El fantasma de la ópera·Episodio 28

¡Christine! ¡Christine!

~6 min · 1283 palabras

El primer pensamiento de Raoul, tras la fantástica desaparición de Christine Daaé, fue acusar a Erik. Ya no dudaba del poder casi sobrenatural del Ángel de la Música en aquel dominio de la Ópera donde había establecido su imperio. Y Raoul se precipitó sobre el escenario en un arrebato de loco amor y de desesperación.

—¡Christine! ¡Christine! —gemía, llamándola al sentir que ella debía de estar llamándolo a él desde las profundidades de aquel pozo tenebroso al que el monstruo la había arrastrado—. ¡Christine! ¡Christine!

Y le parecía oír los gritos de la joven a través de las débiles maderas que lo separaban de ella. Se inclinaba, escuchaba... erraba por las tablas como un insensato. ¡Ah, bajar, descender a aquella sima de tinieblas cuyas entradas le estaban vedadas todas..., pues aquella noche las escaleras que conducían a los sótanos estaban rigurosamente prohibidas a todo el mundo!

—¡Christine! ¡Christine!...

La gente lo apartaba riéndose. Se burlaban de él. ¡Creían que al pobre enamorado se le había desquiciado el seso!

¿Por qué senda demencial, por qué pasadizos de misterio y de sombras, conocidos solo de él, se había llevado Erik a aquella criatura de alma pura hacia la espantosa guarida del salón Luis Felipe que daba al lago?

—¡Christine! ¡Christine!... ¿Por qué no respondes?... ¿Acaso sigues con vida?...

Pensamientos horrendos cruzaban como relámpagos por el cerebro congestionado de Raoul. Sin duda Erik había descubierto su secreto, sabía que Christine le había sido infiel. ¡Qué espantosa venganza tramaría!

Y Raoul volvió a pensar en las estrellas amarillas que la noche anterior habían venido a merodear por su balcón. ¿Por qué no las había apagado para siempre? Había hombres cuyas pupilas se dilataban en la sombra y resplandecían como estrellas o como ojos de gato. Desde luego los albinos, que de día parecían tener ojos de conejo, tenían ojos de felino por la noche: ¡eso lo sabía todo el mundo!... Sí, sí, no cabía duda de que había disparado contra Erik. ¿Por qué no lo había matado? El monstruo había huido trepando por el canalón como un gato o como un presidiario que —también esto era cosa sabida de todos— escalaría la bóveda misma del cielo con la ayuda de una tubería de desagüe... Sin duda Erik meditaba por aquel entonces algún golpe decisivo contra Raoul, pero al verse herido había escapado para ensañarse en su lugar contra la desdichada Christine.

Tales eran los crueles pensamientos que atormentaban a Raoul mientras corría hacia el camerino de la cantante.

—¡Christine! ¡Christine!

Lágrimas amargas abrasaban los párpados del muchacho al ver esparcidos sobre los muebles los vestidos que su hermosa prometida debía de haber llevado a la hora de la fuga. ¡Oh, ¿por qué se había negado a partir antes?

¿Por qué había jugado con la catástrofe que los amenazaba? ¿Por qué juguetear con el corazón del monstruo? ¿Por qué, en un último acceso de compasión, se había empeñado en arrojar, como postrera limosna al alma de aquel demonio, su canto divino:

«¡Ángeles puros, santos radiantes, a vuestras moradas llevad mi alma!».

Raoul, con la garganta ahogada por los sollozos, las maldiciones y las imprecaciones, tanteó con torpeza el gran espejo que una noche se había abierto ante sus ojos para dejar pasar a Christine hacia la tétrica morada subterránea. Empujó, apretó, palpó en derredor, pero el cristal al parecer no obedecía más que a Erik... ¿Acaso las acciones materiales no bastaban ante un espejo semejante? ¿Acaso se requería pronunciar determinadas palabras mágicas? ¡Cuando era niño había oído contar que existían cosas que obedecían a la palabra pronunciada!

