Comienzan los suplicios
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CONTINUACIÓN DEL RELATO DEL PERSA
La voz repitió con ira: «¿Qué has hecho con mi bolsa? ¡De modo que era para quitarme la bolsa para lo que me pedías que te soltase!».
Oímos pasos apresurados, Christine que corría de vuelta al salón Luis Felipe, como buscando cobijo al otro lado de nuestra pared.
—¿Por qué huyes? —preguntó la voz furibunda, que la había seguido—. Devuélveme mi bolsa, ¿quieres? ¿Acaso no sabes que es la bolsa de la vida y de la muerte?
—Escúchame, Erik —suspiró la joven—. Puesto que ya está convenido y resuelto que viviremos juntos... ¿qué diferencia puede suponer para ti?
—Bien sabes que no contiene más que dos llaves —dijo el monstruo—. ¿Qué pretendes hacer?
—Quiero contemplar esa habitación que jamás he visto y que siempre me has ocultado... ¡Es curiosidad de mujer! —dijo en un tono que procuró hacer juguetón.
Mas la estratagema era demasiado infantil para engañar a Erik.
—No me gustan las mujeres curiosas —replicó él—, y más te valdría recordar el cuento de Barbazul y andarte con cuidado... ¡Vamos, devuélveme mi bolsa!... ¡Devuélveme mi bolsa!... ¡Suelta esa llave, bribonzuela curiosa!
Y soltó una risotada, mientras Christine daba un grito de dolor. Erik evidentemente le había arrebatado la bolsa.
En aquel instante el vizconde no pudo contener una exclamación de rabia impotente.
—¿Cómo? ¿Qué ha sido eso? —dijo el monstruo—. ¿Has oído, Christine?
—No, no —respondió la infeliz joven—. No he oído nada.
—Me ha parecido oír un grito.
—¡Un grito! ¿Te estás volviendo loco, Erik? ¿Quién pretendes que dé un grito en esta casa?... ¡Grité yo porque me hiciste daño! No he oído absolutamente nada.
—¡No me gusta cómo lo has dicho!... Estás temblando... Estás muy agitada... ¡Estás mintiendo!... ¡Ha sido un grito, ha habido un grito!... ¡Hay alguien en la cámara de los suplicios!... ¡Ah, ahora lo entiendo todo!
—¡No hay nadie allí, Erik!
—¡Ya comprendo!
—¡Nadie!
—¡Acaso el hombre con quien quieres casarte!
—No quiero casarme con nadie, bien sabes que no.
Otra risita pérfida. «Bueno, no tardaremos en averiguarlo. Christine, amor mío, no hace falta que abramos la puerta para comprobar qué ocurre en la cámara de los suplicios. ¿Te gustaría verlo? ¿Te gustaría asomarte? ¡Mira bien! Si hay alguien, si verdaderamente hay alguien allí dentro, verás iluminarse la ventanita invisible arriba, cerca del techo. No tenemos más que correr la cortina negra y apagar la luz de aquí. Así, ya está... ¡Apaguemos la luz! ¡No tendrás miedo a la oscuridad cuando estás con tu maridito!».
Entonces oímos la voz angustiada de Christine:
—¡No!... ¡Tengo miedo!... ¡Te digo que le tengo miedo a la oscuridad!... Ya no me interesa esa habitación... ¡Siempre estás asustándome, como a una niña, con tu cámara de los suplicios!... Por eso me entró curiosidad... Pero ya no me importa... ni pizca... ¡ni pizca!
Y aquello que yo temía por encima de todo comenzó, AUTOMÁTICAMENTE. ¡Nos vimos de pronto inundados de luz! Sí, en nuestro lado de la pared todo parecía encendido en llamas. El vizconde de Chagny quedó tan estupefacto que vaciló sobre sus piernas. Y la voz colérica rugió:
—¡Te dije que había alguien! ¿Ves la ventana ahora? ¿La ventana encendida, allá arriba? ¡El hombre detrás del muro no puede verla! ¡Pero tú subirás por la escalerilla: para eso está ahí!... ¡A menudo me has pedido que te lo cuente, y ahora ya lo sabes!... ¡Está ahí para echar un vistazo al interior de la cámara de los suplicios... bribonzuela curiosa!
—¿Qué suplicios?... ¿A quién están torturando?... ¡Erik, Erik, dime que solo pretendes asustarme!... ¡Dímelo si de veras me amas, Erik!... No hay ningún suplicio aquí dentro, ¿verdad que no?
