El fantasma de la ópera·Episodio 34

En los subterráneos de la Ópera · I

~10 min · 1993 palabras

—¡La mano en alto, listo para disparar! —repitió presuroso el compañero de Raoul.

La pared, a sus espaldas, habiendo completado el giro que describía sobre sí misma, volvió a cerrarse; y los dos hombres permanecieron inmóviles un instante, conteniendo el aliento.

Por fin el persa resolvió hacer un movimiento; y Raoul le oyó deslizarse de rodillas y tantear algo en la oscuridad con manos vacilantes. De súbito las tinieblas se hicieron visibles gracias a una linterna sorda, y Raoul retrocedió instintivamente como para hurtarse al escrutinio de un enemigo oculto. Pero pronto advirtió que la luz pertenecía al persa, cuyos ademanes observaba con detenimiento. El circulito rojo fue proyectado en todas direcciones y Raoul vio que el suelo, las paredes y el techo estaban enteramente formados de tablas. Debía de ser el camino ordinario empleado por Erik para llegar al camerino de Christine e imponerse a su inocencia. Y Raoul, recordando la observación del persa, pensó que había sido misteriosamente construido por el propio fantasma. Más tarde supo que Erik había encontrado, ya dispuesto para él, un pasadizo secreto, conocido desde hacía tiempo solo de él y habilitado en los tiempos de la Comuna de París para permitir a los carceleros conducir a sus prisioneros directamente a las mazmorras acondicionadas para ellos en los subterráneos; pues los federados habían ocupado el teatro de la Ópera inmediatamente después del dieciocho de marzo y habían instalado en lo más alto un punto de partida para sus globos aerostáticos, que diseminaban sus proclamas incendiarias por los departamentos, y una prisión de Estado en lo más hondo.

El persa se puso de rodillas y colocó la linterna en el suelo. Parecía manipular el entarimado; y de pronto apagó la luz. Entonces Raoul oyó un leve chasquido y vio un recuadro luminoso sumamente pálido en el piso del pasadizo. Era como si se hubiese abierto una ventana sobre los subterráneos de la Ópera, que aún estaban alumbrados. Raoul ya no veía al persa, pero de pronto lo sintió a su lado y le oyó susurrar:

—Sígame y haga todo cuanto yo haga.

Raoul se volvió hacia la abertura luminosa. Vio entonces al persa, que aún de rodillas, se suspendió por las manos del borde del orificio, con la pistola entre los dientes, y se deslizó hacia el sótano inferior.

Cosa curiosa, el vizconde sentía una confianza absoluta en el persa, a pesar de no saber nada de él. Su emoción al hablar del «monstruo» le había parecido sincera; y si el persa hubiese abrigado designios siniestros contra él, no lo habría armado con sus propias manos. Además, Raoul debía llegar junto a Christine a toda costa. Se puso por consiguiente de rodillas él también y se descolgó de la trampilla con ambas manos.

—¡Suelte! —dijo una voz.

Y cayó en los brazos del persa, quien le ordenó tenderse en el suelo cuan largo era, cerró la trampilla por encima de sus cabezas y se agazapó junto a él. Raoul intentó hacer una pregunta, pero la mano del persa se posó sobre su boca y oyó una voz que reconoció como la del comisario de policía.

Raoul y el persa se hallaban enteramente ocultos tras un tabique de madera. Cerca de ellos una pequeña escalera conducía a una habitacioncilla en la que el comisario parecía pasearse arriba y abajo formulando preguntas. La débil claridad apenas bastaba para permitir a Raoul distinguir la forma de las cosas a su alrededor. Y no pudo reprimir un grito sordo: había tres cadáveres allí.

El primero yacía sobre el estrecho rellano de la escalerilla; los otros dos habían rodado hasta el pie de la escalera. Raoul habría podido tocar a uno de aquellos dos desdichados pasando los dedos a través del tabique.

—¡Silencio! —susurró el persa.

Él también había visto los cuerpos y pronunció una sola palabra como explicación:

—¡ÉL!

La voz del comisario se percibía ahora con mayor nitidez. Pedía informes sobre el sistema de alumbrado, que el director de escena le iba proporcionando. El comisario debía de hallarse, por consiguiente, en el «órgano» o en sus inmediaciones.

