El fantasma de la ópera·Episodio 35

En los subterráneos de la Ópera · II

~9 min · 1862 palabras

Una vez en el quinto sótano, el persa tomó aliento. Parecía disfrutar de una sensación de mayor seguridad que la manifestada cuando se detuvieron en el tercero; mas no modificó en un ápice la postura de la mano. Y Raoul, recordando la observación del persa —«Sé que estas pistolas son de entera confianza»—, se asombraba cada vez más, preguntándose por qué alguien se regocijaría tanto de poder confiar en una pistola que no tenía la menor intención de emplear.

Pero el persa no le dejó tiempo para reflexionar. Ordenando a Raoul que permaneciese donde estaba, subió unos cuantos peldaños de la escalera que acababan de abandonar y luego regresó.

—¡Qué torpeza la nuestra! —susurró—. Muy pronto habremos perdido de vista a esos hombres de las linternas. Son los bomberos que hacen su ronda.

Los dos hombres aguardaron cinco minutos más. Luego el persa hizo subir de nuevo a Raoul por la escalera; mas de súbito lo detuvo con un ademán. Algo se movía en las tinieblas delante de ellos.

—¡Cuerpo a tierra! —susurró el persa.

Los dos hombres se tendieron cuan largos eran en el suelo.

Llegaron a tiempo por los pelos. Una sombra, esta vez desprovista de luz, una simple sombra en la sombra, pasó. Pasó tan cerca de ellos que estuvo a punto de rozarlos.

Sintieron el calor de su capa sobre sus cuerpos. Pues distinguían la sombra lo bastante para advertir que vestía una capa que la envolvía de pies a cabeza. En la cabeza llevaba un sombrero de fieltro blando...

Se alejó arrastrando los pies contra las paredes y soltando de vez en cuando un puntapié en algún rincón.

—¡Uf! —dijo el persa—. Por poco no lo contamos; esa sombra me conoce y ya me ha llevado dos veces al despacho directivo.

—¿Es alguien de la policía del teatro? —preguntó Raoul.

—¡Es alguien mucho peor que eso! —respondió el persa sin dar más explicaciones.

—¿No será... él?

—¿Él?... Si no viene por detrás de nosotros, ¡veremos siempre sus ojos amarillos! Esa es más o menos nuestra salvaguardia esta noche. Pero puede aproximarse a hurtadillas por la espalda; ¡y somos hombres muertos si no mantenemos la mano como para disparar, a la altura de los ojos, bien al frente!

Apenas había terminado de hablar el persa cuando una figura fantástica apareció a la vista... ¡un rostro entero de fuego, y no solo dos ojos amarillos!

Sí, una cabeza de fuego avanzaba hacia ellos, a la estatura de un hombre, pero sin cuerpo visible adherido a ella. Aquel rostro derramaba fuego, semejando en la oscuridad una llama con forma de faz humana.

—¡Oh —dijo el persa entre dientes—, jamás había visto esto!... Pampin no estaba loco, al fin y al cabo: ¡lo había visto de verdad!... ¿Qué puede ser esa llama? No es ÉL, ¡pero bien puede haberla enviado él!... ¡Cuidado!... ¡Cuidado! ¡La mano a la altura de los ojos, por amor del cielo, a la altura de los ojos!... Conozco casi todas sus tretas... pero esta no... ¡Vamos, corramos... es más seguro! ¡La mano a la altura de los ojos!

Y huyeron por el largo corredor que se abría ante ellos.

Al cabo de unos segundos, que a ellos les parecieron larguísimos minutos, se detuvieron.

—No suele venir mucho por aquí —dijo el persa—. Esta zona nada tiene que ver con él. Este lado no conduce al lago ni a la casa del lago... Mas acaso sepa que le pisamos los talones... ¡a pesar de que le prometí dejarlo en paz y no volver a inmiscuirme jamás en sus asuntos!

