La nueva Margarita · I
~9 min · 1776 palabras
En el primer descansillo, la Sorelli tropezó con el conde de Chagny, que subía la escalera. El conde, que de ordinario era tan sereno, parecía vivamente emocionado.
—Iba a verla precisamente —dijo quitándose el sombrero—. ¡Oh, Sorelli, qué velada! Y Christine Daaé: ¡qué triunfo!
—¡Imposible! —soltó Meg Giry—. ¡Hace seis meses cantaba como una cafetera vieja! Pero déjenos pasar, mi querido conde —prosiguió la pilluela con una reverencia insolente—. Vamos a enterarnos de lo ocurrido con un pobre hombre al que han encontrado colgado del cuello.
En ese instante el administrador en funciones pasó presuroso y se detuvo al oír semejante observación.
—¡Cómo! —exclamó con aspereza—. ¿Ya lo sabéis vosotras? Pues haced el favor de olvidarlo por esta noche... y, sobre todo, que no se enteren M. Debienne ni M. Poligny; les causaría un disgusto tremendo en su último día.
Todas se dirigieron al vestíbulo del cuerpo de baile, que ya estaba atestado de gente. El conde de Chagny tenía razón: jamás función de gala alguna había igualado a aquella. Todos los grandes compositores de la época habían dirigido por turno sus propias obras. Faure y Krauss habían cantado; y aquella noche Christine Daaé se había revelado en toda su grandeza, por primera vez, ante un público asombrado y entusiasta. Gounod había dirigido la Marcha fúnebre de una marioneta; Reyer, su hermosa obertura de Sigurd; Saint-Saëns, la Danza macabra y una Ensoñación oriental; Massenet, una marcha húngara inédita; Guiraud, su Carnaval; Delibes, el vals lento de Sylvia y los pizzicati de Coppélia. Mlle. Krauss había cantado el bolero de Las vísperas sicilianas; y Mlle. Denise Bloch, el brindis de Lucrecia Borgia.
Pero el verdadero triunfo estuvo reservado a Christine Daaé, que había comenzado cantando algunos pasajes de Romeo y Julieta. Era la primera vez que la joven artista cantaba en esta obra de Gounod, la cual no había sido trasladada aún a la Ópera y se reponía en la Opéra-Comique después de haberse estrenado en el antiguo Théâtre-Lyrique por Mme. Carvalho. Quienes la oyeron afirman que su voz, en aquellos pasajes, fue seráfica; pero nada comparable a las notas sobrehumanas que moduló en la escena de la prisión y en el trío final de Fausto, que cantó en sustitución de la Carlotta, indispuesta. Jamás se había oído ni visto nada semejante.
Daaé reveló aquella noche una nueva Margarita, una Margarita de un esplendor y un fulgor hasta entonces insospechados. La sala entera enloqueció, poniéndose en pie, gritando, aclamando, batiendo palmas, mientras Christine sollozaba y caía desmayada en los brazos de sus compañeros, teniendo que ser llevada en volandas a su camerino. Algunos abonados, sin embargo, protestaron: ¿por qué se les había ocultado semejante tesoro durante tanto tiempo? Hasta entonces, Christine Daaé no había pasado de encarnar a un estimable Siébel frente a la Margarita, un tanto demasiado opulenta y carnal, de la Carlotta. ¡Y había hecho falta la ausencia incomprensible e inexcusable de la Carlotta en esta noche de gala para que la pequeña Daaé, avisada en el último instante, mostrase todo de lo que era capaz en una parte del programa reservada a la diva española! Pues bien, lo que los abonados querían saber era por qué Debienne y Poligny habían acudido a Daaé cuando la Carlotta enfermó. ¿Acaso conocían su genio oculto? Y, si lo conocían, ¿por qué lo habían tenido escondido? ¿Y por qué lo había ocultado ella misma? Curiosamente, no se le conocía maestro de canto alguno en aquel momento. Había dicho a menudo que en lo sucesivo pensaba ensayar sola. Todo el asunto era un completo misterio.
El conde de Chagny, en pie en su palco, escuchaba todo aquel frenesí y participaba en él aplaudiendo con entusiasmo. Philippe Georges Marie, conde de Chagny, acababa de cumplir cuarenta y un años. Era un gran señor y un hombre distinguido, de estatura algo superior a la media y de facciones agradables, a pesar de su frente enérgica y su mirada un tanto fría. Se mostraba exquisitamente cortés con las damas y algo altivo con los caballeros, que no siempre le perdonaban sus éxitos mundanos. Tenía un corazón excelente y una conciencia intachable. A la muerte del anciano conde Philibert, pasó a ser cabeza de una de las familias más ilustres y antiguas de Francia, cuyo blasón se remontaba al siglo XIV. Los Chagny poseían un inmenso patrimonio; y cuando el viejo conde, viudo, falleció, no fue tarea fácil para Philippe asumir la administración de tan cuantiosa herencia. Sus dos hermanas y su hermano Raoul no quisieron oír hablar de reparto y renunciaron a sus derechos legítimos, poniéndose por entero en manos de Philippe, como si el derecho de primogenitura jamás hubiese dejado de regir. Cuando las dos hermanas contrajeron matrimonio el mismo día, recibieron la dote de manos de su hermano no como un derecho propio, sino como una gracia que le agradecieron con afecto.
