El fantasma de la ópera·Episodio 41

«¡Toneles! ... ¡Toneles! ... ¿Hay toneles para vender?» · I

~11 min · 2131 palabras

CONTINUACIÓN DEL RELATO DEL PERSA

He dicho ya que la estancia en la que M. le Vicomte de Chagny y yo nos hallábamos prisioneros era un hexágono regular, recubierto por entero de espejos. Muchas habitaciones semejantes se han visto desde entonces, sobre todo en exposiciones: se las llama «palacios de la ilusión» o con algún nombre parecido. Pero la invención pertenece por entero a Erik, quien construyó la primera sala de esta clase ante mis propios ojos, en la época de las horas sonrosadas de Mazenderán. Un motivo decorativo, una columna por ejemplo, se colocaba en uno de los rincones y de inmediato producía una galería de mil columnas; pues, merced a los espejos, la sala real se multiplicaba en seis salas hexagonales, cada una de las cuales, a su vez, se multiplicaba indefinidamente. Mas la pequeña sultana no tardó en cansarse de aquella ilusión pueril, de suerte que Erik transformó su invento en una «cámara de tormento». En vez del motivo arquitectónico situado en una esquina, colocó un árbol de hierro. Dicho árbol, con sus hojas pintadas, imitaba a la perfección la naturaleza y era de hierro para resistir todos los embates del «paciente» encerrado en la cámara de suplicio. Ya veremos cómo la escena así lograda se modificaba por dos veces de manera instantánea en otras dos visiones sucesivas, merced a la rotación automática de los tambores o rodillos de los ángulos. Estos se hallaban divididos en tres secciones, encajadas en las esquinas de los espejos, y cada una sostenía un decorado distinto que aparecía a la vista en cuanto el rodillo giraba sobre su eje.

Las paredes de tan extraña estancia no ofrecían al paciente asidero alguno, porque, aparte del sólido objeto decorativo, se hallaban guarnecidas únicamente de espejos, con el grosor suficiente para resistir cualquier acometida de la víctima, arrojada a la cámara con las manos vacías y descalza.

No había mueble alguno. El techo podía iluminarse a voluntad. Un ingenioso sistema de calefacción eléctrica, imitado después en otros lugares, permitía elevar la temperatura de las paredes y de la habitación cuanto se deseara.

Doy todos estos pormenores de una invención perfectamente explicable y natural, capaz de producir, con unas cuantas ramas pintadas, la sobrenatural ilusión de una selva ecuatorial ardiendo bajo el sol del trópico, a fin de que nadie dude del equilibrio de mi razón ni se crea con derecho a tacharme de loco o embustero, o a pensar que me burlo de su credulidad.

Vuelvo ahora a los hechos en el punto donde los dejé. Cuando el techo se iluminó y la selva se hizo visible a nuestro alrededor, el asombro del vizconde fue inmenso. Aquella selva impenetrable, con sus innumerables troncos y ramajes, lo sumió en una consternación espantosa. Se pasó las manos por la frente, como si quisiera disipar un sueño; parpadeó azorado y, durante un instante, se olvidó por completo de escuchar.

Ya he dicho que la visión del bosque no me sorprendió en absoluto; por ello me puse a escuchar por los dos lo que ocurría en la pieza vecina. Por último, mi atención se vio atraída sobre todo, no tanto por el cuadro en sí, cuanto por los espejos que lo reflejaban. Dichas lunas estaban rotas por algunos lados. Sí, estaban marcadas y arañadas; se hallaban estrelladas a pesar de su solidez, lo cual me demostraba que la cámara de suplicio donde nos hallábamos encerrados YA HABÍA CUMPLIDO SU PROPÓSITO.

¡Sí, algún desdichado, cuyos pies no estaban descalzos como los de las víctimas de las horas sonrosadas de Mazenderán, había caído sin duda en aquella «ilusión mortal» y, ciego de furia, había arremetido a patadas contra aquellos espejos que, no obstante, continuaban reflejando su agonía! Y la rama del árbol en la que había puesto término a sus sufrimientos estaba dispuesta de tal suerte que, antes de expirar, había contemplado por postrer consuelo a mil hombres que se retorcían en su propia compañía.

