El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 11

«Henry Jekyll». · I

~8 min · 1652 palabras

—¿Había un tercer documento? —preguntó Utterson.

—Aquí está, señor —dijo Poole, y puso en sus manos un voluminoso paquete lacrado en varios puntos.

El abogado se lo guardó en el bolsillo. —No diría nada de este papel. Si su amo ha huido o está muerto, al menos podremos salvar su reputación. Ya son las diez; debo marcharme a casa y leer estos documentos con tranquilidad; pero estaré de vuelta antes de medianoche, y entonces mandaremos llamar a la policía.

Salieron, cerrando tras de sí la puerta del anfiteatro; y Utterson, dejando una vez más a los criados reunidos en torno al fuego del vestíbulo, regresó con paso pesado a su despacho para leer los dos relatos en los que ahora iba a aclararse aquel misterio.

◇

El nueve de enero, hace hoy cuatro días, recibí en el reparto de la tarde un sobre certificado, con las señas escritas de puño y letra de mi colega y antiguo compañero de escuela, Henry Jekyll. El hecho me causó no poca sorpresa, pues de ningún modo teníamos la costumbre de cartearnos; había visto al hombre, en efecto, había cenado con él la noche anterior; y nada en nuestro trato me permitía imaginar algo que justificase la formalidad de un certificado. Su contenido acrecentó mi asombro, pues he aquí los términos de la carta:

—10 de diciembre de 18—.

«Querido Lanyon: Eres uno de mis amigos más antiguos; y aunque hayamos discrepado a veces en cuestiones científicas, no recuerdo, al menos por mi parte, quiebra alguna en nuestro afecto. Jamás hubo un día en que, si me hubieses dicho: ‘Jekyll, mi vida, mi honor, mi razón dependen de ti’, no hubiera sacrificado mi mano izquierda por ayudarte. ¡Lanyon, mi vida, mi honor, mi razón están todos a tu merced; si me fallas esta noche, estoy perdido! Podrías suponer, tras este preámbulo, que voy a pedirte algo deshonroso de conceder. Juzga por ti mismo.

«Quiero que pospongas cualquier otro compromiso para esta noche; sí, aun si fueses llamado a la cabecera de un emperador; que tomes un coche de alquiler, a menos que tu carruaje se encuentre ya a la puerta; y con esta carta en la mano para consultarla, vayas directamente a mi casa. Poole, mi mayordomo, tiene sus órdenes; lo encontrarás esperando tu llegada con un cerrajero. Habrá que forzar entonces la puerta de mi gabinete; y has de entrar solo; abrir la vitrina acristalada (letra E) a mano izquierda, forzando la cerradura si estuviese cerrada; y extraer, con todo su contenido tal como está, el cuarto cajón empezando por arriba o (lo que es lo mismo) el tercero empezando por abajo. En mi extrema turbación de ánimo, tengo un temor morboso a darte malas señas; pero aun si estuviese en un error, podrás reconocer el cajón correcto por su contenido: unos polvos, un frasco y un cuaderno de notas. Este cajón te ruego que te lo lleves contigo a Cavendish Square exactamente como se encuentra.

«Esa es la primera parte del favor: ahora, la segunda. Deberías estar de regreso, si partes de inmediato al recibir esta carta, mucho antes de medianoche; pero te dejaré ese margen, no solo por temor a uno de esos obstáculos que no pueden prevenirse ni preverse, sino porque una hora en que tus criados estén ya acostados es preferible para lo que entonces quedará por hacer. A medianoche, pues, habré de pedirte que estés a solas en tu consulta, que hagas entrar en la casa por tu propia mano a un hombre que se presentará en mi nombre, y que pongas en sus manos el cajón que habrás traído de mi gabinete. Entonces habrás cumplido tu parte y ganado por entero mi gratitud. Cinco minutos después, si insistes en una explicación, habrás comprendido que estas disposiciones son de una importancia capital; y que por haber descuidado una sola de ellas, por fantásticas que deban de parecerte, habrías podido cargar sobre tu conciencia mi muerte o el naufragio de mi razón.

«Seguro como estoy de que no tomarás a la ligera esta súplica, el corazón se me encoge y la mano me tiembla ante la sola idea de semejante posibilidad. Piensa en mí a estas horas, en un lugar extraño, presa de una angustia tan negra que ninguna fantasía podría exagerar, y sin embargo bien consciente de que, con solo que me sirvas con puntualidad, mis tribulaciones se disiparán como un cuento que ya se ha contado. Sírveme, mi querido Lanyon, y salva a

«Tu amigo,

«H. J.

«P. D.—Había sellado ya esta carta cuando un nuevo terror sobrecogió mi alma. Es posible que el correo me falle y esta misiva no llegue a tus manos hasta mañana por la mañana. En tal caso, querido Lanyon, haz mi encargo cuando te sea más conveniente en el curso del día; y espera de nuevo a mi mensajero a medianoche. Puede que para entonces ya sea demasiado tarde; y si esa noche transcurre sin novedad, sabrás que has visto por última vez a Henry Jekyll».

