El fantasma de la ópera·Episodio 29

Las asombrosas revelaciones de Mme. Giry... · I

~10 min · 1939 palabras

Antes de seguir al comisario al despacho directivo, debo referir ciertos acontecimientos extraordinarios ocurridos en aquella pieza a la que Remy y Mercier habían intentado vanamente franquearse la entrada y donde los señores Richard y Moncharmin se habían encerrado con un propósito que el lector ignora todavía, pero que es mi deber de historiador revelar sin mayor dilación.

He tenido ocasión de señalar que el humor de los directores venía sufriendo una alteración harto desagradable desde hacía algún tiempo, y de dar a entender que semejante mudanza no se debía únicamente a la caída de la araña en la célebre noche de la función de gala.

El lector debe enterarse de que al fantasma se le habían pagado plácidamente sus primeros veinte mil francos. ¡Oh, no sin llantos ni crujir de dientes, a fe mía! Y sin embargo la cosa había sucedido con la mayor sencillez del mundo.

Una mañana, los directores hallaron sobre su mesa un sobre con las señas: «A Monsieur F. de la Ó. (personal)», acompañado de una nota del mismísimo F. de la Ó.:

«Ha llegado el momento de dar cumplimiento a la cláusula del pliego de condiciones. Tengan la bondad de depositar veinte billetes de mil francos en este sobre, sellarlo con su propio sello y entregárselo a Mme. Giry, quien hará cuanto sea menester».

Los directores no vacilaron; sin perder el tiempo en averiguar de qué modo aquellas endiabladas misivas llegaban a un despacho que se cuidaban muy bien de mantener cerrado con llave, aprovecharon la ocasión para echar el guante al misterioso extorsionador. Y tras revelar todo el asunto, bajo promesa de estricto secreto, a Gabriel y a Mercier, metieron los veinte mil francos en el sobre y, sin pedir explicaciones, se lo entregaron a Mme. Giry, que había sido restituida en sus funciones. La acomodadora no dio muestras de sorpresa alguna. Huelga decir que estuvo estrechamente vigilada. Se dirigió en línea recta al palco del fantasma y depositó el precioso sobre en la repisa fijada a la barandilla. Los dos directores, así como Gabriel y Mercier, se habían apostado de tal modo que no perdieron de vista el sobre ni un segundo durante la representación, ni siquiera después, pues como el sobre no se había movido, quienes lo acechaban tampoco se movieron; y Mme. Giry se marchó mientras los directores, Gabriel y Mercier seguían allí apostados. Al cabo, cansados de aguardar, abrieron el sobre tras comprobar que los sellos estaban intactos.

A primera vista, Richard y Moncharmin creyeron que los billetes seguían allí dentro; pero muy pronto advirtieron que no eran los mismos. ¡Los veinte billetes legítimos se habían esfumado y habían sido reemplazados por veinte billetes del «Banco de Santa Farsa»!

El furor y el espanto de los directores no tuvieron límites. Moncharmin quiso mandar llamar al comisario de policía, pero Richard se opuso terminantemente. Sin duda abrigaba un plan, pues dijo:

—¡No vayamos a ponernos en ridículo! Todo París se burlaría de nosotros. F. de la Ó. ha ganado la primera partida: nosotros ganaremos la segunda.

Pensaba en la mensualidad del mes siguiente.

No obstante, habían sido burlados de manera tan absoluta que no podían por menos de experimentar cierto abatimiento. Y a fe mía que era fácil de comprender. No debemos olvidar que los directores albergaban en el fondo del pensamiento la sospecha de que aquel lance singular fuese una pesada broma urdida por sus predecesores, que no convenía divulgar antes de tiempo. Por otra parte, a Moncharmin le asaltaba a veces la desconfianza respecto del propio Richard, a quien de tanto en tanto le daban caprichos estrafalarios. De suerte que se limitaron a esperar los acontecimientos, sin perder de vista a la tía Giry. Richard prohibió que se le dirigiera la palabra.

—Si es cómplice —dijo—, los billetes volaron hace mucho tiempo. Pero, en mi opinión, es sencillamente una idiota.

—No es la única idiota en este negocio —dijo Moncharmin pensativo.

—Bueno, ¿quién lo habría imaginado? —se lamentó Richard—. Pero no temáis... la próxima vez habré tomado mis precauciones.

