Interesantes e instructivas vicisitudes de un persa en los subterráneos de la Ópera · I
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RELATO DEL PERSA
Era la primera vez que entraba en la casa del lago. A menudo había suplicado al «enamorado de las trampillas», como solíamos llamar a Erik en mi tierra, que me abriese sus misteriosas puertas. Siempre se negó en redondo. Hice repetidos intentos, todos vanos, por conseguir franquear la entrada. Por mucho que lo espiase, desde que supe que había fijado su residencia permanente en la Ópera, la oscuridad era siempre demasiado espesa para permitirme ver de qué modo maniobraba la puerta de la pared sobre el lago. Un día en que me creí solo, salté a la barca y remé hacia aquella parte del muro por donde había visto desaparecer a Erik. Fue entonces cuando entré en contacto con la sirena que custodiaba el acceso y cuyo encanto estuvo a punto de serme fatal.
Apenas me hube despegado de la orilla, el silencio en medio del cual flotaba sobre el agua se vio turbado por una especie de canto susurrado que revoloteaba a mi alrededor. Era mitad suspiro, mitad música; brotaba suavemente de las aguas del lago; y me envolvía merced a no sabía qué prodigioso artificio. Me seguía, se desplazaba conmigo y era tan dulce que no me infundió temor alguno. Al contrario, en mi afán por aproximarme al manantial de aquella armonía dulce y seductora, me asomé sobre el agua desde mi barquilla, pues no cabía duda en mi entendimiento de que el cántico procedía del agua misma. Por entonces me hallaba solo en la barca en mitad del lago; la voz —pues ahora era ya claramente una voz— estaba a mi lado, sobre las aguas. Me asomé, me incliné más todavía. El lago estaba en calma absoluta, y un rayo de luna que se colaba por la tronera de la calle Scribe no me mostraba absolutamente nada en su superficie, lisa y negra como la tinta. Sacudí las orejas para librarme de un posible zumbido; mas pronto hube de rendirme a la evidencia de que ningún zumbido de oídos era tan melodioso como aquel susurro cantante que me seguía y ahora me cautivaba por entero.
De haber sido propenso a la superstición, habría creído sin duda que me las había con alguna sirena encargada de perder al caminante que se aventurase en las aguas de la casa del lago. Afortunadamente provengo de un país donde somos demasiado aficionados a lo fantástico para no conocerlo a fondo; y no dudé de que me hallaba ante alguna nueva invención de Erik. Pero esta invención era tan perfecta que, al inclinarme sobre la barca, me movía menos el deseo de descubrir el truco que el de deleitarme con su encanto; y me asomé, me asomé hasta que por poco no vuelco la barquilla.
De pronto dos brazos monstruosos surgieron del seno de las aguas y me agarraron por el cuello arrastrándome hacia el fondo con una fuerza irresistible. Me habría perdido irremediablemente si no hubiese tenido tiempo de lanzar un grito por el cual Erik me reconoció. Pues era él; y en vez de ahogarme, como sin duda era su primera intención, nadó conmigo y me depositó suavemente en la orilla:
—¡Qué imprudente es usted! —me dijo plantándose ante mí, chorreando agua—. ¿Por qué empeñarse en entrar en mi casa? ¡Yo jamás lo invité! ¡No lo quiero a usted allí, ni a nadie! ¿Acaso me salvó la vida solo para hacérmela insufrible? Por grande que haya sido el servicio que le prestó, Erik puede terminar por olvidarlo; y ya sabe que nada puede contener a Erik, ¡ni siquiera el propio Erik!
Hablaba, pero yo ya no tenía otro deseo que conocer lo que llamaba ya la treta de la sirena. Satisfizo mi curiosidad, pues Erik, que es un verdadero monstruo —lo he visto actuar en Persia, ¡ay de mí!—, es también, en ciertos aspectos, un auténtico niño, vanidoso y presumido, y nada le agrada tanto, después de asombrar a la gente, como demostrar toda la milagrosa inventiva de su ingenio.
Se echó a reír y me mostró una caña hueca muy larga.
