La lira de Apolo · II
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Sí, pero cuéntame qué ocurrió cuando te encontraste sobre el caballo blanco de Le Prophète.
—No hice ningún movimiento y me dejé llevar. La silueta negra me sostenía y no intenté escapar. Una extraña sensación de calma se apoderó de mí y pensé que debía de hallarme bajo el influjo de algún licor. Conservaba el pleno dominio de mis sentidos; y mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, salpicada aquí y allá por destellos vacilantes. Calculé que nos encontrábamos en una galería circular estrecha que probablemente rodeaba toda la Ópera, la cual es inmensa bajo tierra. Una vez había bajado a aquellos subterráneos, pero me detuve en el tercer sótano, aunque había dos pisos más abajo, lo bastante amplios como para albergar una ciudad entera. Pero las figuras que divisé me habían hecho huir. Hay demonios allá abajo, completamente negros, plantados ante las calderas; empuñan palas y horquillas, atizan los fuegos y avivan las llamas, y si te acercas demasiado te asustan abriendo de repente las bocas rojas de sus hornos... Pues bien, mientras César me transportaba mansamente sobre sus lomos, vi a aquellos demonios negros a lo lejos, empequeñecidos ante las ascuas rojas de sus calderas: aparecían, se desvanecían y volvían a aparecer a medida que avanzábamos por nuestro sendero sinuoso. Al fin desaparecieron por completo. La silueta me sostenía todavía y César caminaba sin guía y con paso firme. No sabría decirte, ni aproximadamente, cuánto duró aquella cabalgata; solo sé que dábamos vueltas y revueltas y a menudo descendíamos por una escalera de caracol hacia el corazón mismo de la tierra. Aun entonces pudo ser que mi cabeza diese vueltas, pero no lo creo: no, mi mente estaba perfectamente lúcida. Al fin César alzó los ollares, venteó el aire y apresuró un poco el paso. Sentí una humedad en la atmósfera y César se detuvo. Las tinieblas se habían disipado. Una suerte de luz azulina nos rodeaba. ¡Estábamos a la orilla de un lago cuyas aguas de plomo se extendían en la lontananza, en la oscuridad; pero la luz azul iluminaba la ribera y vi una barquita amarrada a una argolla de hierro en el muelle!
—¡Una barca!
—Sí, pero yo sabía que todo aquello existía y que nada de sobrenatural encerraba aquel lago subterráneo ni aquella barca. ¡Mas piensa en las condiciones excepcionales en que arribé a aquella orilla! No sé si los efectos del brebaje se habían disipado cuando la forma del hombre me alzó en vilo para depositarme en la barca, pero mi terror recomenzó por entero. Mi fúnebre escolta debió de advertirlo, pues despidió a César y oí el ruido de sus cascos remontando una escalera mientras el hombre saltaba a la barca, desataba el cabo que la sujetaba y empuñaba los remos. Bogaba con paladas rápidas y potentes; y sus ojos, bajo la máscara, no se apartaban de mí. Nos deslizamos sobre las aguas silenciosas bajo la claridad azulina de que te he hablado; luego penetramos de nuevo en la oscuridad y tocamos tierra. Y volví a ser alzada en brazos del hombre. Grité con fuerza. Y entonces, de pronto, enmudecí, deslumbrada por la luz... Sí, una luz resplandeciente en medio de la cual fui depositada en el suelo. Me puse en pie de un brinco. Me hallaba en medio de un salón que me pareció decorado, adornado y amueblado únicamente con flores, flores a la vez soberbias y grotescas por los lazos de seda que las unían a los cestos, como las que venden en las tiendas de los bulevares. Eran flores demasiado civilizadas, como las que solía encontrar en mi camerino tras una noche de estreno. Y en medio de todas aquellas flores permanecía la figura negra del hombre de la máscara, de brazos cruzados, y dijo: «No temas, Christine; no corres peligro alguno». ¡ERA LA VOZ!
—Mi cólera igualó a mi pasmo. Me abalancé sobre la máscara e intenté arrancársela para ver el rostro de la voz. El hombre dijo: «No corres peligro mientras no toques la máscara». Y tomándome suavemente de las muñecas, me obligó a sentarme en un sillón y luego ¡se hincó de rodillas ante mí y no dijo una palabra más! Su humildad me devolvió un poco de valor; y la luz me restituyó a las realidades de la vida. Por extraordinaria que fuese la aventura, me hallaba ahora rodeada de cosas mortales, visibles y tangibles. El mobiliario, las colgaduras, las bujías, los jarrones y las flores mismas en sus canastillas, de las cuales casi habría podido decir de dónde procedían y cuánto costaban, forzosamente reducían mi imaginación a los límites de un salón tan vulgar como cualquiera que al menos tuviese la disculpa de no encontrarse en los sótanos de la Ópera. Me las tenía que haber, sin duda, con un personaje terrible y excéntrico que, de algún modo misterioso, había logrado instalar su morada allí, bajo el teatro de la Ópera, cinco pisos por debajo del nivel del suelo. ¡Y la voz, la voz que yo había reconocido bajo la máscara, estaba de rodillas ante mí, ERA UN HOMBRE! Y me eché a llorar... El hombre, todavía arrodillado, debió de comprender el motivo de mis lágrimas, pues dijo: «¡Es verdad, Christine!... ¡No soy un ángel, ni un genio, ni un fantasma... soy Erik!»
