Una visita al palco número cinco
~4 min · 871 palabras
Dejamos a M. Firmin Richard y a M. Armand Moncharmin en el momento en que resolvían «averiguar por sí mismos qué encerraba aquel enigma del palco número cinco».
Dejando a sus espaldas la ancha escalera que conduce desde la antesala de la dirección al escenario y sus dependencias, cruzaron las tablas, salieron por la puerta de los abonados y penetraron en la sala por el primer pasillito de la izquierda. Luego se abrieron paso por las primeras filas de butacas y contemplaron el palco número cinco del piso principal. No podían distinguirlo bien, porque se hallaba en semisombra y porque sendas fundas cubrían el terciopelo encarnado de los antepechos de todos los palcos.
Se hallaban casi solos en la inmensa y tétrica sala; y un hondo silencio los envolvía. Era la hora en que la mayor parte de los tramoyistas sale a tomar una copa. El personal había abandonado las tablas por el momento, dejando un decorado a medio montar. Unos rayos de luz, una luz lívida y siniestra que parecía robada a un astro agonizante, caían a través de no sé qué claraboya sobre una vieja torre que alzaba sus almenas de cartón en el escenario; todo, bajo aquella claridad engañosa, cobraba un aspecto fantástico. En el patio de butacas, la lona que las cubría semejaba un mar embravecido cuyas olas glaucas hubiesen quedado inmóviles de súbito por orden secreta del espectro de las tempestades, que, como todo el mundo sabe, se llama Adamastor. MM. Moncharmin y Richard eran los náufragos en medio de aquel oleaje inmóvil de percal. Se dirigieron a los palcos de la izquierda, abriéndose paso como marineros que abandonan el navío e intentan alcanzar la costa a nado. Las ocho grandes columnas lustrosas se alzaban en la penumbra como enormes pilotes que sostenían los acantilados amenazadores, ruinosos y panzudos cuyas capas estaban representadas por las curvas circulares, paralelas y onduladas de los anfiteatros del piso principal, primero y segundo. Arriba, en la cima misma del risco, perdidas en el techo de cobre de M. Lenepveu, unas figuras sonreían burlonamente, hacían muecas y se mofaban de la turbación de MM. Richard y Moncharmin. Y sin embargo aquellas figuras eran de ordinario muy graves: se llamaban Isis, Anfítrite, Hebe, Pandora, Psique, Tetis, Pomona, Dafne, Clitia, Galatea y Aretusa. Sí, la mismísima Aretusa y Pandora, a quien todos conocemos por su famosa caja, miraban desde lo alto a los dos flamantes directores de la Ópera, que acabaron por asirse a unos restos de naufragio y desde allí escudriñaron en silencio el palco número cinco del piso principal.
He dicho que estaban turbados. Al menos, así lo presumo. M. Moncharmin, en cualquier caso, confiesa que quedó impresionado. Por citar sus propias palabras en sus Memorias:
«Aquel camelo del fantasma de la Ópera en el cual, desde que asumimos las funciones de MM. Poligny y Debienne, tan primorosamente nos habían empapado —el estilo de Moncharmin no siempre es intachable— había acabado sin duda por obnubilar mis facultades imaginativas y también las visuales. Pudo ser que el marco excepcional en que nos hallábamos, en medio de un silencio inverosímil, nos sugestionase en grado sumo. Pudo ser que fuésemos juguete de una especie de alucinación provocada por la penumbra del teatro y por la sombra parcial que llenaba el palco número cinco. En todo caso, yo vi y Richard vio también una silueta en el palco. Richard no dijo nada, ni yo tampoco. Pero nos estrechamos la mano espontáneamente. Permanecimos así varios minutos, sin movernos, con la mirada fija en el mismo punto; pero la figura había desaparecido. Luego salimos y, en el vestíbulo, nos comunicamos nuestras impresiones y hablamos de «la silueta». La desgracia fue que mi silueta no se parecía en nada a la de Richard: yo había visto una especie de calavera apoyada en el antepecho del palco, mientras que Richard vio la figura de una anciana parecida a Mme. Giry. Pronto comprendimos que habíamos sido víctimas de una ilusión, tras de lo cual, sin más demora y riendo como locos, corrimos al palco número cinco del piso principal, entramos dentro y no hallamos silueta de ninguna clase».
El palco número cinco es exactamente idéntico a todos los demás palcos del piso principal. Nada lo distingue del resto. M. Moncharmin y M. Richard, fingiéndose muy divertidos y mofándose el uno del otro, movieron los muebles del palco, alzaron las fundas y las sillas y examinaron en particular el sillón en el que solía sentarse «la voz de hombre». Pero comprobaron que era un respetable sillón desprovisto de todo sortilegio. En suma, el palco era el más vulgar del mundo, con sus colgaduras rojas, sus sillas, su alfombra y su antepecho forrado de terciopelo encarnado. Tras palpar la alfombra con la mayor seriedad del mundo y sin descubrir nada más allí ni en parte alguna, bajaron al palco correspondiente de la planta de platea, situada debajo. En el palco número cinco de platea, que queda justo a la salida de las butacas de la izquierda, tampoco hallaron nada digno de mención.
—¡Todos esos tipos se están burlando de nosotros! —acabó por exclamar Firmin Richard—. ¡El sábado representan Fausto: presenciemos los dos la función desde el palco número cinco del piso principal!
Fin del Episodio 13 · de 47
Una visita al palco número cinco
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.