—Es la treta más tonta que haya visto usted jamás —dijo—, pero sumamente útil para respirar y cantar bajo el agua. La aprendí de los piratas de Tonkín, que son capaces de permanecer ocultos durante horas enteras en el lecho de los ríos.
Le hablé con severidad.
—¡Es una treta que por poco me cuesta la vida! —dije—. ¡Y bien pudo haber sido fatal para otros! ¿Recuerda usted lo que me prometió, Erik? ¡Nada de asesinatos!
—¿Acaso he cometido asesinatos? —preguntó adoptando su semblante más bondadoso.
—¡Desdichado! —exclamé—. ¿Ha olvidado usted las horas rosadas de Mazenderán?
—Sí —respondió con tono más sombrío—: prefiero olvidarlas. ¡Aunque hacía reír a la pequeña sultana!
—Todo aquello pertenece al pasado —declaré—; pero está el presente... y usted responde ante mí del presente, porque si yo hubiese querido no existiría presente alguno para usted. Recuérdelo bien, Erik: ¡yo le salvé la vida!
Y aproveché el giro de la conversación para plantearle algo que me pesaba en el ánimo desde hacía mucho tiempo:
—Erik —le pregunté—, Erik, júreme que...
—¿Qué? —replicó él—. Ya sabe usted que jamás cumplo mis juramentos. Los juramentos se hicieron para embaucar a los ingenuos.
—Dígame... al menos puede decírmelo...
—¿Y bien?
—Y bien, ¿la araña... la araña, Erik?...
—¿Qué pasa con la araña?
—Ya sabe usted a qué me refiero.
—¡Oh! —se burló con una risita siniestra—: ¡no tengo inconveniente en hablarle de la araña!... ¡NO FUI YO!... La araña era ya muy vieja y estaba gastada.
Cuando Erik reía era más pavoroso que nunca. Saltó a la barca riendo de un modo tan horrendo que no pude evitar un estremecimiento.
—¡Muy vieja y gastada, mi querido daroga! ¡Muy vieja y gastada la araña!... ¡Se cayó sola!... ¡Se vino abajo con estrépito!... ¡Y ahora, daroga, siga mi consejo y váyase a secar la ropa, o pescará un buen catarro!... ¡Y no vuelva a montar jamás en mi barca!... ¡Y sobre todo no intente entrar en mi morada: no siempre estoy allí... mi querido daroga! ¡Y sentiría tener que dedicarle a usted mi misa de réquiem!
Dicho esto, balanceándose como un mono y sin cesar de reír entre dientes, empujó la barca y pronto desapareció en la oscuridad del lago.
A partir de aquel día renuncié a todo empeño de penetrar en su morada por el lago. Aquel acceso estaba a todas luces demasiado bien guardado, sobre todo desde que supo que yo estaba al corriente. Pero presentí que debía de existir otra entrada, pues con frecuencia había visto a Erik desvanecerse en el tercer sótano cuando lo espiaba, sin lograr imaginar cómo.
Desde el instante en que descubrí a Erik instalado en la Ópera, vivía en perpetuo terror ante sus horrendos caprichos; no por lo que a mí respecta, sino temiéndolo todo para los demás.
Y cada vez que sobrevenía un percance, un accidente fatal, siempre pensaba para mis adentros: «No me extrañaría que fuese obra de Erik», al igual que otros solían decir: «¡Es el fantasma!». ¡Cuántas veces no habré oído pronunciar esa frase con una sonrisa en los labios! ¡Pobres ilusos! De haber sabido que el fantasma existía de carne y hueso, ¡juro que no se habrían reído!
Aunque Erik me anunció solemnemente que había cambiado y que se había transformado en el más virtuoso de los hombres DESDE QUE ERA AMADO POR SÍ MISMO —frase que al principio me desconcertó sobremanera—, no podía reprimir un estremecimiento al pensar en el monstruo. Su fealdad atroz, sin parangón y repulsiva, lo situaba al margen de la humanidad; y con frecuencia me parecía que, por esta misma causa, ya no se consideraba con deberes hacia la especie humana. El modo en que hablaba de sus amores no hacía sino acrecentar mi zozobra, pues vislumbraba el germen de tragedias nuevas y más espantosas en aquel acontecimiento al que aludía con tanta jactancia.
