El fantasma de la ópera·Episodio 44

El fin de los amores del fantasma · I

~9 min · 1730 palabras

El capítulo precedente señala la conclusión del relato manuscrito que el persa dejó tras de sí.

A despecho de los horrores de una situación que parecía abandonarlos irremediablemente a la muerte, M. de Chagny y su compañero fueron salvados por la sublime abnegación de Christine Daaé. Y el resto de la historia lo supe por boca del mismísimo daroga.

Cuando fui a visitarle, residía todavía en su modesto apartamento de la rue de Rivoli, frente a las Tullerías. Hallábase sumamente enfermo, y fue menester todo mi ardor de historiador consagrado a la verdad para persuadirle de que reviviese en mi obsequio aquella tragedia inverosímil. Su fiel y anciano criado Darius me introdujo en sus habitaciones. El daroga me recibió junto a una ventana que dominaba el jardín de las Tullerías. Conservaba aún sus ojos magníficos, mas su pobre semblante acusaba una gran decadencia. Habíase afeitado por entero la cabeza, habitualmente cubierta por un gorro de astracán; vestía un largo y sencillo gabán y se entretenía haciendo girar maquinalmente los pulgares dentro de las mangas; pero su entendimiento permanecía del todo despejado, y me refirió su historia con perfecta lucidez.

Parece ser que, al abrir los ojos, el daroga se encontró tendido sobre una cama. M. de Chagny yacía en un sofá, junto al armario. Un ángel y un demonio velaban a su cabecera.

Tras las patrañas e ilusiones de la cámara de suplicio, la minuciosa precisión de los detalles de aquella apacible estancia burguesa parecía ideada con el expreso propósito de desconcertar el juicio del mortal bastante temerario como para extraviarse en semejante morada de pesadilla viviente. La cama de madera, las sillas de caoba encerada, la cómoda, aquellos bronces, los tapetes cuadrados cuidadosamente dispuestos sobre el respaldo de los asientos, el reloj de la chimenea y los inofensivos cofrecillos de ébano a uno y otro extremo, y por fin la rinconera repleta de conchas, acericos encarnados, barquichuelos de nácar y un descomunal huevo de avestruz, todo ello alumbrado discretamente por una lámpara con pantalla colocada sobre un velador redondo: aquel conjunto de muebles vulgares, pacíficos y sensatos, EN LO MÁS PROFUNDO DE LOS SÓTANOS DE LA ÓPERA, desconcertaba la imaginación más aún que todos los portentos recién presenciados.

Y la figura del hombre enmascarado resultaba tanto más formidable en aquel marco anticuado, pulcro y meticuloso. Inclinóse sobre el persa y le murmuró al oído:

—¿Os sentís mejor, daroga?... ¿Contempláis mis muebles?... Es todo cuanto me queda de mi pobre y desdichada madre.

Christine Daaé no pronunció una sola palabra: se movía sin hacer ruido, como una hermana de la caridad que hubiese hecho voto de silencio. Trajo una taza de reconfortante o de té caliente, él no recordaba con exactitud cuál de los dos. El hombre de la máscara la tomó de sus manos y se la ofreció al persa. M. de Chagny continuaba durmiendo.

Erik vertió una gota de ron en la taza del daroga y, señalando hacia el vizconde, dijo:

—Volvió en sí mucho antes de que supiéramos si vos aún vivíais, daroga. Se encuentra bien. Duerme. No debemos despertarlo.

Erik salió de la estancia por unos instantes, y el persa se incorporó sobre el codo, miró en torno a sí y vio a Christine Daaé sentada junto a la chimenea. Le dirigió la palabra, la llamó, pero sintióse aún muy débil y volvió a caer sobre la almohada. Christine se acercó a él, le puso la mano en la frente y se retiró de nuevo. Y el persa recordaba que, al alejarse, ni siquiera echó una mirada a M. de Chagny, quien en verdad dormía sosegadamente; y sentóse otra vez en su sillón al amor de la lumbre, muda como una hermana de la caridad que hubiese hecho voto de silencio.

Erik regresó con unos frasquitos que colocó sobre la repisa de la chimenea. Y de nuevo en un susurro, para no despertar a M. de Chagny, dijo al persa tras tomar asiento y tomarle el pulso:

—Ahora estáis a salvo los dos. Y pronto os subiré a la superficie de la tierra, PARA AGRADAR A MI MUJER.

Dicho esto se levantó sin dar más explicaciones y desapareció de nuevo.

El persa contempló entonces el plácido perfil de Christine bajo la lámpara. Leía un librito diminuto, de cortes dorados, semejante a un devocionario. Hay ediciones de la Imitación de Cristo que tienen ese aspecto. El persa conservaba todavía en el oído la naturalidad con que el otro había dicho: «para agradar a mi mujer». Muy suavemente volvió a llamarla; pero Christine hallábase absorta en su lectura y no le oyó.

Erik regresó, preparó una pócima para el daroga y le aconsejó que no volviese a hablarle a «su mujer» ni a nadie, PORQUE PODRÍA SER MUY PELIGROSO PARA LA SALUD DE TODOS.

A la postre, el persa se quedó dormido, al igual que M. de Chagny, y no despertó hasta hallarse en su propia alcoba, atendido por su fiel Darius, quien le refirió que la noche anterior lo habían encontrado recostado contra la puerta de su vivienda, adonde lo había conducido un desconocido que llamó a la campanilla antes de marcharse.