¡Sí, Joseph Buquet había pasado sin duda por todo aquello! ¿Habríamos de morir nosotros del mismo modo que él? No lo creía así, pues sabía que disponíamos de unas cuantas horas por delante y que yo sabría emplearlas mucho mejor de lo que pudo hacerlo Joseph Buquet. Al fin y al cabo, conocía a fondo la mayor parte de las «artimañas» de Erik; y era ahora o nunca cuando debía sacar provecho de mi saber.

Para empezar, abandoné toda idea de regresar por el pasadizo que nos había conducido a aquella maldita estancia. Ni me preocupé siquiera por la posibilidad de accionar la piedra interior que sellaba la galería, por la sencilla razón de que semejante maniobra resultaba imposible. Habíamos caído desde una altura excesiva al fondo de la cámara de suplicio; no había mueble alguno que nos sirviese para alcanzar la abertura, y ni siquiera la rama del árbol de hierro, ni subiéndonos el uno sobre los hombros del otro, nos habría valido de nada.

No existía más que una salida posible: la que comunicaba con la estancia Luis Felipe donde se hallaban Erik y Christine Daaé. Pero, si bien dicha salida parecía una puerta vulgar y corriente por el lado de Christine, para nosotros resultaba por completo invisible. Debíamos, por consiguiente, intentar abrirla sin saber siquiera en qué punto se encontraba.

Cuando me hube convencido de que no cabía esperar auxilio alguno por parte de Christine Daaé, tras escuchar cómo el monstruo arrastraba a la infeliz fuera de la estancia Luis Felipe PARA QUE NO ESTORBASE NUESTROS SUPLICIOS, resolví ponerme a la faena sin perder un solo instante.

Mas antes hube de calmar a M. de Chagny, que ya deambulaba como un demente, profiriendo gritos inconexos. Los retazos de conversación que había captado entre Christine y el monstruo habían contribuido no poco a trastornarle el juicio: añádase a ello la impresión de la selva mágica y el calor abrasador que empezaba a hacer que el sudor le chorreara por las sienes, y se comprenderá sin dificultad su estado de ánimo. Gritaba el nombre de Christine, blandía la pistola y se golpeaba la frente contra los cristales en su afán de internarse por los claros de aquel bosque ilusorio. En una palabra: el suplicio comenzaba a surtir su efecto en un cerebro no preparado para semejante prueba.

Hice cuanto pude para que el pobre vizconde entrara en razón. Le hice palpar los espejos, el árbol de hierro y las ramas, y le expliqué, conforme a las leyes de la óptica, todo aquel juego de imágenes luminosas que nos cercaba y del que no debíamos dejarnos avasallar como gentes vulgares y faltas de instrucción.

—Estamos en una habitación, en una pequeña pieza; eso es lo que debe repetirse sin cesar. Y saldremos de ella en cuanto hayamos dado con la puerta.

Y le prometí que, si me dejaba obrar sin perturbarme con gritos ni idas y venidas de un lado a otro, descubriría el resorte de la puerta en menos de una hora.

Entonces se tendió en el suelo cuan largo era, como suele hacerse en un bosque, ¡y declaró que aguardaría a que yo descubriese la salida de la selva, ya que nada mejor podía hacerse! Añadió además que, desde su sitio, «¡la vista resultaba magnífica!». El suplicio iba haciendo mella en él, a pesar de cuanto yo le había dicho.

Por mi parte, olvidándome de la selva, me aproximé a uno de los paneles de cristal y comencé a tantearlo con los dedos en todas direcciones, en busca del punto débil sobre el que presionar a fin de hacer girar la puerta según el sistema de pivotes ideado por Erik. Aquel punto sensible bien podía ser una imperceptible mota en el vidrio, no mayor que un guisante, bajo la cual se ocultaba el resorte. Busqué y busqué afanosamente. Palpé tan alto como alcanzaban mis brazos. Erik tenía poco más o menos mi misma estatura, y pensé que no habría colocado el resorte a una altura superior a su propia talla.

Mientras examinaba a tientas los sucesivos paneles con el mayor esmero, procuraba no perder un solo minuto, pues sentíame cada vez más agobiado por el calor y nos estábamos asando literalmente vivos en aquella selva encendida.

Llevaba media hora entregado a semejante tarea y había concluido la inspección de tres paneles cuando, por desgracia, me volví al escuchar una exclamación apagada del vizconde.

—Me ahogo —dijo—. ¡Todos esos espejos despiden un calor infernal! ¿Cree usted que hallará pronto el resorte? ¡Si tarda un poco más, nos asaremos vivos!