Súbitamente Raoul recordó haber oído hablar de una verja que daba a la calle Scribe, de un pasadizo subterráneo que iba derecho a la calle Scribe desde el lago... Sí, Christine le había hablado de aquello... Y al comprobar que la llave ya no estaba en la cajita, corrió de todas formas hacia la calle Scribe. Fuera, en la calle, pasó las manos temblorosas sobre los enormes sillares de piedra, buscó salidas... topó con barrotes de hierro... ¿serían aquellos?... ¿O estos otros?... ¿O acaso aquella tronera?... Clavó los ojos inútiles a través de las rejas... ¡Qué oscuro estaba todo allí dentro!... Aguzó el oído... ¡Todo era silencio!... Dio la vuelta al edificio... y llegó ante rejas mayores, ante verjas inmensas... Era la entrada del patio de la Administración.

Raoul se precipitó en la portería.

—Perdón, señora, ¿podría decirme dónde encontrar una verja o una puerta de barrotes, de barrotes de hierro, que dé a la calle Scribe... y que conduzca al lago?... ¿Sabe a qué lago me refiero?... Sí, al lago subterráneo... bajo la Ópera.

—Sí, señor, sé que hay un lago bajo la Ópera, pero ignoro qué puerta conduce a él. ¡Jamás he estado allí abajo!

—¿Y la calle Scribe, señora, la calle Scribe? ¿Nunca ha ido usted a la calle Scribe?

¡La mujer se echó a reír, soltó una carcajada estrepitosa! Raoul escapó rugiendo de furia, subió escaleras de cuatro en cuatro peldaños, bajó escaleras, recorrió como un bólido toda la parte administrativa del teatro y se encontró de nuevo a la luz del escenario.

Se detuvo con el corazón golpeándole en el pecho: ¿y si hubiesen encontrado a Christine Daaé? Divisó a un grupo de hombres y preguntó:

—Perdonen ustedes, caballeros. ¿Podrían decirme dónde está Christine Daaé?

Y alguien se echó a reír.

En ese mismo instante resonó en el escenario un nuevo murmullo y, en medio de una multitud de caballeros de etiqueta que hablaban y gesticulaban a la vez, apareció un hombre que parecía sumamente tranquilo y lucía un rostro afable, sonrosado y mofletudo, coronado por cabellos ensortijados y alumbrado por un par de ojos azules de prodigiosa serenidad. Mercier, el administrador delegado, llamó la atención del vizconde de Chagny hacia él y le dijo:

—A este caballero es a quien debe formular su pregunta, señor. Permítame presentarle a M. Mifroid, el comisario de policía.

—¡Ah, M. le Vicomte de Chagny! Encantado de conocerle, señor —dijo el comisario—. ¿Tendría la bondad de acompañarme?... Y ahora, ¿dónde están los directores?... ¿Dónde se han metido los directores?

Mercier no contestó, y Remy, el secretario, se apresuró a informar de que los directores estaban encerrados con llave en su despacho y que aún no sabían nada de lo que acababa de acontecer.

—¡No me diga usted semejante cosa! ¡Subamos al despacho!

Y M. Mifroid, seguido de una comitiva cada vez más numerosa, se encaminó hacia la parte administrativa del coliseo. Mercier aprovechó la confusión para deslizar una llave en la mano de Gabriel:

—Esto va de mal en peor —le susurró—. Haría usted bien en poner en libertad a la tía Giry.

Y Gabriel se escurrió.

Muy pronto llegaron ante la puerta de los directores. En vano aporreó Mercier: la puerta permaneció cerrada a cal y canto.

—¡Abran en nombre de la ley! —intimó M. Mifroid con voz potente y no exenta de inquietud.

Por fin la puerta se abrió. Todos se precipitaron en el despacho en pos del comisario.

Raoul fue el último en entrar. Cuando se disponía a seguir a los demás al interior de la pieza, una mano se posó en su hombro y oyó estas palabras pronunciadas al oído:

—¡LOS SECRETOS DE ERIK NO LE INCUMBEN A NADIE SALVO A ÉL MISMO!

Se volvió con una exclamación ahogada. La mano que se había posado sobre su hombro se hallaba ahora puesta sobre los labios de un personaje de tez de ébano, ojos de jade y gorro de astracán en la cabeza: ¡el persa! El desconocido mantuvo el ademán que aconsejaba discreción y luego, en el preciso instante en que el atónito vizconde se disponía a pedirle razón de su misteriosa intervención, se inclinó y desapareció.

Fin del Episodio 28 · de 47

¡Christine! ¡Christine!

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