El fantasma de la ópera·Episodio 25

Una obra maestra del enamorado de las trampillas · I

~9 min · 1739 palabras

Raoul y Christine corrieron deseosos de escapar del tejado y de los ojos llameantes que solo brillaban en la oscuridad; y no se detuvieron hasta alcanzar el octavo piso en su descenso.

No había función en la Ópera aquella noche y los pasillos estaban desiertos. De pronto una figura de singular aspecto se plantó ante ellos cortándoles el paso:

—¡No, por aquí no!

Y la silueta señaló otro corredor por el cual debían alcanzar los bastidores. Raoul quiso detenerse y pedir explicaciones. Pero la figura, que vestía una especie de largo sobretodo y un gorro puntiagudo, dijo:

—¡Rápido! ¡Márchense aprisa!

Christine arrastraba ya a Raoul obligándolo a reanudar la carrera.

—Pero ¿quién es? ¿Quién es ese hombre? —preguntó.

Christine respondió: «Es el Persa».

—¿Qué hace aquí?

—Nadie lo sabe. Siempre está en la Ópera.

—Me haces huir por primera vez en mi vida. Si vimos de veras a Erik, lo que debí haber hecho fue clavarlo en la lira de Apolo como clavamos las lechuzas en los muros de nuestras granjas bretonas; y se habría acabado el problema.

—Mi querido Raoul, primero habrías tenido que trepar a la lira de Apolo: y eso no es cosa fácil.

—¡Los ojos llameantes estaban allí!

—¡Oh, ya te estás volviendo como yo, viéndolo por todas partes! Lo que tomé por ojos llameantes eran probablemente un par de estrellas brillando a través de las cuerdas de la lira.

Y Christine bajó otro piso, seguida por Raoul.

—Puesto que has decidido marcharte resueltamente, Christine, te aseguro que sería mejor partir ahora mismo. ¿Por qué esperar a mañana? Acaso nos haya oído esta noche.

—No, no; te digo que está trabajando en su Don Juan triunfante y no piensa en nosotros.

—¡Tan segura estás que no dejas de mirar hacia atrás!

—Ven a mi camerino.

—¿No sería mejor encontrarnos fuera de la Ópera?

—¡Jamás, hasta que nos marchemos definitivamente! Nos traería mala suerte no cumplir mi palabra. Le prometí no verte sino aquí.

—Menos mal para mí que te consintió al menos eso. ¿Sabes —dijo Raoul con amargura— que fue muy audaz por tu parte dejarnos jugar a los novios?

—¡Pero si él lo sabe todo, amor mío! Me dijo: «Confío en ti, Christine. M. de Chagny está enamorado de ti y se marcha al extranjero. Antes de que parta quiero que sea tan feliz como yo». ¿Acaso se es tan desgraciado cuando se ama?

—Sí, Christine, cuando se ama y no se tiene la certeza de ser correspondido.

Llegaron al camerino de Christine.

—¿Por qué crees que estás más segura en esta estancia que en el escenario? —preguntó Raoul—. Lo oíste a través de las paredes aquí, luego puede oírnos ciertamente.

—No. Me dio su palabra de no volver a colocarse tras los muros de mi camerino y creo en la palabra de Erik. Esta habitación y mi alcoba junto al lago son exclusivamente mías y él no puede acercarse a ellas.

—¿Cómo pudiste pasar de esta estancia a aquel pasadizo oscuro, Christine? ¿Por qué no intentamos repetir tus movimientos?

—Es peligroso, amor mío, pues el espejo podría arrebatarme de nuevo; y en vez de huir me vería obligada a llegar al término del pasadizo secreto hasta el lago y llamar allí a Erik.

—¿Te oiría?

—Erik me oirá dondequiera que lo llame. Me lo aseguró. Es un genio sumamente curioso. No creas, Raoul, que es sencillamente un hombre que se entretiene viviendo bajo tierra. Hace cosas que ningún otro hombre podría hacer; sabe cosas que nadie en el mundo conoce.

