El fantasma de la ópera·Episodio 16

La misteriosa berlina · I

~7 min · 1341 palabras

Aquella velada trágica fue funesta para todos. La Carlotta cayó enferma. En cuanto a Christine Daaé, desapareció tras la representación. Transcurrió una quincena durante la cual no se la vio ni en la Ópera ni fuera de ella.

Raoul, por supuesto, fue el primero en alarmarse por la ausencia de la prima donna. Le escribió a las señas de Mme. Valérius y no obtuvo respuesta. Su zozobra creció y acabó seriamente angustiado al no volver a ver su nombre en los carteles. Fausto se cantó sin ella.

Una tarde se presentó en el despacho de la dirección para inquirir la causa de la desaparición de Christine. Halló a los dos directores sumamente preocupados. Sus propios íntimos no los reconocían: habían perdido toda su jovialidad y donaire. Se les veía cruzar el escenario con la cabeza gacha, la frente cargada de cuidados y las mejillas pálidas, como perseguidos por una pesadilla abominable o presa de algún encarnizado juego del destino.

La caída de la araña les acarreaba no poca responsabilidad; mas resultaba arduo hacerles hablar del percance. El atestado judicial había concluido con un dictamen de muerte accidental provocada por el desgaste de las cadenas que suspendían la araña del techo; pero era deber de los antiguos y de los nuevos directores haber descubierto aquel desgaste y haberle puesto remedio a tiempo. Y me veo en el deber de añadir que MM. Richard y Moncharmin se mostraban en esta época tan mudados, tan distraídos, tan misteriosos e incomprensibles que muchos abonados pensaron que algún suceso todavía más pavoroso que la caída de la araña debía de haber trastornado su juicio.

En el trato cotidiano se manifestaban harto impacientes, salvo con Mme. Giry, que había sido restablecida en sus funciones. Y la acogida dispensada al vizconde de Chagny, cuando acudió a preguntar por Christine, distó mucho de ser cordial. Se limitaron a manifestarle que se hallaba de permiso. Preguntó por cuánto tiempo, y respondieron con sequedad que por un plazo indefinido, toda vez que Mlle. Daaé había solicitado una licencia por motivos de salud.

—¡Entonces está enferma! —exclamó—. ¿Qué le ocurre?

—Lo ignoramos.

—¿No han enviado al médico de la Ópera a visitarla?

—No, ella no lo ha pedido; y como confiamos en su palabra, nos atenemos a ella.

Raoul abandonó el edificio presa de los pensamientos más sombríos. Resolvió, pasase lo que pasase, acudir a informarse ante Mamá Valérius. Recordaba las enérgicas frases de la carta de Christine, conminándole a no hacer tentativa alguna por verla. Pero cuanto había presenciado en Perros, cuanto había escuchado tras la puerta del camerino y su conversación con Christine al borde del páramo le hacían sospechar una maquinación que, por diabólica que fuese, no dejaba de ser humana. La viva imaginación de la doncella, su espíritu afectuoso y crédulo, la educación ingenua que había rodeado su infancia de una corona de leyendas, la devoción constante hacia su padre difunto y, sobre todo, el estado de sublime éxtasis en que la música la sumía desde el instante en que este arte se le manifestaba en condiciones excepcionales, como en el camposanto de Perros; todo ello se le antojaba un terreno moral harto propicio a los designios maléficos de algún personaje misterioso e inescrupuloso. ¿De quién era víctima Christine Daaé? Tal era la interrogante tan legítima que Raoul se formulaba mientras volaba a casa de Mamá Valérius.

Temblaba al llamar a la puerta de un modesto piso en la Rue Notre-Dame-des-Victoires. Abrió la criada a quien una noche viera salir del camerino de Christine. Preguntó si podía hablar con Mme. Valérius. Le contestaron que guardaba cama enferma y no recibía visitas.

—Haga el favor de pasarle mi tarjeta —dijo él.

La doncella regresó pronto y le hizo pasar a un saloncito escasamente amueblado, en cuyas paredes opuestas colgaban los retratos del profesor Valérius y del viejo Daaé.

—La señora ruega a M. el vizconde que la disculpe —dijo la sirvienta—. Solo puede recibirle en su alcoba, pues sus pobres piernas ya no la sostienen.

