La última noche · II
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Sí, sí —dijo el abogado—. Mis temores apuntan a lo mismo. El mal, me temo, fue el cimiento; nada bueno podía salir de semejante trato. Sí, en verdad, te creo; creo que el pobre Harry ha muerto asesinado; y creo que su asesino (con qué propósito, solo Dios lo sabe) sigue aún rondando en la estancia de su víctima. Bien, que nuestro nombre sea venganza. Llama a Bradshaw.
El lacayo acudió a la llamada, muy pálido y nervioso.
—Serénate, Bradshaw —dijo el abogado—. Sé que esta incertidumbre hace mella en todos vosotros; pero ahora nos proponemos ponerle fin. Poole y yo vamos a entrar por la fuerza en el gabinete. Si todo está en orden, mis espaldas son bastante anchas para cargar con la culpa. Mientras tanto, por si acaso ocurriese algo malo de verdad, o algún malhechor pretendiera escapar por detrás, tú y el muchacho debéis doblar la esquina con un par de buenos garrotes y apostaros ante la puerta del laboratorio. Os damos diez minutos para ocupar vuestros puestos.
Cuando Bradshaw salió, el abogado miró su reloj. «Y ahora, Poole, vayamos al nuestro», dijo; y colocándose el atizador bajo el brazo, abrió la marcha hacia el patio. Las nubes bajas habían cubierto la luna y la oscuridad era completa. El viento, que solo penetraba en ráfagas y corrientes por aquel profundo pozo de edificios, agitaba la luz de la vela de un lado a otro sobre sus pasos, hasta que llegaron al abrigo del anfiteatro, donde se sentaron en silencio a esperar. Londres zumbaba con solemnidad alrededor; pero más cerca, la quietud solo se rompía por el rumor de unos pasos que iban y venían por el suelo del gabinete.
—Así se pasa el día andando, señor —susurró Poole—; sí, y la mayor parte de la noche. Solo cuando llega una nueva muestra de la botica hay un pequeño descanso. ¡Ah, es una mala conciencia lo que resulta tan enemiga del reposo! ¡Ah, señor, hay sangre vilmente derramada en cada uno de esos pasos! Pero escuche otra vez, un poco más cerca... afine bien el oído, señor Utterson, y dígame: ¿es esa la pisada del doctor?
Las pisadas sonaban ligeras y extrañas, con cierto balanceo, a pesar de lo despacio que iban; eran muy distintas, en verdad, del paso pesado y crujiente de Henry Jekyll. Utterson suspiró. —¿Nunca se oye nada más? —preguntó.
Poole asintió con la cabeza. —Una vez —dijo—. ¡Una vez lo oí llorar!
—¿Llorar? ¿Cómo es eso? —dijo el abogado, sintiendo un repentino escalofrío de horror.
—Llorar como una mujer o un alma en pena —dijo el mayordomo—. Se me quedó tal peso en el corazón que yo también habría podido echarme a llorar.
Pero ya los diez minutos tocaban a su fin. Poole desenterró el hacha de debajo de un montón de paja de embalar; colocaron la vela sobre la mesa más próxima para que los alumbrara en el ataque; y se acercaron conteniendo el aliento adonde aquel paso paciente seguía yendo y viniendo, arriba y abajo, en la quietud de la noche.
—¡Jekyll! —gritó Utterson con voz potente—. ¡Exijo verte! —Hizo una pausa por un momento, pero no hubo respuesta—. Te lo advierto seriamente: nuestras sospechas se han despertado y tengo y debo verte —reanudó—; si no por las buenas, por las malas; si no es por tu voluntad, ¡por la fuerza bruta!
—Utterson —dijo la voz—, ¡por amor de Dios, ten piedad!
—¡Ah, esa no es la voz de Jekyll... es la de Hyde! —gritó Utterson—. ¡Abajo la puerta, Poole!
