El fantasma de la ópera·Episodio 30

Las asombrosas revelaciones de Mme. Giry... · II

~8 min · 1504 palabras

M. Richard se portó como un héroe. No retrocedió ni un ápice más. Su índice amenazador parecía señalar ya a la acomodadora del palco número cinco ante los jueces ausentes.

—¡Voy a hacer que la detengan a usted, Mme. Giry, por ladrona!

—¡Repita usted eso!

Y Mme. Giry propinó al señor director Richard una bofetada colosal antes de que el señor director Moncharmin tuviese tiempo de intervenir. Mas no fue la mano marchita de la vieja colérica la que descargó sobre la oreja directiva, sino el sobre mismo, el causante de todos los males, el sobre mágico que se desgarró con el impacto, esparciendo los billetes de banco, que escaparon en un torbellino fantástico semejante a mariposas gigantescas.

Los dos directores lanzaron un grito, y un mismo impulso los arrojó a ambos de rodillas, febriles, recogiendo y examinando a toda prisa aquellos preciosos pedazos de papel.

—¿Siguen siendo auténticos, Moncharmin?

—¿Siguen siendo auténticos, Richard?

—¡Sí, siguen siendo auténticos!

Por encima de sus cabezas los tres dientes de Mme. Giry castañeteaban en una refriega ruidosa y colmada de interjecciones espantosas. Pero lo único que se distinguía con claridad era este estribillo:

—¡Yo una ladrona!... ¿Yo una ladrona, yo?

Se ahogaba de furia. Y chillaba:

—¡Jamás se ha visto cosa semejante!

Y de pronto se abalanzó de nuevo hacia Richard.

—En cualquier caso —chilló con voz destemplada—, ¡usted, M. Richard, debería saber mejor que yo adónde fueron a parar los veinte mil francos!

—¿Yo? —preguntó Richard, anonadado—. ¿Y cómo voy a saberlo?

Moncharmin, con semblante severo y descontento, exigió al punto que la buena mujer se explicase:

—¿Qué significa esto, Mme. Giry? —preguntó—. ¿Y por qué afirma que M. Richard debería saber mejor que usted adónde fueron a parar los veinte mil francos?

En cuanto a Richard, que sentía enrojecer sus mejillas bajo la mirada inquisitiva de Moncharmin, agarró a Mme. Giry por la muñeca y la sacudió con violencia. Con voz que bramaba y retumbaba como un trueno, rugió:

—¿Por qué tendría yo que saber mejor que usted adónde fueron a parar los veinte mil francos? ¿Por qué? ¡Respóndame!

—¡Porque fueron a parar a su bolsillo! —gimió la anciana mirándolo como si tuviese delante al demonio en persona.

Richard se habría abalanzado sobre Mme. Giry si Moncharmin no hubiese detenido su mano justiciera para apresurarse a preguntarle con mayor blandura:

—¿Cómo puede sospechar de mi socio, M. Richard, atribuyéndole que se haya metido veinte mil francos en el bolsillo?

—Yo no he dicho semejante cosa —declaró Mme. Giry—, puesto que fui yo misma quien metió los veinte mil francos en el bolsillo de M. Richard. —Y añadió por lo bajo—: ¡Hala, ya está dicho!... ¡Y que el fantasma me perdone!

Richard se puso a berrear de nuevo, pero Moncharmin le impuso silencio con autoridad:

—¡Permíteme! ¡Permíteme! Deja que la mujer se explique. Déjame interrogarla a mí. —Y añadió—: ¡Es ciertamente asombroso que adoptes semejante actitud!... Estamos a punto de desentrañar el misterio entero. ¡Y tú te enfureces!... Haces mal en ponerte así... Yo me estoy divirtiendo de lo lindo.

Mme. Giry, cual mártir resignada, alzó la cabeza con el rostro radiante por la fe en su propia inocencia:

—Me dicen ustedes que había veinte mil francos en el sobre que metí en el bolsillo de M. Richard; pero les repito que yo no sabía nada de eso... ¡Ni M. Richard tampoco, dicho sea de paso!

—¡Ajá! —dijo Richard adoptando de pronto un aire fanfarrón que a Moncharmin no le gustó nada—. ¡De modo que yo tampoco sabía nada! ¡Usted metió veinte mil francos en mi bolsillo y yo tampoco sabía nada! ¡Me alegro mucho de oírlo, Mme. Giry!

—Sí —asintió la temible anciana—, sí, es la pura verdad. Ninguno de los dos sabía nada. Pero usted, ¡usted debió de terminar por enterarse!

¡Richard se habría tragado viva a Mme. Giry si Moncharmin no hubiese estado allí! Mas Moncharmin la protegía. Y reanudó el interrogatorio:

—¿Qué clase de sobre metió usted en el bolsillo de M. Richard? No era el que nosotros le dimos, el que usted llevó al palco número cinco ante nuestros propios ojos; y sin embargo era ese el que contenía los veinte mil francos.

—Perdónenme ustedes. El sobre que me dio M. le Directeur fue el que deslicé en el bolsillo de M. le Directeur —explicó Mme. Giry—. El que llevé al palco del fantasma era otro sobre exactamente idéntico que el fantasma me había entregado de antemano y que yo llevaba escondido en la manga.