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, sobre todo tratándose de un teatro de ópera, el «órgano» no es un instrumento musical. Por aquel entonces la electricidad solo se empleaba para unos pocos efectos escénicos y para los timbres. El inmenso coliseo y el escenario mismo se alumbraban todavía con gas; el hidrógeno servía para regular y modificar la iluminación de un cuadro; y esto se hacía mediante un aparato especial que, a causa de la multiplicidad de sus tubos, se conocía como el «órgano». Una caseta junto al foso del apuntador estaba reservada al jefe del gas, quien desde allí impartía sus órdenes a sus ayudantes y vigilaba que se ejecutasen. Mauclair permanecía en esta caseta durante todas las representaciones.

Mas ahora Mauclair no estaba en su caseta ni sus ayudantes en sus puestos.

—¡Mauclair! ¡Mauclair!

La voz del director de escena resonó en los subterráneos. Pero Mauclair no respondió.

He dicho que una puerta se abría sobre una pequeña escalera que conducía al segundo sótano. El comisario la empujó, pero ofreció resistencia.

—Oiga usted —le dijo al director de escena—, no puedo abrir esta puerta: ¿siempre resulta tan difícil?

El director de escena la forzó con el hombro. Vio que al mismo tiempo empujaba un cuerpo humano y no pudo contener una exclamación, pues reconoció el cadáver al punto:

—¡Mauclair! ¡Pobre diablo! ¡Está muerto!

Pero el señor comisario Mifroid, a quien nada sorprendía, se inclinó sobre aquel corpachón:

—No —dijo—: está borracho perdido, lo cual no es exactamente lo mismo.

—Si es así, es la primera vez —dijo el director de escena.

—Entonces alguien le ha administrado un narcótico. Es perfectamente posible.

Mifroid bajó unos cuantos peldaños y dijo:

—¡Miren!

A la luz de una pequeña linterna roja divisaron otros dos cuerpos al pie de la escalera. El director de escena reconoció a los ayudantes de Mauclair. Mifroid bajó y escuchó su respiración:

—Están profundamente dormidos —dijo—. ¡Un asunto verdaderamente curioso! Un desconocido debió de burlar al encargado del gas y a su personal... y ese desconocido trabajaba evidentemente por cuenta del raptor... ¡Pero qué extraña ocurrencia raptar a una cantante sobre el escenario!... Hagan venir al médico del teatro, por favor. —Y Mifroid repitió—: ¡Curioso, decididamente curioso!

Luego se volvió hacia la habitacioncilla dirigiéndose a las personas que Raoul y el persa no lograban ver desde su escondrijo:

—¿Qué dicen ustedes a todo esto, caballeros? Son ustedes los únicos que no han manifestado su parecer. Y sin embargo deben de abrigar alguna opinión al respecto.

En ese punto Raoul y el persa vieron asomar sobre el rellano los semblantes desencajados de los directores asociados, y oyeron la voz alterada de Moncharmin:

—Pasan cosas aquí, señor comisario, que nos vemos enteramente incapaces de explicar.

Y los dos rostros desaparecieron.

—Muchas gracias por el informe, caballeros —dijo Mifroid con sorna.

Pero el director de escena, apoyando la barbilla en el hueco de la mano derecha, que es la postura del pensamiento profundo, dijo:

—No es la primera vez que Mauclair se queda dormido en el teatro. Recuerdo haberlo encontrado una tarde roncando en su hueco, con su tabaquera al lado.

—¿Hace mucho tiempo de eso? —preguntó M. Mifroid limpiando cuidadosamente sus quevedos.

—No, no hace tanto tiempo... ¡Espere usted un poco!... Fue la noche... claro que sí... ¡Fue la noche en que la Carlotta —ya sabe usted, señor comisario— soltó su famoso «¡croac!»!

—¿De veras? ¿La noche en que la Carlotta soltó su famoso «¡croac!»?

Y M. Mifroid, colocándose de nuevo los relucientes cristales sobre la nariz, clavó en el director de escena una mirada contemplativa.

—De modo que Mauclair toma rapé, ¿no es así? —preguntó con fingida indiferencia.

—Sí, señor comisario... Mire, ahí está su tabaquera sobre esa repisa... ¡Oh, es un gran tomador de rapé!

—Yo también —dijo Mifroid, y se guardó la tabaquera en el bolsillo.

