren en esa estación y vaya a buscar en torno a tus lagos, oh Noruega, oh silenciosa Escandinavia, las huellas tal vez aún vivientes de Raoul y Christine, y también de mamá Valérius, desaparecida en la misma época!... ¡Acaso algún día oiga a los solitarios ecos del Norte repetir los cantos de quien conoció al Ángel de la Música!...

Mucho después de que el sumario fuese archivado merced al celo poco clarividente de M. le Juge d’Instruction Faure, los periódicos se esforzaron de cuando en cuando por desentrañar el misterio. Un solo diario vespertino, al corriente de los chismes de bastidores, escribió:

«Reconocemos aquí la zarpa del fantasma de la Ópera».

Y aun eso fue escrito en tono de burla.

Sólo el persa conocía toda la verdad y custodiaba las pruebas capitales, que le llegaron junto con las piadosas reliquias prometidas por el fantasma. Me cupo en suerte completar tales testimonios con la ayuda del mismísimo daroga. Día tras día le ponía al corriente del curso de mis pesquisas, y él las orientaba. Llevaba años y años sin pisar la Ópera, mas conservaba el más exacto recuerdo del edificio, y no cabía imaginar mejor guía para descubrir sus más recónditos escondrijos. Me indicó asimismo dónde recabar mayores informes, a quién interrogar, y me envió a visitar a M. Poligny en momentos en que el desdichado exhalaba casi el último suspiro. Ignoraba yo que estuviese tan gravemente enfermo, y jamás olvidaré la impresión que le causaron mis preguntas sobre el fantasma. Miróme como si viese al demonio y sólo respondió con algunas frases inconexas que revelaban, no obstante —y ello era lo esencial—, hasta qué punto el F. de la O. había perturbado en su tiempo aquella existencia harto agitada ya de por sí (pues M. Poligny era lo que suele llamarse un hombre dado a los placeres).

Cuando acudí a referir al persa el escaso fruto de mi visita a M. Poligny, el daroga sonrió levemente y dijo:

—Poligny jamás sospechó hasta qué punto le embaucó aquel bribón extraordinario que era Erik —el persa, dicho sea de paso, hablaba de Erik a veces como de un semidiós y a veces como del más vil de los miserables—. Poligny era supersticioso y Erik lo sabía. Erik estaba al tanto de casi todo en la vida pública y secreta de la Ópera. Cuando M. Poligny escuchó en el palco número cinco una voz misteriosa que le relataba el empleo de su tiempo y cómo abusaba de la confianza de su socio, no aguardó a oír más. Creyendo al principio que se trataba de una voz del cielo, se dio por condenado; y luego, cuando la voz comenzó a exigir dinero, comprendió que era víctima de un hábil chantajista en cuyas redes había caído el propio Debienne. Ambos, cansados ya de la dirección por diversas causas, se marcharon sin tratar de profundizar más en la identidad de aquel curioso F. de la O. que les había impuesto tan singular pliego de condiciones. Legaron todo el enigma a sus sucesores y respiraron con alivio al verse libres de un asunto que los había desazonado sin divertirlos en lo más mínimo.

Hablé entonces de los dos sucesores y expresé mi extrañeza de que, en sus Memorias de un director, M. Moncharmin refiriese con tanta extensión las andanzas del fantasma de la Ópera en la primera parte de la obra y apenas si le dedicase mención alguna en la segunda. A esto, el persa, que conocía las Memorias tan al dedillo como si él mismo las hubiese redactado, me advirtió que hallaría la explicación del enigma con sólo recordar las breves líneas que Moncharmin consagra al fantasma en la citada segunda parte. Transcribo aquí dichas líneas, singularmente interesantes por cuanto refieren la sencillísima forma en que se zanjó el sonado incidente de los veinte mil francos:

«Por lo que atañe al F. de la O., algunas de cuyas curiosas tretas he relatado en la primera parte de mis Memorias, me limitaré a declarar que redimió con un hermoso rasgo espontáneo todas las desazones causadas a mi querido amigo y socio y, forzoso es confesarlo, a mí mismo. Comprendió sin duda que toda broma tiene un límite, sobre todo cuando resulta tan onerosa y cuando se ha dado parte al comisario de policía; pues en el momento en que nos habíamos citado en nuestro despacho con M. Mifroid para enterarle del asunto, pocos días después de la desaparición de Christine Daaé, hallamos sobre la mesa de Richard un voluminoso sobre con una inscripción en tinta roja: «DE PARTE DEL F. DE LA O.». Contenía la importante suma que tan festivamente había logrado distraer de nuestras arcas por algún tiempo. Richard opinó al punto que debíamos darnos por satisfechos y no remover más el asunto. Fui del mismo parecer que Richard. Bien está lo que bien acaba. ¿No os parece, F. de la O.?».