Y al decir esto Mme. Giry extrajo de su manga un sobre preparado de antemano y con las mismas señas que el que contenía los veinte mil francos. Los directores se lo arrebataron. Lo examinaron y comprobaron que estaba cerrado con lacre estampado con su propio sello directivo. Lo abrieron. Contenía veinte billetes del Banco de Santa Farsa idénticos a los que tanto los habían asombrado el mes anterior.

—¡Qué sencillez! —dijo Richard.

—¡Qué sencillez! —repitió Moncharmin. Y prosiguió sin apartar los ojos de Mme. Giry, como intentando hipnotizarla.

—¿De modo que fue el fantasma quien le entregó a usted este sobre y le ordenó sustituirlo por el que nosotros le dimos? ¿Y fue el fantasma quien le mandó meter el otro en el bolsillo de M. Richard?

—Sí, fue el fantasma.

—¿Tendría entonces la amabilidad de ofrecernos una muestra de su destreza? Aquí tiene el sobre. Haga como si nosotros no supiéramos nada.

—Como gusten, caballeros.

Mme. Giry tomó el sobre con los veinte billetes legítimos dentro y se dirigió hacia la puerta. Estaba a punto de salir cuando los dos directores se abalanzaron sobre ella:

—¡Ah, no! ¡Ah, no! ¡No nos van a tomar el pelo por segunda vez! ¡Gato escaldado del agua fría huye!

—Perdónenme, caballeros —se disculpó la anciana—: me dijeron que actuase como si ustedes no supiesen nada... Pues bien, si ustedes no supiesen nada, ¡yo me marcharía con su sobre!

—¿Y de qué modo me lo deslizaría entonces en el bolsillo? —arguyó Richard, a quien Moncharmin clavaba el ojo izquierdo mientras mantenía el derecho sobre Mme. Giry: procedimiento muy a propósito para forzar la vista, pero Moncharmin estaba dispuesto a todo con tal de averiguar la verdad.

—Se lo deslizo en el bolsillo cuando usted menos lo espera, caballero. Ya sabe usted que siempre doy una vuelta entre bastidores a lo largo de la velada, y a menudo acompaño a mi hija al vestíbulo de baile, a lo cual tengo perfecto derecho como madre suya; le llevo las zapatillas cuando el ballet va a comenzar... en fin, que entro y salgo a mi antojo... Los abonados también entran y salen... Usted mismo, caballero... Hay muchísima gente alrededor... Me coloco detrás de usted y le deslizo el sobre en el bolsillo de los faldones del frac... ¡No hay ninguna brujería en eso!

—¡Ninguna brujería! —gruñó Richard poniendo los ojos en blanco como Júpiter Tonante—. ¡Ninguna brujería! ¡Acabo de pillarla en una mentira, vieja bruja!

Mme. Giry se erizó con sus tres dientes asomando por la boca.

—¿Y por qué, si puede saberse?

—Porque me pasé aquella velada entera vigilando el palco número cinco y el sobre postizo que usted colocó allí. No pisé el vestíbulo de baile ni por un segundo.

—No, señor, y tampoco le entregué a usted el sobre aquella noche, sino en la siguiente representación... la noche en que el subsecretario de Estado de Bellas Artes...

A estas palabras, M. Richard interrumpió de golpe a Mme. Giry:

—¡Sí, es verdad, ahora me acuerdo! El subsecretario pasó entre bastidores. Preguntó por mí. Bajé un momento al vestíbulo de baile. Me hallaba en los escalones del vestíbulo... El subsecretario y su jefe de gabinete se encontraban en el vestíbulo mismo. Me volví de pronto... usted había pasado por detrás de mí, Mme. Giry... Pareció como si me empujase... ¡Oh, todavía la estoy viendo, todavía la estoy viendo!

—Sí, eso es, caballero, exactamente eso. Yo acababa de despachar mi asuntito. ¡Ese bolsillo suyo, señor, es comodísimo!

Y Mme. Giry una vez más unió la acción a la palabra. Pasó por detrás de M. Richard y, con tal presteza que el propio Moncharmin quedó impresionado, deslizó el sobre en el bolsillo de uno de los faldones del frac de M. Richard.

—¡Naturalmente! —exclamó Richard palideciendo un poco—. Es muy hábil por parte de F. de la Ó. El problema que debía resolver era el siguiente: cómo suprimir cualquier intermediario peligroso entre el hombre que entrega los veinte mil francos y el hombre que los recibe. Y lo más acertado que se le pudo ocurrir fue venir a coger el dinero de mi propio bolsillo sin que yo me diese cuenta, puesto que yo mismo ignoraba que estuviese allí. ¡Es genial!

—¡Oh, genial, sin duda alguna! —asintió Moncharmin—. ¡Solo que olvidas, Richard, que yo aporté diez mil francos de los veinte y que nadie puso nada en mi bolsillo!

Los billetes falsos girados contra el «Banco de Santa Farsa» en Francia equivalen a los billetes de broma impresos para burlar a los incautos.

Fin del Episodio 30 · de 47

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