La firma de los libres
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El sol de primera hora de la mañana doraba los chopos centenarios que bordeaban las márgenes del río Arlanzón, disipando la bruma densa que durante semanas se había aferrado a los puentes de piedra de Burgos como una mortaja de humedad. En las plazas bajas del mercado del trigo, los arrieros cargaban sus recuas de mulas sin el peso asfixiante de los aranceles confiscatorios que la cancillería imperial había impuesto durante generaciones.
Tres días después del histórico juicio en el Salón del Solio, el virreinato había firmado la provisión real definitiva: la restitución absoluta de las tierras comunales a los labradores de Valdelobos, la quema pública de los pagarés usureros en la plaza mayor y el reconocimiento de la soberanía legal de las cartas notariales expedidas por el gremio de escribanos.
Tomás de la Torre aguardaba junto al portillo de San Juan, apoyado en el pretil del muelle fluvial mientras sujetaba las riendas de dos caballos de marcha ensillados con mantas de lana parda. Llevaba una capa de viaje nueva de paño resistente y su bolsa de cuero con las plumas de ganso, la piedra pómez y los tinteros de viaje de cuerno que su padre le había legado antes de morir.
El sonido acompasado de unos pasos ligeros sobre el empedrado mojado lo hizo volverse con el corazón palpitando de gozo.
Beatriz de Vivar caminaba hacia él vestida con una saya sencilla de paño verde monte y una capa con capucha ribeteada de piel de nutria que ondeaba con la brisa matutina. No llevaba perlas ni el gran sello de la cancillería que su padre había codiciado con tanta soberbia y crueldad; en su mano derecha sostenía un zurrón de lona encerada donde guardaba los códices jurídicos que ella misma había copiado a mano durante sus noches de estudio clandestino.
—El consejo de los Grandes de Castilla me ha ofrecido la regencia del archivo general de la corona —dijo ella, deteniéndose ante Tomás con una sonrisa limpia y radiante que iluminaba sus ojos de ámbar oscuro—. Dicen que ninguna otra persona en el reino entiende los libros de cuentas ni sabe desenredar las intrigas fiscales tan bien como yo.
Tomás la miró con infinita ternura, sintiendo que el peso de los años de persecución y cautiverio se disolvía por completo bajo el sol de la mañana.
—¿Y qué les ha respondido, doña Beatriz?
—Les he dicho que un archivo subterráneo lleno de sentencias de muerte no es un hogar para una persona viva —respondió ella, dando un paso adelante y tomando las riendas del segundo caballo con naturalidad—. Les he dicho que prefiero redactar ordenanzas de libertad y paz en un molino del río grande antes que pasar el resto de mis días sellando perdones complacientes para nobles corruptos.
Tomás sonrió con esa calidez franca que había aprendido en los valles del sur. Despacio, sin sombra de prisa ni protocolo, tomó la mano derecha de Beatriz y la acercó a sus labios con devoción, besando los dedos manchados de tinta de nogal que tantas veces habían desafiado a los poderosos con la fuerza de la ley justa.
—Mi hermana Irene y el príncipe Fadrique nos esperan en Oakhaven antes de que caigan las primeras nieves de otoño sobre la cordillera —dijo Tomás, acariciando la crin de su caballo—. Dicen que una capitana de Oakhaven ha roto la cadena de los barones en el vado de los Molinos y que el trigo ya sube por el camino de sirga sin pagar a nadie.
—Entonces será mejor que no los hagamos esperar —contestó ella, montando sobre la silla de cuero con la soltura y la determinación de quien ha decidido no volver a mirar atrás hacia las celdas del pasado.
Juntos, espolearon los caballos y cruzaron el puente gótico de San Pablo al trote firme, dejando atrás para siempre las agujas de piedra de la catedral y la sombra sofocante de la chancillería imperial. El río Arlanzón corría crecido y limpio bajo los arcos, reflejando el azul intenso de un cielo despejado que prometía una primavera duradera.
Al llegar al otro lado del puente, Beatriz se volvió una sola vez hacia la torre de San Juan, donde su padre esperaba juicio. No dijo nada. Tomás tampoco. Hay cosas que no se arreglan con un asiento en un libro, y los dos lo sabían.
En el primer mesón del camino real, el posadero les pidió los nombres para el libro de viajeros. Tomás dudó, por costumbre. Beatriz tomó la pluma y escribió los dos con letra clara: Tomás de la Torre. Beatriz de Vivar. Debajo, como hacen los escribanos cuando un asiento importa, añadió la fecha y una rúbrica.
—Es la primera vez en un mes que firmo con mi nombre —dijo él.
—Ve acostumbrándote —dijo ella, soplando la tinta—. A partir de ahora vas a firmar mucho.
Fin del Episodio 8 · de 8
La firma de los libres
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