El fin de los amores del fantasma · II
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En cuanto a vos, no existíais, habíais dejado de existir, os lo juro, ¡y estabais a punto de perecer junto con el otro!... ¡Sólo que, escuchadme bien, daroga: cuando estabais bramando como un poseso a causa del agua, Christine vino hacia mí con sus hermosos ojos azules desmesuradamente abiertos, y me juró por su salvación que consentía en ser ¡MI ESPOSA VIVA!... Hasta entonces, en el fondo de sus pupilas, daroga, sólo había visto a mi esposa muerta; era la primera vez que contemplaba en ellas a MI ESPOSA VIVA. Era sincera, por su eterna salvación. No se quitaría la vida. Era un pacto... Medio minuto después, toda el agua había retornado al lago; y me costó gran trabajo reanimaros, daroga, pues, por mi honor, ¡creí que ya no lo contabais!... ¡En fin!... ¡Allí estabais! Quedó acordado que os subiría a ambos a la superficie de la tierra. Cuando por fin os hube sacado de la estancia Luis Felipe, regresé solo...
—¿Qué habéis hecho del vizconde de Chagny? —preguntó el persa interrumpiéndole.
—¡Ah, ya veis, daroga! A él no podía subirlo así, en seguida... Era un rehén... Pero tampoco podía retenerlo en la casa del lago por consideración a Christine; de suerte que lo encerré con holgura, lo encadené con primor —una vaharada del narcótico de Mazenderán lo había dejado blando como un trapo— en el calabozo de los comuneros, que se encuentra en la parte más solitaria y recóndita de la Ópera, por debajo del quinto sótano, adonde nadie baja jamás y donde nadie os oye. Luego regresé al lado de Christine: me estaba esperando.
Erik se levantó aquí solemnemente. Prosiguió entonces, pero a medida que hablaba, embargado por toda su emoción de antaño, comenzó a temblar como una hoja:
—Sí, me estaba esperando... esperándome erguida y viva, una novia real y viviente... por su salvación... Y cuando yo... me adelanté, más tímido que... un niño pequeño, ella no huyó... no, no... se quedó... me aguardó... Creo incluso... daroga... que adelantó la frente... un poco... ¡oh, no mucho!... sólo un poquito... como una novia viviente... ¡Y... y... yo... la besé!... ¡Yo!... ¡Yo!... ¡Yo!... ¡Y no se murió!... ¡Oh, qué dulce es, daroga, besar a alguien en la frente!... ¡No podéis imaginarlo!... ¡Pero yo!... ¡Yo!... Mi madre, daroga, mi pobre y desdichada madre jamás... consintió que la besase... ¡Huía espantada... y me arrojaba la máscara!... ¡Ni ninguna otra mujer... jamás, jamás!... Ah, bien podéis comprenderlo: mi dicha era tan inmensa que me eché a llorar. Y caí a sus plantas llorando... y besé sus pies... sus piececitos... bañado en lágrimas. Vos lloráis también, daroga... ¡y ella lloró asimismo... el ángel lloró!... —Erik sollozaba a gritos, y el propio persa no pudo contener el llanto ante aquel hombre enmascarado que, con los hombros estremecidos y las manos crispadas sobre el pecho, gemía alternativamente de dolor y de amor.
—Sí, daroga... Sentí sus lágrimas correr por mi frente... ¡por la mía, por la mía!... ¡Eran tibias... eran dulces!... Se deslizaban bajo mi máscara... se mezclaban con las lágrimas de mis ojos... sí... me corrían entre los labios... Escuchad, daroga, escuchad lo que hice... ¡Me arranqué la máscara para no perder una sola de sus lágrimas... y ella no huyó!... ¡Y no cayó muerta!... Permaneció viva, llorando sobre mí, conmigo. ¡Lloramos juntos! ¡He gustado toda la felicidad que el mundo puede ofrecer!
