El fantasma de la ópera·Episodio 42

«¡Toneles! ... ¡Toneles! ... ¿Hay toneles para vender?» · II

~7 min · 1430 palabras

Estaba bastante sorprendido —y así se lo dije al vizconde— de que no nos hubiésemos tropezado con otros animales peligrosos a lo largo de la noche. De ordinario, tras el león venía el leopardo y a veces el zumbido de la mosca tse-tsé. Eran efectos muy fáciles de lograr, y le expliqué a M. de Chagny que Erik imitaba el rugido del león con un pandero o tamboril alargado, provisto de piel de asno en uno de sus extremos. Sobre dicho parche sujetaba una cuerda de tripa, atada por el centro a otra semejante que atravesaba el tambor en toda su longitud. A Erik le bastaba con frotar aquella cuerda con un guante untado de resina para reproducir a la perfección, según el modo de frotarla, la voz del león, la del leopardo o incluso el zumbido de la mosca tse-tsé.

La idea de que Erik se hallaba probablemente en la pieza vecina manejando su tramoya me impulsó de pronto a entablar parlamento con él, pues a todas luces debíamos renunciar a tomarle por sorpresa. Además, a aquellas alturas ya sabría de sobra quiénes ocupaban su cámara de tormento. Le llamé: «¡Erik! ¡Erik!»

Grité con cuantas fuerzas me quedaban a través del desierto, mas nadie respondió a mi llamada. En derredor nuestro sólo reinaban el silencio y la árida inmensidad de aquel páramo pedregoso. ¿Qué iba a ser de nosotros en medio de tan espantosa soledad?

Comenzábamos literalmente a morirnos de calor, de hambre y de sed... de sed sobre todo. Por fin, vi que M. de Chagny se incorporaba sobre un codo y señalaba hacia un punto del horizonte. ¡Había descubierto un oasis!

¡Sí, a lo lejos divisábase un oasis... un oasis con aguas límpidas que reflejaban los árboles de hierro!... ¡Vana ilusión! Era la decoración del espejismo... la reconocí al punto... ¡la peor de las tres!... Nadie había sido capaz de luchar contra ella... nadie... Hice esfuerzos supremos por no perder la cabeza Y POR NO ESPERAR AGUA, porque sabía que, si uno albergaba la esperanza de hallar agua, el agua que retrataba el árbol de hierro, y si tras desearla se estrellaba contra el espejo, ¡ya no le quedaba más remedio que ahorcarse del árbol de hierro!

Así pues, grité a M. de Chagny:

—¡Es el espejismo!... ¡Es un espejismo!... ¡No crea en el agua!... ¡Es otra ilusión de los espejos!...

¡Entonces me espetó con aspereza que me callara con mis engaños de espejos, mis resortes, mis puertas giratorias y mis palacios de ilusiones! Declaró encolerizado que yo debía de estar ciego o rematadamente loco para imaginarme que toda aquella agua que corría allí delante, entre árboles magníficos y sin cuento, ¡no era agua de verdad!... ¡Y el desierto era auténtico!... ¡Y el bosque también!... ¡Y era inútil que intentara embaucarlo... pues él era un viajero avezado y experto... que había recorrido el mundo entero!

Y se arrastraba diciendo: «¡Agua! ¡Agua!»

Y tenía la boca abierta, cual si estuviese bebiendo.

Y mi boca estaba también abierta, cual si estuviese bebiendo.

¡Porque no sólo veíamos el agua, sino que LA OÍAMOS!... ¡La oíamos correr, la oíamos susurrar y chapotear!... ¿Comprendéis esa palabra, «chapotear»?... ¡ES UN SONIDO QUE SE ESCUCHA CON LA LENGUA!... ¡Uno saca la lengua fuera de la boca para oírlo mejor!

Por último —y éste fue el suplicio más despiadado de todos—, ¡oímos la lluvia sin que lloviera en absoluto! Era una invención diabólica... ¡Oh, bien sabía yo cómo la lograba Erik! Llenaba de piedrecitas una caja muy larga y estrecha, erizada por dentro de salientes de madera y metal. Al caer, las piedrecitas chocaban contra aquellos resaltes y rebotaban de uno a otro; y el resultado era un repiqueteo continuo que imitaba con fidelidad un verdadero aguacero.

¡Ah, habríais tenido que vernos sacando la lengua y arrastrándonos hacia la orilla murmurante! ¡Teníamos los ojos y los oídos llenos de agua, pero la lengua nos quedaba tan dura y seca como un cuerno!

Cuando llegamos al espejo, M. de Chagny lo lamió... y yo lamí asimismo el cristal.

¡Estaba ardiendo!

