El fantasma de la ópera·Episodio 26

Una obra maestra del enamorado de las trampillas · II

~8 min · 1515 palabras

Raoul siguió haciendo esta clase de extrañas reflexiones, que respondían de manera tan íntima y lógica a la preocupación de su espíritu y que, al mismo tiempo, tendían a persuadir a muchos de que había perdido el juicio. El propio conde se vio asaltado por esta idea; y más tarde el juez de instrucción, al recibir el informe del comisario de policía, llegó a la misma conclusión.

—¿Quién es Erik? —preguntó el conde, estrechando la mano de su hermano.

—Es mi rival. Y si no está muerto, es una lástima.

Despidió a los criados con un ademán de la mano y los dos Chagny se quedaron solos. Pero los hombres no estaban aún fuera del alcance del oído cuando el ayuda de cámara del conde oyó decir a Raoul, con voz clara y rotunda:

—Esta noche raptaré a Christine Daaé.

Esta frase fue repetida después a M. Faure, el juez de instrucción. Pero nadie supo jamás con exactitud qué ocurrió entre los dos hermanos durante aquella entrevista. Los criados declararon que no era su primera disputa. Sus voces atravesaban la pared; y siempre se trataba de una actriz llamada Christine Daaé.

Al desayuno —el desayuno matinal que el conde tomaba en su gabinete—, Philippe mandó llamar a su hermano. Raoul se presentó silencioso y sombrío. La escena fue muy breve. Philippe tendió a su hermano un ejemplar de L’Époque y le dijo:

—¡Lee eso!

El vizconde leyó:

«Las últimas noticias del Faubourg aseguran que existe promesa de matrimonio entre Mlle. Christine Daaé, la cantante de la Ópera, y M. le Vicomte Raoul de Chagny. Si hemos de dar crédito a las murmuraciones, el conde Philippe ha jurado que, por primera vez en sus anales, los Chagny faltarán a su palabra. Mas como el amor es todopoderoso, tanto en la Ópera como en cualquier otra parte —y aún más si cabe—, nos preguntamos de qué modo piensa impedir el conde Philippe que el vizconde, su hermano, conduzca a la nueva Margarita al altar. Se dice que los dos hermanos se adoran; pero el conde se equivoca de medio a medio si imagina que el cariño fraternal triunfará sobre el amor puro y simple».

—Ya lo ves, Raoul —dijo el conde—: ¡nos estás poniendo en ridículo! Esa muchachita te ha trastornado el juicio con sus historias de aparecidos.

El vizconde evidentemente había repetido a su hermano, durante la noche, el relato de Christine. Lo único que dijo entonces fue:

—Adiós, Philippe.

—¿Lo has decidido de veras? ¿Te marchas esta noche? ¿Con ella?

Ninguna respuesta.

—¡No cometerás semejante locura! ¡Yo sabré impedírtelo!

—Adiós, Philippe —repitió el vizconde, y abandonó la estancia.

Esta escena fue descrita al juez de instrucción por el propio conde, que no volvió a ver a Raoul hasta aquella misma noche, en la Ópera, pocos minutos antes de la desaparición de Christine.

Raoul, en efecto, consagró la jornada entera a los preparativos de la fuga. Los caballos, el carruaje, el cochero, las provisiones, el equipaje, el dinero necesario para el viaje, el itinerario elegido (había resuelto no tomar el tren, a fin de despistar al fantasma): todo esto debía disponerse y preverse; y lo tuvo ocupado hasta las nueve de la noche.

A las nueve en punto, una especie de berlina de viaje, con las cortinillas de las ventanillas echadas, ocupó su puesto en la fila del lado de la Rotonda. Iba tirada por dos briosos caballos conducidos por un cochero cuyo rostro quedaba casi oculto entre los largos pliegues de una bufanda. Delante de aquel coche de camino había tres cupés pertenecientes, respectivamente, a la Carlotta, que acababa de regresar repentinamente a París, a la Sorelli y, a la cabeza de la fila, al conde Philippe de Chagny. Nadie apeó de la berlina. El cochero permaneció en su pescante, y los otros tres cocheros en los suyos.

Una sombra envuelta en una larga capa negra y tocada con un sombrero de fieltro blando pasó por la acera entre la Rotonda y los carruajes, examinó con detenimiento la berlina, se acercó a los caballos y al cochero y luego se alejó sin decir una sola palabra. El magistrado creyó más tarde que aquella sombra era la del vizconde Raoul de Chagny; pero no comparto esa opinión, dado que aquella noche, como todas las noches, el vizconde de Chagny llevaba sombrero de copa, sombrero que, por lo demás, fue hallado con posterioridad. Me inclino más bien a pensar que la sombra era la del fantasma, que conocía al dedillo todo el asunto, como el lector comprobará muy pronto.

