El violín encantado · III
~6 min · 1279 palabras
—¡Ya lo ve usted!... ¿Y bien?
El vizconde armó de valor su pecho.
—Pues bien, Christine, creo que alguien se está burlando de usted.
Ella lanzó un grito y echó a correr. Él fue tras ella, pero con feroz indignación ella exclamó: «¡Déjeme! ¡Déjeme!». Y desapareció.
Raoul regresó a la posada rendido de fatiga, descorazonado y muy triste. Le informaron de que Christine se había retirado a su alcoba anunciando que no bajaría a cenar. Raoul cenó a solas, con el ánimo ensombrecido. Luego subió a su cuarto, intentó leer, se acostó e intentó dormir. No se percibía el menor rumor en la habitación contigua.
Las horas transcurrieron con lentitud. Eran cerca de las once y media cuando oyó distintamente que alguien se movía con paso leve y sigiloso en la habitación de al lado. ¡Christine no se había acostado, pues! Sin pararse a pensar en los motivos, Raoul se vistió procurando no hacer ruido y aguardó. ¿Aguardar qué? ¿Cómo saberlo? Pero el corazón le dio un vuelco en el pecho cuando oyó que la puerta de Christine giraba suavemente sobre los goznes. ¿Adónde podía ir a semejante hora, cuando todo el mundo dormía profundamente en Perros? Abriendo la puerta con cautela, vio la silueta blanca de Christine deslizándose por el pasillo a la luz de la luna. Bajó la escalera y él se inclinó sobre el pasamanos por encima de ella. De pronto oyó dos voces en rápida conversación. Captó una frase: «No pierda la llave».
Era la voz de la patrona. La puerta que daba al mar se abrió y volvió a cerrarse con llave. Luego todo quedó en silencio.
Raoul corrió de nuevo a su alcoba y abrió la ventana de par en par. La blanca silueta de Christine destacaba sobre el muelle desierto.
El primer piso del Sol Poniente no se hallaba a gran altura, y un árbol que crecía arrimado a la fachada brindó sus ramas a los impacientes brazos de Raoul, permitiéndole descender a espaldas de la patrona. El pasmo de esta fue por tanto mayúsculo cuando, a la mañana siguiente, el joven le fue devuelto medio congelado, más muerto que vivo, y cuando supo que lo habían encontrado tendido cuan largo era sobre las gradas del altar mayor de la iglesuela. Corrió al punto a avisar a Christine, que bajó apresuradamente y, con ayuda de la posadera, prodigó sus cuidados para reanimarlo. Pronto abrió él los ojos y no tardó en recobrarse al divisar el rostro adorable de su amiga inclinado sobre él.
Semanas más tarde, cuando la tragedia de la Ópera obligó a intervenir a la fiscalía, M. Mifroid, comisario de policía, interrogó al vizconde de Chagny acerca de los sucesos de aquella noche en Perros. Reproduzco las preguntas y respuestas tal como constan en las actas oficiales, páginas 150 y siguientes:
P. «¿No le vio a usted Mlle. Daaé descender de su alcoba por el singular camino que eligió?».
R. «No, caballero, no, aun cuando al caminar tras ella no me cuidé de amortiguar el ruido de mis pasos. Al contrario, ansiaba que se volviese y me descubriese. Comprendía que no tenía disculpa para seguirla y que aquella manera de espiarla era indigna de mí. Pero ella parecía no oírme y obraba exactamente como si yo no estuviese allí. Abandonó tranquilamente el muelle y luego echó a andar a paso vivo carretera arriba. El reloj de la iglesia acababa de dar las doce menos cuarto y pensé que eso debió de apresurarla, pues se puso casi a correr y continuó aligerando el paso hasta llegar al templo».
P. «¿Estaba abierta la cancela?».
R. «Sí, caballero, y esto me causó asombro, pero no pareció sorprender a Mlle. Daaé».
P. «¿No había nadie en el camposanto?».
R. «No vi a nadie; y de haber habido alguien, forzosamente lo habría divisado. La luna alumbraba la nieve y dejaba la noche clarísima».
