El escribano del virrey·Episodio 05

El sótano de las pólizas

~4 min · 886 palabras

El sótano de las pólizas reservadas se encontraba excavado tres varas por debajo del nivel de las bodegas de la cancillería, en una galería estrecha donde las filtraciones de salitre dibujaban vetas blanquecinas sobre el ladrillo mudéjar. Allí no bajaban los escribientes ordinarios; solo los tres cancilleres mayores tenían derecho a girar la pesada tranca de bronce que cerraba la verja ferrada.

Tomás sostenía la linterna sorda contra su pecho, dirigiendo el fino haz de luz amarilla hacia las arcas de ciprés numeradas con guarismos romanos. El olor a naftalina, a madera vieja y a cera de abejas era tan denso que costaba respirar sin toser. En las rendijas de las paredes goteaba un agua turbia que alimentaba los pozos de las tintorerías del gremio de curtidores.

Beatriz avanzaba a su lado con paso felino y resuelto, recogiendo la falda de su brial para no arrastrarla por el suelo polvoriento. Llevaba en la mano una ganzúa de acero templado que su tío materno, un viejo capitán de galeras de la armada de Nápoles, le había regalado en su decimosexto cumpleaños, enseñándole que una mujer en la corte necesita herramientas más eficaces que los abanicos de seda.

—El arca número siete —susurró ella, señalando un cofre reforzado con tres bandas de hierro claveteado con remaches de bronce—. Ahí es donde mi padre guarda las cartas de agravio, los pactos secretos con los banqueros y las pólizas que no pueden pasar por los registros públicos de la audiencia real.

Tomás se arrodilló sobre las losas frías. Con la pericia paciente adquirida durante sus años de aprendiz en los talleres de cerrajería y molienda de Valdelobos, introdujo la ganzúa en el ojo de la cerradura. El mecanismo era un ingenio flamenco de tres pestillos cruzados; Tomás contuvo el aliento, sintiendo a través de la varilla de metal el salto milimétrico de las guardas de hierro.

Con un chasquido sordo que resonó en la bóveda como un disparo contenido, la tapa del cofre cedió.

En el interior, ordenados por legajos atados con cintas de cáñamo negro y sellados con lacre escarlata, reposaban los pagarés que mantenían encadenada a media comarca. Tomás sacó con reverencia un fajo de pliegos sellados con el escudo de armas personal del virrey y las armas de los Vivar.

Al desatar la cinta de cáñamo y desplegar la primera hoja de vitela, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. No eran órdenes ordinarias de recaudación de alcabalas; era la instrucción reservada firmada por don Beltrán para que una compañía de mercenarios alemanes prendiera fuego a los molinos de harina de Valdelobos durante la noche de San Juan, atribuyendo el incendio a una incursión de bandoleros de las montañas boreales de Oakhaven.

◇

Beatriz leyó el documento por encima del hombro de Tomás, y un temblor de náusea y furia le tensó los tendones del cuello hasta dejarla sin habla.

—Iban a quemar vivos a los molineros en sus propios talleres —murmuró ella, con una voz que vibraba con un desprecio insoportable—. Para que los banqueros de Génova pudieran reclamar la propiedad de las aguas y forzar al virrey a concederles el monopolio del pan de todo el reino durante veinte cosechas.

—Tu padre no es un servidor de la corona, Beatriz —dijo Tomás, doblando el pliego con manos firmes y calmas para guardarlo bajo su jubón de paño—. Es un prestamista con toga que juega a la guerra con la sangre ajena para tapar los agujeros de su propio libro de cuentas.

—Ese papel es su sentencia de muerte si llega a manos del tribunal de los Grandes de Castilla —respondió ella, mirando a Tomás con una mezcla de pavor y admiración salvaje—. Pero no podemos sacarlo por la puerta principal del palacio. Las guardias del patio revisan hasta los cestos de la colada desde que el correo trajo las noticias del norte.

—Hay otra salida que tu padre no conoce —dijo Tomás, recordando los mapas hidrográficos que su padre le había hecho copiar de memoria cuando era un muchacho en el taller de Burgos—. El desagüe de las tintorerías comunica el sótano del archivo con el colector del río Arlanzón. Si logramos llegar a la compuerta baja antes del alba, podré entregar este pliego al procurador del común y a los jueces de la audiencia.

Beatriz lo miró a los ojos en la penumbra dorada de la linterna. Por primera vez desde que se conocieron en la sala de escribanos, la altiva heredera de los Vivar dio un paso hacia él y apoyó la palma de su mano tibia sobre el pecho de Tomás, justo sobre el lugar donde el pergamino acusador latía contra sus costillas.

—No irás solo a ese río, Tomás de la Torre. Esta infamia la firmó mi propia sangre, y seré yo quien suba al estrado del virrey para romper el sello ante todos los oidores.

Tomás cubrió la mano de Beatriz con la suya, sintiendo la electricidad y la firmeza de aquel juramento sellado en lo más hondo de las entrañas de la tiranía imperial.

De repente, el crujido inconfundible de una bota ferrada sobre los peldaños superiores de la escalera paralizó el aire de la galería subterránea.

Alguien bajaba con una antorcha encendida y el sonido metálico de vainas de espada chocando contra los muros de piedra.

Fin del Episodio 5 · de 8

El sótano de las pólizas

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