—¡Anda y mira por la ventanita, querida!
Ignoro si el vizconde oyó la voz agonizante de la joven, pues se hallaba demasiado absorto por el pasmoso espectáculo que se ofrecía ahora ante su mirada desorbitada. En cuanto a mí, había contemplado aquel cuadro demasiadas veces a través de la ventanita, en la época de las horas rosadas de Mazenderán; y solo me preocupaba lo que se decía en la pieza contigua, buscando una señal sobre cómo obrar, qué resolución tomar.
—¡Ve y asómate por la ventanita! ¡Dime qué aspecto tiene!
Oímos arrastrar la escalerilla contra la pared.
—¡Sube!... ¡No!... ¡No, subiré yo mismo, querida!
—¡Oh, está bien, subiré yo! ¡Déjame subir!
—¡Oh, encanto mío, amor mío!... ¡Qué dulce eres!... ¡Qué amable eres al ahorrarme la fatiga a mi edad!... ¡Dime qué aspecto tiene!
En aquel instante oímos con toda claridad estas palabras por encima de nuestras cabezas:
—¡No hay nadie ahí, cariño!
—¿Nadie?... ¿Estás segura de que no hay nadie?
—Pues claro que no... ¡nadie!
—¡Bueno, tanto mejor!... ¿Qué te ocurre, Christine? No te irás a desmayar, ¿verdad... puesto que no hay nadie?... Ven... baja... ¡así!... Recobra el ánimo... ¡puesto que no hay nadie!... PERO ¿QUÉ TE PARECE EL PAISAJE?
—¡Oh, me gusta muchísimo!
—¡Vaya, eso está mejor!... Ya estás mejor, ¿no es así?... ¡Todo va bien, estás mejor!... ¡Nada de emociones!... Y menuda casa más rara, ¿verdad, con paisajes semejantes en su interior?
—Sí, se parece al Museo Grévin... Pero dime, Erik... ¡ahí dentro no hay ningún suplicio!... ¡Menudo susto me has dado!
—¿Cómo... puesto que no hay nadie?
—¿Diseñaste tú esa habitación? Es hermosísima. Eres un gran artista, Erik.
—Sí, un gran artista en mi especialidad.
—Pero dime, Erik, ¿por qué llamaste a esa habitación la cámara de los suplicios?
—¡Oh, es muy sencillo! Para empezar, ¿qué has visto?
—He visto un bosque.
—¿Y qué hay en un bosque?
—Árboles.
—¿Y qué hay en un árbol?
—Pájaros.
—¿Viste algún pájaro?
—No, no vi ningún pájaro.
—Bueno, ¿qué viste entonces? ¡Piensa bien! Viste ramas. ¿Y qué son las ramas? —preguntó la voz terrible—. ¡UNA HORCA! ¡Por eso llamo a mi bosque la cámara de los suplicios!... Ya lo ves, todo es una broma. Jamás me expreso como los demás. ¡Pero estoy muy cansado de todo esto!... ¡Estoy harto y cansado de tener un bosque y una cámara de suplicios en mi casa y de vivir como un saltimbanqui en una vivienda de doble fondo!... ¡Estoy cansado de todo! ¡Quiero tener un piso bonito y tranquilo, con puertas y ventanas corrientes y una mujer dentro, como todo el mundo! Una esposa a quien pueda amar y sacar de paseo los domingos y entretener los días laborables... Toma, ¿quieres que te enseñe unos trucos de cartas? Eso nos ayudará a pasar unos minutos mientras aguardamos a las once de la noche de mañana... ¡Mi querida y pequeña Christine!... ¿Me estás escuchando?... ¡Dime que me amas!... No, no me amas... ¡pero no importa, me amarás!... Hubo un tiempo en que no podías mirar mi máscara porque sabías lo que había detrás... ¡Y ahora no te importa mirarla y olvidas lo que hay detrás!... Uno se acostumbra a todo... si lo desea... ¡Muchos jóvenes que no se querían antes de casarse se han adorado después! ¡Oh, no sé qué estoy diciendo! Pero te divertirías muchísimo conmigo. Por ejemplo, ¡soy el mayor ventrílocuo que jamás haya existido, soy el primer ventrílocuo del mundo!... Te estás riendo... ¿Acaso no me crees? Escucha.
