El fantasma de la ópera·Episodio 33

El vizconde y el persa

~9 min · 1865 palabras

Raoul recordó ahora que su hermano le había señalado en cierta ocasión a aquel personaje enigmático, del que no se sabía nada salvo que era persa y que habitaba en un pequeño apartamento antiguo en la calle de Rivoli.

El hombre de tez de ébano, ojos de jade y gorro de astracán se inclinó hacia Raoul.

—Espero, M. de Chagny —le dijo—, que no haya traicionado usted el secreto de Erik.

—¿Y por qué habría de vacilar en traicionar a ese monstruo, señor? —replicó Raoul con altivez, intentando zafarse del intruso—. ¿Acaso es amigo suyo?

—Espero que no haya dicho usted nada sobre Erik, señor, ¡porque el secreto de Erik es también el de Christine Daaé, y hablar del uno es hablar de la otra!

—¡Oh, señor! —dijo Raoul cada vez más impaciente—: parece usted saber muchas cosas que me interesan; ¡y sin embargo no tengo tiempo que perder escuchándole!

—Una vez más, M. de Chagny, ¿adónde va usted tan de prisa?

—¿No lo adivina usted? A socorrer a Christine Daaé...

—Entonces, señor, quédese aquí, ¡pues Christine Daaé está aquí!

—¿Con Erik?

—Con Erik.

—¿Cómo lo sabe?

—Estuve en la representación, ¡y nadie en el mundo salvo Erik podría urdir un rapto semejante!... ¡Oh —dijo con un hondo suspiro—, reconocí la garra del monstruo!...

—¿Lo conoce usted entonces?

El persa no contestó, pero exhaló un nuevo suspiro.

—Señor —dijo Raoul—, ignoro cuáles son sus intenciones, pero ¿puede hacer algo para ayudarme? Quiero decir, ¿para salvar a Christine Daaé?

—Eso creo, M. de Chagny, y por esa razón le he dirigido la palabra.

—¿Qué puede usted hacer?

—Intentar llevarle junto a ella... y junto a él.

—Si puede prestarme ese servicio, señor, ¡mi vida entera le pertenece!... Una palabra más: el comisario de policía me asegura que Christine Daaé ha sido raptada por mi hermano, el conde Philippe.

—¡Oh, M. de Chagny, no creo ni una sola palabra de eso!

—No es posible, ¿verdad?

—Ignoro si es posible o no; pero hay muchas maneras de raptar a la gente, y M. le Comte Philippe jamás ha tenido que ver con la hechicería, que yo sepa.

—Sus argumentos son concluyentes, señor, ¡y yo soy un insensato!... ¡Oh, démonos prisa! ¡Me pongo por entero en sus manos!... ¿Cómo no habría de creerle, cuando es usted el único que me cree a mí... cuando es usted el único que no sonríe al oír el nombre de Erik?

Y el joven estrechó con vehemencia las manos del persa. Estaban heladas como el hielo.

—¡Silencio! —dijo el persa deteniéndose a escuchar los rumores lejanos del teatro—. No debemos pronunciar ese nombre aquí. Digamos «él» o «aquel»; habrá menos peligro de llamar su atención.

—¿Cree usted que está cerca de nosotros?

—Es muy posible, señor, si no se halla en este instante con su víctima EN LA CASA DEL LAGO.

—¡Ah, conque conoce usted también esa morada!

—Si no está allí, ¡puede estar aquí mismo, en esta pared, en este suelo, en este techo!... ¡Venga!

Y el persa, rogando a Raoul que amortiguase el ruido de sus pasos, lo condujo por pasadizos que Raoul no había visto jamás, ni siquiera en la época en que Christine solía pasear con él por aquel laberinto.

—¡Si tan solo hubiese llegado Darius! —dijo el persa.

—¿Quién es Darius?

—¿Darius? Mi criado.

Se hallaban ahora en el centro de una verdadera plaza desierta, una estancia inmensa mal alumbrada por una lamparilla. El persa detuvo a Raoul y, en el más tenue de los susurros, le preguntó:

—¿Qué le dijo usted al comisario?

—Le dije que el raptor de Christine Daaé era el Ángel de la Música, alias el fantasma de la Ópera, y que su verdadero nombre era...