Poole levantó el hacha sobre el hombro; el golpe sacudió el edificio y la puerta de bayeta roja saltó contra la cerradura y las bisagras. Un chillido lúgubre, como de puro terror animal, resonó desde el gabinete. Se alzó de nuevo el hacha, y una vez más crujieron los paneles y se estremeció el marco; cuatro veces cayó el golpe; pero la madera era dura y los herrajes de excelente factura; y no fue sino al quinto cuando la cerradura reventó y los restos de la puerta cayeron hacia dentro sobre la alfombra.
Los sitiadores, sobrecogidos por su propio estruendo y por el silencio que le había sucedido, retrocedieron un poco y miraron al interior. Allí se extendía el gabinete ante sus ojos, a la tranquila luz de la lámpara, con un buen fuego que brillaba y crepitaba en el hogar, la tetera cantando su leve tonada, uno o dos cajones abiertos, papeles pulcramente dispuestos sobre la mesa de trabajo y, más cerca del fuego, el servicio preparado para el té; la estancia más apacible, se habría dicho, y, a no ser por los armarios acristalados llenos de productos químicos, la más común y corriente de aquella noche en Londres.
Justo en el medio yacía el cuerpo de un hombre dolorosamente contorsionado y aún con estremecimientos convulsivos. Se acercaron de puntillas, lo pusieron boca arriba y contemplaron el rostro de Edward Hyde. Vestía ropas demasiado grandes para él, ropas de la talla del doctor; los tendones de su rostro aún se movían con una apariencia de vida, pero la vida lo había abandonado por completo; y por el frasquito aplastado que tenía en la mano y el fuerte olor a almendras amargas que flotaba en el aire, Utterson comprendió que se hallaba ante el cuerpo de un suicida.
—Hemos llegado demasiado tarde —dijo con severidad—, ya sea para salvar o para castigar. Hyde ha ido a rendir sus cuentas; y solo nos queda encontrar el cadáver de tu amo.
La mayor parte del edificio estaba ocupada por el anfiteatro, que llenaba casi toda la planta baja y recibía luz desde lo alto, y por el gabinete, que formaba un piso alto en uno de los extremos y daba al patio. Un corredor comunicaba el anfiteatro con la puerta del callejón; y con este se comunicaba el gabinete por separado mediante un segundo tramo de escaleras. Había además unos cuantos cuartos oscuros y una bodega espaciosa. Examinaron todo esto a fondo. Para cada cuarto bastó una ojeada, pues todos estaban vacíos y todos, a juzgar por el polvo que se desprendía de sus puertas, llevaban largo tiempo sin abrirse. La bodega, ciertamente, estaba repleta de trastos viejos y desvencijados, en su mayor parte de la época del cirujano que había precedido a Jekyll; pero ya al abrir la puerta se percataron de la inutilidad de seguir buscando por el desprendimiento de un tupido velo de telarañas que llevaba años sellando la entrada. Por ninguna parte había rastro alguno de Henry Jekyll, vivo o muerto.
Poole golpeó con el pie las losas del corredor. —Tiene que estar enterrado aquí —dijo, atento al sonido.
—O puede haber huido —dijo Utterson, y se volvió para examinar la puerta que daba al callejón. Estaba cerrada con llave; y cerca de allí, tirada en las losas, encontraron la llave, manchada ya de herrumbre.
—Esto no parece que se haya usado —observó el abogado.
—¡Usado! —repitió Poole—. ¿No ve usted, señor, que está rota? Como si alguien la hubiese pisoteado.
—Sí —continuó Utterson—, y las fracturas, además, están oxidadas. —Los dos hombres se miraron con espanto—. Esto escapa a mi comprensión, Poole —dijo el abogado—. Volvamos al gabinete.
Subieron la escalera en silencio y, sin dejar de lanzar de vez en cuando una mirada de espanto al cadáver, procedieron a examinar más detenidamente el contenido del gabinete. En una mesa había restos de labores químicas: varios montoncitos medidos de una sal blanca dispuestos en platillos de cristal, como para un experimento en el que el desdichado hubiese sido interrumpido.