Entonces rodamos por el suelo con un ronco clamor de desesperanza. M. de Chagny se llevó a la sien la única pistola que todavía continuaba cargada; y yo me quedé contemplando el lazo del Panyab al pie del árbol de hierro. ¡Comprendí entonces por qué el árbol de hierro había vuelto en aquella tercera mutación de la escena!... ¡El árbol de hierro me estaba esperando!...

Mas al clavar la mirada en el lazo del Panyab, advertí algo que me hizo dar un respingo tan violento que M. de Chagny suspendió su intento de suicidio. Lo así del brazo. Y luego le arrebaté la pistola... y me arrastré de rodillas hacia lo que había divisado.

Había descubierto cerca del lazo del Panyab, en una hendidura del entarimado, un clavo de cabeza negra cuyo empleo conocía. ¡Por fin había dado con el resorte! Palpé el clavo... levanté un rostro radiante hacia M. de Chagny... El clavo de cabeza negra cedió bajo mi presión...

Y entonces...

Y entonces vimos, no una puerta que se abría en la pared, sino una trampilla que se desprendía en el suelo. Una ráfaga de aire fresco subió hacia nosotros desde el negro abismo inferior. Nos asomamos a aquel recuadro de tinieblas como a un pozo de aguas cristalinas. Con la barbilla bañada por la sombra fresca, la absorbíamos ansiosos. Y nos inclinábamos más y más sobre la abertura. ¿Qué podía haber en aquella bodega abierta a nuestros pies? ¿Agua? ¿Agua para beber?

Metí el brazo en la oscuridad y tropecé con un peldaño de piedra y luego con otro... una escalera... una lóbrega escalera que descendía a la bodega. El vizconde quiso arrojarse de cabeza por el agujero; mas yo, receloso de alguna nueva treta del monstruo, lo detuve, encendí mi linterna sorda y bajé en primer lugar.

La escalera era de caracol y conducía a unas tinieblas impenetrables. ¡Mas oh, qué delicia de frescura ofrecían aquella oscuridad y aquellos escalones! El lago no podía andar muy lejos.

Pronto llegamos abajo. Nuestros ojos comenzaban a habituarse a la penumbra, a distinguir bultos a nuestro alrededor... formas redondeadas... sobre las que proyecté el haz de luz de mi linterna.

¡Toneles!

Estábamos en la bodega de Erik: allí era donde guardaba sus caldos y tal vez su agua potable. Yo sabía que Erik era muy aficionado al buen vino. ¡Ah, cuánto habría de beber en aquel sitio!

M. de Chagny acariciaba aquellas formas combadas y no cesaba de repetir:

—¡Toneles! ¡Toneles! ¡Qué cantidad de toneles!...

En efecto, había un buen número de ellos, dispuestos simétricamente en dos hileras, una a cada lado. Eran barricas pequeñas, y pensé que Erik las habría escogido de aquel tamaño para facilitar su transporte hasta la casa del lago.

Los examinamos uno tras otro para ver si alguno tenía espita o canilla, indicio de haber sido trasegado en alguna ocasión. Pero todos los toneles estaban cerrados herméticamente.

Entonces, tras levantar a medias uno para cerciorarme de que estaba lleno, nos hincamos de rodillas y, con la hoja de una pequeña navaja que llevaba conmigo, me dispuse a forzar el tapón.

En aquel instante me pareció escuchar, procedente de muy lejos, una especie de cantinela monótona que conocía bien por haberla oído a menudo en las calles de París:

—¡Toneles!... ¡Toneles!... ¿Hay toneles para vender?

Mi mano suspendió la faena. M. de Chagny había oído también. Dijo:

—¡Qué curioso! ¡Parece como si el tonel estuviese cantando!

El pregón volvió a resonar más lejos:

—¡Toneles!... ¡Toneles!... ¿Hay toneles para vender?...

—¡Oh, le juro —dijo el vizconde— que la tonada se apaga dentro del tonel!...

Nos pusimos en pie y fuimos a mirar detrás del tonel.

—¡Está dentro —dijo M. de Chagny—, está dentro!

Pero allí nada escuchamos y no tuvimos más remedio que culpar al mal estado de nuestros sentidos. Regresamos a la boca del tonel. M. de Chagny juntó ambas manos por debajo y, con un último esfuerzo, conseguí saltar el tapón.

—¿Qué es esto? —gritó el vizconde—. ¡Esto no es agua!

El vizconde acercó sus manos colmadas a mi linterna... Me incliné a mirar... y arrojé al punto la linterna con tanta violencia que se rompió y se apagó, dejándonos en la más absoluta oscuridad.

¡Lo que había visto en las manos de M. de Chagny... era pólvora!

Es muy natural que, en la época en que escribía el persa, tomase tantas precauciones contra la incredulidad de quienes pudiesen leer su relato. Hoy en día, cuando todos hemos contemplado esta clase de salas ilusorias, semejantes prevenciones resultarían del todo superfluas.

Fin del Episodio 42 · de 47

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