El fantasma de la ópera·Episodio 27

La singular actitud de un imperdible

~9 min · 1834 palabras

Tras el telón reinaba un tropel indescriptible. Artistas, tramoyistas, bailarinas, comparsas, coristas y abonados se interrogaban unos a otros, vociferando y atropellándose en el mayor desconcierto.

—¿Qué ha sido de ella?

—¡Se ha escapado!

—¡Con el vizconde de Chagny, por supuesto!

—¡No, con el conde!

—¡Ah, mirad a la Carlotta! ¡La Carlotta le ha jugado una mala pasada!

—¡No, ha sido el fantasma! —Y algunos reían, sobre todo porque un examen minucioso de las trampillas y el entarimado había descartado por completo la idea de un accidente.

En medio de aquella ruidosa muchedumbre, tres hombres conversaban en voz baja y con ademanes desesperados. Eran Gabriel, el maestro de coro; Mercier, el administrador delegado, y Remy, el secretario particular. Se habían retirado a un rincón del pasillo por donde el escenario comunica con el amplio corredor que conduce al vestíbulo del baile. Allí discutían al abrigo de unos enormes bastidores de utilería.

—Llamé a la puerta —decía Remy—. No respondieron. Acaso no se encuentren en el despacho. En cualquier caso es imposible cerciorarse, pues se llevaron las llaves consigo.

«Ellos» eran naturalmente los directores, que durante el último entreacto habían dado orden terminante de que no se les molestase bajo ningún pretexto. No recibían absolutamente a nadie.

—¡Con todo y con eso —exclamó Gabriel—, no se rapta a una cantante en pleno escenario todos los días!

—¿Les gritó usted eso a ellos? —preguntó Mercier con impaciencia.

—Volveré allí ahora mismo —dijo Remy, y desapareció a la carrera.

En aquel momento se presentó el director de escena.

—Y bien, M. Mercier, ¿viene usted? ¿Qué hacen aquí los dos? Le reclaman a usted, señor administrador.

—Me niego en redondo a saber o hacer nada antes de que se presente el comisario —declaró Mercier—. He mandado a buscar a Mifroid. ¡Ya veremos cuando llegue!

—Y yo le repito a usted que debería bajar al órgano inmediatamente.

—No bajaré antes de que llegue el comisario.

—Yo mismo he bajado ya hasta el órgano.

—¡Ah! ¿Y qué vio usted allí?

—¡Pues bien, no vi a nadie! ¿Me oye usted?... ¡A nadie!

—¿Y qué pretende usted que vaya a hacer yo allá abajo?

—¡Tiene usted razón! —dijo el director de escena mesándose con desesperación los cabellos revueltos—. ¡Tiene usted razón! Pero podría haber alguien junto al órgano capaz de decirnos cómo se apagó de pronto el escenario. Y ahora Mauclair no aparece por ninguna parte. ¿Se da usted cuenta de lo que eso significa?

Mauclair era el encargado del gas, que dispensaba el día y la noche a su antojo sobre las tablas de la Ópera.

—¡Mauclair no aparece! —repitió Mercier, estupefacto—. Bueno, ¿y qué pasa con sus ayudantes?

—¡No hay Mauclair ni ayudantes que valgan! ¡No hay nadie en las luces, se lo aseguro! Ya comprenderá usted —rugió el director de escena— que a esa chiquilla la han raptado: ¡no se ha escapado ella sola! Ha sido una jugada premeditada y tenemos que esclarecerla... ¿Y qué hacen los directores mientras tanto?... Di orden de que nadie bajara a las luces y aposté a un bombero delante de la caseta del gasista, junto al órgano. ¿Hice bien o no?

—Sí, sí, muy bien, perfectamente bien. Y ahora aguardemos al comisario.

El director de escena se alejó encogiéndose de hombros, echando chispas y mascullando denuestos contra aquellos pasmarotes que se quedaban acurrucados tranquilamente en un rincón mientras el teatro entero estaba patas arriba.

Gabriel y Mercier no estaban tan tranquilos como parecía. Ocurría únicamente que habían recibido una consigna que los paralizaba. Los directores no debían ser molestados bajo ningún concepto. Remy había quebrantado esa orden sin obtener el menor resultado.

En aquel momento regresaba el secretario de su nueva expedición, con una traza singularmente desencajada.

—Y bien, ¿los ha visto usted? —preguntó Mercier.

