El fantasma de la ópera·Episodio 15

Fausto y lo que vino después · II

~9 min · 1705 palabras

—¿Qué demonios...? —dijo Richard frunciendo el ceño.

Pero el telón se alzó para la escena de la kermesse y Richard hizo una seña al regidor para que se retirase. Cuando los dos quedaron de nuevo a solas, Moncharmin se inclinó hacia Richard:

—¿De modo que la Daaé tiene amigos? —preguntó.

—Sí, los tiene.

—¿A quién?

Richard lanzó una mirada hacia un palco del piso principal que solo contenía a dos hombres.

—¿El conde de Chagny?

—Sí, me habló en su favor con tal vehemencia que, si no lo supiese amigo de la Sorelli...

—¿De veras? ¿De veras? —dijo Moncharmin—. ¿Y quién es ese joven pálido a su lado?

—Es su hermano, el vizconde.

—Debería estar en cama. Parece enfermo.

El escenario retumbaba con alegres cantos:

«¡Vino tinto o blanco, ordinario o fino! ¿Qué nos importa, con tal de beber vino?».

Estudiantes, burgueses, soldados, muchachas y matronas giraban alegres ante la posada con la figura de Baco por emblema. Siébel hizo su entrada. Christine Daaé lucía primorosa con sus ropas masculinas; y los partidarios de la Carlotta aguardaban oírla acogida con una ovación que les habría revelado las intenciones de sus amigos. Pero no ocurrió nada.

Por el contrario, cuando Margarita cruzó las tablas y entonó los dos únicos versos que le corresponden en este segundo acto:

«No soy dama ni hermosa, caballero, y no necesito que me lleven del brazo»,

la Carlotta fue recibida con aplausos clamorosos. Eran tan inesperados y fuera de lugar que quienes nada sabían de los rumores se miraban entre sí preguntándose qué ocurría. Y este acto concluyó también sin contratiempo alguno.

Entonces todo el mundo dijo: «Por descontado, será durante el acto siguiente».

Algunos que parecían mejor informados que los demás aseguraban que el «alboroto» comenzaría con la balada del rey de Thule y corrieron a la entrada de los abonados para prevenir a la Carlotta. Los directores abandonaron el palco durante el entreacto para enterarse de la cábala de que había hablado el regidor; pero pronto regresaron a sus asientos encogiéndose de hombros y tratando todo el asunto de necedad.

Lo primero que vieron al entrar en el palco fue una caja de bombones ingleses sobre la repisita del antepecho. ¿Quién la había puesto allí? Interrogaron a las acomodadoras, pero ninguna sabía nada. Luego volvieron a la repisa y, junto a la caja de bombones, hallaron unos gemelos de teatro. Se miraron. No tenían ningunas ganas de reír. Cuanto Mme. Giry les había contado regresó a su memoria... y luego... y luego... les pareció sentir una especie de corriente de aire singular a su alrededor... Tomaron asiento en silencio.

El decorado representaba el jardín de Margarita:

«Flores gentiles que brilláis con el rocío, llevadle mi mensaje...».

Al entonar estos dos primeros versos con su ramo de rosas y lilas en la mano, Christine alzó la cabeza y vio al vizconde de Chagny en su palco; y desde aquel instante su voz pareció menos segura, menos cristalina que de costumbre. Algo semejaba empañar y apagar su canto...

—¡Qué muchacha tan rara! —dijo un amigo de la Carlotta en el patio de butacas, casi en voz alta—. El otro día estuvo divina; y esta noche no hace más que balar. Carece de experiencia, no tiene escuela.

«Flores gentiles, reposad allí y decidle de mi parte...».

El vizconde escondió la cabeza entre las manos y rompió a llorar. El conde, tras él, se mordía furiosamente el bigote, se encogía de hombros y fruncía el ceño. Para que él, de ordinario tan frío y correcto, exteriorizase así sus íntimos sentimientos mediante ademanes patentes, debía de hallarse sumamente colérico. Y lo estaba. Había visto a su hermano regresar de un rápido y misterioso viaje en un estado de salud alarmante. La explicación subsiguiente resultó insatisfactoria y el conde solicitó una cita a Christine Daaé. Ella tuvo la osadía de responder que no podía recibirlo ni a él ni a su hermano...

«Si tan solo se dignase escucharme y con una sonrisa consolarme...».

—¡Maldita mozuela! —masculló el conde.

Y se preguntaba qué pretendía. Qué esperaba... Era una joven virtuosa, decíase que no tenía amigos ni protector alguno... ¡Aquel ángel del Norte debía de ser sumamente ladina!

Raoul, tras el velo de sus manos que ocultaba sus lágrimas de muchacho, solo pensaba en la carta que había recibido al regresar a París, adonde Christine, huyendo de Perros como un ladrón en la noche, había llegado antes que él:

MI QUERIDO COMPAÑERO DE JUEGOS:

Debe tener el valor de no volver a verme, de no volver a hablar de mí. Si me ama un poco, haga esto por mí, por mí que jamás le olvidará, mi querido Raoul. Mi vida depende de ello. Su vida depende de ello. SU PEQUEÑA CHRISTINE.

Truenos de aplausos. La Carlotta hizo su entrada.

«Quisiera saber quién era aquel que me habló, si era noble o, al menos, cuál era su nombre...».

Cuando Margarita hubo terminado de cantar la balada del rey de Thule fue aclamada con entusiasmo, y de nuevo cuando llegó al final del aria de las joyas:

«¡Ah, qué dicha sin igual lucir tan ricas joyas!...».