—¡Cuidado, Christine, estás haciendo de él un aparecido otra vez!

—No, no es un aparecido: es un hombre del Cielo y de la tierra, eso es todo.

—¡Un hombre del Cielo y de la tierra... eso es todo!... ¡Bonita manera de hablar de él!... ¿Y sigues resuelta a huir de él?

—Sí, mañana.

—¡Mañana no te quedará ninguna resolución!

—Entonces, Raoul, ¡tendrás que raptarme a pesar de mí misma; queda entendido?

—Estaré aquí mañana por la noche a las doce; cumpliré mi promesa pase lo que pase. Dices que tras escuchar la función te aguardará en el comedor junto al lago, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y cómo vas a llegar hasta él si no sabes salir por el espejo?

—Pues yendo en derechura a la orilla del lago.

Christine abrió un estuche, extrajo una llave descomunal y se la mostró a Raoul.

—¿Qué es eso? —preguntó él.

—La llave de la verja del pasaje subterráneo de la Rue Scribe.

—Comprendo, Christine. Conduce directamente al lago. Dámela, Christine, ¿quieres?

—¡Jamás! —dijo ella—. ¡Eso sería una traición!

De pronto Christine mudó de color. Una palidez mortal cubrió sus facciones.

—¡Santo Dios! —exclamó—. ¡Erik! ¡Erik! ¡Ten piedad de mí!

—¡Cállate! —dijo Raoul—. ¡Me dijiste que podía oírte!

Pero la actitud de la cantora se volvía más y más inexplicable. Se retorcía los dedos repitiendo con aire demudado:

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—Pero ¿qué ocurre? ¿Qué pasa? —suplicó Raoul.

—El anillo... el anillo de oro que me dio.

—¡Ah, conque Erik te dio ese anillo!

—¡Ya sabías que sí, Raoul! Pero lo que no sabes es que al entregármelo me dijo: «Te devuelvo tu libertad, Christine, a condición de que lleves siempre este anillo en el dedo. Mientras lo conserves estarás protegida contra todo peligro y Erik seguirá siendo tu amigo. ¡Pero ay de ti si alguna vez te separas de él, pues Erik se vengará!...». ¡Amor mío, amor mío, el anillo ha desaparecido!... ¡Ay de nosotros dos!

Ambos buscaron el anillo, pero no lo hallaron. Christine no lograba apaciguarse.

—Fue mientras te daba aquel beso, allá arriba, bajo la lira de Apolo —dijo ella—. ¡El anillo debió de deslizarse de mi dedo y caer a la calle! Jamás lo encontraremos. ¡Y qué desgracias nos aguardan ahora! ¡Oh, huyamos!

—Huyamos de inmediato —insistió Raoul una vez más.

Ella vaciló. Él creyó que iba a decir que sí... Luego sus pupilas brillantes se velaron y dijo:

—¡No! ¡Mañana!

Y lo abandonó precipitadamente, sin cesar de frotarse y retorcerse los dedos como si esperase hacer reaparecer el anillo de aquel modo.

Raoul regresó a su casa hondamente trastornado por cuanto había escuchado.

—Si no la arranco de las manos de ese farsante —dijo en voz alta al acostarse—, está perdida. Pero la salvaré.

Apagó la palmatoria y sintió la necesidad de insultar a Erik en la oscuridad. Por tres veces gritó:

—¡Farsante!... ¡Farsante!... ¡Farsante!

Pero de pronto se incorporó sobre el codo. Un sudor frío manó de sus sienes. Dos ojos, semejantes a ascuas encendidas, habían aparecido a los pies de su lecho. Lo miraban fijamente, de modo aterrador, en la oscuridad de la noche.

Raoul no era cobarde; y sin embargo tembló. Tendió una mano vacilante y a tientas hacia la mesilla de noche. Encontró las cerillas y encendió su vela. Los ojos desaparecieron.

Todavía inquieto, pensó para sus adentros:

—Ella me dijo que sus ojos solo brillaban en la oscuridad. Sus ojos han desaparecido con la luz, pero él bien puede seguir ahí.