El relato de Christine fue interrumpido de nuevo. Un eco a sus espaldas pareció repetir la palabra tras ella:
—¡Erik!
¿Qué eco?... Ambos se volvieron y comprobaron que la noche había caído por completo. Raoul hizo un ademán como para levantarse, pero Christine lo retuvo a su lado.
—No te vayas —dijo—. ¡Quiero que lo sepas todo AQUÍ!
—Pero ¿por qué aquí, Christine? Temo que te resfríes.
—No tenemos nada que temer salvo las trampillas, amor mío, y aquí nos encontramos a leguas de distancia de las trampillas... y no se me permite verte fuera del teatro. No es momento de contrariarlo. No debemos despertar sus sospechas.
—¡Christine! ¡Christine! Algo me dice que hacemos mal en aguardar hasta mañana por la noche y que deberíamos huir al instante.
—Te aseguro que si no me oye cantar mañana, le causará un dolor infinito.
—Resulta difícil no causarle dolor y escapar de él para siempre.
—En eso tienes razón, Raoul, pues ciertamente morirá con mi fuga. —Y añadió con voz sorda—: Pero la cosa cuenta en ambos sentidos... pues corremos el riesgo de que nos mate.
—¿Tanto te ama?
—Cometería un asesinato por mí.
—Pero se puede averiguar dónde vive. Se le puede buscar. Ahora que sabemos que Erik no es un fantasma, ¡se le puede hablar y obligarle a responder!
Christine sacudió la cabeza.
—¡No, no! ¡Con Erik no hay nada que hacer salvo huir!
—Entonces ¿por qué, cuando pudiste escapar, volviste con él?
—Porque tenía que hacerlo. Y lo comprenderás cuando te cuente cómo me separé de él.
—¡Oh, cómo lo odio! —exclamó Raoul—. Y tú, Christine, dime: ¿lo odias tú también?
—No —dijo Christine sencillamente.
—¡Claro que no!... ¡Si lo amas! Tu miedo, tu pavor, todo eso no es más que amor y amor de la especie más refinada, de la que la gente no se confiesa ni a sí misma —dijo Raoul con amargura—. De la que produce escalofríos al evocarla... ¡Imagínate: un hombre que vive en un palacio bajo tierra! —Y soltó una risita sarcástica.
—¿Entonces quieres que vuelva allá abajo? —dijo la joven con crueldad—. Ten cuidado, Raoul; ya te lo he dicho: ¡no regresaría jamás!
Se hizo un silencio espantoso entre los tres: los dos que hablaban y la sombra que escuchaba a sus espaldas.
—Antes de responder a eso —dijo al fin Raoul hablando con lentitud suma—, desearía saber qué sentimiento te inspira, ya que no lo odias.
—¡Horror! —dijo ella—. Eso es lo espantoso del caso. Me llena de horror y no lo odio. ¿Cómo odiarlo, Raoul? Piensa en Erik a mis pies, en la casa del lago, bajo tierra. ¡Se acusa, se maldice, me suplica perdón!... Confiesa su engaño. ¡Me ama! Pone a mis pies un amor inmenso y trágico... ¡Me ha raptado por amor!... ¡Me ha encerrado con él bajo tierra por amor!... Pero me respeta: ¡se arrastra, gime, llora!... Y cuando me puse en pie, Raoul, y le dije que solo podría despreciarle si no me devolvía la libertad en el acto... me la ofreció... se ofreció a mostrarme el camino misterioso... Solo que... solo que él se levantó también... y se me hizo recordar que, aunque no fuese un ángel, ni un fantasma, ni un genio, seguía siendo la voz... pues cantó. ¡Y escuché... y me quedé!... Aquella noche no cruzamos una sola palabra más. Me durmió con su canto.
—Cuando desperté me hallaba sola, tendida en un sofá en una alcobita sencillamente amueblada, con una cama corriente de caoba, alumbrada por una lámpara colocada sobre la losa de mármol de una vieja cómoda Luis Felipe. Pronto descubrí que era prisionera y que la única salida de mi cuarto conducía a un cuarto de baño muy confortable. Al regresar a la alcoba vi sobre la cómoda una nota escrita en tinta roja que decía: «Mi querida Christine, no albergue inquietud alguna sobre su suerte. No tiene usted en el mundo un amigo mejor ni más respetuoso que yo. Se halla sola por el momento en esta morada que es suya. Salgo a la ciudad a comprarle cuantas cosas pueda necesitar». Tuve la certeza de haber caído en manos de un loco. Recorrí mi modesto aposento buscando una salida que no hallé. Me reproché mi absurda superstición, que me había hecho caer en la trampa. Me daban ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—En este estado de ánimo me encontró Erik. Tras dar tres golpes en la pared entró tranquilamente por una puerta en la que no me había fijado y que dejó abierta. Llevaba los brazos cargados de cajas y paquetes y los dispuso sobre la cama pausadamente, mientras yo lo colmaba de improperios y le conminaba a quitarse la máscara si cubría el rostro de un hombre honrado. Respondió con serenidad: «Jamás verás el rostro de Erik». Y me reprochó que no hubiese terminado de vestirme a semejante hora: tuvo la gentileza de anunciarme que eran las dos de la tarde. Dijo que me concedía media hora y, mientras hablaba, dio cuerda a mi reloj y me lo puso en hora. Acto seguido me rogó que pasase al comedor, donde nos aguardaba un almuerzo primoroso.