A partir de entonces, segura de sí misma, segura de sus partidarios en la sala, segura de su voz y de su éxito, sin temer nada, la Carlotta se entregó a su papel sin recato ni modestia... Ya no era Margarita, era Carmen. Fue aplaudida con mayor furor aún; y su dúo con Fausto parecía augurarle un nuevo triunfo, cuando de pronto... sobrevino algo terrible.

Fausto había hincado una rodilla en tierra:

«¡Déjame contemplar tu rostro, mientras desde el éter azul la estrella vespertina, tierna y brillante, se demora sobre mí, para adorar también tu belleza!».

Y Margarita respondió:

«¡Oh, qué extraño! ¡Como un hechizo me ata la tarde! Y un hondo y dulce letargo siento sin temor alguno envolverme en su melodía y subyugar todo mi corazón».

En aquel instante, en aquel idéntico instante, sobrevino el espanto... La Carlotta soltó un graznido como un sapo:

—¡Co-ac!

El semblante de la Carlotta reflejó una consternación indescriptible, compartida al punto por toda la concurrencia. Los dos directores en su palco no pudieron reprimir una exclamación de horror. Todo el mundo sintió que aquello no era natural, que había brujería de por medio. Aquel sapo apestaba a azufre. ¡Pobre, desventurada, desesperada y aniquilada Carlotta!

El alboroto en la sala fue indescriptible. Si el percance le hubiese acontecido a cualquier otra que no fuese la Carlotta, la habrían abucheado. Pero todos sabían qué instrumento tan perfecto era su voz; y no hubo muestra alguna de cólera, sino tan solo de espanto y consternación, la clase de pasmo que los hombres habrían experimentado al presenciar la catástrofe que quebró los brazos de la Venus de Milo... Y aun entonces habrían visto... y comprendido...

¡Pero aquí aquel sapo resultaba incomprensible! Tanto que, tras unos segundos pasados en preguntarse a sí misma si de verdad había oído salir aquella nota, aquel sonido, aquel ruido infernal de su garganta, intentó convencerse de que no era así, de que era víctima de una ilusión, de una ilusión de oído y no de una traición de su propia voz...

Entre tanto, en el palco número cinco, Moncharmin y Richard se habían puesto lívidos. Aquel percance extraordinario e inexplicable los llenó de un terror tanto más misterioso cuanto que desde hacía un rato caían bajo la influencia directa del fantasma. Habían sentido su aliento. Los cabellos de Moncharmin se erizaron. Richard se enjugó el sudor de la frente. Sí, el fantasma estaba allí, a su alrededor, a sus espaldas, a su vera; sentían su presencia sin verlo, ¡oían su respiración muy cerca, pegada, pegadísima a ellos!... Tenían la certidumbre de que había tres personas en el palco... Temblaban... Pensaron en huir... No se atrevían... ¡No se atrevían a hacer un movimiento ni a cambiar una palabra que hubiese delatado al fantasma que sabían de su presencia!... ¿Qué iba a ocurrir?

Ocurrió esto.

—¡Co-ac! —Su común exclamación de espanto se oyó en toda la sala. Sintieron que ardían bajo los zarpazos del fantasma. Inclinados sobre el antepecho de su palco, contemplaban a la Carlotta como si no la reconociesen. Aquella muchacha infernal debía de haber dado la señal para alguna catástrofe. ¡Ah, aguardaban la catástrofe! ¡El fantasma les había anunciado que vendría! ¡Una maldición pesaba sobre la sala! Los dos directores jadeaban y resollaban bajo el peso de la catástrofe. Se oyó la voz sofocada de Richard gritando a la Carlotta:

—¡Vamos, continúe!

No, la Carlotta no continuó... Con valor, heroicamente, recomenzó el verso fatal al término del cual había aparecido el sapo.

Un silencio pavoroso sucedió al clamor. La voz de la Carlotta volvió a llenar por sí sola la sala resonante:

«Siento sin temor alguno...».

La concurrencia también sintió, mas no sin temor alguno...

«Siento sin temor alguno... Siento sin temor alguno... ¡co-ac! Envolverme en su melodía... ¡co-ac! Y subyugar todo mi cora... ¡co-ac!».

¡El sapo también había recomenzado!

La sala estalló en un tumulto enloquecido. Los dos directores se desplomaron en sus butacas y ni siquiera se atrevieron a volverse; les faltaban las fuerzas; ¡el fantasma soltaba risitas burlonas a sus espaldas! Y, al fin, oyeron distintamente su voz en su oído derecho, la voz imposible, la voz sin boca, que decía:

—¡ESTA NOCHE CANTA PARA QUE SE DESPLOME LA ARAÑA!

Al unísono alzaron los ojos al techo y lanzaron un alarido desgarrador. La araña, la masa descomunal de la araña de luces se descolgaba, precipitándose hacia ellos a la llamada de aquella voz diabólica. Desprendida de su amarre, cayó a plomo desde el techo y fue a estrellarse en medio del patio de butacas entre mil alaridos de pavor. Sobrevino una estampida enloquecida hacia las salidas.

Los periódicos de la época consignan que hubo numerosos heridos y una víctima mortal. La araña se había desplomado sobre la cabeza de la desventurada mujer que acudía a la Ópera por primera vez en su vida, ¡aquella a quien M. Richard había designado para suceder a Mme. Giry, la acomodadora del fantasma, en sus funciones! Murió en el acto y, a la mañana siguiente, un diario apareció con este titular:

DOSCIENTOS KILOS SOBRE LA CABEZA DE UNA PORTERA

¡Ese fue su único epitafio!

Fin del Episodio 15 · de 47

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