La próxima vez coincidió precisamente con el día en que Christine Daaé desapareció. Por la mañana, una esquela del fantasma les recordó el vencimiento del pago. Rezaba así:

«Hagan exactamente lo mismo que la vez anterior. Salió a las mil maravillas. Pongan los veinte mil francos en el sobre y entréguenselo a nuestra excelente Mme. Giry».

Y la esquela venía acompañada del sobre de rigor. No tenían más que meter los billetes.

Esto se hizo una media hora antes de que se alzara el telón del primer acto de Fausto. Richard mostró el sobre a Moncharmin. Luego contó los veinte billetes de mil francos delante de él y los introdujo en el sobre, pero sin cerrarlo.

—Y ahora —dijo—, hagamos pasar a la tía Giry.

Mandaron llamar a la anciana. Entró haciendo una reverencia ceremoniosa. Llevaba aún su vestido de tafetán negro, cuyo tono viraba rápidamente al orín y al lila, por no hablar de su sombrero deslucido. Parecía de buen temple. Y dijo de inmediato:

—¡Buenas noches, caballeros! ¿Es por el sobre, supongo?

—Sí, Mme. Giry —respondió Richard de lo más afable—. Por el sobre... y por algo más también.

—A sus órdenes, M. Richard, a sus órdenes. ¿Y qué es ese algo más, si me hacen el favor?

—En primer lugar, Mme. Giry, tengo una pequeña pregunta que formularle.

—Con muchísimo gusto, M. Richard: Mme. Giry está aquí para responderle.

—¿Sigue usted en buenas relaciones con el fantasma?

—Inmejorables, caballero; no podrían ser mejores.

—¡Ah, nos alegramos infinito!... Mire usted, Mme. Giry —dijo Richard en tono de hacerle una confidencia importante—: bien podemos decírnoslo entre nosotros... ¡usted no tiene un pelo de tonta!

—¡Cómo, caballero! —exclamó la acomodadora deteniendo el balanceo risueño de las plumas negras de su sombrero ajado—. ¡Le aseguro que nadie lo ha puesto jamás en duda!

—Estamos enteramente de acuerdo y muy pronto nos entenderemos. Toda esa historia del fantasma es una patraña, ¿verdad?... Pues bien, dicho sea siempre entre nosotros... la broma ya ha durado bastante.

Mme. Giry miró a los directores como si le hablaran en chino. Se acercó a la mesa de Richard y preguntó, no sin cierta inquietud:

—¿Qué quiere usted decir? No lo entiendo.

—¡Oh, ya lo entiende usted de sobra! En cualquier caso, tiene que entenderlo... Y antes de nada, díganos su nombre.

—¿El nombre de quién?

—¡El nombre del hombre de quien es usted cómplice, Mme. Giry!

—¿Yo cómplice del fantasma? ¿Yo?... ¿Cómplice de qué, si puede saberse?

—Usted hace todo cuanto él quiere.

—¡Oh, no es nada exigente, se lo aseguro!

—¿Y le sigue dando propinas?

—No me puedo quejar.

—¿Cuánto le da por llevarle ese sobre?

—Diez francos.

—¡Pobre mujer! No es gran cosa, ¿verdad?

—¿Por qué?

—Ya se lo diré luego, Mme. Giry. Por ahora nos gustaría saber por qué extraña razón se ha entregado usted en cuerpo y alma a ese fantasma... La amistad y la devoción de Mme. Giry no se compran con cinco o diez francos.

—Es muy cierto... Y puedo decirle la razón, caballero. No hay nada vergonzoso en ello... al contrario.

—¡De eso estamos bien seguros, Mme. Giry!

—Pues verán, la cosa es así... solo que al fantasma no le gusta que hable de sus asuntos.

—¿De veras? —se burló Richard con sorna.

—Pero esto es algo que me concierne únicamente a mí... Pues bien, una noche encontré en el palco número cinco una carta dirigida a mi nombre, una especie de nota escrita con tinta roja. No hace falta que se la lea, caballero: me la sé de memoria, ¡y no la olvidaré aunque viva cien años!

Y Mme. Giry, irguiéndose cuan larga era, recitó la epístola con conmovedora elocuencia:

«MADAME:

1825. Mlle. Ménétrier, primera bailarina, convertida en marquesa de Cussy.

1832. Mlle. Marie Taglioni, bailarina, convertida en condesa Gilbert des Voisins.

1846. La Sota, bailarina, casada con un hermano del rey de España.

1847. Lola Montez, bailarina, convertida en esposa morganática del rey Luis de Baviera y nombrada condesa de Landsfeld.

1848. Mlle. María, bailarina, convertida en baronesa d’Herneville.

1870. Thérèse Heissler, bailarina, casada con don Fernando, hermano del rey de Portugal.

Richard y Moncharmin escuchaban a la anciana, que, a medida que desgranaba la relación de tan gloriosos esponsales, se ahuecaba, cobraba ánimos y al cabo, con voz henchida de orgullo, soltó la última frase de la carta profética:

1885. ¡Meg Giry, emperatriz!

