Interesantes e instructivas vicisitudes de un persa en los subterráneos de la Ópera · II
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Aguardé al menos treinta minutos y luego apreté el resorte a mi vez. Todo sucedió exactamente como con Erik. Mas me cuidé muy bien de no colarme por el hueco, pues sabía que Erik se hallaba en el interior. Por otra parte, la idea de que pudiera ser sorprendido por Erik me hizo pensar súbitamente en la muerte de Joseph Buquet. No deseaba malograr las ventajas de un descubrimiento tan trascendental que bien podía ser de provecho a muchos, «a buena parte del género humano», en palabras de Erik; y salí de los subterráneos de la Ópera tras haber recolocado la piedra en su sitio con todo esmero.
Continué interesándome vivamente por las relaciones entre Erik y Christine Daaé, no por malsana curiosidad, sino a causa del espantoso pensamiento que me obsesionaba el seso: que Erik era capaz de cualquier atrocidad si llegaba a descubrir que no se le amaba por sí mismo, como él se figuraba. Continué vagando, con extremada cautela, por los entresijos de la Ópera y no tardé en conocer la verdad sobre los lúgubres amores del monstruo.
Él dominaba el ánimo de Christine por medio del terror que le infundía, mas el corazón de la hermosa niña pertenecía por entero al vizconde Raoul de Chagny. Mientras ambos jugaban, como una inocente pareja de novios, por los pisos altos de la Ópera para eludir al monstruo, apenas sospechaban que alguien velaba por ellos. Yo estaba resuelto a todo: a matar al monstruo si era menester y dar explicaciones a la policía con posterioridad. Pero Erik no asomaba; y yo no por ello me sentía más tranquilo.
Debo explicar aquí mi plan por entero. Pensaba que el monstruo, expulsado de su guarida por los celos, me permitiría franquearla sin peligro alguno por el pasaje del tercer sótano. Importaba sobremanera, por el bien de todos, que yo supiese qué contenía exactamente en su interior. Un día, cansado de aguardar una oportunidad propicia, desplacé la piedra y escuché al instante una música arrebatadora: el monstruo trabajaba en su Don Juan Triunfante, con todas las puertas de su morada abiertas de par en par. Sabía yo que aquella era la obra de su vida. Me cuidé mucho de hacer el menor movimiento y permanecí con suma prudencia en mi oscuro agujero.
Dejó de tocar por un momento y se puso a pasear de un lado a otro de su estancia como un loco furioso. Y exclamó con voz estentórea a voz en cuello:
—¡Tiene que estar terminada PRIMERO! ¡Enteramente terminada!
Aquel desahogo no estaba calculado ciertamente para tranquilizarme, y cuando la música recomenzó, volví a ajustar la piedra con la mayor suavidad.
El día del rapto de Christine Daaé no acudí al coliseo hasta muy entrada la noche, temblando por si me salían al paso malas noticias. Había pasado una jornada espantosa, pues tras haber leído en un diario matutino el anuncio del próximo enlace entre Christine y el vizconde de Chagny, me preguntaba si al fin y al cabo no haría mejor en denunciar al monstruo. Pero la cordura se impuso y me persuadí de que semejante paso solo precipitaría una catástrofe irremediable.
Cuando mi carruaje me depositó ante la Ópera, ¡estuve verdaderamente a punto de asombrarme al contemplarla aún en pie! Pero soy un tanto fatalista, como todos los buenos orientales, y entré preparado para cualquier eventualidad.
El rapto de Christine Daaé durante el acto de la prisión, que naturalmente sorprendió a todo el mundo, me encontró prevenido. Estaba plenamente seguro de que se la había llevado por arte de magia Erik, aquel príncipe de los prestidigitadores. Y consideré con certeza que aquello era el fin de Christine y acaso el de todos nosotros, a tal punto que pensé en aconsejar a todos los presentes que huyeran del teatro mientras estuviesen a tiempo. No obstante, comprendí que me tomarían por loco y me abstuve.
Por otra parte, resolví obrar sin mayor dilación en lo que a mí respectaba. Las probabilidades jugaban a mi favor, pues Erik en aquel instante no pensaba más que en su cautiva. Era el momento oportuno para entrar en su morada por el tercer sótano; y resolví llevar conmigo a aquel pobre vizcondito desesperado, quien a la primera insinuación aceptó con una dosis de confianza en mi persona que me conmovió profundamente. Había mandado a mi criado a buscar mis pistolas. Entregué una al vizconde y le aconsejé mantenerse listo para disparar, pues al fin y al cabo Erik podía estar aguardándonos detrás del muro. Debíamos ir por el camino de los comuneros y por la trampilla.
Al divisar mis pistolas, el vizcondito me preguntó si íbamos a batirnos en duelo. Le respondí:
—¡Sí; y menudo duelo! —Pero, naturalmente, carecía de tiempo para darle explicaciones. El vizcondito es un muchacho valeroso, mas apenas conocía nada de su adversario; y tanto mejor que fuese así. Mi mayor zozobra radicaba en que el monstruo estuviese ya cerca de nosotros preparando el lazo del Punyab. Nadie en el mundo sabe arrojar el lazo del Punyab mejor que él, pues es el rey de los estranguladores al igual que el príncipe de los prestidigitadores. Cuando terminaba de hacer reír a la pequeña sultana en la época de las «horas rosadas de Mazenderán», ella misma le rogaba que la divirtiese haciéndola estremecer. Fue entonces cuando introdujo la diversión del lazo del Punyab.