Cinco minutos más tarde Raoul era introducido en una estancia en penumbra donde reconoció al punto el semblante bondadoso y dulce de la bienhechora de Christine en la semisombra de una alcoba. Los cabellos de Mamá Valérius eran ya enteramente blancos, pero sus ojos no habían envejecido; jamás, al contrario, su mirar había sido tan límpido, tan puro y tan infantil.

—¡M. de Chagny! —exclamó alegremente tendiendo ambas manos a su visitante—. ¡Ah, el Cielo le envía!... Podremos hablar de ella.

Esta última frase resonó de modo muy fúnebre en los oídos del joven. Preguntó de inmediato:

—Señora... ¿dónde está Christine?

Y la anciana respondió con serenidad:

—¡Está con su buen genio!

—¿Qué buen genio? —exclamó el desdichado Raoul.

—¡Pues el Ángel de la Música!

El vizconde se desplomó en una silla. ¿De veras? ¿Christine estaba con el Ángel de la Música? ¡Y allí yacía Mamá Valérius en su lecho, sonriéndole y llevándose un dedo a los labios para recomendarle silencio! Y añadió:

—¡No se lo cuente usted a nadie!

—Puede confiar en mí —dijo Raoul.

Apenas sabía lo que decía, pues sus ideas acerca de Christine, ya harto confusas, se enmarañaban más y más; y le parecía como si todo empezase a dar vueltas a su alrededor, alrededor de la alcoba, alrededor de aquella dama tan extraordinariamente bondadosa de cabellos blancos y ojos de nomeolvides.

—¡Ya sé que puedo confiar! —dijo ella con una risa gozosa—. Pero ¿por qué no se acerca usted como hacía de niño? Deme sus manos, como cuando me traía el cuento de la pequeña Lotte que le había referido el buen Daaé. Le tengo mucho cariño, M. Raoul, ya lo sabe. ¡Y Christine también!

—¡Me tiene cariño! —suspiró el joven. Le costaba coordinar sus pensamientos y aplicarlos al «buen genio» de Mamá Valérius, al Ángel de la Música de quien Christine le había hablado tan extrañamente, a la calavera que viera en una suerte de pesadilla sobre el altar mayor de Perros y también al fantasma de la Ópera, cuya fama llegara a sus oídos cierta noche entre bastidores al escuchar a un corro de tramoyistas que repetían la pavorosa descripción que el ahorcado Joseph Buquet hiciera del aparecido antes de su misteriosa muerte.

Preguntó en voz baja: «¿Qué le hace pensar que Christine me tiene cariño, señora?».

—Hablaba de usted todos los días.

—¿De veras?... ¿Y qué le decía?

—¡Me contó que usted le había propuesto matrimonio!

Y la bondadosa anciana rompió a reír con toda el alma. Raoul saltó de la silla, sonrojándose hasta las sienes y sufriendo tormentos indecibles.

—¿Pero qué es esto? ¿Adónde va usted? Siéntese otra vez al instante, ¿quiere?... ¿Cree que voy a dejarle marchar así?... Si se enfada conmigo por haberme reído, le pido perdón... A fin de cuentas, lo sucedido no es culpa suya... ¿Acaso no lo sabía?... ¿Pensaba usted que Christine era libre?...

—¿Está Christine comprometida para casarse? —preguntó el desventurado Raoul con voz ahogada.

—¡Pues claro que no! ¡Claro que no!... ¡Sabe usted tan bien como yo que Christine no podría casarse aunque lo desease!

—¡Pero si yo no sé nada de nada!... ¿Y por qué no puede casarse Christine?

—¡Por culpa del Ángel de la Música, naturalmente!...

—No la comprendo...

—¡Sí, él se lo prohíbe!...

—¡Se lo prohíbe!... ¡El Ángel de la Música le prohíbe casarse!

—¡Oh, se lo prohíbe... sin prohibírselo! Es de este modo: le dice que si se casase, jamás volvería a oírle. ¡Eso es todo!... ¡Y que se marcharía para siempre!... De suerte que, ya comprende usted, ella no puede dejar que el Ángel de la Música se marche. Es de lo más natural.

—Sí, sí —repitió Raoul dócilmente—, es de lo más natural.

—Además, creí que Christine le había contado todo eso cuando se encontraron en Perros, adonde marchó con su buen genio.

—¡Ah, conque marchó a Perros con su buen genio!

—Es decir, él le dio cita allí, en el camposanto de Perros, sobre la tumba de Daaé. ¡Le prometió tocarle La resurrección de Lázaro con el violín de su padre!

Fin del Episodio 16 · de 47

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