—Esa es la misma droga que yo le traía siempre —dijo Poole; y en el momento mismo en que hablaba, la tetera rompió a hervir y se desbordó con un ruido alarmante.
Esto los llevó junto a la chimenea, donde el sillón estaba cómodamente arrimado y el servicio de té dispuesto al alcance de la mano de quien se sentara, con el azúcar puesto ya en la taza. Había varios libros en un estante; uno de ellos yacía abierto junto al servicio de té, y Utterson se asombró al descubrir que era un ejemplar de una obra piadosa por la que Jekyll había manifestado repetidas veces una gran estima, anotada de su propio puño y letra con blasfemias espeluznantes.
A continuación, en el curso de su inspección de la estancia, los pesquisidores llegaron ante el espejo de cuerpo entero, a cuyas profundidades miraron con un horror involuntario. Pero estaba orientado de tal modo que no les mostraba sino el resplandor rosado que jugueteaba en el techo, el fuego centelleando en un centenar de reflejos a lo largo del frente acristalado de las vitrinas y sus propios rostros, pálidos y temerosos, inclinándose para mirar.
—Este espejo ha visto cosas bien extrañas, señor —susurró Poole.
—Y a buen seguro ninguna más extraña que él mismo —repitió el abogado en el mismo tono—. Porque ¿para qué iba Jekyll...? —se interrumpió con un sobresalto al pronunciar aquella palabra y luego, sobreponiéndose a su debilidad—: ¿Para qué podía Jekyll quererlo? —dijo.
—¡Bien puede decirlo! —dijo Poole.
Luego se dirigieron a la mesa de trabajo. Sobre el escritorio, entre la pulcra disposición de papeles, había un sobre grande encima de todos, que llevaba, de puño y letra del doctor, el nombre del señor Utterson. El abogado rompió el sello y varios pliegos cayeron al suelo. El primero era un testamento, redactado en los mismos términos excéntricos que aquel que había devuelto seis meses antes, para servir de testamento en caso de muerte y de acta de donación en caso de desaparición; pero en lugar del nombre de Edward Hyde, el abogado leyó, con indescriptible asombro, el nombre de Gabriel John Utterson. Miró a Poole, luego de nuevo el papel y, por último, al malhechor muerto tendido sobre la alfombra.
—La cabeza me da vueltas —dijo—. Ha estado todos estos días como dueño de todo; no tenía motivos para apreciarme; debió de enfurecerse al verse desbancado; y no ha destruido este documento.
Recogió el siguiente papel; era una breve nota de puño y letra del doctor y fechada en el encabezamiento. —¡Oh, Poole! —exclamó el abogado—, estaba vivo y aquí hoy mismo. No pueden haberse deshecho de él en tan poco tiempo; ¡debe de seguir vivo, debe de haber huido! Y entonces, ¿por qué huir? ¿Y cómo? Y en tal caso, ¿podemos arriesgarnos a declarar esto un suicidio? ¡Oh, debemos tener cuidado! Preveo que aún podríamos envolver a su amo en alguna catástrofe espantosa.
—¿Por qué no lo lee, señor? —preguntó Poole.
—Porque tengo miedo —respondió el abogado con solemnidad—. ¡Quiera Dios que no tenga motivos para ello! Y dicho esto, se acercó el papel a los ojos y leyó lo siguiente:
—Mi querido Utterson: Cuando esto caiga en tus manos, habré desaparecido; en qué circunstancias, no tengo la perspicacia de preverlo, pero mi instinto y todas las circunstancias de mi innombrable situación me dicen que el fin es seguro y habrá de ser pronto. Ve, pues, y lee primero la narración que Lanyon me advirtió que pondría en tus manos; y si deseas saber más, pasa a la confesión de
—Tu indigno y desdichado amigo,
Fin del Episodio 10 · de 15
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