El escribano del virrey·Episodio 06

Un juramento sobre plomo

~4 min · 818 palabras

El resplandor anaranjado de la tea bajó por la escalera de caracol proyectando sombras desmesuradas contra los arcos fajones del archivo general. Dos alabarderos de la guardia personal de Don Beltrán entraron en la galería baja con las picas en ristre, los morriones calados y las dagas desenvainadas a media empuñadura.

Tomás apagó la linterna sorda de un golpe seco con la palma de la mano enguantada. Sin perder una fracción de segundo, tomó a Beatriz por la muñeca y la empujó hacia un hueco estrecho abierto entre la hilera de arcas de ciprés y el muro maestro de piedra caliza, un nicho de sillería donde los antiguos monjes de la catedral guardaban los cirios pascuales y las tablas de difuntos.

El espacio era tan reducido que sus cuerpos quedaron pegados de la cabeza a los pies en una proximidad abrasadora. El pecho de Tomás sentía la respiración agitada y caliente de Beatriz, y la tela de seda verde de su vestido crujía con cada leve latido contra las calzas de paño áspero del escribano. En la penumbra absoluta del sótano, el olor a lavanda de la muchacha y el sudor frío de los guardias se mezclaba con el polvo sofocante de su encierro.

—Revisad los cerrojos de las tres arcas del fondo —ordenó la voz ronca de un sargento desde el corredor central—. El canciller dice que ha visto sombras en la galería norte y no quiere sorpresas ni papeles extraviados antes de la gran audiencia de mañana.

Las puntas de hierro forjado de las alabardas golpearon las losas de piedra a escasos palmos de su escondite. Una bota pesada pateó con violencia la esquina del arca número seis, haciendo temblar los remaches y desprendiendo una nube de cal seca del techo.

Tomás rodeó la cintura de Beatriz con su brazo izquierdo para mantenerla pegada contra su costado y evitar que el menor roce de su falda delatara su presencia ante las antorchas. En su mano derecha apretaba la lezna de zapatero con nudillos blancos, listo para hundir el acero en el cuello del primer soldado que asomara el rostro por el recodo.

Beatriz alzó la cabeza en la oscuridad más densa. Sus labios quedaron a apenas dos centímetros de la boca de Tomás. Podía sentir el calor febril de su aliento y el latido violento de su pulso golpeando contra su propia garganta como un tambor de guerra.

◇

El sargento maldijo entre dientes tras probar con un tirón seco los candados de hierro del arca número siete.

—Todo en orden, cabo. Solo son las ratas que suben del río con la marea de la tarde. Vámonos arriba antes de que el maestresala eche la llave a las bodegas de la tropa.

El eco de los pasos ferrados se alejó despacio por los peldaños de la escalera de caracol, seguido por el chirrido metálico de la verja de bronce al cerrarse con doble vuelta desde el rellano superior. El resplandor rojizo de la antorcha se extinguió, dejando el sótano sumido de nuevo en una negrura absoluta y mineral.

Ninguno de los dos se atrevió a moverse durante largos minutos.

Arriba, muy lejos, la campana de Santa María dio los cuartos, y luego la media, y ninguno de los dos los contó.

A pesar de que el peligro inmediato se había desvanecido en la noche, Tomás no retiró el brazo de la cintura de Beatriz. La sentía temblar suavemente entre sus brazos, no por el frío de las piedras seculares, sino por la conmoción violenta de haber contemplado de cerca el cadalso.

—Se han marchado —susurró Tomás, con los labios rozando la piel ardiente de su sien.

—Lo sé —respondió ella en un suspiro entrecortado. Pero en lugar de apartarse o recuperar la distancia que exigía su cuna, sus dedos subieron por la solapa del jubón de Tomás, enredándose con fuerza en el cuello de su camisa de lino con una urgencia que ya nada tenía de prudencia cortesana.

Beatriz alzó el rostro en la oscuridad y unió su boca a la de él.

Fue un beso torpe al principio, de dos personas que llevaban días pensando en cualquier otra cosa para no pensar en esa, y luego dejó de ser torpe. Tomás soltó la lezna, que cayó sobre el serrín sin hacer ruido, y la estrechó contra su pecho sin acordarse ya de qué apellido llevaba cada uno.

La boca de Beatriz sabía a menta silvestre, a vino dulce y a salitre; sus uñas se clavaron en los hombros anchos de Tomás mientras su cuerpo cedía por completo contra el de él en el refugio de la hornacina de piedra caliza.

Cuando se separaron para recobrar el aliento, sus frentes permanecieron unidas en la penumbra húmeda.

—Si salimos vivos de este sótano —susurró ella—, mañana subo al estrado. Delante de él.

—Subimos los dos —respondió él—. Yo llevo los libros. Tú llevas la voz.

Fin del Episodio 6 · de 8

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