No me disgustó oírle hablar de aquel modo. No había dicho una sola palabra sobre la selva, y concebí la esperanza de que la razón de mi compañero resistiría algún tiempo más el tormento. Pero añadió:

—Lo que me consuela es que el monstruo ha concedido a Christine un plazo hasta las once de mañana por la noche. Si no logramos salir de aquí para socorrerla, ¡al menos habremos muerto antes que ella! ¡Entonces la misa de Erik servirá para todos nosotros!

Y tragó una bocanada de aire abrasador que a punto estuvo de hacerle perder el sentido.

Como yo no tenía los mismos motivos desesperados que M. le Vicomte para resignarme a morir, volví de nuevo a mi panel tras dedicarle unas palabras de aliento; pero cometí el error de dar unos cuantos pasos mientras le hablaba, y en la intrincada maraña del bosque ilusorio, ¡ya no fui capaz de reencontrar mi panel con certeza! Tuve que reanudarlo todo desde el principio, a ciegas, palpando, manoseando y tanteando al azar.

Entonces la fiebre se apoderó de mí a mi vez... pues no encontraba nada, absolutamente nada. En la habitación contigua reinaba el más absoluto silencio. Nos hallábamos enteramente perdidos en la selva, sin salida, sin brújula, sin guía ni auxilio alguno. ¡Oh, bien sabía yo lo que nos aguardaba si nadie acudía en nuestro socorro... o si yo no daba con el resorte! Mas, por mucho que buscaba, sólo tropezaba con ramas, hermosas ramas que se alzaban tiesas ante mis ojos o se extendían airosas sobre mi cabeza. Pero no daban sombra alguna. Y era muy natural, puesto que nos hallábamos en una selva ecuatorial, con el sol cayendo a plomo sobre nuestras cabezas: una selva africana.

M. de Chagny y yo nos habíamos quitado y vuelto a poner los abrigos una y otra vez, juzgando ora que nos sofocaban aún más, ora que nos protegían de los ardores del bochorno. Yo aún conservaba cierta entereza de ánimo, pero M. de Chagny me pareció ya enteramente «perdido». ¡Aseguraba llevar tres días y tres noches caminando por aquella selva sin descanso en busca de Christine Daaé! De vez en cuando creía divisarla tras el tronco de un árbol o deslizándose entre las ramas, y la llamaba con palabras de súplica que me arrancaban las lágrimas. Y por último, al cabo:

—¡Oh, qué sed tengo! —gritó con acento delirante.

Yo también tenía sed. La garganta me abrasaba. Y, no obstante, acuclillado en el suelo, continuaba buscando, buscando y buscando el resorte de la puerta invisible... tanto más cuanto que resultaba sumamente peligroso permanecer en la selva al declinar la tarde. Ya las sombras de la noche empezaban a envolvernos. Había sucedido con enorme rapidez: en los países tropicales la noche cae de golpe... bruscamente, casi sin crepúsculo.

Y la noche, en las selvas del ecuador, siempre entraña peligro, en particular cuando, como nos sucedía a nosotros, no se dispone de leña para encender una fogata y ahuyentar a las fieras. Intenté de veras por un instante quebrar las ramas, a las que habría prendido fuego con mi linterna sorda; pero me golpeé también contra los espejos y recordé a tiempo que sólo teníamos que vérnoslas con imágenes de ramas.

El calor no disminuyó con la luz del día; al contrario, hacía aún más bochorno bajo los rayos azulados de la luna. Insté al vizconde a mantener nuestras armas dispuestas para disparar y a no apartarse del campamento mientras yo proseguía buscando mi resorte.

De repente, oímos el rugido de un león a pocos pasos de distancia.

—¡Oh! —susurró el vizconde—. ¡Está muy cerca!... ¿No lo ve usted?... ¡Allí... entre los árboles... en esa maleza! Si vuelve a rugir, ¡dispararé!...

Y el rugido volvió a alzarse, más potente que antes. El vizconde disparó, mas no creo que acertase a la fiera; únicamente hizo añicos un espejo, según pude advertir a la mañana siguiente, al romper el alba. Debimos de recorrer una larga distancia durante la noche, pues de pronto nos encontramos al borde del desierto: un desierto inmenso de arena, pedruscos y rocas. La verdad es que no merecía la pena salir de la selva para dar en semejante páramo. Rendido de fatiga, me dejé caer junto al vizconde, harto ya de buscar resortes que no lograba encontrar.

Fin del Episodio 41 · de 47

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