El malvado, que verdaderamente era el primer ventrílocuo del mundo, no procuraba sino desviar la atención de la joven de la cámara de los suplicios; pero era una estratagema estúpida, ¡pues Christine no pensaba sino en nosotros! Le suplicaba una y otra vez con el tono más dulce que era capaz de adoptar:
—¡Apaga la luz de la ventanita!... ¡Erik, por favor, apaga la luz de la ventanita!
Pues comprendía que aquella claridad, aparecida de manera tan súbita y de la que el monstruo había hablado en tono tan amenazador, debía de entrañar algo pavoroso. Algo debió de tranquilizarla por un instante: vernos a los dos, tras el muro, en medio de aquella luz resplandeciente, sanos y salvos. Pero sin duda se habría sentido mucho más sosegada si la luz se hubiese extinguido.
Entretanto, el otro había comenzado ya a hacer alardes de ventriloquia. Decía:
—Toma, alzo un poco mi máscara... ¡Oh, solo un poco!... ¿Ves mis labios, los labios que tengo? ¡No se mueven!... Mi boca está cerrada —la boca que tengo— y sin embargo oyes mi voz... ¿Dónde prefieres que suene? ¿En tu oreja izquierda? ¿En tu oreja derecha? ¿En la mesa? ¿En esas cajitas de ébano de la chimenea?... Escucha, querida, está en la cajita de la derecha de la chimenea: ¿qué dice? «¿DEBO GIRAR EL ESCORPIÓN?». Y ahora, ¡chas! ¿Qué dice en la cajita de la izquierda? «¿DEBO GIRAR EL SALTAMONTES?». Y ahora, ¡chas! Aquí está, en la bolsita de cuero... ¿Qué dice? «¡SOY LA BOLSITA DE LA VIDA Y DE LA MUERTE!». Y ahora, ¡chas! ¡Está en la garganta de la Carlotta, en la garganta de oro de la Carlotta, en la garganta de cristal de la Carlotta, por mi vida! ¿Qué dice? Dice: «¡Soy yo, señor sapo, soy yo quien canta! ¡NO SIENTO ALARMA ALGUNA —CROAC— AL OÍR SU ARMONÍA —CROAC—!». Y ahora, ¡chas! Está sobre una butaca en el palco del fantasma y dice: «¡MADAME CARLOTTA CANTA ESTA NOCHE PARA DERRUMBAR LA ARAÑA!». Y ahora, ¡chas! ¡Ajá! ¿Dónde está la voz de Erik ahora? ¡Escucha, Christine, querida! ¡Escucha! ¡Está detrás de la puerta de la cámara de los suplicios! ¡Escucha! ¡Soy yo mismo en la cámara de los suplicios! ¿Y qué digo? Digo: «¡Ay de los que tienen nariz, una verdadera nariz, y vienen a husmear en la cámara de los suplicios! ¡Ja, ja, ja!»
¡Oh, la voz tremenda del ventrílocuo! Estaba en todas partes, en todas partes. Atravesaba la ventanita invisible, atravesaba los muros. Revoloteaba a nuestro alrededor, entre nosotros dos. ¡Erik estaba allí, hablándonos! Hicimos un ademán como para abalanzarnos sobre él. ¡Mas ya, más veloz, más fugitiva que la voz del eco, la voz de Erik había saltado de nuevo tras el muro!
Pronto no oímos absolutamente nada más, pues esto fue lo que sucedió:
—¡Erik! ¡Erik! —decía la voz de Christine—. Me fatigas con tu voz. ¡No sigas, Erik! ¿No hace muchísimo calor aquí?
—¡Oh, sí! —respondió la voz de Erik—: ¡el calor es insufrible!
—Pero ¿qué significa esto?... ¡La pared se está calentando de veras!... ¡La pared quema!
—Te lo diré, Christine querida: se debe al bosque de al lado.
—Bueno, ¿y qué tiene que ver el bosque?
—¡CÓMO! ¿ACASO NO VISTE QUE ERA UN BOSQUE AFRICANO?
¡Y el monstruo rio tan fuerte y espantosamente que ya no pudimos distinguir las súplicas desoladas de Christine! El vizconde de Chagny gritaba y aporreaba las paredes como un energúmeno. No pude contenerlo. Pero no oíamos más que la risotada del engendro, y el monstruo mismo no debió de oír otra cosa. Y luego resonó el rumor de un cuerpo que caía sobre el entarimado y era arrastrado por el suelo, una puerta se cerró de golpe y después nada, ¡nada más a nuestro alrededor salvo el silencio abrasador del sur en el corazón de un bosque tropical!
Fin del Episodio 40 · de 47
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