Y al decir esto volvió la cabeza y Raoul volvió también la suya; y divisaron de nuevo la cabeza de fuego a espaldas de sus dos cabezas. Los había seguido. Y debió de correr también, y acaso más de prisa que ellos, pues parecía hallarse más cerca.

Al mismo tiempo empezaron a percibir cierto ruido cuya naturaleza no lograban adivinar. Tan solo notaban que el rumor parecía avanzar y aproximarse junto con la faz llameante. Era un sonido como si miles de uñas rasgasen una pizarra, ese chirrido perfectamente insufrible que a veces produce una piedrecilla incrustada en la tiza cuando raya el encerado.

Continuaron retrocediendo, pero el rostro de fuego se acercaba, se acercaba, ganándoles terreno. Distinguían ya con claridad sus facciones. Los ojos eran redondos y desorbitados, la nariz algo ganchuda y la boca grande, con un labio inferior colgante, muy semejante a los ojos, nariz y labios de la luna cuando la luna está enteramente encarnada, de un rojo vivo.

¿Cómo se las componía aquella luna roja para deslizarse por las tinieblas a la altura de un hombre, sin nada que la sostuviese, al menos en apariencia? ¿Y cómo avanzaba tan de prisa, tan derecha, con aquellos ojos fijos, clavados en ellos? ¿Y qué era aquel crujido, aquel raspilleo, aquel chirrido estridente que traía consigo?

El persa y Raoul ya no podían retroceder más y se aplastaron contra el muro, sin saber qué iba a suceder a causa de aquella incomprensible cabeza de fuego, y sobre todo ahora, por causa de aquel rumor más intenso, hormigueante, vivo y «multitudinario», pues el sonido estaba formado con certeza por cientos de ruiditos que se movían en la sombra, bajo la faz encendida.

¡Y el rostro de fuego se acercaba... con su estrépito... llegó a su altura!...

Y los dos compañeros, aplastados contra la pared, sintieron que los cabellos se les erizaban de horror, pues comprendieron al fin lo que significaban aquellos mil rumores. Llegaban en tropel, empujados en la sombra por innumerables oleadas presurosas, más veloces que las olas que baten la arena con la marea alta, pequeñas olas nocturnas que espumeaban bajo la luna, bajo la cabeza ardiente que parecía una luna. Y las olitas pasaban entre sus piernas, trepando por sus piernas de manera irresistible, y Raoul y el persa ya no pudieron contener sus gritos de espanto, de consternación y de dolor. Tampoco pudieron continuar sosteniendo la mano a la altura de los ojos: sus manos bajaron hacia las piernas para rechazar las olas, que estaban cuajadas de patitas, uñas, garras y dientes.

Sí, Raoul y el persa estuvieron a punto de desmayarse, como Pampin el bombero. Pero la cabeza de fuego se volvió al oír sus gritos y les habló:

—¡No se muevan! ¡No se muevan!... ¡Por lo que más quieran, no me sigan!... ¡Soy el cazarratas!... ¡Dejen pasar a mis ratas!...

Y la cabeza de fuego se desvaneció, se esfumó en la oscuridad, mientras el pasadizo por delante de ella se iluminaba gracias al cambio que el cazarratas había efectuado en su linterna sorda. Antes, para no asustar a las ratas que iban delante de él, había dirigido su linterna sorda hacia sí mismo, iluminando su propia cabeza; ahora, para acelerar su huida, alumbraba el espacio sombrío que tenía delante. Y avanzaba a saltos, arrastrando consigo las oleadas de ratas que arañaban el suelo, aquellos mil chirridos a un tiempo.

Raoul y el persa respiraron de nuevo, aun temblando de pies a cabeza.

—Debí recordar que Erik me había hablado del cazarratas —dijo el persa—. Pero jamás me dijo que tuviese semejante aspecto... y es extraño que no me lo haya cruzado nunca antes... ¡Naturalmente, Erik nunca viene por estos rumbos!