P. «¿Cabía la posibilidad de ocultarse tras las lápidas?».
R. «No, caballero. Eran tumbas muy bajas y humildes, sepultadas en parte bajo la nieve, con sus cruces sobresaliendo apenas del suelo. Las únicas sombras eran las de las cruces y las nuestras. La iglesia se recortaba con perfecta nitidez. Jamás he presenciado una noche tan límpida. Hacía un tiempo hermoso y gélido, y todo se distinguía perfectamente».
P. «¿Es usted supersticioso?».
R. «No, caballero, soy católico practicante».
P. «¿En qué estado de ánimo se hallaba usted?».
R. «Muy sosegado y tranquilo, se lo aseguro. El extraño proceder de Mlle. Daaé al salir a semejante hora me había inquietado al principio; pero en cuanto la vi encaminarse al camposanto, supuse que iba a cumplir un piadoso deber sobre la fosa de su padre y lo juzgué tan natural que recobré toda la calma. Solo me extrañaba que no me oyese caminar tras ella, pues mis pisadas resonaban con claridad sobre la nieve endurecida. Pero debía de hallarse absorta en sus pensamientos y resolví no turbarla. Se arrodilló junto a la sepultura de su padre, se santiguó y se puso a orar. En ese instante sonaron las doce en el campanario. A la última campanada vi a Mlle. Daaé alzar los ojos al cielo y tender los brazos como en éxtasis. Me preguntaba cuál sería la causa cuando yo mismo alcé la cabeza y todo mi ser se sintió arrebatado hacia lo invisible, ¡que estaba ejecutando la música más perfecta! Christine y yo conocíamos aquella música; la habíamos escuchado de niños. Mas jamás había sido interpretada con un arte tan divino, ni aun por el mismísimo M. Daaé. Recordé todo lo que Christine me había contado acerca del Ángel de la Música. La melodía era La resurrección de Lázaro, que el viejo M. Daaé solía tocarnos en sus horas de melancolía y de fe. Si el Ángel de Christine hubiese existido realmente, no habría podido tocar mejor aquella noche con el violín del difunto músico. Al extinguirse la música me pareció percibir un rumor procedente de las calaveras hacinadas en el osario; era como si soltasen una risita sorda, y no pude evitar un estremecimiento».
P. «¿No se le ocurrió pensar que el músico podía hallarse oculto tras aquel mismísimo montón de huesos?».
R. «Fue la única idea que se me ocurrió, caballero, tanto que omití seguir a Mlle. Daaé cuando se puso en pie y marchó lentamente hacia la cancela. Estaba tan absorta en aquel momento que no me extraña que no me viese».
P. «¿Qué ocurrió entonces para que le hallasen a la mañana siguiente medio muerto en las gradas del altar mayor?».
R. «Primero rodó una calavera a mis pies... luego otra... y otra más... Parecía como si yo fuese el blanco de una macabra partida de bolos. Y tuve la intuición de que un paso en falso debía de haber desbaratado el equilibrio de la estructura tras la cual se ocultaba nuestro músico. Esta sospecha pareció confirmarse cuando vi una sombra deslizarse de pronto a lo largo del muro de la sacristía. Eché a correr. La sombra había empujado ya la puerta y entrado en la iglesia. Pero fui más veloz que la sombra y logré atenazar una punta de su capa. En aquel instante nos hallábamos justo delante del altar mayor; y los rayos de la luna caían de lleno sobre nosotros a través de las vidrieras del ábside. Como no solté la capa, la sombra se revolvió; y vi una calavera espantosa que me clavaba la mirada con un par de ojos de fuego. Me sentí cara a cara con Satanás; y ante aquella aparición sobrenatural mi corazón desfalleció, me abandonaron las fuerzas... y ya no recuerdo nada más hasta que recobré el sentido en el Sol Poniente».
Fin del Episodio 12 · de 47
El violín encantado · III
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