Y se levantó, registró la estancia, dio la vuelta al cuarto. Miró debajo de la cama como un niño. Luego se juzgó ridículo, volvió a meterse en el lecho y apagó la vela. Los ojos reaparecieron.

Se incorporó y les sostuvo la mirada con todo el valor de que era capaz. Luego gritó:

—¿Eres tú, Erik? Hombre, genio o fantasma, ¿eres tú?

Reflexionó: «¡Si es él, está en el balcón!».

Entonces corrió a la cómoda y buscó a tientas su revólver. Abrió la balconera, miró afuera, no vio nada y volvió a cerrar la ventana. Regresó al lecho temblando, pues la noche era fría, y dejó el revólver sobre la mesilla a su alcance.

Los ojos seguían allí, a los pies de la cama. ¿Se hallaban entre la cama y el cristal o detrás del cristal, es decir, en el balcón? Eso era lo que Raoul deseaba averiguar. Deseaba saber también si aquellos ojos pertenecían a un ser humano... Deseaba saberlo todo. Entonces, con paciencia y serenidad, empuñó el revólver y apuntó. Apuntó un poco por encima de los dos ojos. Ciertamente, si eran ojos y si sobre aquellos dos ojos había una frente y si Raoul no era demasiado torpe...

El disparo causó un estrépito espantoso en el silencio de la casa dormida. Y mientras unos pasos presurosos resonaban por los pasillos, Raoul permaneció incorporado con el brazo tendido, presto a disparar de nuevo si fuese menester.

Esta vez los dos ojos habían desaparecido.

Aparecieron los criados portando luces; el conde Philippe, angustiado en extremo:

—¿Qué ocurre?

—Creo que he soñado —respondió el joven—. Disparé contra dos estrellas que no me dejaban dormir.

—¡Estás desvariando! ¿Estás enfermo? Por Dios, dime, Raoul: ¿qué ha ocurrido?

Y el conde le arrebató el revólver.

—No, no desvarío... Además, pronto lo veremos...

Saltó de la cama, se puso la bata y las zapatillas, tomó una luz de manos de un criado y, abriendo la balconera, salió al balcón.

El conde vio que el cristal había sido perforado por una bala a la altura de un hombre. Raoul se inclinaba sobre el balcón con su bujía: «¡Ajá! —dijo—. ¡Sangre!... ¡Sangre!... ¡Aquí, allí, más sangre!... ¡Menos mal! ¡Un fantasma que sangra es menos peligroso!», soltó una carcajada.

—¡Raoul! ¡Raoul! ¡Raoul!

El conde lo sacudía como si intentase despertar a un sonámbulo.

—¡Pero mi querido hermano, si no estoy dormido! —protestó Raoul con impaciencia—. Puedes ver la sangre tú mismo. Creí haber soñado y disparado contra dos estrellas. Eran los ojos de Erik... ¡y aquí está su sangre!... A fin de cuentas, quizá hice mal en disparar; y Christine es muy capaz de no perdonármelo jamás... Nada de esto habría ocurrido si hubiese corrido las cortinas antes de acostarme.

—Raoul, ¿te has vuelto loco de remate? ¡Despierta!

—¿Cómo, todavía? Más valdría que me ayudases a encontrar a Erik... pues a fin de cuentas, a un fantasma que sangra siempre se le puede encontrar.

El ayuda de cámara del conde dijo:

—Es verdad, señor; hay sangre en el balcón.

El otro criado trajo una lámpara a cuya luz examinaron con detenimiento el balcón. Las huellas de sangre seguían la barandilla hasta alcanzar un canalón; luego remontaban por el canalón.

—Querido hermano —dijo el conde Philippe—, has disparado contra un gato.

—La desgracia —dijo Raoul con una sonrisa amarga— es que resulta muy posible. Con Erik nunca se sabe. ¿Es Erik? ¿Es el gato? ¿Es el fantasma? ¡No, con Erik no se puede saber!

Fin del Episodio 25 · de 47

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