El fantasma de la ópera·Episodio 24

La lira de Apolo · III

~7 min · 1387 palabras

Christine se interrumpió ante el recuerdo de la visión que la había espantado, mientras los ecos de la noche, que habían repetido el nombre de Erik, gimieron ahora por tres veces el clamor:

—¡Horror!... ¡Horror!... ¡Horror!

Raoul y Christine, estrechándose fuertemente, alzaron los ojos hacia las estrellas que brillaban en un cielo sereno y apacible. Raoul dijo:

—Extraño es, Christine, que esta noche tan dulce y sosegada esté tan llena de quejidos. Se diría que se aflige con nosotros.

—Cuando conozcas el secreto, Raoul, tus oídos, como los míos, se llenarán de lamentos.

Tomó las manos protectoras de Raoul entre las suyas y, con un prolongado escalofrío, prosiguió:

—Sí, aunque viviese cien años, siempre oiría el alarido sobrehumano de dolor y rabia que lanzó cuando aquella visión espantosa apareció ante mis ojos... Raoul, tú has visto calaveras cuando han sido resecadas y agostadas por los siglos, y acaso, si no fuiste víctima de una pesadilla, viste su cabeza de muerto en Perros. Y luego viste a la Muerte Roja paseándose en el último baile de máscaras. Pero todas aquellas calaveras estaban inmóviles y su mudo espanto no estaba vivo. Mas imagina, si puedes, la máscara de la Muerte Roja cobrando vida súbitamente para expresar con los cuatro orificios negros de sus ojos, de su nariz y de su boca la cólera extrema, la furia salvaje de un demonio; ¡y ni un rayo de luz en las cuencas!, pues, como supe más tarde, sus ojos llameantes no se distinguen sino en la oscuridad.

—Caí de espaldas contra la pared y él se abalanzó hacia mí rechinando los dientes; y mientras yo caía de rodillas, me escupía maldiciones y palabras incoherentes y enloquecidas. Inclinándose sobre mí, gritó: «¡Mira! ¡Querías ver! ¡Pues mira! ¡Regálate los ojos, ceba tu alma en mi maldita fealdad! ¡Contempla la faz de Erik! ¡Ahora conoces el rostro de la voz! No te bastaba con oírme, ¿eh? ¡Querías saber cómo era! ¡Oh, qué curiosas sois las mujeres! Y bien, ¿estás satisfecha? Soy un mozo bien apuesto, ¿verdad?... Cuando una mujer me ha visto como tú me has visto, me pertenece. Me ama para siempre. ¡Soy una especie de Don Juan, ya sabes!». Y enderezándose cuan largo era, con la mano en la cadera y sacudiendo sobre los hombros la cosa repugnante que le servía de cabeza, bramó: «¡Mírame! ¡SOY DON JUAN TRIUNFANTE!». Y cuando aparté la mirada suplicando piedad, me atrajo hacia sí con brutalidad retorciendo sus dedos de muerto en mis cabellos.

—¡Basta! ¡Basta! —gritó Raoul—. Lo mataré. ¡En nombre del Cielo, Christine, dime dónde está el comedor junto al lago! ¡Tengo que matarlo!

—¡Cállate, Raoul, si quieres saberlo!

—¡Sí, quiero saber cómo y por qué regresaste; tengo que saberlo!... ¡Pero de todos modos lo mataré!

—¡Oh, Raoul, escucha, escucha!... Me arrastró por los cabellos y luego... y luego... ¡oh, es demasiado horrible!

—Y bien, ¿qué? ¡Dilo! —exclamó Raoul con ferocidad—. ¡Dilo de una vez!

—Entonces me bufó: «¡Ah, te doy miedo, verdad!... ¡Ya lo creo!... Acaso piensas que tengo otra máscara, ¿eh?, ¿y que esto... esto... mi cabeza es una máscara? ¡Pues bien —rugió—, arráncala como arrancaste la otra! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Insisto! ¡Tus manos! ¡Tus manos! ¡Dame tus manos!». Y me cogió las manos y me las clavó en su cara espantosa. Me hizo desgarrarle la carne con mis uñas, ¡desgarrarle su horrible carne de muerto con mis uñas!... «¡Sabe —gritó mientras su garganta latía y resollaba como un horno—, sabe que estoy amasado de muerte de pies a cabeza y que es un cadáver quien te ama y te adora y no te dejará jamás, jamás!... ¡Mira, ahora no me río: lloro, lloro por ti, Christine, que me has arrancado la máscara y que por tanto no podrás dejarme jamás!... Mientras me creías hermoso podías haber vuelto, ya sé que habrías vuelto... pero ahora que conoces mi monstruosidad, huirías para siempre... ¡Así que te retendré aquí!... ¿Por qué quisiste verme? ¡Oh, loca Christine, que quisiste verme!... ¡Cuando mi propio padre jamás me miró y cuando mi madre, para no verme, me regaló mi primera máscara!».

