El fantasma de la ópera·Episodio 19

En el baile de máscaras · II

~7 min · 1318 palabras

—¡Jamás volveré a cantar, Raoul!...

—¿De veras? —repuso él con más sarcasmo aún—. De modo que la retira del teatro: ¡le felicito!... ¡Pero ya nos cruzaremos en el Bois alguna de estas noches!

—Ni en el Bois ni en parte alguna, Raoul: jamás volverás a verme...

—¿Se puede saber al menos a qué tinieblas regresa?... ¿Para qué infierno parte usted, misteriosa dama... o para qué paraíso?

—Venía a decírtelo, amor mío, pero ya no puedo... ¡no me creerías! Has perdido la fe en mí, Raoul; ¡todo ha terminado!

Hablaba con un acento tan desesperado que el muchacho comenzó a sentir remordimientos por su crueldad.

—¡Pero vamos a ver! —exclamó—. ¿No puede decirme qué significa todo esto?... Es usted libre, nadie la retiene... Pasea por París... Se pone un dominó para venir al baile... ¿Por qué no regresa a su casa?... ¿Qué ha estado haciendo durante esta quincena?... ¿Qué patraña es esa del Ángel de la Música que le ha estado contando a Mamá Valérius? Alguien ha podido engañarla, abusar de su inocencia. Yo mismo fui testigo en Perros... ¡pero ahora ya sabe a qué atenerse! Me parece usted perfectamente cuerda, Christine. Sabe lo que hace... ¡Y entre tanto Mamá Valérius la aguarda en su lecho e invoca a su «buen genio»!... ¡Explíquese, Christine, se lo ruego! Cualquiera habría sido engañado como yo lo fui. ¿Qué farsa es esta?

Christine se quitó sencillamente la careta y dijo: «¡Amor mío, es una tragedia!».

Raoul vio entonces su rostro y no pudo reprimir una exclamación de asombro y espanto. La lozanía de antaño había desaparecido. Una palidez mortal cubría aquellas facciones que él conociera tan encantadoras y dulces, y el dolor las había surcado con trazos despiadados dibujando unas ojeras oscuras e indeciblemente tristes bajo sus pupilas.

—¡Amor mío! ¡Amor mío! —gimió tendiendo los brazos—. Prometiste perdonarme...

—¡Tal vez!... ¡Algún día, tal vez! —dijo colocándose de nuevo la máscara; y se alejó prohibiéndole con un ademán que la siguiese.

Él intentó desobedecerla; pero ella se revolvió y repitió su ademán de despedida con tanta autoridad que él no osó dar un paso.

La siguió con los ojos hasta perderla de vista. Luego bajó también entre la muchedumbre, sin saber lo que hacía, con las sienes latiéndole y el corazón desgarrado; y al cruzar el salón de baile preguntó si alguien había visto a la Muerte Roja. Sí, todo el mundo había visto a la Muerte Roja; pero Raoul no logró dar con ella; y a las dos de la madrugada se internó por el pasillo de bastidores que conducía al camerino de Christine Daaé.

Sus pasos lo condujeron a la estancia donde por primera vez conociera el dolor. Llamó a la puerta. Nadie respondió. Entró, como entrara cuando buscó por doquier «la voz de hombre». El cuarto estaba desierto. Una mariposa de gas ardía con la llama baja. Vio papel de escribir sobre un pupitre. Pensó en escribir a Christine, pero oyó pasos en el corredor. Apenas tuvo tiempo de ocultarse en el gabinete contiguo, separado del camerino por una cortina.

Christine entró, se quitó la máscara con ademán fatigado y la arrojó sobre la mesa. Suspiró y dejó caer su linda cabecita entre las manos. ¿En qué pensaba? ¿En Raoul? No, pues Raoul la oyó susurrar: «¡Pobre Erik!».

Al principio creyó haberse equivocado. Para empezar, estaba persuadido de que si alguien era digno de compasión, era él, Raoul. Habría resultado harto natural que ella dijese «¡Pobre Raoul!» después de lo ocurrido entre ellos. Pero sacudiendo la cabeza repitió: «¡Pobre Erik!».

¿Qué tenía que ver aquel Erik con los suspiros de Christine y por qué compadecía a Erik cuando Raoul era tan desgraciado?

Christine se puso a escribir pausadamente, con una calma y una placidez tales que Raoul, que aún temblaba bajo los efectos de la tragedia que los separaba, quedó penosamente impresionado.

