El juicio de los sellos
~4 min · 836 palabras
El Salón del Solio de la Real Chancillería de Burgos estaba abarrotado por los cincuenta grandes del reino, los oidores togados de la Real Audiencia y los delegados de los gremios comunales de mercaderes y bataneros. Bajo el artesonado mudéjar dorado con pan de oro fino, el virrey presidía el tribunal sobre un sitial de terciopelo carmesí flanqueado por guardias con corazas bruñidas y alabardas en posición de saludo.
Don Beltrán de Vivar ocupaba el estrado de la acusación con su gran toga de archicanciller ribeteada de armiño blanco y la gran cadena de eslabones de oro macizo sobre el pecho. En sus manos sostenía el decreto de confiscación contra los molinos de Valdelobos, listo para estampar el gran sello de plomo de la corona que legalizaría la ruina y el destierro de tres mil familias campesinas.
—Señor —proclamó don Beltrán con una voz engolada que llenaba la bóveda de ecos solemnes—, los labradores y molineros del norte han incurrido en desacato y traición manifiesta, negándose a satisfacer las rentas debidas a la corona para financiar la pacificación de Oakhaven. Pido que se promulgue el bando de embargo y se entreguen las tierras comunales a los procuradores reales y a los acreedores de la corona.
Varios nobles y oidores afines al canciller asintieron con murmullos aprobatorios, acariciando las empuñaduras doradas de sus espadines toledanos con arrogancia cortesana.
Tomás de la Torre aguardaba al pie del estrado con su humilde casaca de pasante, custodiando el atril de los documentos oficiales con la compostura de un hombre que sabe que su cuello está a un centímetro de la cuchilla del verdugo.
El virrey tomó la pluma de ganso para rubricar la sentencia de ruina. Pero antes de que el cañón tocara el pergamino extendido sobre la mesa de nogal, las puertas gemelas del fondo del salón se abrieron de par en par con un estrépito que hizo callar de golpe a los heraldos y a los letrados.
Beatriz de Vivar entró en el Salón del Solio sola, sin séquito de dueñas ni escolta armada. Vestía un traje de luto riguroso de paño castellano, sin perlas ni aderezos cortesanos, y sostenía en alto un pliego de vitela enrollado con cintas de cáñamo negro.
—¡Ese decreto no puede ser rubricado, alteza! —anunció su voz, clara, firme y cortante como un golpe de campana de bronce al mediodía.
Un murmullo de estupor e incredulidad sacudió a los cortesanos. Don Beltrán palideció hasta parecer un cadáver amortajado bajo el peso de su propia toga.
—¡Hija, retiraos a vuestros aposentos inmediatamente! —bramó el canciller, temblando de ira y bochorno—. Este es un tribunal de justicia del reino, no un estrado para caprichos domésticos ni rebeldías familiares.
—Es precisamente un tribunal de justicia, padre, y por eso he venido a denunciar al mayor traidor del reino ante sus propios pares —replicó ella, avanzando por la nave central alfombrada hasta detenerse junto al atril de Tomás.
Beatriz desplegó el pergamino recuperado del arca siete y lo extendió con ademán enérgico ante los ojos atónitos del virrey y del fiscal general de la corte.
—Aquí está la orden secreta que mi padre redactó con su propio puño y letra para prender fuego a los molinos de Valdelobos y culpar a los rebeldes boreales. Y aquí están los recibos sellados de los banqueros de Amberes que demuestran que don Beltrán desvió cien mil ducados de las rentas imperiales a sus cuentas privadas en Flandes para enriquecer a su casa a costa de la miseria del pueblo. Y si vuestra alteza duda de su mano, que pida al príncipe de Oakhaven la orden de invasión que mi primo Íñigo sacó de este mismo archivo hace un mes. La firma es la misma.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan absoluto y sobrecogedor que se escuchó con nitidez el aleteo de un gorrión atrapado en las vigas del techo mudéjar.
El fiscal general examinó la rúbrica de don Beltrán con una lente de aumento holandesa, comparándola con los asientos oficiales del libro mayor que Tomás le entregó con una reverencia serena y respetuosa.
—La firma es auténtica, señor —sentenció el fiscal con una gravedad sepulcral que heló la sangre de los presentes—. Y los desfalcos coinciden al maravedí con las pólizas fraudulentas de embargo.
Don Beltrán retrocedió trastabillando contra el dosel de terciopelo del estrado, buscando desesperadamente el apoyo de sus capitanes, pero los oficiales de la guardia imperial bajaron las picas y le cerraron el paso con rostros de granito.
—Guardias —ordenó el virrey con una frialdad implacable que no admitía apelación—. Despojad a don Beltrán de Vivar del collar de la orden y conducidlo a la torre de San Juan en calidad de reo de alta traición al reino.
Mientras los alabarderos desarmaban al archicanciller derrotado y le arrebataban la cadena de oro, Beatriz y Tomás cruzaron una mirada limpia en medio del tumulto de la corte. Nadie se fijó en ellos. Por primera vez en un mes, no hacía falta esconderse.
Fin del Episodio 7 · de 8
El juicio de los sellos
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.