El escribano del virrey·Episodio 02

Cera roja en la penumbra

~4 min · 846 palabras

Las criptas del archivo general se extendían bajo los cimientos de la catedral de Burgos como un laberinto de piedra caliza donde descansaban dos siglos de pleitos, sentencias y confiscaciones. El aire olía a moho de pergamino viejo, a humedad subterránea y a cera derretida con resina de pino.

Tomás descendió la escalera de caracol pisando sobre la punta de sus botas desgastadas, protegiendo con el brazo el mamotreto de los censos septentrionales. En su cinto llevaba una lezna de zapatero afilada en piedra de molino, el único hierro con el que pensaba defenderse si doblaba una esquina y encontraba una escuadra de alabarderos esperándolo en la penumbra.

A cada paso, el eco sordo del agua de los pozos profundos recordaba la cercanía del río subterráneo que alimentaba las fuentes del palacio. La penumbra del pasillo bajo solo estaba rota por el reflejo mortecino de una linterna sorda apoyada sobre un arca de roble ferrado. Detrás de una columna de fuste grueso, una silueta esbelta se recortó contra las sombras húmedas.

—Camina despacio y suelta el libro sobre la mesa —dijo una voz baja, dulce pero templada como el acero toledano.

Beatriz de Vivar salió de la oscuridad con una capa corta de paño negro sobre los hombros. En su mano derecha no llevaba un abanico de plumas; sostenía un estilete de plata con empuñadura de nácar, apuntando con pulso firme al hueco entre la clavícula y el cuello de Tomás.

—Sé quién no eres —susurró ella, acercándose hasta que el calor de su respiración rozó la mandíbula del muchacho—. Gabriel de Soria tenía letra de mulo y murió en Pancorbo con las cuentas del diezmo sin cuadrar. Tú escribes como escribían los maestros del Consulado hace veinte años. Y has venido a meter la cabeza en la boca del león burgalés por algo que hay en esos libros.

Tomás no retrocedió ni un paso. La punta de plata del estilete llegó a rozar el cuello de su camisa de lino basto, pero él mantuvo sus ojos fijos en los de ella con una serenidad que desarmaba.

—Si quisiera matarme, señora, no se habría tomado la molestia de citarme en un sótano sin testigos —respondió Tomás con calma áspera—. Le bastaba con llamar a la guardia en la sala de escribanos.

Beatriz bajó el arma un centímetro, dibujando en sus labios una sonrisa tenue y amarga que revelaba un cansancio acumulado de años.

—Mi padre es un necio que cree que los reinos se gobiernan con horcas y decretos de monopolio —dijo ella, señalando las estanterías repletas de legajos apilados hasta la bóveda gótica—. Mira a tu alrededor, escribano. El virreinato está en bancarrota absoluta. Los tercios que marcharon al norte no han cobrado sus pagas desde el invierno pasado; los banqueros de Flandes se niegan a prestar un solo ducado más.

Tomás la miró con recelo, tratando de descifrar la trampa que se ocultaba tras aquellas confesiones de alta traición.

◇

—¿Y qué busca de mí, doña Beatriz? —preguntó Tomás—. ¿Un testigo falso para exculpar a su linaje cuando caiga la regencia?

—Busco lo mismo que tú: que las arcas reales no se alimenten de la sangre de los campesinos inocentes —dijo ella, guardando el estilete en una vaina de terciopelo cosida al forro de su manga—. Mi padre ha preparado una orden falsa con la firma del virrey para confiscar todas las cosechas del valle del río grande antes del equinoccio. Va a acusar a los molineros de contrabando con los clanes de Oakhaven para justificar la quema de sus graneros y transferir las tierras a sus prestamistas.

Tomás sintió una llamarada de ira subirle por el pecho.

—Esos graneros alimentan a tres mil familias, incluida la mía.

—Lo sé. Y por eso necesito que falsifiques un duplicado exacto del libro mayor de rentas antes del viernes. Si alteramos los registros con rúbricas notariales que nadie distinga de las verdaderas, el tribunal de la Real Chancillería declarará nulo el embargo.

—¿Me pide que cometa delito de lesa majestad en las mismas narices de su padre?

—Te pido que salvemos a tu gente antes de que mi padre los degüelle para tapar sus propios desfalcos —replicó ella, dando un paso adelante hasta quedar a un palmo de su rostro. Sus ojos de ámbar brillaban con una intensidad febril que rozaba la devoción—. Y si nos descubren, Tomás, te aseguro que arderemos en la misma pira.

Tomás sostuvo su mirada en el silencio gélido de la cripta. Extendió la mano derecha, mostrando los dedos manchados de tinta de nuez.

—Trato hecho, señora. Pero en este obrador las órdenes las redactamos entre los dos sin títulos ni jerarquías.

Beatriz estrechó su mano sin vacilar un segundo. La piel de ella estaba fría, suave pero sorprendentemente firme y encallecida por la pluma. Al sellar aquel contacto prohibido en la penumbra, ambos supieron que habían cruzado una frontera de la que ningún perdón regio podría rescatarlos con vida.

—¿Y tu nombre? —preguntó ella.

—Gabriel de Soria.

Beatriz sonrió apenas, por primera vez esa noche.

—Como quieras, Gabriel.

Fin del Episodio 2 · de 8

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