Raoul y el persa, sin ser vistos, presenciaron la retirada de los tres cuerpos a cargo de varios tramoyistas, a quienes siguieron el comisario y toda la comitiva. Sus pasos resonaron durante unos minutos en el escenario superior. Cuando quedaron solos, el persa hizo una seña a Raoul para que se pusiese en pie. Raoul lo hizo; pero como no levantaba la mano a la altura de los ojos, listo para disparar, el persa le ordenó adoptar de nuevo aquella postura y mantenerla, pasara lo que pasase.

—Pero esto cansa el brazo inútilmente —susurró Raoul—. Si llego a disparar, no estaré seguro de la puntería.

—Entonces pase la pistola a la otra mano —dijo el persa.

—No sé disparar con la izquierda.

Entonces el persa dio esta singular respuesta, que desde luego no estaba calculada para llevar la claridad al turbado cerebro del joven:

—No se trata de disparar con la mano derecha o con la izquierda; se trata de sostener una de las manos como si fuese a apretar el gatillo de una pistola con el brazo doblado. En cuanto a la pistola misma, bien mirado, ¡puede guardársela en el bolsillo! —Y añadió—: Que quede esto bien entendido, o no respondo de nada. Es cuestión de vida o muerte. Y ahora, ¡silencio y sígame!

Los sótanos de la Ópera son inmensos y suman cinco en total. Raoul seguía al persa preguntándose qué habría sido de él sin su compañero en aquel dédalo extraordinario. Descendieron al tercer sótano; y su marcha seguía iluminada por alguna lejana lámpara.

Cuanto más bajaban, mayores precauciones parecía adoptar el persa. No cesaba de volverse hacia Raoul para comprobar si sostenía bien el brazo, mostrándole cómo él mismo mantenía la mano como siempre dispuesto a disparar, a pesar de que la pistola reposaba en su bolsillo.

De pronto una voz potente los obligó a detenerse. Alguien gritaba por encima de ellos:

—¡Todos los cerradores de puertas al escenario! ¡Los reclama el comisario de policía!

Se oyeron pasos y sombras que se deslizaban en la oscuridad. El persa atrajo a Raoul tras un bastidor. Vieron desfilar ante ellos y por encima de ellos a ancianos encorvados por los años y por la pesada carga de las tramoyas de antaño. Algunos apenas podían arrastrarse; otros, por rutina, con el cuerpo inclinado y las manos extendidas, buscaban puertas que cerrar.

Eran los cerradores de puertas, los viejos tramoyistas exhaustos a quienes una dirección caritativa había acogido por compasión, encomendándoles el cuidado de cerrar las puertas encima y debajo del escenario. Iban y venían sin cesar de arriba abajo del edificio cerrando las puertas; y se los llamaba también los «cazacorrientes», al menos en aquella época, pues apenas dudo de que a estas horas hayan muerto todos. Las corrientes de aire son funestas para la voz, provengan de donde provengan.

Los dos fugitivos habrían podido tropezar con ellos, despertándolos y provocando una petición de explicaciones. Por el momento las pesquisas de M. Mifroid los libraron de tan desagradables encuentros.

El persa y Raoul agradecieron aquel incidente, que los desembarazaba de testigos molestos, pues algunos de aquellos cerradores de puertas, al no tener qué hacer o dónde cobijarse, permanecían en la Ópera por holgazanería o necesidad y pasaban allí la noche.

Mas no se les dejó disfrutar mucho tiempo de su soledad. Otras sombras descendían ahora por el mismo camino por donde habían subido los cerradores de puertas. Cada una de aquellas sombras portaba una linterna y la movía arriba, abajo y alrededor, como buscando algo o a alguien.

—¡Maldita sea! —murmuró el persa—. Ignoro qué buscan, pero bien podrían dar con nosotros... ¡Huyamos deprisa!... ¡La mano arriba, señor, listo para disparar!... Doble el brazo... más... ¡así!... ¡La mano a la altura de los ojos, como si se batiese en duelo y aguardase la voz de fuego! ¡Oh, deje la pistola en el bolsillo! ¡Deprisa, vamos, escaleras abajo! ¡A la altura de los ojos! ¡Es cuestión de vida o muerte!... ¡Por aquí, por esta escalera! —Llegaron al quinto sótano—. ¡Oh, qué duelo, señor, qué duelo!

Fin del Episodio 34 · de 47

En los subterráneos de la Ópera · I

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