El fantasma de la ópera·Episodio 14

Fausto y lo que vino después · I

~11 min · 2217 palabras

El sábado por la mañana, al llegar a su despacho, los directores asociados hallaron una carta de F. O. concebida en estos términos:

MIS QUERIDOS DIRECTORES:

¿Conque hemos de estar en guerra?

Si aún desean la paz, he aquí mi ultimátum. Consta de las cuatro condiciones siguientes:

1. Deberán restituirme mi palco particular; y exijo que quede a mi libre disposición en lo sucesivo.

2. El papel de Margarita será cantado esta noche por Christine Daaé. No se preocupen por la Carlotta: estará enferma.

3. Exijo de modo terminante los buenos y leales servicios de Mme. Giry, mi acomodadora, a quien repondrán en sus funciones de inmediato.

4. Háganme saber mediante carta entregada a Mme. Giry, quien se encargará de hacérmela llegar, que aceptan, al igual que sus antecesores, las condiciones de mi pliego relativas a mi asignación mensual. Más adelante les indicaré el modo en que habrán de abonármela.

Si se niegan, representarán Fausto esta noche en una sala sobre la cual pesará una maldición.

Sigan mi consejo y dense por prevenidos a tiempo. F. O.

—¡Miren, ya me tiene harto, pero que muy harto! —rugió Richard descargando los puños sobre la mesa de su despacho.

En ese instante entró Mercier, el administrador.

—Lachenel desearía ver a uno de ustedes —dijo—. Asegura que su asunto es urgente y parece muy alterado.

—¿Quién es Lachenel? —preguntó Richard.

—Es el jefe de caballerizas.

—¿Cómo que mi jefe de caballerizas?

—Sí, señor —explicó Mercier—; hay varios mozos de cuadra en la Ópera y M. Lachenel está al frente de ellos.

—¿Y qué hace ese mozo?

—Tiene a su cargo la dirección general del establo.

—¿Qué establo?

—Pues el de ustedes, señor, el establo de la Ópera.

—¿Hay un establo en la Ópera? Palabra de honor que lo ignoraba. ¿Dónde está?

—En los subterráneos, del lado de la Rotonda. Es un departamento muy importante: tenemos doce caballos.

—¡Doce caballos! ¿Y para qué, santo Dios?

—Pues necesitamos caballos adiestrados para los cortejos de La Juive, Le Prophète, etc.; caballos «acostumbrados a las tablas». El cometido de los mozos consiste en amaestrarlos. M. Lachenel es muy hábil en ello. Dirigía las cuadras de Franconi.

—Muy bien... pero ¿qué quiere?

—No lo sé; jamás lo vi en semejante estado.

—Que pase.

M. Lachenel entró empuñando una fusta con la que se golpeaba la bota derecha con visible irritación.

—Buenos días, M. Lachenel —dijo Richard algo impresionado—. ¿A qué debemos el honor de su visita?

—Señor director, vengo a pedirle que ponga de patitas en la calle a todo el personal del establo.

—¿Cómo? ¿Quiere usted deshacerse de nuestros caballos?

—No hablo de los caballos, sino de los mozos de cuadra.

—¿Cuántos mozos tiene usted, M. Lachenel?

—¡Seis mozos! Son por lo menos dos de más.

—Se trata de «enchufes» —intervino Mercier— creados e impuestos por la subsecretaría de Bellas Artes. Están ocupados por recomendados del gobierno y, si se me permite...

—¡Me importa un bledo el gobierno! —rugió Richard—. No necesitamos más de cuatro mozos para doce caballos.

—Once —corrigió el picador jefe.

—Doce —repitió Richard.

—Once —repitió Lachenel.

—¡Vamos, el administrador me acaba de decir que tienen doce caballos!

—Tenía doce, pero ya no me quedan más que once desde que me robaron a César.

Y M. Lachenel se propinó un sonoro latigazo en la bota con la fusta.

—¿Han robado a César? —exclamó el administrador—. ¿A César, el caballo blanco de Le Prophète?

—No hay dos Césares —dijo secamente el jefe de caballerizas—. Pasé diez años en Franconi y he visto muchos caballos en mi vida. Pues bien, no hay dos Césares. Y me lo han robado.

—¿Cómo?

—No lo sé. Nadie lo sabe. Por eso vengo a pedirles que despidan a toda la cuadra.

—¿Qué dicen sus mozos?

—Disparates de todo calibre. Unos acusan a los comparsas. Otros pretenden que ha sido el portero del administrador...

—¿Mi portero? ¡Respondo de él como de mí mismo! —protestó Mercier.

—Pero, a fin de cuentas, M. Lachenel —exclamó Richard—, alguna idea tendrá usted.

—Sí que la tengo —declaró M. Lachenel—. Tengo una idea y voy a decirles cuál es. Para mí no cabe la menor duda. —Se acercó a los dos directores y susurró—: ¡Ha sido el fantasma quien hizo la jugada!