—¡Chist!... ¿Y le creyó a usted?

—No.

—¿No concedió importancia alguna a lo que usted decía?

—Ninguna.

—¿Lo tomó a usted por un poco loco?

—Sí.

—¡Tanto mejor! —suspiró el persa.

Y prosiguieron su camino. Tras subir y bajar varias escaleras que Raoul no había visto jamás, los dos hombres se encontraron ante una puerta que el persa abrió con una llave maestra. El persa y Raoul vestían ambos de rigurosa etiqueta; pero mientras Raoul llevaba sombrero de copa, el persa lucía el gorro de astracán que ya he mencionado. Aquello constituía una infracción del reglamento que exigía el sombrero de copa entre bastidores; pero en Francia a los extranjeros se les tolera cualquier capricho: al inglés su gorra de viaje, al persa su gorro de astracán.

—Señor —dijo el persa—, su sombrero de copa va a estorbarle: haría usted bien en dejarlo en el camerino.

—¿En qué camerino? —preguntó Raoul.

—En el de Christine Daaé.

Y el persa, dejando pasar a Raoul por la puerta que acababa de abrir, le mostró el aposento de la cantante enfrente. Se encontraban al final del corredor cuya longitud entera Raoul solía recorrer antes de llamar a la puerta de Christine.

—¡Qué bien conoce usted la Ópera, señor!

—¡No tan bien como «él»! —dijo el persa con modestia.

Y empujó al joven al interior del camerino de Christine, que se hallaba tal como Raoul lo había dejado unos minutos antes.

Cerrando la puerta, el persa se dirigió hacia un tabique muy delgado que separaba el camerino de un amplio trastero contiguo. Escuchó atentamente y luego tosió con fuerza.

Se percibió un rumor de pasos en el trastero; y pocos segundos después un dedo golpeó suavemente en la puerta.

—Adelante —dijo el persa.

Entró un hombre tocado también con un gorro de astracán y vestido con un largo gabán. Hizo una reverencia, extrajo de debajo de su abrigo un estuche primorosamente labrado, lo colocó sobre el tocador, se inclinó de nuevo y se dirigió a la puerta.

—¿Nadie te vio entrar, Darius?

—Nadie, señor.

—Que nadie te vea salir.

El criado echó una mirada por el pasillo y desapareció velozmente.

El persa abrió el estuche. Contenía un par de largas pistolas.

—Cuando raptaron a Christine Daaé, señor, mandé aviso a mi criado para que me trajese estas pistolas. Las poseo desde hace mucho tiempo y son de entera confianza.

—¿Tiene usted intención de batirse en duelo? —preguntó el joven.

—Será ciertamente un duelo lo que tengamos que librar —dijo el otro examinando el cebo de sus armas—. ¡Y qué duelo! —Tendiendo una de las pistolas a Raoul, añadió—: En este duelo seremos dos contra uno; pero debe prepararse para todo, pues combatiremos contra el adversario más terrible que pueda usted imaginar. Pero usted ama a Christine Daaé, ¿no es así?

—¡La adoro con toda mi alma! Pero usted, señor, que no la ama, dígame por qué lo encuentro dispuesto a arriesgar la vida por ella. ¡Sin duda debe de odiar a Erik!

—No, señor —dijo el persa con tristeza—; no lo odio. Si lo odiase, hace mucho tiempo que habría dejado de hacer daño.

—¿Acaso le ha hecho daño a usted?

—Le he perdonado el daño que me hizo.

—No lo comprendo a usted. Lo califica de monstruo, habla de sus crímenes, le ha perjudicado a usted, ¡y hallo en su persona la misma inexplicable piedad que me desesperaba cuando la advertía en Christine!

El persa no respondió. Buscó una banqueta y la colocó contra la pared frente al gran espejo que cubría todo el paño del muro opuesto. Luego se subió a la banqueta y, pegando la nariz al papel pintado, pareció buscar alguna señal.

—¡Ah! —dijo tras una minuciosa inspección—: ¡aquí está! —Y alzando el dedo por encima de la cabeza, oprimió un ángulo en el dibujo del papel. Luego se volvió y saltó de la banqueta:

—¡En medio minuto —dijo— ESTARÁ EN CAMINO! —y cruzando todo el camerino fue a palpar el gran espejo.