La condesa de Chagny, nacida de Moërogis de La Martinière, había muerto al dar a luz a Raoul, que vino al mundo veinte años después que su hermano mayor. Al morir el anciano conde, Raoul tenía doce años. Philippe se dedicó con esmero a la educación del benjamín. En esta labor lo secundaron admirablemente primero sus hermanas y luego una tía anciana, viuda de un oficial de marina, que residía en Brest e inculcó al joven Raoul la afición al mar. El muchacho ingresó en el buque escuela Borda, concluyó sus estudios con honores y dio la vuelta al mundo sin contratiempos. Gracias a poderosas influencias, acababa de ser designado miembro de la expedición oficial a bordo del Requin, que debía partir rumbo al círculo polar ártico en busca de los supervivientes de la expedición D’Artois, de quienes no se tenían noticias desde hacía tres años. Entre tanto disfrutaba de una larga licencia que aún duraría seis meses; y ya las damas del Faubourg Saint-Germain compadecían al apuesto y al parecer frágil mancebo por las penalidades que le aguardaban.
La timidez de aquel joven marino —estuve a punto de decir su candor— resultaba asombrosa. Parecía recién desprendido de las faldas de las mujeres. En efecto, mimado como había sido por sus dos hermanas y su anciana tía, conservaba de aquella educación puramente femenina unos modales casi ingenuos, impregnados de un encanto que nada había logrado mancillar todavía. Acababa de cumplir veintiún años y aparentaba dieciocho. Lucía un bigotillo rubio, hermosos ojos azules y una tez delicada de muchacha.
Philippe mimaba a Raoul. Para empezar, estaba muy orgulloso de él y se complacía en augurarle una gloriosa carrera en esa armada en la que uno de sus antepasados, el célebre Chagny de La Roche, había ostentado el rango de almirante. Aprovechaba la licencia del joven para mostrarle París con todos sus refinamientos y delicias artísticas. El conde consideraba que a la edad de Raoul no es bueno ser demasiado juicioso. Philippe tenía un temperamento equilibrado tanto en el trabajo como en los placeres; su compostura era siempre impecable y era incapaz de dar mal ejemplo a su hermano. Lo llevaba consigo a todas partes. Incluso lo introdujo en el vestíbulo del cuerpo de baile. Sé que se decía que el conde mantenía relaciones con la Sorelli. Pero difícilmente podía considerarse un crimen que aquel caballero soltero, con holgado tiempo libre, sobre todo desde que sus hermanas se habían casado, viniese a pasar una o dos horas después de cenar en compañía de una bailarina que, aun sin ser un dechado de ingenio, ¡poseía los ojos más hermosos del mundo! Y además, hay lugares donde un auténtico parisino, cuando ostenta el rango del conde de Chagny, está obligado a dejarse ver; y en aquella época el vestíbulo del cuerpo de baile de la Ópera era uno de ellos.
Por último, Philippe quizá no habría llevado a su hermano entre bastidores de no haber sido Raoul el primero en pedírselo, reiterando su ruego con una obstinación dulce que el conde recordó más adelante.
Aquella noche, Philippe, tras aplaudir a la Daaé, se volvió hacia Raoul y vio que estaba lívido.
—¿No ves —dijo Raoul— que esa mujer se está desmayando?
—Tú tienes trazas de desmayarte también —dijo el conde—. ¿Qué te ocurre?
Pero Raoul se había rehecho y ya estaba en pie.
—Vayamos a verla —dijo—; jamás ha cantado de ese modo.
El conde dirigió a su hermano una mirada sonriente y curiosa, y pareció complacido. Pronto llegaron a la puerta que comunicaba la sala con el escenario. Una multitud de abonados se abría paso lentamente por allí. Raoul desgarró sus guantes sin percatarse de lo que hacía, y Philippe tenía un corazón demasiado noble para burlarse de su impaciencia. Pero ahora comprendía por qué Raoul se mostraba distraído cuando le hablaban y por qué procuraba desviar siempre cualquier conversación hacia el tema de la Ópera.
Llegaron al escenario y se abrieron paso entre la marea de caballeros, tramoyistas, comparsas y coristas, con Raoul a la cabeza, sintiendo que su corazón ya no le pertenecía, con el rostro transfigurado por la pasión, mientras el conde Philippe lo seguía con dificultad sin dejar de sonreír. Al fondo del escenario Raoul tuvo que detenerse ante la irrupción del grupito de bailarinas que taponaba el pasillo por donde intentaba colarse. Más de una pulla picante brotó de aquellos labios pintados, a las cuales él no contestó; y al fin logró pasar y se sumergió en la penumbra de un corredor donde resonaba el nombre de: «¡Daaé! ¡Daaé!». El conde se asombró de que Raoul conociese el camino. Jamás lo había conducido él mismo hasta Christine, y llegó a la conclusión de que Raoul debía de haber ido solo mientras él se quedaba charlando en el vestíbulo con la Sorelli, quien a menudo le pedía que aguardase hasta el momento de salir a escena y a veces le confiaba los escarpines con los que bajaba de su camerino para preservar la blancura inmaculada de sus zapatillas de raso y sus medias de color carne. La Sorelli tenía una excusa: acababa de perder a su madre.
Aplaza su visita habitual a la Sorelli durante unos minutos, el conde siguió a su hermano por el pasillo que conducía al camerino de la Daaé y comprobó que jamás había estado tan abarrotado como aquella noche, cuando todo el teatro parecía conmovido por su triunfo y también por su desmayo. Pues la joven no había vuelto en sí todavía; y el médico del teatro acababa de llegar en el momento en que Raoul entraba pisándole los talones. Christine, por tanto, recibió los primeros auxilios del uno al tiempo que abría los ojos en brazos del otro. El conde y muchos más quedaron agolpados en el vano de la puerta.
Fin del Episodio 4 · de 47
La nueva Margarita · I
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