Tan pronto como el daroga recobró las fuerzas y el juicio, mandó a casa del conde Philippe a preguntar por la salud del vizconde. Le respondieron que no se había visto al joven y que el conde Philippe estaba muerto. Su cadáver había sido hallado a orillas del lago de la Ópera, por el lado de la rue Scribe. El persa recordó la misa de réquiem que había escuchado tras la pared de la cámara de suplicio, y no le cupo la menor duda respecto al crimen ni al culpable. Conociendo a Erik como le conocía, reconstruyó fácilmente la tragedia. Creyendo que su hermano había huido con Christine Daaé, Philippe se había lanzado en su persecución por la carretera de Bruselas, donde sabía que todo estaba dispuesto para la fuga. Al no hallar a los fugitivos, regresó a toda prisa a la Ópera, recordó la extraña confidencia de Raoul acerca de su fantástico rival, y supo que el vizconde había hecho todo lo posible por penetrar en los subterráneos del coliseo y que había desaparecido, dejando el sombrero en el camerino de la cantatriz junto a un estuche de pistolas vacío. Y el conde, que ya no dudaba de la locura de su hermano, se precipitó a su vez en aquel laberinto subterráneo infernal. Bastaba esto, a juicio del persa, para explicar el hallazgo del cadáver del conde de Chagny a la orilla del lago, donde la sirena, la sirena de Erik, montaba guardia.

El persa no titubeó. Determinó poner los hechos en conocimiento de la justicia. El asunto se hallaba en manos de un juez de instrucción llamado Faure, individuo incrédulo, vulgar y superficial (escribo tal como pienso), con un criterio del todo incapacitado para acoger una confidencia semejante. M. Faure tomó nota de las declaraciones del daroga y pasó a tratarlo como a un loco.

Desesperando de ser escuchado por la autoridad, el persa se sentó a escribir. Ya que la policía desdeñaba su testimonio, tal vez la prensa lo acogiese con agrado; y acababa de trazar la última línea del relato que he reproducido en los capítulos anteriores cuando Darius anunció la visita de un desconocido que se negaba a dar su nombre, que rehusaba mostrar el rostro y manifestaba sencillamente que no abandonaría la casa hasta haber hablado con el daroga.

El persa intuyó al punto quién era su singular visitante y ordenó que lo hicieran pasar. El daroga no se equivocaba. ¡Era el fantasma, era Erik!

Parecía extremadamente débil y se apoyaba contra la pared como temeroso de caerse. Al quitarse el sombrero descubrió una frente blanca como la cera. El resto de su horrible fisonomía quedaba oculto por la máscara.

El persa se puso en pie al entrar Erik.

—¡Asesino del conde Philippe! ¿Qué has hecho de su hermano y de Christine Daaé?

Erik vaciló bajo semejante increpación directa, guardó silencio un instante, se arrastró hasta una silla y exhaló un profundo suspiro. Luego, hablando a frases cortadas y entrecortando el aliento entre las palabras:

—Daroga, no me habléis... por piedad, no me habléis del conde Philippe... Ya estaba muerto... sí, ya estaba muerto... en el momento preciso en que salí de mi casa... estaba muerto... cuando... la sirena cantó... Fue un... lamentable accidente... un triste... un tristísimo y doloroso... accidente. ¡Se cayó de un modo muy torpe... pero de la manera más simple y natural... al agua del lago!...

—¡Mientes! —gritó el persa.

Erik bajó la cabeza y contestó:

—No he venido aquí... a hablar del conde Philippe... sino a deciros que... me voy... a morir...

—¿Dónde están Raoul de Chagny y Christine Daaé?

—Me voy a morir.

—¿Raoul de Chagny y Christine Daaé?

—De amor... daroga... me muero... de amor... Así son las cosas... ¡la amaba tanto!... Y todavía la amo... daroga... y me muero de amor por ella, ¡os... os lo aseguro!... Si supierais lo hermosa que estaba... cuando me permitió besarla... viva... Fue la primera... vez, daroga, la primera... vez en mi vida que besé a una mujer... Sí, viva... la besé viva... ¡y estaba tan hermosa como si hubiese estado muerta!

El persa sacudió a Erik por el brazo:

—¿Vas a decirme si está viva o muerta?

—¿Por qué me sacudís así? —preguntó Erik esforzándose por hilar mejor las frases—. Os digo que me voy a morir... Sí, la besé viva...

—¿Y ahora está muerta?

—¡Os digo que la besé así, en la frente... y ella no apartó la frente de mis labios!... ¡Oh, es una buena muchacha!... En cuanto a que esté muerta, no lo creo; pero eso ya no me concierne... ¡No, no, no está muerta! ¡Y nadie tocará un solo cabello de su cabeza! Es una muchacha buena y honrada, y os salvó la vida, daroga, en un instante en que yo no habría dado dos perras por vuestro pellejo persa. A decir verdad, nadie se acordaba de vos. ¿A qué fuisteis allí con ese mozuelo? ¡Habríais muerto lo mismo que él! ¡Por mi palabra, cuánto me suplicó por su mozuelo! Pero le dije que, habiendo hecho girar el escorpión, por ese solo hecho y por su libre voluntad había quedado prometida a mí, y que no necesitaba estar comprometida con dos hombres a la vez, lo cual era bastante cierto.

Fin del Episodio 44 · de 47

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