En el baile de máscaras · I
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El sobre estaba manchado de barro y carecía de franqueo. Llevaba la indicación «A entregar a M. el vizconde Raoul de Chagny», con las señas a lápiz. Debía de haber sido arrojado con la esperanza de que algún transeúnte recogiese la esquela y la llevase a su destino, que fue exactamente lo ocurrido. La carta había sido recogida sobre la acera de la Place de l’Opéra.
Raoul la releyó con ojos febriles. No hizo falta más para reanimar su esperanza. El sombrío cuadro que por un momento se forjara de una Christine olvidada de su deber cedió el paso a su primitiva idea de una criatura inocente e infortunada, víctima de la imprudencia y de una desmedida sensibilidad. ¿Hasta qué punto era víctima en realidad? ¿De quién era prisionera? ¿En qué vorágine había sido arrastrada? Se formulaba estas preguntas con cruel angustia; pero aun este dolor se le antojaba soportable frente al delirio en que lo sumía la idea de una Christine embustera y pérfida. ¿Qué había acontecido? ¿A qué influjo se hallaba sometida? ¿Qué monstruo la había raptado y por qué medios?...
¿Por qué medios, en efecto, sino por los de la música? Conocía la historia de Christine. Tras la muerte de su padre cobró aversión a todo en la vida, incluido su arte. Pasó por el Conservatorio como una pobre máquina de cantar desprovista de alma. Y de súbito despertó como por intervención de un dios. ¡El Ángel de la Música había aparecido en escena! ¡Había cantado Margarita en Fausto y triunfado!...
¡El Ángel de la Música!... Hacía tres meses que el Ángel de la Música daba lecciones a Christine... ¡Ah, qué puntual maestro de canto!... ¡Y ahora la llevaba de paseo al Bois de Boulogne!...
Los dedos de Raoul se clavaban en su carne, sobre su corazón celoso. En su inexperiencia se preguntaba ahora con espanto a qué juego jugaba la muchacha. ¿Hasta qué extremo podía una cantante de ópera burlarse de un joven bondadoso y novicio en el amor? ¡Oh, tormento!...
Así volaban los pensamientos de Raoul de un extremo a otro. Ya no sabía si compadecer a Christine o maldecirla; y la compadecía y maldecía por turno. En todo caso, compró un dominó blanco.
Llegó al fin la hora de la cita. Con el rostro cubierto por una careta guarnecida de encaje espeso y semejando un pierrot en su ropaje blanco, el vizconde se sentía sumamente ridículo. ¡Los hombres de mundo no acuden disfrazados al baile de la Ópera! Era absurdo. Un consuelo le quedaba no obstante: ¡a buen seguro nadie lo reconocería!
Aquel baile era un acontecimiento excepcional, celebrado un poco antes de Carnaval en honor del aniversario del nacimiento de un dibujante célebre; y prometía resultar mucho más alegre, ruidoso y bohemio que los bailes de máscaras ordinarios. Multitud de artistas habían acordado acudir con una cohorte de modelos y discípulos, que hacia medianoche comenzaron a armar un alboroto tremendo. Raoul subió la gran escalera a las doce menos cinco, no se detuvo a contemplar los abigarrados disfraces que se exhibían a lo largo de las gradas de mármol, uno de los marcos más suntuosos del mundo, no consintió que ninguna máscara chocarrera lo enredase en un torneo de agudezas, no respondió a pulla alguna y sacudió la audaz familiaridad de varias parejas que comenzaban a estar un tanto achispadas. Cruzando el gran vestíbulo y escapando de un remolino de bailarines que lo envolvió por un instante, penetró por fin en la salita indicada en la carta de Christine. La halló atestada, pues aquel reducido espacio era el punto donde coincidían quienes iban a cenar a la Rotonda con quienes regresaban de apurar una copa de champán. El regocijo cobraba allí un frenesí salvaje.
Raoul se arrimó al marco de una puerta y aguardó. No aguardó mucho. Un dominó negro pasó y le oprimió fugazmente la punta de los dedos. Comprendió que era ella y la siguió:
—¿Eres tú, Christine? —preguntó entre dientes.
El dominó negro se volvió con presteza y se llevó el dedo a los labios, sin duda para advertirle que no pronunciase su nombre. Raoul continuó siguiéndola en silencio.
Temía perderla tras haberla reencontrado en circunstancias tan singulares. Su rencor se había esfumado. Ya no dudaba de que ella «nada tenía de qué reprocharse», por extraño e inexplicable que pareciese su proceder. Se hallaba dispuesto a cualquier alarde de clemencia, perdón o debilidad. Estaba enamorado. Y, sin duda, pronto recibiría una explicación harto natural de su extraña ausencia.
El dominó negro volvía la cabeza de tarde en tarde para comprobar si el dominó blanco continuaba siguiéndola.
Al cruzar de nuevo Raoul el gran vestíbulo, esta vez tras los pasos de su guía, no pudo evitar reparar en un corro que rodeaba a un personaje cuyo disfraz, aire excéntrico y siniestra estampa causaban sensación. Era un hombre vestido enteramente de escarlata, con un sombrero descomunal rematado en plumas sobre una calavera prodigiosa. De sus hombros pendía una inmensa capa de terciopelo rojo que barría el suelo como la cola de un rey; y en aquella capa lucía bordada en letras de oro una divisa que todos leían y repetían en voz alta: «¡No me toques! ¡Soy la Muerte Roja que pasa!».