—No, todavía no cede —murmuró.

—¡Oh, ¿vamos a salir por el espejo? —preguntó Raoul—. ¿Igual que Christine Daaé?

—¿De modo que sabía usted que Christine Daaé salía por ese espejo?

—¡Lo hizo ante mis propios ojos, señor! Estaba oculto tras la cortina del gabinete contiguo y la vi desaparecer, no junto al cristal, ¡sino en el cristal mismo!

—¿Y qué hizo usted?

—Creí que se trataba de una alucinación de mis sentidos, de un sueño demencial.

—¡O de algún nuevo capricho del fantasma! —sonrió con amargura el persa—. ¡Ah, M. de Chagny! —prosiguió sin apartar la mano del espejo—: ¡ojalá tuviésemos que vérnoslas con un fantasma! En tal caso podríamos dejar nuestras pistolas en su estuche... Deje ahí su sombrero, por favor... ahí... y ahora cúbrase la pechera cuanto pueda con el frac... como hago yo... Lleve las solapas hacia adelante... súbase el cuello... Debemos hacernos lo más invisibles que sea posible.

Apoyándose contra el espejo, tras un breve silencio, dijo:

—Se requiere algún tiempo para soltar el contrapeso cuando se presiona el resorte desde el interior de la pieza. Muy distinto es cuando uno se encuentra detrás de la pared y puede actuar directamente sobre el contrapeso. Entonces el espejo gira al instante y se mueve con increíble rapidez.

—¿Qué contrapeso? —preguntó Raoul.

—Pues el contrapeso que hace bascular todo este paño de muro sobre su pivote. ¡No se imaginará usted que se mueve por sí solo, por arte de magia! Si observa con cuidado, verá que el espejo primero se eleva unos centímetros y luego se desplaza un poco de izquierda a derecha. Quedará entonces sobre un eje y girará sobre sí mismo.

—¡No gira! —dijo Raoul impaciente.

—¡Oh, espere! ¡Tiempo de sobra tendrá usted para impacientarse, señor! El mecanismo sin duda se ha oxidado, o bien el resorte no funciona... A menos que se trate de otra cosa —añadió el persa con inquietud.

—¿Qué cosa?

—Acaso haya cortado sencillamente la cuerda del contrapeso, bloqueando todo el aparato.

—¿Por qué habría de hacerlo? ¡Él no sabe que venimos por aquí!

—Mucho me temo que lo sospeche, pues sabe que yo conozco el sistema.

—¡No gira!... ¿Y Christine, señor, Christine?

El persa respondió fríamente:

—¡Haremos todo cuanto sea humanamente posible!... ¡Pero puede detenernos al primer paso!... Es dueño y señor de las paredes, de las puertas y de las trampillas. En mi tierra se le conocía con un nombre que significa el «enamorado de las trampillas».

—Pero ¿por qué le obedecen estas paredes únicamente a él? ¡Él no las construyó!

—¡Sí, señor, eso fue precisamente lo que hizo!

Raoul lo contempló estupefacto; mas el persa le hizo una señal para que guardase silencio y señaló hacia el espejo... Se produjo una especie de reflejo trémulo. Su imagen se desdibujó como sobre una lámina de agua rizada por el viento, y luego todo volvió a quedar inmóvil.

—¡Ya ve usted, señor, que no gira! ¡Tomemos otro camino!

—¡Esta noche no hay ningún otro! —declaró el persa con voz singularmente lúgubre—. ¡Y ahora, atención! Y esté listo para disparar.

Él mismo alzó la pistola frente al espejo. Raoul imitó su movimiento. Con el brazo libre el persa atrajo al joven hacia su pecho y, súbitamente, el espejo giró en un torbellino cegador de luces cruzadas: giró como una de esas puertas giratorias que han instalado últimamente a la entrada de la mayoría de los restaurantes, giró arrastrando a Raoul y al persa consigo y arrojándolos de golpe de la plena luz a las más profundas tinieblas.

Fin del Episodio 33 · de 47

El vizconde y el persa

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