El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde·Episodio 12

«Henry Jekyll». · II

~6 min · 1220 palabras

Esta persona (que desde el primer instante de su entrada me había infundido lo que solo puedo describir como una curiosidad teñida de asco) vestía de una guisa que habría hecho risible a un individuo corriente; es decir, sus ropas, aunque de tela rica y sobria, le venían enormemente grandes en todas sus medidas: los pantalones le colgaban de las piernas y estaban remangados para no arrastrar por el suelo, la cintura de la levita le caía por debajo de las caderas y el cuello se desparramaba anchamente sobre sus hombros. Por extraño que parezca, aquel atuendo ridículo estuvo lejos de moverme a risa. Antes bien, como había algo anormal y contrahecho en la esencia misma de la criatura que tenía ante mí —algo sobrecogedor, desconcertante y repugnante—, esta nueva incongruencia no pareció sino avenirse con ello y reforzarlo; de modo que a mi interés por la naturaleza y el carácter de aquel hombre se vino a sumar la curiosidad por su origen, su vida, su fortuna y su posición en el mundo.

Estas observaciones, aunque hayan ocupado tanto espacio para ser consignadas, fueron no obstante obra de unos pocos segundos. Mi visitante, en verdad, ardía en una sombría agitación.

—¿Lo tiene? —gritó—. ¿Lo tiene? Y tan viva era su impaciencia que llegó a ponerme una mano en el brazo y trató de sacudirme.

Lo aparté, sintiendo a su contacto una punzada gélida que me recorrió la sangre. —Vamos, señor —dije—. Olvida usted que todavía no tengo el placer de conocerlo. Siéntese, si me hace el favor. —Y le di ejemplo sentándome en mi sitio acostumbrado y con una imitación tan fiel de mis modales habituales con un paciente como lo intempestivo de la hora, la índole de mis preocupaciones y el horror que me inspiraba mi huésped me permitieron aparentar.

—Le ruego me perdone, doctor Lanyon —respondió con bastante cortesía—. Lo que dice está muy bien fundado; y mi impaciencia le ha ganado la delantera a mi educación. Vengo aquí a instancias de su colega, el doctor Henry Jekyll, por un asunto de cierta gravedad; y tenía entendido... —Hizo una pausa y se llevó la mano a la garganta, y pude ver, a pesar de sus modos sosegados, que luchaba contra los accesos de la histeria—; tenía entendido que un cajón...

Pero en este punto me apiadé de la zozobra de mi visitante, y acaso un tanto de mi propia y creciente curiosidad.

—Ahí lo tiene, señor —dije, señalando el cajón, que yacía en el suelo detrás de una mesa y todavía cubierto con la sábana.

Se abalanzó hacia él, se detuvo luego y se llevó la mano al corazón; pude oír cómo le rechinaban los dientes por la acción convulsiva de las mandíbulas, y su rostro presentaba un aspecto tan cadavérico que temí tanto por su vida como por su razón.

—Serénese —dije.

Me dirigió una sonrisa espantosa y, como con la determinación de la desesperanza, retiró bruscamente la sábana. Al ver el contenido, profirió un hondo sollozo de tan inmenso alivio que me quedé petrificado. Y al instante siguiente, con una voz que ya dominaba bastante bien: —¿Tiene un vaso graduado? —preguntó.

Me levanté de mi asiento con cierto esfuerzo y le di lo que pedía.

Me dio las gracias con una inclinación de cabeza sonriente, midió unas pocas gotas de la tintura roja y añadió uno de los polvos. La mezcla, que al principio era de un matiz rojizo, comenzó, a medida que los cristales se disolvían, a avivar su color, a hervir con efervescencia audible y a despedir ligeras bocanadas de vapor. De pronto y en el mismo instante, cesó la ebullición y el compuesto mudó a un púrpura oscuro, que fue degradándose de nuevo, más despacio, a un verde acuoso. Mi visitante, que había seguido aquellas metamorfosis con mirada atenta, sonrió, posó el vaso sobre la mesa y luego se volvió hacia mí, examinándome con aire inquisitivo.

—Y ahora —dijo él—, zanjemos lo que queda. ¿Será usted prudente? ¿Se dejará guiar? ¿Me permitirá tomar este vaso en la mano y salir de su casa sin más palabras? ¿O se halla usted dominado por la codicia de la curiosidad? Piénselo antes de responder, pues se hará como usted decida. Si así lo decide, se quedará como estaba antes, ni más rico ni más sabio, a menos que el sentimiento del servicio prestado a un hombre en mortal angustia pueda contarse como una suerte de riqueza del alma. O bien, si prefiere escoger lo contrario, una nueva provincia del saber y nuevas sendas hacia la fama y el poder se le abrirán aquí mismo, en esta estancia, en este instante; y su vista quedará fulminada por un prodigio capaz de hacer vacilar la incredulidad del mismísimo Satanás.

—Señor —dije, afectando una serenidad que distaba mucho de poseer en verdad—, habla usted con enigmas, y tal vez no le extrañe que lo escuche sin una convicción demasiado firme. Pero he ido ya demasiado lejos por el camino de los servicios inexplicables como para detenerme antes de ver el final.

—Está bien —replicó mi visitante—. Lanyon, recuerde sus votos: lo que sigue queda bajo el secreto de nuestra profesión. Y ahora, usted que durante tanto tiempo ha estado apegado a las miras más estrechas y materiales, usted que ha negado la virtud de la medicina trascendental, usted que se ha mofado de sus superiores... ¡mire!

Se llevó el vaso a los labios y bebió de un trago. Siguió un grito; se tambaleó, vaciló, se aferró a la mesa y se sostuvo, mirando con ojos inyectados en sangre, jadeando con la boca abierta; y mientras miraba se operó, creí ver, un cambio: pareció hincharse, su rostro se ennegreció de súbito y sus facciones parecieron fundirse y alterarse; y al instante siguiente me había puesto en pie de un salto y retrocedido contra la pared, con los brazos alzados para protegerme de aquel prodigio, con la mente sumida en el terror.

—¡Dios mío! —grité, y: —¡Dios mío! —una y otra vez; pues allí, ante mis ojos —pálido y tembloroso, medio desvanecido y tanteando ante sí con las manos, como un hombre devuelto de la muerte—, ¡allí estaba de pie Henry Jekyll!

Lo que me contó durante la hora siguiente, no tengo ánimo para plasmarlo sobre el papel. Vi lo que vi, oí lo que oí, y el alma se me revolvió de horror; y sin embargo, ahora que aquella visión se ha borrado de mis ojos, me pregunto si lo creo, y no sé responder. Mi vida ha quedado sacudida hasta sus cimientos; el sueño me ha abandonado; el terror más mortífero vela a mi lado a todas horas del día y de la noche; y siento que mis días están contados y que he de morir; y sin embargo moriré incrédulo. En cuanto a la torpeza moral que aquel hombre me reveló, aun con lágrimas de penitencia, no puedo ni en el recuerdo demorarme en ella sin un sobresalto de espanto. No diré sino una cosa, Utterson, y esa (si su mente es capaz de darle crédito) será más que suficiente. La criatura que se introdujo furtivamente aquella noche en mi casa respondía, por confesión del propio Jekyll, al nombre de Hyde, y se la buscaba por todos los rincones del país como al asesino de Carew.

HASTIE LANYON.

Fin del Episodio 12 · de 15

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