Había vivido en la India y adquirido una destreza increíble en el arte de la estrangulación. Se hacía encerrar en un patio al que conducían a un guerrero —por lo común un condenado a muerte— armado con una larga pica y un sable ancho. Erik solo portaba su lazo; y era justamente en el momento en que el guerrero creía que iba a derribar a Erik de un golpe tremendo cuando oíamos silbar el lazo en el aire. Con un juego de muñeca Erik apretaba el dogal al cuello de su adversario y, de este modo, lo arrastraba ante la pequeña sultana y sus doncellas, que contemplaban la escena asomadas a una ventana y aplaudían con frenesí. La propia sultana aprendió a manejar el lazo del Punyab y dio muerte a varias de sus mujeres e incluso a amigas que acudían a visitarla. Pero prefiero abandonar este lúgubre tema de las horas rosadas de Mazenderán. Lo he mencionado únicamente para explicar por qué, al llegar con el vizconde de Chagny a los sótanos de la Ópera, me vi obligado a proteger a mi acompañante contra el riesgo siempre inminente de una muerte por estrangulación. Mis pistolas de nada habrían servido, pues Erik no solía dejarse ver de frente; pero Erik podía estrangularnos en cualquier momento. No tenía tiempo de explicar todo esto al vizconde; además, nada se ganaba complicando la situación. Me limité a ordenar a M. de Chagny que mantuviese la mano a la altura de los ojos, con el brazo doblado, como esperando la orden de fuego. Con la víctima en esta postura resulta imposible hasta para el estrangulador más diestro arrojar el lazo con provecho. El nudo aprisiona no solo el cuello, sino también el brazo o la mano. Esto permite aflojar con facilidad el lazo, que queda entonces completamente inutilizado.
Tras esquivar al comisario de policía, a varios cerradores de puertas y a los bomberos, tras topar con el cazarratas y pasar desapercibidos ante el hombre del sombrero de fieltro, el vizconde y yo arribamos sin tropiezos al tercer sótano, entre el bastidor y el decorado del Rey de Lahore. Maniobré la piedra y saltamos al interior de la casa que Erik se había edificado en el doble recinto de los muros de cimentación de la Ópera. Y esto le resultaba la cosa más fácil del mundo, pues Erik había sido uno de los contratistas principales a las órdenes de Charles Garnier, el arquitecto de la Ópera, y continuó trabajando en solitario cuando las obras se suspendieron oficialmente durante la guerra, el sitio de París y la Comuna.
Conocía demasiado bien a mi Erik para sentirme tranquilo al saltar dentro de su casa. Sabía qué había hecho con cierto palacio en Mazenderán. De ser la edificación más honesta que quepa imaginar, la transformó muy pronto en una verdadera morada del demonio donde no se podía articular palabra sin que fuese escuchada o repetida por un eco. Con sus trampillas el monstruo era responsable de infinitas tragedias de toda índole. Se le ocurrían invenciones asombrosas. De entre ellas, la más curiosa, horrible y peligrosa era la llamada cámara de los suplicios. Salvo en casos especiales, cuando la pequeña sultana se divertía atormentando a algún súbdito inocente, a nadie se dejaba caer allí sino a desdichados condenados a muerte. Y aun así, cuando estos estaban ya «hartos», gozaban siempre de la libertad de poner fin a sus días mediante un lazo del Punyab o una cuerda de arco colocada a su disposición al pie de un árbol de hierro.
Mi zozobra, por consiguiente, fue inmensa cuando advertí que la estancia en la que M. le Vicomte de Chagny y yo habíamos caído era una réplica exacta de la cámara de los suplicios de las horas rosadas de Mazenderán. A nuestros pies hallé el lazo del Punyab que tanto había temido durante toda la velada. Estaba convencido de que aquella cuerda había servido ya para Joseph Buquet, quien al igual que yo debió de sorprender una noche a Erik manipulando la piedra del tercer sótano. Probablemente quiso probar a su vez, cayó en la cámara de los suplicios y no salió de allí sino ahorcado. ¡Me imagino a Erik arrastrando el cadáver para deshacerse de él hasta el decorado del Rey de Lahore y colgándolo allí a modo de escarmiento o para acrecentar el terror supersticioso que le ayudaba a custodiar los accesos a su cubil! Luego, pensándolo mejor, Erik volvió a buscar el lazo del Punyab, que está curiosamente fabricado con tripa de gato y que habría podido dar que pensar al juez de instrucción. Esto explica la desaparición de la soga.
¡Y ahora descubría el lazo a nuestros pies, en la cámara de los suplicios!... No soy ningún cobarde, pero un sudor frío bañó mi frente mientras paseaba el circulito rojo de mi linterna sobre las paredes.
M. de Chagny lo advirtió y preguntó:
—¿Qué ocurre, señor?
Le hice una señal enérgica para que guardase silencio.
Un despacho oficial procedente de Tonkín, recibido en París a fines de julio de 1909, refiere cómo el célebre cabecilla pirata De Tham fue acorralado con sus hombres por nuestros soldados; y cómo todos lograron evadirse merced a esta treta de las cañas huecas.
Daroga es en persa el título del jefe de policía.
El persa bien habría podido admitir que la suerte de Erik también le interesaba personalmente, pues sabía de sobra que si el gobierno de Teherán llegaba a enterarse de que Erik seguía con vida, la modesta pensión del antiguo daroga habría corrido gravísimo peligro. Es justo añadir, empero, que el persa albergaba un corazón noble y generoso; y no dudo un instante de que las catástrofes que temía para los demás colmasen su espíritu. Su conducta en todo este asunto lo demuestra con creces y es digna del mayor elogio.
Fin del Episodio 38 · de 47
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