Richard dio un salto.

—¿Cómo? ¡Usted también! ¡Usted también!

—¿Cómo que yo también? ¿Acaso no es natural después de lo que vi?

—¿Qué vio usted?

—¡Vi, tan claramente como los veo a ustedes ahora, una sombra negra montada en un caballo blanco que era el vivo retrato de César!

—¿Y corrió tras ellos?

—Corrí y grité, pero iban demasiado de prisa y se desvanecieron en la penumbra de la galería subterránea.

M. Richard se puso en pie. «Basta ya, M. Lachenel. Puede retirarse... Presentaremos una denuncia contra el fantasma».

—¿Y despedirá a mis mozos?

—¡Por descontado! Buenos días.

M. Lachenel saludó y se retiró. Richard echaba espuma por la boca.

—Liquide las cuentas de ese imbécil de inmediato, por favor.

—¡Es amigo del comisario del gobierno! —se atrevió a observar Mercier.

—Y toma el vermú en Tortoni con Lagrenée, Scholl y Pertuiset, el cazador de leones —añadió Moncharmin—. ¡Tendremos a toda la prensa en contra! ¡Contará la historia del fantasma y todo el mundo se reirá a nuestra costa! ¡Más vale morir que hacer el ridículo!

—Está bien, no se hable más.

En aquel instante la puerta se abrió. Debía de hallarse desamparada por su Cancerbero habitual, pues Mme. Giry entró sin cumplidos con una carta en la mano y dijo precipitadamente:

—Perdónenme, con su permiso, señores, pero he recibido esta mañana una carta del fantasma de la Ópera. Me dijo que viniese a verles, que tenían ustedes algo que...

No terminó la frase. Vio el rostro de Firmin Richard; y era un espectáculo aterrador. Parecía a punto de estallar. No dijo nada, no podía hablar. Pero de pronto pasó a la acción. Primero su brazo izquierdo atenazó la estrafalaria persona de Mme. Giry y le hizo describir un semicírculo tan imprevisto que la mujer lanzó un alarido de desesperación. Acto seguido su bota derecha estampó su suela en el tafetán negro de una falda que ciertamente jamás había sufrido semejante ultraje en semejante lugar. La cosa ocurrió con tal rapidez que Mme. Giry, una vez en el pasillo, seguía aturdida y parecía no comprender. Pero de pronto comprendió; y la Ópera entera retumbó con sus chillidos de indignación, sus protestas violentas y sus amenazas.

Casi a la misma hora la Carlotta, que poseía un hotelito propio en la Rue du Faubourg Saint-Honoré, tocó la campanilla llamando a su doncella, que le llevó la correspondencia a la cama. Entre las cartas figuraba una misiva anónima, escrita en tinta roja con letra vacilante y torpe, que rezaba:

«Si canta usted esta noche, prepárese para una gran desgracia en el momento mismo en que abra la boca... una desgracia peor que la muerte».

La carta quitó el apetito a la Carlotta. Apartó su chocolate, se incorporó en el lecho y se puso a reflexionar intensamente. No era la primera carta de aquel estilo que recibía, pero jamás había tenido entre manos una redactada en términos tan amenazadores.

Por entonces se creía víctima de mil maniobras de celos y andaba pregonando que tenía un enemigo secreto que había jurado perderla. Aseguraba que se tramaba un complot perverso contra ella, una cábala que estallaría uno de aquellos días; pero añadía que no era mujer que se dejase amedrentar.

La verdad es que, si existía una cábala, la encabezaba la propia Carlotta contra la pobre Christine, que no sospechaba nada. La Carlotta jamás había perdonado a Christine el triunfo alcanzado al sustituirla en el último instante. Cuando la Carlotta se enteró de la asombrosa acogida dispensada a su suplente, se curó al punto de un conato de bronquitis y de una rabieta contra la dirección, perdiendo toda tentación de desertar de sus obligaciones. A partir de entonces trabajó con todas sus fuerzas para «asfixiar» a su rival, recabando los servicios de amistades influyentes para persuadir a los directores de no brindar a Christine oportunidad alguna para un nuevo triunfo. Ciertos diarios que habían empezado a encomiar el talento de Christine no se ocupaban ya sino de la gloria de la Carlotta. Por último, en el teatro mismo, la célebre pero desalmada diva soltaba los comentarios más escandalosos sobre Christine y procuraba causarle un sinfín de mezquinas contrariedades.

Cuando la Carlotta hubo terminado de sopesar la amenaza contenida en la extraña carta, se levantó.

—Ya lo veremos —dijo, soltando algunos juramentos en su español natal con un aire muy resuelto.