Entonces uno, harto osado, intentó tocarlo... pero una mano esquelética surgió de una manga carmesí y aferró violentamente la muñeca del imprudente; y este, sintiendo el apretón de los huesos descarnados, la presa furiosa de la Muerte, lanzó un alarido de dolor y espanto. Cuando la Muerte Roja lo soltó al fin, echó a correr como un enajenado, perseguido por las rechiflas de la concurrencia.
Fue en ese instante cuando Raoul pasó por delante del fúnebre disfrazado, que casualmente acababa de revolverse hacia él. Y estuvo a punto de exclamar:
—¡La calavera de Perros-Guirec!
¡Lo había reconocido!... Quiso abalanzarse hacia él olvidando a Christine; pero el dominó negro, que también parecía presa de una agitación extraña, lo asió del brazo y lo arrastró fuera del vestíbulo, lejos de la muchedumbre enloquecida entre la cual se paseaba la Muerte Roja...
El dominó negro no cesaba de mirar hacia atrás y, al parecer, en dos ocasiones vio algo que la sobresaltó, pues aceleró el paso y el de Raoul como si fuesen perseguidos.
Subieron dos pisos. Aquí las escaleras y corredores estaban casi desiertos. El dominó negro abrió la puerta de un palco particular e hizo una seña al dominó blanco para que la siguiese. Luego Christine, a quien reconoció por el timbre de su voz, cerró la puerta tras ellos y le advirtió en un susurro que permaneciese en el fondo del palco y se guardase de dejarse ver. Raoul se quitó la máscara. Christine conservó la suya. Y cuando Raoul se disponía a rogarle que se la quitase, quedó asombrado al verla pegar el oído al tabique y escuchar ansiosamente cualquier rumor del exterior. Luego entreabrió la puerta, miró al pasillo y dijo en voz baja:
—Debe de haber subido más arriba. —De pronto exclamó—: ¡Vuelve a bajar!
Intentó cerrar la puerta, pero Raoul se lo impidió; pues había divisado, en el último peldaño de la escalera que conducía al piso superior, un pie rojo, seguido por otro... y lentamente, con majestad, todo el ropaje escarlata de la Muerte Roja se ofreció a sus ojos. Y vio de nuevo la calavera de Perros-Guirec.
—¡Es él! —exclamó—. ¡Esta vez no se me escapará!...
Pero Christine había cerrado la puerta de golpe en el momento en que Raoul se disponía a abalanzarse hacia fuera. Él intentó apartarla.
—¿A quién te refieres con «él»? —preguntó ella con voz demudada—. ¿Quién no se te escapará?
Raoul intentó vencer la resistencia de la joven por la fuerza, pero ella lo rechazó con un vigor que jamás habría sospechado en ella. Comprendió, o creyó comprender, y perdió los estribos al instante.
—¿Quién? —repitió furioso—. ¡Pues él, el hombre que se oculta tras esa careta hedionda de muerto!... ¡El genio maléfico del camposanto de Perros!... ¡La Muerte Roja!... En una palabra, señora, ¡su amigo... su Ángel de la Música!... ¡Pero voy a arrancarle la careta como me arrancaré la mía; y esta vez nos miraremos a la cara él y yo, sin velos ni mentiras entre nosotros; y sabré a quién ama usted y quién la ama a usted!
Soltó una risa enajenada, mientras Christine dejaba escapar un gemido desolado tras su antifaz de terciopelo. Con un ademán trágico tendió ambos brazos, levantando una barrera de carne blanca contra la puerta.
—¡En nombre de nuestro amor, Raoul, no pasarás!...
Él se detuvo. ¿Qué había dicho?... ¿En nombre de su amor?... Jamás hasta entonces le había confesado que lo amaba. Y no le habían faltado ocasiones... ¡Bah, su único propósito era ganar unos segundos!... Pretendía dar tiempo a la Muerte Roja para escapar... Y con acento de odio pueril dijo:
—¡Miente usted, señora, pues no me ama ni me ha amado jamás! ¡Qué desdichado debo de ser para consentir que se burle de mí y me escarnezca como lo ha hecho! ¿Por qué me dio toda suerte de esperanzas en Perros... esperanzas honradas, señora, pues soy un hombre de bien y la creía una mujer virtuosa, cuando su única intención era engañarme? ¡Ay, a todos nos ha engañado! ¡Ha abusado usted indignamente del cariño ingenuo de su propia bienhechora, que continúa creyendo en su inocencia mientras usted se pasea por el baile de la Ópera con la Muerte Roja!... ¡La desprecio!...
Y rompió a llorar. Ella toleró que la insultase. No pensaba más que en una cosa: impedirle salir del palco.
—¡Algún día me pedirás perdón por todas esas infamias, Raoul, y cuando lo hagas te perdonaré!
Él sacudió la cabeza: «¡No, no, me has vuelto loco! ¡Pensar que no abrigaba más empeño en la vida que dar mi apellido a una corista de ópera!».
—¡Raoul!... ¿Cómo puedes?
—¡Me moriré de vergüenza!
—¡No, amor mío, vive! —dijo la voz grave y demudada de Christine—. Y... adiós. Adiós, Raoul...
El joven dio unos pasos vacilantes hacia adelante. Se permitió un último sarcasmo:
—¡Oh, me consentirá que vaya a aplaudirla de tarde en tarde!
Fin del Episodio 18 · de 47
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