Agotada por este supremo esfuerzo, la acomodadora se desplomó sobre una silla diciendo:

—Caballeros, la carta venía firmada: «Fantasma de la Ópera». Había oído hablar mucho del fantasma, pero solo creía a medias en él. ¡Desde el día en que declaró que mi pequeña Meg, la carne de mi carne, el fruto de mis entrañas, sería emperatriz, creí en él con toda mi alma!

Y verdaderamente no era preciso un examen prolijo de las facciones exaltadas de Mme. Giry para comprender qué partido se le podía sacar a aquel entendimiento con dos palabras: «fantasma» y «emperatriz».

Pero ¿quién manejaba los hilos de aquel títere extraordinario? Esa era la cuestión.

—¿Nunca lo ha visto usted; él le habla y usted cree cuanto le dice? —preguntó Moncharmin.

—Sí. Para empezar, a él le debo que mi pequeña Meg fuese ascendida a bailarina de primera fila. Yo le dije al fantasma: «Si ha de ser emperatriz en 1885, no hay tiempo que perder; tiene que pasar a primera fila enseguida». Él me dijo: «Dalo por hecho». Y no tuvo más que decirle una palabra a M. Poligny y la cosa estuvo resuelta.

—¡De modo que M. Poligny sí lo vio!

—No, no más que yo; pero lo oyó. El fantasma le dijo unas palabras al oído, ya saben, la noche en que salió del palco número cinco con la cara tan espantosamente pálida.

Moncharmin lanzó un suspiro. «¡Menudo embrollo!», gimió.

—¡Ah! —dijo Mme. Giry—. Siempre pensé que había secretos entre el fantasma y M. Poligny. Cuanto el fantasma le pedía a M. Poligny, M. Poligny lo hacía. M. Poligny no podía negarle nada al fantasma.

—¿Oyes, Richard?: Poligny no podía negarle nada al fantasma.

—¡Sí, sí, ya lo oigo! —dijo Richard—. M. Poligny es amigo del fantasma; y como Mme. Giry es amiga de M. Poligny, ¡ya tenemos el cuadro completo!... Pero M. Poligny me importa un bledo —añadió con aspereza—. La única persona cuya suerte me interesa verdaderamente es Mme. Giry... Mme. Giry, ¿sabe usted qué hay dentro de este sobre?

—Pues claro que no —dijo ella.

—Mire usted bien.

Mme. Giry asomó la mirada al interior del sobre con ojos apagados, que muy pronto recobraron todo su brillo.

—¡Billetes de mil francos! —exclamó.

—¡Sí, Mme. Giry, billetes de mil francos! ¡Y usted lo sabía!

—¿Yo, caballero? ¿Yo?... Se lo juro...

—¡No jure usted, Mme. Giry!... Y ahora le diré el segundo motivo por el que la mandé llamar. Mme. Giry, voy a hacer que la detengan a usted ahora mismo.

Las dos plumas negras del sombrero deslucido, que habitualmente adoptaban la actitud de dos signos de interrogación, se transformaron de golpe en dos signos de admiración; en cuanto al sombrero en sí, osciló amenazador sobre el tempestuoso moño de la anciana. La sorpresa, la indignación, la protesta y el espanto se manifestaron además en la madre de la pequeña Meg mediante una especie de movimiento extravagante de virtud ultrajada, medio salto y medio deslizamiento, que la plantó justo delante de las narices de M. Richard, quien no pudo por menos de echar su butaca hacia atrás.

—¡QUE ME DETENGAN A MÍ!

La boca que pronunció estas palabras pareció escupir en pleno rostro de Richard los tres únicos dientes que aún le quedaban.

Fin del Episodio 29 · de 47

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Siguiente Episodio 30~8 minLas asombrosas revelaciones de Mme. Giry... · II“—En cualquier caso —chilló con voz destemplada—, ¡usted, M. Richard, debería saber mejor que yo adónde fueron a parar los veinte mil francos!”Seguir leyendo
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