Al leer esta carta, tuve la certeza de que mi colega había perdido el juicio; pero mientras no se demostrase más allá de toda duda, me consideré obligado a hacer lo que me pedía. Cuanto menos comprendía de aquel fárrago, menos en condiciones estaba de juzgar su importancia; y una súplica redactada en tales términos no podía desoírse sin una grave responsabilidad. Me levanté por tanto de la mesa, subí a un hansom y me hice llevar directamente a casa de Jekyll. El mayordomo aguardaba mi llegada; había recibido en el mismo correo que yo una carta certificada con instrucciones y había enviado de inmediato a buscar a un cerrajero y a un carpintero. Los operarios llegaron cuando aún estábamos hablando; y nos dirigimos en cuerpo al antiguo anfiteatro de anatomía del doctor Denman, desde el cual (como sin duda sabes) se accede más cómodamente al gabinete privado de Jekyll. La puerta era muy recia, la cerradura excelente; el carpintero declaró que tendría grandes dificultades y causaría muchos destrozos si había de emplear la fuerza; y el cerrajero estaba al borde de la desesperación. Pero este último era hombre mañoso, y tras dos horas de trabajo, la puerta quedó abierta. El armario marcado con la E estaba abierto; saqué el cajón, hice que lo rellenaran de paja y lo envolviesen atado en una sábana, y regresé con él a Cavendish Square.

Me dispuse entonces a examinar su contenido. Los polvos estaban envueltos con bastante esmero, pero no con la pulcritud de un boticario profesional, de modo que resultaba evidente que eran de elaboración particular de Jekyll; y cuando abrí uno de los envoltorios encontré lo que me pareció una simple sal cristalina de color blanco. El frasco, al que dirigí a continuación mi atención, estaría mediado de un licor de color rojo sangre, sumamente penetrante para el olfato y que me pareció contener fósforo y algún éter volátil. En cuanto a los demás ingredientes, no pude aventurar conjetura alguna. El libro era un cuaderno ordinario y apenas contenía más que una serie de fechas. Estas abarcaban un período de muchos años, pero observé que los asientos cesaban casi un año atrás y de manera bastante abrupta. De vez en cuando, junto a una fecha figuraba una breve anotación, por lo general no más de una sola palabra: «doble», que aparecía quizá media docena de veces en un total de varios cientos de entradas; y una vez, muy al principio de la lista y seguida de varios signos de exclamación: «¡¡¡fracaso total!!!». Todo esto, si bien espoleó mi curiosidad, poco me decía de concluyente. Había allí un frasco de cierta sal y el registro de una serie de experimentos que habían conducido (como tantas investigaciones de Jekyll) a ningún fin de utilidad práctica. ¿Cómo podía la presencia de aquellos artículos en mi casa afectar al honor, a la cordura o a la vida de mi voluble colega? Si su mensajero podía acudir a un sitio, ¿por qué no podía acudir a otro? E incluso concediendo algún impedimento, ¿por qué había de recibir yo a ese caballero en secreto? Cuanto más reflexionaba, más me convencía de que me hallaba ante un caso de enfermedad cerebral; y aunque mandé a mis criados a la cama, cargué un viejo revólver para hallarme en cierta disposición de defensa propia.

Apenas habían terminado de resonar las doce en Londres, cuando la aldaba sonó muy suavemente en la puerta. Acudí yo mismo a la llamada y encontré a un hombre menudo agazapado contra las columnas del pórtico.

—¿Viene usted de parte del doctor Jekyll? —pregunté.

Me respondió que «sí» mediante un ademán forzado; y cuando le invité a entrar, no me obedeció sin antes lanzar una mirada escrutadora hacia la oscuridad de la plaza. No lejos de allí había un policía que avanzaba con su linterna sorda encendida; y al verlo, me pareció que mi visitante se sobresaltaba y se daba más prisa.

Estos pormenores me causaron una impresión desagradable, lo confieso; y mientras lo seguía hacia la brillante luz del consultorio, mantuve la mano lista sobre mi arma. Allí tuve, por fin, ocasión de verlo con claridad. Jamás le había puesto los ojos encima, de eso estaba seguro. Era menudo, como he dicho; me llamó además la atención la sobrecogedora expresión de su rostro, su extraordinaria combinación de gran actividad muscular y manifiesta debilidad de complexión, y —por último, aunque no menos importante— el extraño desasosiego subjetivo provocado por su cercanía. Esto guardaba cierta semejanza con un escalofrío incipiente y venía acompañado de un marcado desfallecimiento del pulso. En aquel momento lo atribuí a una aversión personal e idiosincrásica, y simplemente me asombré de la agudeza de los síntomas; pero desde entonces he tenido motivos para creer que la causa radica mucho más hondo en la naturaleza del hombre, y que gira sobre goznes más nobles que el principio del odio.

Fin del Episodio 11 · de 15

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