—¡Qué serenidad! —se dijo para sus adentros.

Continuó escribiendo, llenando dos, tres, cuatro cuartillas. De pronto alzó la cabeza y ocultó las hojas en su corpiño... Parecía escuchar... Raoul escuchó también... ¿De dónde procedía aquel rumor extraño, aquel ritmo lejano?... Un canto vago semejaba brotar de los muros... ¡sí, era como si los mismos tabiques cantasen!... El canto se hizo más nítido... las palabras se distinguían ya... oyó una voz, una voz hermosísima, suavísima, cautivadora... pero, a pesar de su dulzura, era una voz viril... La voz se acercaba más y más... atravesaba la pared... se aproximaba... y ahora la voz estaba en la habitación, delante de Christine. Christine se puso en pie y se dirigió a la voz como hablando con alguien:

—Aquí estoy, Erik —dijo—. Estoy lista. Pero llegas tarde.

Raoul, atisbando tras la cortina, no daba crédito a sus ojos, que no descubrían nada. El semblante de Christine se iluminó. Una sonrisa de dicha asomó a sus labios exangües, una sonrisa semejante a la de los enfermos cuando vislumbran la primera esperanza de curación.

La voz sin cuerpo prosiguió su canto; y ciertamente Raoul jamás en la vida había escuchado nada más absoluta y heroicamente dulce, más gloriosamente seductor, más delicado, más poderoso, en suma, más irresistiblemente triunfal. La escuchaba presa de la fiebre y comenzaba a comprender ahora cómo Christine Daaé había podido aparecer una noche ante la sala anonadada con acentos de una belleza hasta entonces desconocida, de una exaltación sobrehumana, hallándose sin duda bajo el influjo del misterioso e invisible maestro.

La voz cantaba el Dúo de la noche de bodas de Romeo y Julieta. Raoul vio a Christine tender los brazos hacia la voz como hiciera en el camposanto de Perros hacia el violín invisible que ejecutaba La resurrección de Lázaro. Y nada podría describir la pasión con que la voz cantaba:

«¡El hado te une a mí por siempre jamás!».

Los acordes traspasaron el corazón de Raoul. Luchando contra el sortilegio que parecía privarle de toda voluntad y de toda energía, y de casi toda lucidez en el momento preciso en que más las necesitaba, logró descorrer la cortina que lo ocultaba y avanzó hacia donde se hallaba Christine. Ella misma se desplazaba hacia el fondo de la estancia, cuya pared entera estaba ocupada por una gran luna que reflejaba su imagen, pero no la de él, pues él se encontraba justo a sus espaldas y enteramente tapado por ella.

«¡El hado te une a mí por siempre jamás!».

Christine avanzó hacia su imagen en el espejo y la imagen vino hacia ella. Las dos Christines —la de carne y hueso y el reflejo— acabaron por tocarse; y Raoul extendió los brazos para estrechar a ambas en un solo abrazo. Pero, por una especie de prodigio deslumbrante que lo hizo tambalearse, Raoul fue repelido violentamente hacia atrás mientras una ráfaga glacial le azotaba el rostro; vio, no ya dos, sino cuatro, ocho, veinte Christines girando a su alrededor, burlándose de él y huyendo con tal rapidez que no pudo rozar a ninguna. Al fin todo volvió a quedar inmóvil; y se vio reflejado en el espejo. Pero Christine había desaparecido.

Se abalanzó contra el cristal. Golpeó los muros. ¡Nadie! Y entre tanto la habitación resonaba aún con un canto apasionado y lejano:

«¡El hado te une a mí por siempre jamás!».

¿Por dónde, por dónde se había ido Christine?... ¿Por dónde regresaría?...

¿Acaso regresaría? ¡Ay, no le había anunciado que todo había terminado! ¿Y no repetía la voz:

«¡El hado te une a mí por siempre jamás!»?

¿A mí? ¿A quién?

Entonces, extenuado, vencido, con el cerebro vacío, se sentó en la silla que Christine acababa de abandonar. Como ella, dejó caer la cabeza entre las manos. Cuando la alzó, las lágrimas surcaban sus mejillas juveniles, lágrimas auténticas y amargas como las que derraman los niños celosos, lágrimas que lloraban un dolor que nada tenía de quimérico, sino que es común a todos los amantes de la tierra y que él expresó en voz alta:

—¿Quién es este Erik? —dijo.

Fin del Episodio 19 · de 47

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