El fantasma de la ópera·Episodio 11

El violín encantado · II

~10 min · 1960 palabras

—¡Mademoiselle, jamás la olvidaré!

Y se marchó lamentando sus palabras, pues sabía que Christine no podía ser la esposa del vizconde de Chagny.

En cuanto a Christine, se esforzó por no pensar en él y se consagró por entero a su arte. Hizo progresos prodigiosos y cuantos la escuchaban vaticinaban que llegaría a ser la más grande cantora del mundo. Entre tanto falleció su padre; y, de súbito, pareció haber perdido con él la voz, el alma y el genio. Conservó tan solo, y apenas lo justo, para ingresar en el Conservatorio, donde no descolló en absoluto, asistiendo a las clases sin entusiasmo y alcanzando un accésit únicamente por complacer a la anciana Mamá Valérius, con quien continuaba viviendo.

La primera vez que Raoul vio a Christine en la Ópera quedó cautivado por la belleza de la joven y por las dulces evocaciones del pasado que despertaba en él, pero experimentó cierto asombro ante la medianía de su arte. Volvió para escucharla. La siguió entre bastidores. La aguardó al pie de la escala de gato. Intentó llamar su atención. Más de una vez caminó tras ella hasta la puerta de su palco, pero ella no lo vio. En rigor, parecía no ver a nadie. Mostraba una indiferencia absoluta. Raoul sufría, pues ella era hermosísima, mientras que él era tímido y no se atrevía a confesarse su amor ni a sí mismo. Y entonces sobrevino el relámpago de la noche de gala: los cielos abiertos y una voz de ángel resonando en la tierra para delicia de los hombres y para el cautiverio definitivo de su corazón.

Y luego... y luego aquella voz de hombre tras la puerta —«¡Tienes que amarme!»— y nadie en la estancia...

¿Por qué se había echado a reír cuando él le recordó el episodio de la bufanda? ¿Por qué fingió no reconocerlo? ¿Y por qué le había escrito?...

Al fin se llegó a Perros. Raoul entró en la ahumada sala común del Sol Poniente y vio de inmediato a Christine en pie ante él, sonriente y sin traslucir extrañeza alguna.

—Conque ha venido usted —dijo ella—. Presentía que lo encontraría aquí al regresar de misa. Alguien me lo anunció en la iglesia.

—¿Quién? —preguntó Raoul tomando su manita entre las suyas.

—Mi pobre padre, que ha muerto.

Se hizo un silencio; y luego Raoul preguntó:

—¿Le dijo su padre que la amo, Christine, y que no puedo vivir sin usted?

Christine se sonrojó hasta la raíz del cabello y desvió la mirada. Con voz trémula dijo:

—¿A mí? ¡Está usted soñando, amigo mío!

Y rompió a reír para disimular su turbación.

—No se ría, Christine; hablo muy en serio —repuso Raoul.

Y ella respondió con gravedad: «No le hice venir para que me dijese tales cosas».

—Me «hizo venir», Christine; bien sabía usted que su carta no me dejaría indiferente y que volaría a Perros. ¿Cómo pudo pensar otra cosa si no creyese que la amo?

—Pensé que recordaría usted nuestros juegos de niños aquí, en los que mi padre participaba tan a menudo. En verdad no sé qué pensé... Quizá hice mal en escribirle... Este aniversario y su súbita aparición en mi camerino de la Ópera, la otra noche, me trajeron a las mientes un tiempo ya lejano y me movieron a escribirle como la chicuela que entonces era...

Había algo en la actitud de Christine que a Raoul no le parecía natural. No advertía hostilidad alguna en ella; ni mucho menos: el afecto angustiado que brillaba en sus ojos se lo desmentía. Pero ¿por qué estaba angustiado aquel afecto? Eso era lo que ansiaba averiguar y lo que le exasperaba.

—Cuando me vio en su camerino, ¿fue esa la primera vez que reparó en mí, Christine?

Ella era incapaz de mentir.

—No —respondió—; lo había visto varias veces en el palco de su hermano. Y también en el escenario.

—¡Ya me lo figuraba! —dijo Raoul apretando los labios—. Pero entonces, ¿por qué cuando me vio en su estancia, a sus pies, recordándole que había rescatado su bufanda de las olas, contestó como si no me conociese y por qué rompió a reír?