Por supuesto, Moncharmin, sobre todo tras la restitución del dinero, siguió creyendo que había sido por breve tiempo víctima del humor de Richard; mientras que Richard, por su parte, estaba convencido de que Moncharmin se había entretenido en urdir toda la patraña del fantasma de la Ópera para vengarse de ciertas chanzas.

Rogué al persa que me explicase mediante qué truco había logrado el fantasma sustraer los veinte mil francos del bolsillo de Richard a pesar del imperdible de seguridad. Me respondió que no se había detenido en tan menudo pormenor, pero que, si yo tenía a bien realizar una inspección sobre el terreno, hallaría con certeza la clave del misterio en el propio despacho directorial, recordando que a Erik no le llamaban en balde el enamorado de las trampillas. Prometí al persa hacerlo en cuanto dispusiese de tiempo; y bien puedo adelantar al lector que las pesquisas resultaron coronadas por el éxito más cabal, pues jamás hubiese creído dar con tantas pruebas irrefutables de la autenticidad de las proezas atribuidas al fantasma.

El manuscrito del persa, los papeles de Christine Daaé, las declaraciones recogidas de las personas que sirvieron a las órdenes de MM. Richard y Moncharmin, de la pequeña Meg en persona (la digna Madame Giry, siento decirlo, ya no existe) y de la Sorelli, retirada hoy en Louveciennes: todos los documentos relativos a la existencia del fantasma, que pienso depositar en los archivos de la Ópera, se han visto corroborados y comprobados por una serie de descubrimientos notables de los que me siento con justicia orgulloso. No he podido encontrar la casa del lago, pues Erik cegó todas las entradas secretas. En cambio, he descubierto la galería de los comuneros, cuyos maderos se caen a pedazos por tramos, así como la trampilla por la que Raoul y el persa penetraron en los subterráneos del coliseo. En el calabozo de los comuneros observé multitud de iniciales grabadas en los muros por los desdichados allí encerrados; y entre ellas había una «R» y una «C». R. C.: Raoul de Chagny. Las letras siguen visibles hasta el día de hoy.

Si el lector visita la Ópera una mañana cualquiera y obtiene permiso para recorrerla a su antojo sin la compañía de un guía enfadoso, diríjase al palco número cinco y golpee con el puño o con el bastón la enorme columna que lo separa del antepalco. Comprobará que la columna suena a hueco. Después de eso, nadie se asombre de que albergase la voz del fantasma: en el interior de esa columna caben holgadamente dos hombres. Y si alguien se extraña de que, durante los diversos sucesos, nadie se volviese a mirar la columna, recuerde que ofrecía el aspecto de mármol macizo y que la voz encerrada en ella parecía salir más bien del lado opuesto, pues, según hemos visto, el fantasma era un ventrílocuo consumado.

La columna estaba primorosamente esculpida y labrada a cincel; y no desespero de descubrir un día el motivo ornamental que podía alzarse o bajarse a placer para permitir la misteriosa correspondencia del fantasma con Mme. Giry y el paso de sus propinas.

Sin embargo, todos estos descubrimientos no son nada, a mi entender, comparados con el que pude llevar a cabo, en presencia del administrador, en el propio despacho de los directores, a escasas pulgadas del sillón de la mesa de trabajo: una trampilla del ancho de una tabla del parqué y del largo del antebrazo de un hombre, ni un milímetro más; una trampilla que se abate como la tapa de una caja; una trampilla por la que veo asomarse una mano que palpa con destreza el bolsillo de un frac.

¡Por allí se esfumaron los cuarenta mil francos!... Y por allí también, merced a alguna diestra maniobra, fueron devueltos.

Hablando de este particular con el persa, le dije:

—De suerte que, habiendo sido restituidos los cuarenta mil francos, ¿podemos colegir que Erik sólo se divertía con su pliego de condiciones?

—¡No creáis tal cosa! —repuso—. Erik necesitaba dinero. Creyéndose fuera de la ley humana, no se detenía ante escrúpulo alguno y empleaba sus singulares dotes de destreza y fantasía, recibidas en compensación a su monstruosa fealdad, para esquilmar a sus semejantes. Si devolvió los cuarenta mil francos por su propia voluntad, fue porque ya no los necesitaba. Había renunciado a su boda con Christine Daaé. Había renunciado a todo cuanto existe sobre la superficie de la tierra.