Por otra parte, no tardé en descubrir el singular comercio moral establecido entre el monstruo y Christine Daaé. Oculto en el trastero contiguo al camerino de la joven diva, escuchaba maravillosos conciertos vocales que a todas luces sumían a Christine en un éxtasis divino; pero con todo y con eso, jamás habría creído que la voz de Erik —que era potente como el trueno o suave como el acento de los ángeles, a su antojo— pudiera hacerle olvidar su fealdad. ¡Lo comprendí todo cuando supe que Christine no lo había visto todavía! Tuve ocasión de deslizarme en el camerino y, recordando las lecciones que antaño me diera, no me costó trabajo descubrir el resorte que hacía girar la pared del espejo y comprobé los conductos de ladrillos huecos por medio de los cuales hacía llegar su voz a Christine cual si resonase pegada a su oído. De este modo descubrí también el pasaje que conducía al pozo y a la mazmorra —la prisión de los comuneros— y asimismo la trampilla que permitía a Erik descender directamente a los sótanos situados bajo el escenario.
Pocos días después, ¡cuál no sería mi estupor al constatar por mis propios ojos y oídos que Erik y Christine Daaé se veían en persona, y al sorprender al monstruo inclinado sobre el brocal del pocito, en el camino de los comuneros, rociando la frente de Christine Daaé, que se había desmayado! Un caballo blanco, el caballo del Profeta que había desaparecido de las cuadras de la Ópera, aguardaba pacíficamente junto a ellos. Me mostré. Fue terrible. Vi saltar chispas de aquellos ojos amarillos y, antes de que tuviese tiempo de articular palabra, recibí en la cabeza un golpe formidable que me dejó sin sentido.
Cuando volví en mí, Erik, Christine y el caballo blanco se habían desvanecido. No me cabía duda de que la pobre muchacha era prisionera en la casa del lago. Sin vacilar, resolví volver a la orilla a despecho del peligro evidente. Durante veinticuatro horas monté guardia esperando ver asomar al monstruo; pues intuía que debía salir forzosamente impulsado por la necesidad de proveerse de víveres. Y a este propósito debo consignar que, cuando salía a la calle o se arriesgaba a mostrarse en público, se colocaba una nariz de cartón con bigote postizo en lugar de su propio y horrendo agujero de nariz. Esto no le quitaba del todo su aire cadavérico, pero lo volvía casi, digo casi, soportable a la vista.
Vigilaba, pues, en la orilla del lago y, cansado de una espera tan prolongada, empezaba a creer que había salido por la otra puerta, la puerta del tercer sótano, cuando oí un leve chapoteo en las sombras, divisé los dos ojos amarillos brillando como cirios y muy pronto la barquilla tocó tierra. Erik saltó fuera y avanzó hacia mí:
—Lleva usted aquí veinticuatro horas —dijo—, y empieza a importunarme. Le advierto que todo esto va a terminar muy mal. Y usted se lo habrá buscado, pues he tenido una paciencia infinita con usted. Se figura usted que me sigue a mí, pedazo de zopenco, cuando soy yo quien lo sigue a usted; y sé todo cuanto usted sabe de mí aquí dentro. Le perdoné la vida ayer en MI CAMINO DE LOS COMUNEROS; pero se lo advierto muy en serio: ¡que no vuelva a sorprenderlo allí! ¡A fe mía que no parece usted entender las indirectas!
Estaba tan furioso que por el momento no se me ocurrió interrumpirlo. Tras resoplar y jadear como una morsa, puso sus espantosos pensamientos en palabras:
—¡Sí, tiene que aprender de una vez por todas —de una vez por todas, repito— a entender las indirectas! Le aseguro que con su imprudencia —pues ya ha sido detenido dos veces por la sombra del sombrero de fieltro, que no sabía qué hacía usted en los subterráneos y lo condujo ante los directores, quienes lo tomaron por un persa excéntrico aficionado a las tramoyas y a la vida entre bastidores: lo sé todo al dedillo, estaba allí en el despacho; ya sabe que estoy en todas partes—, pues bien, le aseguro que con su imprudencia van a terminar preguntándose qué busca usted aquí... y terminarán enterándose de que busca a Erik... y entonces perseguirán a Erik ellos mismos y descubrirán la casa del lago... ¡Y si la descubren, mal negocio para usted, vejestorio, pésimo negocio!... No respondo de nada.