El tono de estas preguntas fue tan áspero que Christine clavó los ojos en Raoul sin responder. El joven mismo quedó estupefacto de aquella repentina querella que osaba entablar en el momento preciso en que había resuelto prodigar a Christine palabras de dulzura, amor y sumisión. Un esposo, un amante con todos los fueros no hablaría de otro modo a una mujer, a una amante que lo hubiese agraviado. Mas había ido demasiado lejos y no hallaba otra salida a tan ridícula postura que mostrarse odioso.

—¡No responde usted! —dijo con despecho y aflicción—. Pues bien, responderé por usted. ¡Fue porque había alguien en la habitación que le estorbaba, Christine, alguien que usted no quería que supiese que podía interesarse por otro!

—Si alguien me estorbaba, amigo mío —le atajó Christine con frialdad—, si alguien me estorbaba aquella noche, ¡era usted mismo, ya que le rogué que despejase la estancia!

—¡Sí, para quedarse a solas con el otro!

—¿Qué está usted diciendo, caballero? —preguntó la joven con viveza—. ¿Y a qué otro se refiere?

—¡Al hombre a quien le decía: «¡No canto más que para ti!... ¡Esta noche te he entregado mi alma y me siento muerta!»!

Christine asió el brazo de Raoul y se aferró a él con una fuerza que nadie habría sospechado en una criatura tan frágil.

—¿De modo que estaba usted escuchando detrás de la puerta?

—Sí, porque la amo con locura... Y lo oí todo...

—¿Qué oyó usted?

Y la joven, cobrando una serenidad extraña, soltó el brazo de Raoul.

—Él le decía a usted: «¡Christine, tienes que amarme!»

A estas palabras una palidez mortal cubrió el semblante de Christine, unas ojeras violáceas rodearon sus pupilas, vaciló y pareció a punto de desvanecerse. Raoul se abalanzó con los brazos abiertos, pero Christine dominó su pasajera flaqueza y dijo en voz baja:

—¡Prosiga! ¡Prosiga! ¡Cuénteme todo lo que oyó!

Sin acertar a comprender, Raoul respondió: «Le oí responder, cuando usted dijo que le había entregado su alma: «Tu alma es una joya hermosa, criatura, y te doy las gracias. Ningún emperador recibió jamás un don tan excelso. Los ángeles han llorado esta noche»».

Christine se llevó la mano al corazón, presa de una emoción indecible. Sus ojos miraban fijamente al frente como los de una enajenada. Raoul sintió un escalofrío de pavor. Pero de pronto los ojos de Christine se velaron y dos lágrimas gruesas rodaron como perlas por sus mejillas de marfil.

—¡Christine!

—¡Raoul!

El joven intentó estrecharla en sus brazos, pero ella se zafó y huyó con el mayor extravío.

Mientras Christine permanecía encerrada en su alcoba, Raoul no hallaba consuelo. Se negó a almorzar. Se sentía terriblemente acongojado y apenado al ver que aquellas horas que había soñado tan dulces transcurrían sin la presencia de la joven sueca. ¿Por qué no salía a recorrer con él los parajes donde guardaban tantos recuerdos comunes? Supo que aquella mañana había hecho celebrar una misa por el descanso del alma de su padre y que había permanecido largo rato orando en la iglesuela y ante la tumba del violinista. Luego, puesto que no parecía retenerla nada más en Perros y de hecho nada hacía allí, ¿por qué no regresaba a París de inmediato?

Raoul caminó abatido hacia el camposanto donde se erguía la iglesia y se halló en efecto a solas entre las tumbas, leyendo los epitafios; pero al doblar detrás del ábside, quedó deslumbrado por el fulgor de las flores que salpicaban el suelo blanquecino. Eran rosas rojas maravillosas que habían florecido aquella misma mañana sobre la nieve, ofreciendo un destello de vida en medio de la muerte, pues la muerte reinaba por doquier a su alrededor. También ella, como las flores, brotaba de la tierra, la cual había arrojado a la superficie no pocos de sus despojos. Centenares de calaveras y esqueletos yacían apilados contra el muro del templo, contenidos por una alambrada que dejaba a la vista todo aquel lúgubre hacinamiento. Huesos de difuntos ordenados en hileras como ladrillos para formar el zócalo sobre el cual se alzaban los muros de la sacristía. La puerta de la sacristía se abría en medio de aquella osamenta, como se ve con frecuencia en las viejas iglesias bretonas.