—Moncharmin me abrió al fin la puerta. Se le salían los ojos de las órbitas. Creí que se me echaba encima para pegarme. No pude articular palabra; ¿y qué creen ustedes que me espetó a gritos? «¿Tiene usted un imperdible?». «¡No!». «¡Pues entonces lárguese de aquí!». Intenté explicarle que en el escenario acababa de ocurrir algo inaudito, pero él bramó: «¡Un imperdible! ¡Que me traigan un imperdible ahora mismo!». Un mozo lo oyó —berreaba como un toro—, acudió corriendo con un imperdible y se lo entregó; tras lo cual Moncharmin me dio con la puerta en las narices, ¡y ahí tienen todo!

—¿Y no pudo usted gritarle: «¡Christine Daaé!»?

—Quisiera yo haberlo visto a usted en mi pellejo. Echaba espuma por la boca. No pensaba más que en su imperdible. ¡Creo que si no se lo traen al instante le habría dado un ataque!... ¡Oh, todo esto no es natural; nuestros directores se están volviendo locos!... Por lo demás, ¡esto no puede continuar así! ¡No estoy acostumbrado a que se me trate de semejante manera!

De pronto Gabriel murmuró al oído:

—Es otra treta de F. de la Ó.

Remy esbozó una mueca, Mercier lanzó un suspiro y pareció a punto de hablar... pero, al cruzarse con la mirada de Gabriel, calló.

No obstante, Mercier sentía crecer su responsabilidad a medida que pasaban los minutos sin que asomaran los directores; y al cabo no pudo aguantar más.

—¡Miren ustedes, voy a sacarlos de allí yo mismo!

Gabriel, poniéndose muy sombrío y grave, lo retuvo.

—¡Tenga cuidado con lo que hace, Mercier! Si se quedan encerrados en su despacho, ¡por algo será! ¡F. de la Ó. tiene más de un as en la manga!

Pero Mercier sacudió la cabeza.

—¡Allá ellos! ¡Yo voy! ¡Si me hubiesen escuchado a mí, la policía sabría todo desde hace mucho tiempo!

Y se marchó.

—¿Qué es «todo»? —preguntó Remy—. ¿Qué era lo que había que decirle a la policía? ¿Por qué no responde usted, Gabriel?... ¡Ah, conque sabe usted algo! Pues bien, más le valdría decírmelo también a mí, ¡si no quiere que me ponga a gritar que se han vuelto ustedes locos de remate!... ¡Sí, eso es lo que están: locos!

Gabriel adoptó un aire estúpido y fingió no comprender aquel exabrupto inconveniente del secretario particular.

—¿Qué «algo» se supone que sé yo? —dijo—. No sé de qué me está hablando.

Remy empezaba a perder los estribos.

—Esta noche, Richard y Moncharmin se han portado como verdaderos orates aquí mismo, en los descansos.

—Yo no he notado nada de eso —gruñó Gabriel, visiblemente contrariado.

—¡Pues entonces es usted el único!... ¿Acaso cree que no los vi?... ¿Y que M. Parabise, el director del Crédit Central, no se dio cuenta de nada?... ¿Y que M. de La Borderie, el embajador, no tiene ojos en la cara?... ¡Pero si todos los abonados señalaban con el dedo a nuestros directores!

—¿Y qué hacían nuestros directores? —preguntó Gabriel adoptando su expresión más inocente.

—¿Qué hacían? ¡Usted sabe mejor que nadie lo que hacían!... ¡Usted estaba allí!... ¡Y los vigilaba, usted y Mercier!... Y eran ustedes dos los únicos que no se reían.

—¡No comprendo!

Gabriel levantó los brazos y los dejó caer a lo largo del cuerpo, gesto con el que pretendía dar a entender que la cuestión le traía enteramente sin cuidado. Remy prosiguió:

—¿Qué sentido tiene esa nueva manía que les ha entrado? ¿POR QUÉ NO QUIEREN QUE NADIE SE LES ACERQUE AHORA?

—¿Cómo? ¿NO QUIEREN QUE NADIE SE LES ACERQUE?

—¡Y NO CONSIENTEN QUE NADIE LOS TOQUE!

—¿De veras? ¿Ha observado usted QUE NO QUIEREN QUE NADIE LOS TOQUE? ¡Ciertamente es muy curioso!

—¡Ah, de modo que lo reconoce usted! ¡Ya era hora! ¡Y ADEMÁS, CAMINAN HACIA ATRÁS!