Y Erik se desplomó en una silla, sofocado:
—¡Ah, aún no voy a morirme... luego me moriré... pero dejadme llorar!... Escuchad, daroga... escuchad esto... Mientras me hallaba a sus pies... la oí decir: «¡Pobre, desdichado Erik!»... ¡Y ME TOMÓ LA MANO!... Yo no era ya más, ¿sabéis?, que un pobre perro dispuesto a morir por ella... ¡lo digo de veras, daroga!... Llevaba en la mano una sortija, una simple alianza de oro que yo le había dado... que ella había perdido... y que yo había vuelto a encontrar... una alianza de boda, ¿comprendéis?... Se la deslicé en su manita y le dije: «¡Tened!... ¡Tomadla!... ¡Tomadla para vos... y para él!... Será mi regalo de bodas... un presente de vuestro pobre y desdichado Erik... Sé que amáis a ese muchacho... ¡no lloréis más!»... Ella me preguntó con una voz dulcísima qué quería yo decir... ¡Entonces le di a entender que para ella yo no era más que un pobre can dispuesto a expirar a sus pies... pero que podía desposarse con el joven cuando gustase, porque había llorado conmigo y mezclado sus lágrimas con las mías!...
La turbación de Erik era tan violenta que hubo de rogar al persa que no le mirase, pues se ahogaba y precisaba quitarse la máscara. El daroga se dirigió a la ventana y la abrió. Tenía el corazón colmado de piedad, pero cuidó de clavar la vista en los árboles del jardín de las Tullerías para no contemplar el semblante del monstruo.
—Fui a poner en libertad al joven —prosiguió Erik— y le dije que viniese conmigo al lado de Christine... Se besaron delante de mí en la estancia Luis Felipe... Christine llevaba mi sortija... Hice jurar a Christine que volvería una noche, cuando yo hubiese muerto, cruzando el lago por el lado de la rue Scribe, para sepultarme en el más estricto secreto con la alianza de oro, que debía llevar puesta hasta aquel instante... Le indiqué dónde encontraría mi cadáver y qué debía hacer con él... Luego Christine me besó, por primera vez, ella misma, aquí, en la frente —¡no miréis, daroga!—, aquí, en la frente... en mi frente, ¡en la mía! —¡no miréis, daroga!—, y se marcharon juntos... Christine había cesado de llorar... Sólo yo lloraba... ¡Daroga, daroga, si Christine cumple su promesa, volverá muy pronto!...
El persa no le formuló pregunta alguna. Hallábase del todo tranquilo sobre la suerte de Raoul de Chagny y de Christine Daaé; nadie habría podido dudar de la palabra de Erik en aquella noche de llanto.
El monstruo se colocó de nuevo la careta y reunió fuerzas para despedirse del daroga. Le dijo que, cuando sintiese aproximarse su postrera hora, le enviaría, en gratitud por las bondades que el persa le dispensara en otro tiempo, cuanto más veneraba en el mundo: todos los papeles de Christine Daaé, que ella había escrito para conocimiento de Raoul y dejado en poder de Erik, junto con algunos objetos pertenecientes a ella, como un par de guantes, una hebilla de zapato y dos pañuelos de bolsillo. Respondiendo a las preguntas del persa, Erik le refirió que los dos jóvenes, en cuanto se vieron libres, habían resuelto acudir en busca de un sacerdote a algún rincón solitario donde ocultar su dicha y que, con tal designio, habían tomado el tren en «la estación del norte del mundo». Por último, Erik encomendaba al persa que, tan pronto recibiese las reliquias y papeles prometidos, enterase de su muerte a la joven pareja e insertase una nota necrológica en L’Époque.
Eso fue todo. El persa acompañó a Erik hasta la puerta de su vivienda, y Darius le ayudó a bajar hasta la calle. Un carruaje le aguardaba allí. Erik subió a él, y el persa, que se había asomado de nuevo a la ventana, oyó que decía al cochero:
—A la Ópera.
Y el coche partió perdiéndose en la noche.
El persa había visto por última vez al pobre y desdichado Erik. Tres semanas más tarde, L’Époque publicó este suelto:
«Erik ha muerto».
Fin del Episodio 45 · de 47
El fin de los amores del fantasma · II
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