La misteriosa berlina · II
~5 min · 1052 palabras
Raoul de Chagny se levantó y, con aire de suma autoridad, pronunció estas perentorias palabras:
—Señora, tendrá usted la bondad de decirme dónde reside ese genio.
La anciana no pareció asombrarse ante semejante conminación indiscreta. Alzó los ojos y dijo:
—¡En el Cielo!
Tanta ingenuidad lo desarmó. No supo qué replicar en presencia de aquella fe candorosa y absoluta en un genio que bajaba por las noches del Cielo para rondar los camerinos de la Ópera.
Comprendió al punto el estado de ánimo en que podía hallarse una muchacha educada entre un violinista supersticioso y una anciana visionaria, y se estremeció al pensar en las consecuencias de todo aquello.
—¿Sigue Christine siendo una muchacha virtuosa? —preguntó de pronto, a pesar suyo.
—¡Lo juro por mi salvación eterna! —exclamó la anciana, que esta vez pareció agraviada—. Y si lo duda usted, caballero, ¡no sé qué hace aquí!
Raoul estrujó sus guantes.
—¿Desde cuándo conoce a ese «genio»?
—Desde hace unos tres meses... Sí, hace tres meses cumplidos que empezó a darle lecciones.
El vizconde alzó los brazos con un ademán de desconsuelo.
—¡El genio le da lecciones!... ¿Y en dónde, si se puede saber?
—Ahora que se ha marchado con él, no sabría decírselo; pero hasta hace quince días era en el camerino de Christine. En este modesto piso resultaría imposible: toda la casa los oiría. Mientras que en la Ópera, a las ocho de la mañana, no anda un alma por allí, ¿comprende?
—¡Sí, ya comprendo! ¡Ya comprendo! —exclamó el vizconde.
Y se despidió a toda prisa de Mme. Valérius, quien se preguntó si el joven aristócrata no estaría algo tocado de la cabeza.
Regresó a casa de su hermano en un estado lastimoso. ¡Habría querido abofetearse, romperse la cabeza contra los muros! ¡Pensar que había creído en la inocencia de ella, en su pureza! ¡El Ángel de la Música! ¡Ya lo conocía! ¡Ya lo veía! ¡Sin duda alguna era un infame tenorino, un petimetre de buen ver que hacía visajes y mohínes al cantar! Se creía el ser más ridículo y desdichado del mundo. «¡Oh, qué menguado, qué insignificante, qué estúpido mozalbete es M. el vizconde de Chagny!», pensaba Raoul furioso. ¡Y ella, qué criatura tan audaz y maldita!
Su hermano lo aguardaba y Raoul se arrojó en sus brazos como un niño. El conde lo consoló sin pedirle explicaciones; y ciertamente Raoul habría vacilado mucho antes de relatarle la patraña del Ángel de la Música. Su hermano le propuso salir a cenar. Rendido como estaba al desaliento, Raoul habría rechazado cualquier invitación aquella velada si el conde no le hubiese soltado, como aliciente, que la dama de sus pensamientos había sido vista la noche anterior en compañía de un representante del sexo fuerte en el Bois de Boulogne. Al principio el vizconde se negó a creerlo; pero recibió detalles tan minuciosos que cesó de protestar. Se la había visto, al parecer, paseando en una berlina con la ventanilla bajada. Parecía aspirar con lentitud el aire gélido de la noche. Brillaba una luna magnífica. Había sido reconocida sin sombra de duda. En cuanto a su acompañante, solo se divisaba su silueta sombría recostada en la oscuridad del fondo. El carruaje avanzaba al paso por una avenida solitaria detrás de las tribunas de Longchamp.
Raoul se vistió con frenética prisa, dispuesto a olvidar su tormento arrojándose, según suele decirse, al «torbellino del placer». ¡Ay!, resultó un comensal harto desabrido y, despidiéndose temprano de su hermano, se halló hacia las diez de la noche en un coche de plaza detrás del hipódromo de Longchamp.
Hacía un frío que pelaba. El camino parecía desierto y sumamente claro bajo la claridad lunar. Ordenó al cochero que le aguardase pacientemente en la esquina de un recodo cercano y, ocultándose lo mejor que pudo, se puso a patalear para entrar en calor. Llevaba entregado a este saludable ejercicio cosa de media hora cuando un carruaje dobló la curva del camino y avanzó pausadamente en su dirección, al paso.
A medida que se aproximaba vio que una mujer asomaba la cabeza por la ventanilla. Y de pronto la luna arrojó un pálido destello sobre sus facciones.
—¡Christine!
El nombre sagrado de su amor había brotado de su corazón y de sus labios. No pudo contenerlo... Habría dado cualquier cosa por retirarlo, pues aquel nombre proclamado en la quietud de la noche obró como la señal convenida para una carrera desenfrenada de todo el tiro, que pasó como un bólido ante él antes de que pudiese ejecutar su propósito de arrojarse a la cabeza de los caballos. La ventanilla se había cerrado y el rostro de la joven había desaparecido. Y la berlina tras la cual corría ahora no era más que un punto negro sobre el blanco camino.
Gritó de nuevo: «¡Christine!».
Ninguna respuesta. Y se detuvo en medio del silencio.
Con la mirada apagada contempló aquel camino frío y desolado y la noche pálida y muerta. Nada era más frío que su corazón, nada la mitad de muerto: ¡había amado a un ángel y ahora despreciaba a una mujer!
¡Raoul, cómo se ha burlado de ti esa pequeña hada del Norte! ¿Hacía falta en verdad, hacía falta un semblante tan lozano y juvenil, una frente tan pudorosa y siempre dispuesta a cubrirse con el rubor de la modestia para cruzar en la soledad de la noche, en un carruaje de dos caballos, acompañada por un amante misterioso? ¡Ciertamente la hipocresía y la mentira deberían tener un límite!...
Había pasado de largo sin responder a su llamada... ¡Y él pensaba en morir, cuando apenas tenía veinte años!...
Su ayuda de cámara lo encontró a la mañana siguiente sentado sobre la cama. No se había desvestido y el criado temió, a la vista de su semblante, que hubiese acontecido alguna desgracia. Raoul arrebató la correspondencia de manos del sirviente. Había reconocido el papel y la letra de Christine. Decía:
QUERIDO:
Acuda al baile de máscaras de la Ópera la noche de pasado mañana. A las doce en punto esté en la salita que hay detrás de la chimenea del gran vestíbulo. Permanezca junto a la puerta que da a la Rotonda. No hable de esta cita con nadie en el mundo. Lleve un dominó blanco y vaya rigurosamente enmascarado. Por lo que más quiera, procure no ser reconocido. CHRISTINE.
Fin del Episodio 17 · de 47
La misteriosa berlina · II
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