—Al fin me soltó y se arrastró por el suelo lanzando sollozos espantosos. Y luego se deslizó como una serpiente, entró en su alcoba, cerró la puerta y me dejó a solas con mis pensamientos. Poco después oí los acordes del órgano; y entonces comencé a comprender la frase desdeñosa de Erik al hablar de la música de la Ópera. Lo que ahora escuchaba era enteramente distinto de cuanto había oído hasta entonces. Su Don Juan triunfante —pues no me cabía duda de que se había arrojado sobre su obra maestra para olvidar el espanto del trance— se me antojó al principio un largo, pavoroso y soberbio sollozo. Pero poco a poco expresó todas las emociones, todos los sufrimientos de que es capaz la humanidad. Me embriagó; y abrí la puerta que nos separaba. Erik se levantó al entrar yo, pero no osó volverse hacia mí. «¡Erik —exclamé—, muéstrame tu rostro sin temor! ¡Te juro que eres el más desdichado y sublime de los hombres; y si alguna vez vuelvo a estremecerme al mirarte, será pensando en el resplandor de tu genio!». Entonces Erik se volvió, pues me creyó, y yo también tenía fe en mí misma. Cayó a mis pies con palabras de amor... con palabras de amor en su boca de muerto... y la música había cesado... Besó el borde de mi vestido y no vio que yo cerraba los ojos.

—¿Qué más puedo decirte, amor mío? Ya conoces la tragedia. Se prolongó durante una quincena, una quincena durante la cual le mentí. Mis mentiras fueron tan horrendas como el monstruo que las inspiraba; pero eran el precio de mi libertad. Quemé su máscara; y me conduje con tal destreza que, incluso cuando no cantaba, procuraba mendigar mi mirada como un perro sentado junto a su amo. Se convirtió en mi esclavo fiel y me colmó de mil pequeñas atenciones. Poco a poco le infundí tal confianza que se aventuró a sacarme a pasear por las orillas del lago y a llevarme en la barca sobre sus aguas plomizas; hacia el término de mi cautiverio me dejó salir por las verjas que cerraban los pasajes subterráneos de la Rue Scribe. Allí nos aguardaba un carruaje que nos conducía al Bois de Boulogne. La noche en que nos cruzamos contigo estuvo a punto de serme fatal, pues está celosísimo de ti y tuve que decirle que pronto partirías... Luego al fin, tras una quincena de aquella horrible cautividad en la que pasé por turnos de la piedad al entusiasmo, de la desesperación al espanto, me creyó cuando le dije: «¡VOLVERÉ!»

—Y volviste, Christine —gimió Raoul.

—Sí, amor mío, y debo decirte que no fueron sus terribles amenazas al ponerme en libertad lo que me movió a cumplir mi palabra, sino el desgarrador sollozo que lanzó en el umbral de la tumba... Aquel sollozo me unió al desdichado más de lo que yo misma sospechaba al decirle adiós. ¡Pobre Erik! ¡Pobre Erik!

—Christine —dijo Raoul poniéndose en pie—, me dices que me amas; ¡pero apenas habías recobrado la libertad hacía unas horas cuando regresaste junto a Erik! ¡Acuérdate del baile de máscaras!

—Sí; ¿y recuerdas tú las horas que pasé contigo, Raoul... con grave peligro para los dos?

—Dudé de tu amor durante aquellas horas.

—¿Dudas de él todavía, Raoul?... Sabe entonces que cada una de mis visitas a Erik aumentaba mi horror hacia él; pues cada una de aquellas visitas, en vez de calmarlo como yo esperaba, ¡lo volvía loco de amor! ¡Y tengo tanto miedo, tanto miedo!...

—Tienes miedo... pero ¿me amas? Si Erik fuese bien parecido, ¿me amarías, Christine?

Ella se levantó a su vez, rodeó el cuello del joven con sus dos brazos trémulos y dijo:

—¡Oh, mi prometido de un día, si no te amase no te daría mis labios! Tómalos, por primera vez y por la última.

Él besó sus labios; mas la noche que los envolvía se desgarró, huyeron como ante la proximidad de una tormenta y sus ojos, anegados en el pavor a Erik, les mostraron antes de desvanecerse, allá en lo alto por encima de ellos, una inmensa ave nocturna que los miraba fijamente con sus ojos llameantes y parecía aferrada a las cuerdas de la lira de Apolo.

Fin del Episodio 24 · de 47

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