Raoul rezó una oración por Daaé y luego, penosamente impresionado por aquellas sonrisas eternas en las bocas de las calaveras, remontó la colina y tomó asiento al borde del páramo que domina el mar. El viento amainó con el crepúsculo. Raoul se vio envuelto en una penumbra glacial, pero no sentía el frío. Era allí, según recordaba, adonde acudía con la pequeña Christine a ver danzar a los korrigans con la salida de la luna. Él jamás había divisado ninguno, por buenos que fuesen sus ojos, mientras que Christine, que era un tanto miope, aseguraba haber visto muchísimos. Sonrió ante la evocación y de pronto se sobresaltó. Una voz a sus espaldas decía:

—¿Cree usted que vendrán los korrigans esta noche?

Era Christine. Él intentó hablar. Ella le puso la mano enguantada sobre los labios.

—Escuche, Raoul. He resuelto revelarle algo grave, muy grave... ¿Recuerda la leyenda del Ángel de la Música?

—La recuerdo perfectamente —dijo él—. Creo que fue aquí donde su padre nos la refirió por primera vez.

—Y aquí fue donde dijo: «Cuando esté en el Cielo, hija mía, te lo enviaré». Pues bien, Raoul, mi padre está en el Cielo, y yo he recibido la visita del Ángel de la Música.

—No me cabe la menor duda —repuso el joven con gravedad, pues se le antojó que su amiga, obedeciendo a un piadoso anhelo, vinculaba la memoria de su progenitor al resplandor de su reciente triunfo.

Christine pareció asombrarse de la serenidad del vizconde de Chagny:

—¿Cómo lo entiende usted? —preguntó, acercando tanto su pálido semblante que él bien pudo creer que Christine iba a darle un beso; mas ella solo deseaba escrutar sus ojos a pesar de la oscuridad.

—Entiendo —dijo él— que ningún ser humano puede cantar como usted cantó la otra velada sin la mediación de un milagro. Ningún maestro sobre la tierra puede enseñar tales acentos. Ha escuchado usted al Ángel de la Música, Christine.

—Sí —dijo ella con solemnidad—, en mi camerino. Allí es donde acude a darme lección a diario.

—¿En su camerino? —repitió él estúpidamente.

—Sí, allí es donde lo he oído; y no he sido la única en escucharlo.

—¿Quién más lo ha oído, Christine?

—Usted, amigo mío.

—¿Yo? ¿Yo he oído al Ángel de la Música?

—Sí, la otra noche; era él quien hablaba cuando usted escuchaba detrás de la puerta. Era él quien decía: «Tienes que amarme». Pero entonces creí que yo era la única que escuchaba su voz. Figúrese mi pasmo cuando me dijo usted, esta mañana, que también había podido oírlo.

Raoul rompió a reír. Los primeros rayos de la luna envolvieron a los dos jóvenes en su claridad. Christine se volvió hacia Raoul con ademán hostil. Sus ojos, de ordinario tan dulces, echaban chispas.

—¿De qué se ríe? ¿Acaso cree que oyó la voz de un hombre?

—¡Pues claro!... —repuso el joven, cuyas ideas empezaban a confundirse ante la resuelta actitud de Christine.

—¿Es usted, Raoul, quien dice semejante cosa? ¡Usted, un viejo compañero de juegos de mi infancia! ¡Un amigo de mi padre! Pero ha cambiado usted mucho desde entonces. ¿En qué está pensando? Soy una doncella honrada, M. el vizconde de Chagny, y no me encierro en mi camerino con voces de hombres. ¡Si hubiese abierto la puerta, habría visto que no había nadie en la habitación!

—¡Es verdad! Abrí la puerta cuando usted se marchó y no encontré a nadie.

Fin del Episodio 11 · de 47

El violín encantado · II

Siguiente Episodio 12~6 minEl violín encantado · III“—Pues bien, Christine, creo que alguien se está burlando de usted.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.