Lo primero que vio al asomarse a la ventana fue un coche fúnebre. Era muy supersticiosa; y el coche fúnebre y la carta la convencieron de que aquella noche corría los más graves peligros. Reunió a todos sus partidarios, les anunció que en la función de aquella noche se la amenazaba con un complot organizado por Christine Daaé y declaró que debían jugarle una mala pasada a aquella mocosa llenando la sala con sus propios admiradores. No le faltaban, ¿verdad? Confiaba en ellos para estar prevenidos ante cualquier contingencia y acallar a los adversarios si, como temía, promovían algún altercado.

El secretario particular de M. Richard acudió a interesarse por la salud de la diva y regresó con la seguridad de que se hallaba perfectamente y de que, «aunque estuviese agonizando», cantaría aquella noche el papel de Margarita. El secretario le encareció, en nombre de su jefe, que no cometiera imprudencia alguna, que guardase cama todo el día y se cuidase de las corrientes de aire; y la Carlotta no pudo evitar, una vez que él se hubo marchado, cotejar aquel consejo inusitado e inesperado con las amenazas contenidas en la carta.

Eran las cinco de la tarde cuando el correo trajo una segunda carta anónima trazada por la misma mano que la primera. Era breve y decía simplemente:

«Tiene usted un fuerte resfriado. Si es juiciosa, comprenderá que es una locura intentar cantar esta noche».

La Carlotta soltó una risita burlona, se encogió de hombros con desdén y entonó dos o tres notas para tranquilizarse.

Sus amigos fueron fieles a su promesa. Se hallaban todos en la Ópera aquella noche, pero buscaron en vano con la mirada a los feroces conspiradores a quienes debían reducir. Lo único insólito era la presencia de M. Richard y M. Moncharmin en el palco número cinco. Los partidarios de la Carlotta pensaron que tal vez los directores habían tenido noticia del alboroto proyectado y habían resuelto personarse en la sala para sofocarlo de inmediato; pero era una suposición infundada, como el lector sabe. M. Richard y M. Moncharmin no pensaban en otra cosa que en su fantasma.

«¡En vano! ¡En vano llamo a lo largo de mi velada estéril a la creación y a su Señor! ¡Ninguna respuesta romperá este silencio desolado! ¡Ni una señal! ¡Ni una sola palabra!».

Apenas había terminado el célebre barítono Carolus Fonta la primera invocación del doctor Fausto a los poderes de las tinieblas, cuando M. Firmin Richard, sentado en la butaca del fantasma, la primera silla de la derecha, se inclinó hacia su socio y le preguntó burlonamente:

—Y bien, ¿le ha susurrado ya alguna palabra al oído el fantasma?

—Espere, no tenga tanta prisa —respondió M. Armand Moncharmin en el mismo tono festivo—. La representación apenas acaba de comenzar y ya sabe usted que el aparecido no suele acudir hasta mitad del primer acto.

El primer acto transcurrió sin novedad, lo que no sorprendió a los amigos de la Carlotta, pues Margarita no canta en este acto. En cuanto a los directores, se miraron cuando cayó el telón.

—¡Uno menos! —dijo Moncharmin.

—Sí, el fantasma llega tarde —dijo Firmin Richard.

—No hay mala entrada —dijo Moncharmin— para una «sala maldita».

M. Richard sonrió y señaló a una mujer gruesa y un tanto vulgar vestida de negro, sentada en una butaca de platea en medio de la sala, con un hombre de levita de paño a cada lado.

—¿Quiénes son esos? —preguntó Moncharmin.

—Esos, querido amigo, son mi portera, su marido y su hermano.

—¿Les ha regalado usted las entradas?

—Así es... Mi portera jamás había pisado la Ópera —es la primera vez— y, como a partir de ahora va a venir todas las noches, quise que disfrutase de una buena localidad antes de pasar el rato acomodando a los demás en las suyas.

Moncharmin preguntó qué quería decir con aquello y Richard respondió que había convencido a su portera, en quien tenía la máxima confianza, para que viniese a ocupar el puesto de Mme. Giry. Sí, ¡le gustaría ver si con aquella mujer en vez de la vieja chiflada el palco número cinco seguía asombrando a la concurrencia!

—A propósito —dijo Moncharmin—, sabes que la vieja Giry va a presentar una denuncia contra ti.

—¿Ante quién? ¿Ante el fantasma?

¡El fantasma! Moncharmin casi se había olvidado de él. Sin embargo, aquel misterioso personaje nada hacía para recordarse a los directores; y precisamente se lo estaban comentando por segunda vez cuando la puerta del palco se abrió súbitamente para dar paso al regidor demudado.

—¿Qué ocurre? —preguntaron ambos asombrados de verlo allí a semejante hora.

—Parece que hay un complot tramado por los amigos de Christine Daaé contra la Carlotta. La Carlotta está furiosa.

Fin del Episodio 14 · de 47

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