De nuevo resopló y bufó como una morsa.
—¡No respondo de nada!... Si los secretos de Erik dejan de ser los secretos de Erik, ¡SERÁ UN PÉSIMO NEGOCIO PARA BUENA PARTE DEL GÉNERO HUMANO! Eso es todo cuanto tengo que decirle, y a menos que sea usted un consumado zopenco, debería bastarle... solo que usted no sabe entender las indirectas.
Se había sentado en la popa de su barca y golpeaba las tablas con los talones esperando mi respuesta. Me limité a decir:
—¡No es a Erik a quien busco aquí!
—¿A quién entonces?
—Lo sabe usted tan bien como yo: es a Christine Daaé —respondí.
Replicó: «Tengo perfecto derecho a recibirla en mi propia morada. Se me ama por mí mismo».
—No es verdad —dije—. La ha raptado usted y la retiene bajo llave.
—Escuche —dijo él—. ¿Me promete no volver a inmiscuirse jamás en mis asuntos si le demuestro que se me ama por mí mismo?
—Sí, se lo prometo —respondí sin vacilar, persuadido de que para semejante engendro tal demostración resultaba imposible.
—Pues bien, es sumamente sencillo... ¡Christine Daaé saldrá de aquí a su antojo y volverá de nuevo!... ¡Sí, volverá porque así lo quiere... volverá por su propio pie, porque me ama por mí mismo!...
—¡Oh, dudo mucho que vuelva!... Pero es su deber dejarla marchar. —«¡Mi deber, so zopenco!... Es mi deseo... mi deseo dejarla partir; y volverá de nuevo... ¡pues me ama!... Todo esto acabará en una boda... ¡una boda por todo lo alto en la Madeleine, so mentecato! ¿Me cree usted ahora? Cuando le aseguro que mi misa nupcial está compuesta... aguarde a oír el Kyrie...».
Marcó el compás con los talones sobre las maderas de la barca y se puso a cantar:
«¡Kyrie!... ¡Kyrie!... ¡Kyrie eleison!... Aguarde a escuchar, aguarde a escuchar esa misa».
—Mire usted —dije—: le creeré si veo a Christine Daaé salir de la casa del lago y regresar a ella por su propia voluntad.
—¿Y no volverá a meterse en mis asuntos?
—Nunca más.
—Muy bien, lo comprobará esta misma noche. Venga al baile de máscaras. Christine y yo iremos a dar una vuelta. Luego podrá ocultarse usted en el trastero y verá a Christine, que habrá subido a su camerino, encantada de volver por el camino de los comuneros... ¡Y ahora lárguese, que tengo que hacer unas compras!
Para mi mayor asombro, las cosas sucedieron tal como él había anunciado. Christine Daaé abandonó la casa del lago y regresó a ella en repetidas ocasiones sin que en apariencia se viese obligada a ello. Me resultaba punto menos que imposible desterrar a Erik de mi pensamiento. No obstante, resolví obrar con extrema prudencia y no cometí la torpeza de regresar a la orilla del lago ni de merodear por el camino de los comuneros. Pero la idea de la entrada secreta en el tercer sótano me obsesionaba, y en repetidas ocasiones acudí a aguardar durante horas enteras tras un decorado del Rey de Lahore arrumbado allí por no sé qué circunstancia. Al fin mi paciencia se vio recompensada. Un día vi al monstruo avanzar hacia mí arrastrándose de rodillas. Estaba seguro de que no podía verme. Se deslizó entre el decorado tras el cual yo me apostaba y un bastidor, fue hacia la pared y apretó un resorte que desplazó una piedra ofreciéndole paso libre. Se coló por la abertura, y la piedra volvió a cerrarse a sus espaldas.
Fin del Episodio 37 · de 47
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