—¿Estamos muy lejos del lago, señor? —preguntó Raoul—. ¿Cuándo llegaremos?... ¡Lléveme al lago, oh, lléveme al lago!... ¡Cuando estemos en el lago, gritaremos!... ¡Christine nos oirá!... ¡Y ÉL nos oirá también!... Y como usted lo conoce, ¡hablaremos con él! —¡Criatura! —dijo el persa—. ¡Jamás entraremos en la casa del lago por el lago!... Yo mismo jamás he desembarcado en la otra orilla... la orilla en que se alza la casa... Hay que cruzar el lago primero... ¡y está bien custodiado!... Me temo que más de uno de esos hombres —viejos tramoyistas, viejos cerradores de puertas— que no han vuelto a ser vistos sintieron sencillamente la tentación de cruzar el lago... Es terrible... Yo mismo estuve a punto de morir allí... ¡si el monstruo no me hubiese reconocido a tiempo!... Un consejo, señor: jamás se acerque al lago... ¡Y sobre todo tápese los oídos si oye la voz que canta bajo el agua, la voz de la sirena!

—Pero entonces, ¿a qué hemos venido aquí? —preguntó Raoul en un arrebato de fiebre, impaciencia y furia—. Si nada puede hacer usted por Christine, ¡al menos déjeme morir por ella! —El persa procuró calmar al joven.

—No tenemos más que un medio de salvar a Christine Daaé, créame: entrar en la casa sin que el monstruo lo advierta.

—¿Y hay alguna esperanza de lograrlo, señor?

—¡Ah, si no albergase esa esperanza, no habría venido a buscarlo a usted!

—¿Y de qué modo se puede entrar en la casa del lago sin cruzar el lago?

—Desde el tercer sótano, de donde tan desafortunadamente nos vimos arrojados. Regresaremos allí ahora mismo... Le diré —prosiguió el persa con una súbita alteración en la voz—, le diré el sitio exacto, señor: es entre un bastidor y un decorado arrumbado del Rey de Lahore, exactamente en el punto donde murió Joseph Buquet... ¡Vamos, señor, cobre ánimos y sígame! ¡Y mantenga la mano a la altura de los ojos!... Pero ¿dónde nos encontramos?

El persa encendió de nuevo su lámpara y proyectó sus rayos hacia dos enormes corredores que se cruzaban en ángulo recto.

—Debemos de hallarnos —dijo— en la parte reservada más especialmente a la maquinaria hidráulica. No veo asomar fuego alguno de los hornos.

Caminaba delante de Raoul buscando el rumbo, deteniéndose en seco cuando temía tropezar con algún maquinista del agua. Entonces tenían que resguardarse del resplandor de una especie de fragua subterránea que unos hombres estaban apagando, en la cual Raoul reconoció a los demonios que Christine había divisado durante su primer cautiverio.

De este modo llegaron poco a poco bajo los inmensos sótanos que se extendían bajo las tablas del escenario. Debían de encontrarse en aquel momento en el fondo mismo de la «cuba» y a una profundidad verdaderamente vertiginosa, si se recuerda que el terreno fue excavado a cincuenta pies por debajo del agua que anegaba toda aquella parte de París.

El persa tocó un muro divisorio y dijo:

—Si no me equivoco, esta pared bien podría pertenecer a la casa del lago.

Estaba golpeando un muro de la «cuba», y acaso convendría que el lector supiese cómo se construyeron el fondo y las paredes de dicha cuba. Con objeto de impedir que las aguas subterráneas que rodeaban las obras permaneciesen en contacto directo con los muros que sostenían toda la maquinaria escénica, el arquitecto se vio precisado a levantar un doble recinto en todas direcciones. La labor de construir este doble recinto llevó un año entero. Fue el muro del primer recinto interior el que golpeó el persa al hablar a Raoul de la casa del lago. Para cualquiera que comprendiese la arquitectura del coliseo, el ademán del persa parecía indicar que la misteriosa morada de Erik había sido edificada en el doble recinto, formado por un grueso muro construido a modo de dique o terraplén, luego una pared de ladrillo, una capa formidable de cemento y otro muro de varios metros de espesor.

Fin del Episodio 35 · de 47

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