Representaban Fausto, como cuadraba, ante una sala espléndida. El Faubourg estaba magníficamente representado; y el suelto de aquella mañana en L’Époque ya había surtido efecto, pues todas las miradas convergían hacia el palco donde el conde Philippe permanecía solo, en apariencia con el ánimo más indiferente y despreocupado. El elemento femenino de aquel público brillante parecía vivamente intrigado; y la ausencia del vizconde dio pie a un sinfín de cuchicheos tras los abanicos. Christine Daaé fue acogida con bastante frialdad. Aquel público selecto no le perdonaba aspirar a tan encumbrada altura.

La cantante advirtió la desfavorable disposición de una parte de la sala y se turbó visiblemente por ello.

Los asiduos de la Ópera, que pretendían conocer el fondo de los amores del vizconde, cruzaban sonrisas elocuentes en ciertos pasajes del papel de Margarita; y ostensiblemente volvían la cabeza hacia el palco de Philippe de Chagny cuando Christine cantaba:

«¡Quisiera saber quién era aquel que me habló, si era noble o, al menos, cuál es su nombre!».

El conde permanecía con la barbilla apoyada en la mano y parecía no prestar la menor atención a tales demostraciones. Mantenía los ojos fijos en el escenario; mas sus pensamientos parecían hallarse muy lejos de allí.

Christine iba perdiendo la seguridad por momentos. Temblaba. Se sentía al borde de un desvanecimiento... Carolus Fonta se preguntaba si estaba enferma, si lograría sostenerse en escena hasta el final del acto del jardín. En la sala, muchos recordaban la catástrofe que le había sobrevenido a la Carlotta al final de aquel mismo acto y el histórico «¡croac!» que había interrumpido momentáneamente su carrera parisina.

Justo entonces hizo su entrada la Carlotta en un palco frente al escenario, una entrada sensacional. La pobre Christine alzó los ojos hacia aquel nuevo motivo de zozobra. Reconoció a su rival. Le pareció ver una mueca de burla en sus labios. Aquello la salvó. Lo olvidó todo con tal de triunfar una vez más.

A partir de aquel instante la diva cantó con toda su alma y con todo su corazón. Procuró sobrepujarse a sí misma en cuanto había hecho hasta entonces; y lo consiguió con creces. En el último acto, cuando entonó la invocación a los ángeles, infundió a todos los espectadores la sensación de que a ellos también les brotaban alas.

En el centro del anfiteatro un hombre se puso en pie y permaneció erguido frente a la cantante. Era Raoul.

«¡Ángeles puros, santos radiantes!...».

Y Christine, con los brazos tendidos, la garganta henchida de armonía, la gloria de su cabellera derramada sobre los hombros desnudos, lanzó el grito divino:

«¡A vuestras moradas llevad mi alma!».

Fue en ese preciso instante cuando el escenario se sumió de golpe en la más profunda oscuridad. Sucedió con tal rapidez que los espectadores apenas tuvieron tiempo de prorrumpir en una exclamación de estupor, pues el gas volvió a alumbrar el escenario al punto. ¡Pero Christine Daaé ya no estaba allí!

¿Qué había sido de ella? ¿Qué prodigio era aquel? Todos cruzaban miradas sin comprender, y la conmoción alcanzó de inmediato su colmo. No era menor la zozobra sobre las tablas mismas. Varios hombres se precipitaron desde bastidores hacia el sitio exacto donde Christine acababa de cantar un segundo antes. La representación quedó interrumpida en medio del mayor desorden.

¿Adónde había ido Christine? ¿Qué sortilegio la había arrebatado a los ojos de millares de espectadores entusiastas y de los brazos del mismísimo Carolus Fonta? Era como si los ángeles se la hubiesen llevado en verdad a sus celestes moradas.

Raoul, aún de pie en el anfiteatro, había lanzado un grito desgarrador. El conde Philippe se había puesto en pie de un salto en su palco. La concurrencia miraba a las tablas, miraba al conde, miraba a Raoul, y se preguntaba si aquel lance insólito guardaba alguna relación con el artículo de la prensa de la mañana. Mas Raoul abandonó precipitadamente su asiento, el conde desapareció de su palco y, al tiempo que caía el telón, los abonados corrieron hacia la puertecilla que conducía entre bastidores. El resto de la sala aguardaba en medio de un alboroto indescriptible. Todos hablaban a un tiempo. Cada cual pretendía proponer una explicación al extraordinario suceso.

Por fin el telón volvió a alzarse con lentitud y Carolus Fonta avanzó hacia la barandilla de la orquesta y, con voz grave y desolada, pronunció:

—Señoras y señores: acaba de sobrevenir un acontecimiento inaudito que nos sume en la más viva consternación. Nuestra compañera de arte, Christine Daaé, ha desaparecido ante nuestros propios ojos, ¡y nadie puede explicarnos cómo!

Fin del Episodio 26 · de 47

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