—Estaba furiosa; le cerré la puerta en las narices y pasé al cuarto de baño... Cuando salí de nuevo sintiéndome muy refrescada, Erik me dijo que me amaba, pero que jamás me lo diría salvo cuando yo se lo autorizase y que el resto del tiempo se consagraría a la música. «¿Qué entiende usted por el resto del tiempo?», pregunté. «Cinco días», respondió con resolución. Le pregunté si entonces sería libre y me dijo: «Serás libre, Christine, pues al cabo de esos cinco días habrás aprendido a no tenerme miedo; ¡y luego vendrás de cuando en cuando a ver a tu pobre Erik!». Señaló una silla frente a él en una mesita y me senté muy turbada. Con todo, comí unos langostinos y un ala de pollo y bebí media copa de tokay, que él mismo, según me dijo, había traído de las bodegas de Königsberg. Erik ni comió ni bebió. Le pregunté por su nacionalidad y si aquel nombre de Erik no delataba su origen escandinavo. Respondió que carecía de nombre y de patria y que había adoptado el nombre de Erik por pura casualidad.
—Después de almorzar se levantó y me tendió la punta de los dedos diciendo que deseaba enseñarme su vivienda; pero retiré bruscamente la mano y lancé un grito. Lo que había rozado era frío y a la par huesudo; y recordé que sus manos apestaban a muerte. «¡Oh, perdóname!», gimió. Y abrió una puerta ante mí. «Esta es mi alcoba, si tienes curiosidad por verla. Es harto singular». Sus modales, sus palabras y su porte me infundieron confianza y entré sin vacilar. Me sentí como entrando en la alcoba de un difunto. Las paredes estaban enteramente colgadas de negro; pero en lugar de los ribetes blancos que de ordinario realzan tan fúnebre tapicería, había un pentagrama gigantesco con las notas del Dies irae repetidas muchas veces. En medio de la estancia se alzaba un dosel del que pendían cortinajes de brocado encarnado, y bajo el dosel, un ataúd abierto. «Ahí es donde duermo —dijo Erik—. Hay que acostumbrarse a todo en la vida, incluso a la eternidad». La estampa me trastornó de tal modo que aparté la mirada.
—Entonces vi el teclado de un órgano que cubría un lienzo entero de pared. Sobre el atril reposaba un cartapacio lleno de notas rojas. Pedí permiso para examinarlo y leí: Don Juan triunfante. «Sí —dijo él—, compongo de tarde en tarde. Empecé esa obra hace veinte años. Cuando la haya terminado me la llevaré conmigo a ese ataúd y no despertaré jamás». «Deberías trabajar en ella lo menos posible», dije. Respondió: «A veces trabajo en ella catorce días y noches seguidos, durante los cuales solo vivo de música, y luego descanso años enteros». «¿Quieres tocarme algo de tu Don Juan triunfante?», pregunté pensando complacerle. «Jamás debes pedirme eso —dijo con voz sombría—. Te tocaré Mozart si quieres, que solo te hará llorar; pero mi Don Juan, Christine, abrasa; y sin embargo no lo hiere el rayo del Cielo». Tras de lo cual regresamos al salón. Advertí que no había un solo espejo en todo el alojamiento. Iba a hacerle una observación sobre el particular, pero Erik se había sentado ya al piano. Dijo: «Ya ves, Christine, hay músicas tan terribles que consumen a cuantos se les aproximan. Por fortuna aún no has llegado a esa música, pues perderías todos tus hermosos colores y nadie te reconocería a tu regreso a París. Cantemos algo de la Ópera, Christine Daaé». Pronunció estas últimas palabras como si me arrojase un insulto.
—¿Qué hiciste tú?
—No tuve tiempo de reflexionar sobre el sentido de sus palabras. Empezamos al punto el dúo de Otelo y la catástrofe se cernió ya sobre nosotros. Canté Desdémona con una desesperación y un espanto que jamás había manifestado antes. En cuanto a él, su voz bramaba su alma vengativa en cada compás. Amor, celos, odio estallaban a nuestro alrededor en alaridos desgarradores. La máscara negra de Erik me hizo pensar en la faz natural del Moro de Venecia. Era el mismísimo Otelo. De pronto sentí la imperiosa necesidad de mirar bajo la máscara. Deseaba conocer el rostro de la voz, y con un movimiento que fui del todo incapaz de domeñar, mis dedos arrancaron la máscara con rapidez fulgurante. ¡Oh, horror, horror, horror!
Fin del Episodio 23 · de 47
La lira de Apolo · II
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