—¡HACIA ATRÁS! ¿Ha visto usted a nuestros directores CAMINAR HACIA ATRÁS? ¡Caramba, creí que solo los cangrejos caminaban hacia atrás!

—¡No se ría, Gabriel, no se ría!

—No me río —protestó Gabriel, mostrándose más solemne que un magistrado.

—¿Acaso puede usted explicarme esto, Gabriel, ya que es amigo íntimo de la dirección: cuando me acerqué a M. Richard, fuera del vestíbulo, en el descanso del jardín, con la mano extendida, ¿por qué M. Moncharmin me susurró a toda prisa: «¡Aléjese! ¡Aléjese! ¡Por lo que más quiera, no toque a M. le Directeur!»? ¿Acaso tengo una peste contagiosa?

—¡Es inaudito!

—Y poco después, cuando M. de La Borderie se dirigió hacia M. Richard, ¿no vio usted a M. Moncharmin interponerse entre ambos y no le oyó exclamar: «¡M. l’Ambassadeur, le suplico que no toque a M. le Directeur!»?

—¡Es terrible!... ¿Y qué hacía Richard mientras tanto?

—¿Qué hacía? ¡Pero si usted lo vio! Dio media vuelta, SE INCLINÓ HACIA ADELANTE AUNQUE NO HABÍA NADIE DELANTE DE ÉL, Y SE RETIRÓ HACIA ATRÁS.

—¿HACIA ATRÁS?

—¡Y Moncharmin, detrás de Richard, también dio media vuelta; es decir, trazó un semicírculo a espaldas de Richard y TAMBIÉN CAMINÓ HACIA ATRÁS!... ¡Y se fueron DE AQUEL MODO hacia la escalera del despacho directivo: HACIA ATRÁS, HACIA ATRÁS, HACIA ATRÁS!... Pues bien, si no están locos, ¿quiere usted explicarme qué significa todo esto?

—Tal vez ensayaban una figura de baile —insinuó Gabriel sin demasiada convicción en la voz.

El secretario se enfureció ante semejante despropósito en un instante tan dramático. Frunció el ceño y apretó los labios. Luego arrimó la boca al oído de Gabriel:

—No se haga el socarrón, Gabriel. Aquí pasan cosas de las que usted y Mercier son en parte responsables.

—¿A qué se refiere usted? —preguntó Gabriel.

—Christine Daaé no es la única que ha desaparecido súbitamente esta noche.

—¡Vaya una patraña!

—De patraña nada. ¿Acaso podría decirme por qué, cuando la tía Giry bajó hace un rato al vestíbulo, Mercier la cogió del brazo y se la llevó a toda prisa consigo?

—¿De veras? —dijo Gabriel—. No he visto nada de eso.

—Lo vio perfectamente, Gabriel, puesto que usted acompañó a Mercier y a la tía Giry al despacho de Mercier. Desde entonces se los ha visto a ustedes dos, pero nadie ha vuelto a ver a la tía Giry.

—¿Acaso se imagina que nos la hemos comido?

—No, pero la han encerrado ustedes con llave en el despacho; y cualquiera que pase por delante puede oírla berrear: «¡Ah, granujas! ¡Ah, bribones!».

En este punto de tan singular conversación arribó Mercier, completamente sin aliento.

—¡Listo! —anunció con voz sepulcral—. ¡Esto es peor que nunca!... Grité: «¡Es algo grave! ¡Abran la puerta! Soy yo, Mercier». Oí pasos. La puerta se abrió y asomó Moncharmin. Estaba blanquísimo. Preguntó: «¿Qué quiere usted?». Respondí: «¡Han raptado a Christine Daaé!». ¿Y qué creen ustedes que contestó? «¡Tanto mejor!». Y me cerró la puerta de golpe, no sin antes ponerme esto en la mano.

Mercier abrió la mano; Remy y Gabriel miraron.

—¡El imperdible! —exclamó Remy.

—¡Extraño! ¡Muy extraño! —murmuró Gabriel, que no pudo reprimir un escalofrío.

De súbito una voz los hizo volverse a los tres a la vez.

—Perdonen ustedes, caballeros. ¿Podrían decirme dónde está Christine Daaé?

A despecho de la gravedad de las circunstancias, lo absurdo de la pregunta les habría provocado una carcajada estrepitosa si no hubiesen divisado un rostro tan desgarrado por el dolor que al instante los sobrecogió la compasión. Era el vizconde Raoul de Chagny.

Fin del Episodio 27 · de 47

La singular actitud de un imperdible

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