Conforme al relato del persa, Erik había nacido en un villorrio no lejos de Ruan. Era hijo de un maestro albañil. Escapó muy joven de la casa paterna, donde su fealdad infundía espanto a sus propios progenitores. Durante algún tiempo frecuentó las ferias de volatineros, donde un saltimbanqui lo exhibía como el «cadáver viviente». Parece ser que recorrió Europa entera de feria en feria, completando su extraña educación de artista y de ilusionista en las fuentes mismas de la magia y del arte, entre los gitanos. Un período de la vida de Erik permaneció sumido en la sombra. Se le vio en la feria de Nizhni Nóvgorod, ostentando toda su gloria monstruosa. Cantaba ya como nadie jamás ha cantado en este mundo; practicaba la ventriloquía y ejecutaba juegos de manos tan asombrosos que las caravanas que regresaban a Asia hablaban de ellos a lo largo de todo el camino. De este modo su nombradía traspasó los muros del palacio de Mazenderán, donde la pequeña sultana, favorita del sah-in-sah, moríase de aburrimiento. Un comerciante en pieles que regresaba a Samarcanda procedente de Nizhni Nóvgorod refirió los portentos presenciados en la barraca de Erik. El mercader fue llamado a palacio y se ordenó al daroga de Mazenderán que le interrogase. A continuación encomendóse al daroga ir en busca de Erik. Lo condujo a Persia, donde durante varios meses la voluntad de Erik fue ley suprema. Hízose culpable de no pocas atrocidades, pues parecía ignorar la distinción entre el bien y el mal. Tomó parte fría y deliberadamente en varios asesinatos políticos, y dirigió su diabólica capacidad de invención contra el emir de Afganistán, en guerra a la sazón con el imperio persa. El sah cobróle gran afición.

Fue aquélla la época de las horas sonrosadas de Mazenderán, de las que el relato del daroga nos ha dado un vislumbre. Erik profesaba ideas sumamente originales en materia de arquitectura y concebía un palacio como un prestidigitador concibe una caja de doble fondo. El sah le ordenó edificar un alcázar semejante. Erik lo construyó; y el edificio resultó al parecer tan ingenioso que Su Majestad podía circular por él sin ser visto y desaparecer sin que nadie descubriese el truco. Viéndose dueño de semejante joya, el sah-in-sah ordenó que le vaciasen a Erik los ojos amarillos. Mas luego reflexionó que, aun ciego, Erik sería capaz de levantar un palacio tan portentoso para otro monarca; y además, mientras Erik viviese, alguien conocería el secreto de la maravillosa morada. Decidióse pues la muerte de Erik, junto con la de todos los obreros que habían trabajado a sus órdenes. La ejecución de tan abominable decreto recayó en el daroga de Mazenderán. Erik le había prestado algunos pequeños servicios y le había hecho reír de buena gana en más de una ocasión. El daroga salvó a Erik facilitándole los medios de huida, mas a punto estuvo de pagar con la cabeza su generosa benevolencia.

Por fortuna para el daroga, hallóse en la ribera del mar Caspio un cadáver medio devorado por las aves de rapiña, que se tomó por los restos de Erik gracias a que los amigos del daroga lo habían vestido con ropas pertenecientes al fugitivo. El daroga salió del paso con la pérdida del favor imperial, la confiscación de sus bienes y una orden de destierro perpetuo. No obstante, en su calidad de miembro de la familia real continuó percibiendo del tesoro persa una pensión mensual de unos cuantos cientos de francos; y con ella vino a radicarse en París.

Por lo que hace a Erik, marchó al Asia Menor y de allí a Constantinopla, donde entró al servicio del sultán. Para dar idea de los servicios que pudo prestar a un monarca acosado por terrores continuos, me bastará decir que fue Erik quien construyó todas las famosas trampillas, cámaras secretas y cajas de caudales misteriosas halladas en Yildiz-Kiosk tras la última revolución turca. Inventó asimismo aquellos autómatas vestidos a semejanza del sultán y en todo parecidos a él, que hacían creer que el Comendador de los Creyentes velaba en un sitio cuando en realidad dormía plácidamente en otro.

Naturalmente, hubo de abandonar el servicio del sultán por las mismas razones que le habían forzado a huir de Persia: sabía demasiado. Entonces, fatigado de su existencia aventurera, tremenda y monstruosa, anheló ser alguien «como todo el mundo». Y se hizo contratista, como cualquier contratista vulgar, construyendo casas ordinarias con ladrillos ordinarios. Presentó presupuesto para parte de los cimientos de la Ópera. Su propuesta fue aceptada. En cuanto se vio en los sótanos del inmenso coliseo, su índole de artista, de visionario y de mago recobró la delantera. Además, ¿no seguía siendo tan horriblemente feo como siempre? Soñó con labrarse para su uso exclusivo una morada ignorada del resto del mundo, donde ocultarse de las miradas de los hombres para siempre jamás.

El lector conoce y adivina el resto. Todo concuerda en esta historia inverosímil y sin embargo rigurosamente verídica. ¡Pobre, desdichado Erik! ¿Habremos de compadecerle? ¿Habremos de maldecirle? No pedía otra cosa sino ser «alguien», como todo el mundo. ¡Pero era demasiado feo! ¡Y tuvo que ocultar su genio O PONERLO AL SERVICIO DE LA TRAMOYA, cuando con un rostro vulgar habría sido uno de los hombres más preclaros de su siglo! Poseía un corazón capaz de abarcar el imperio del mundo entero; y al cabo hubo de contentarse con una cueva subterránea. ¡Ah, sí, forzoso es tener piedad del fantasma de la Ópera!

Fin del Episodio 46 · de 47

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