El escribano del virrey·Episodio 01

La tinta del usurpador

~4 min · 858 palabras

El olor a cera virgen y cuero curtido de la Real Cancillería de Burgos pesaba en el ambiente como el bochorno previo a una tormenta de pedrisco. En las altas galerías abovedadas, sesenta escribanos inclinaban la cerviz sobre pupitres de nogal negro, rascando el papel de trapo con plumas de ganso que chirriaban al unísono como cigarras de hierro.

Tomás de la Torre llevaba puestas las calzas pardas y el jubón raído de Gabriel de Soria, un pasante del tribunal de diezmos que había muerto de fiebres catarrales en una posada del camino real dos semanas atrás. En la faltriquera de Tomás descansaba la carta de presentación con el sello eclesiástico falsificado por él mismo durante las noches de vigilia en los molinos de Valdelobos.

Nadie en aquella sala de burócratas engreídos reconocía en su rostro tostado por el viento boreal al prisionero que hasta el invierno había dormido en los fosos de Oakhaven. Para ellos, era solo una mano más diestra en trazar letra procesal y sumar columnas de maravedíes sin levantar la mirada del renglón. Su padre le había enseñado en el viejo taller junto al puente de San Pablo que un buen escribano debe parecer invisible: una sombra que fija la palabra de los poderosos sin emitir juicio alguno.

—El señor fiscal exige los libros de alcabalas de la merindad del norte antes de que las campanas de Santa María doblen a vísperas —dijo el oficial mayor, arrojando sobre el pupitre de Tomás un mamotreto encuadernado en becerro con herrajes de latón deslustrado por el uso constante.

Tomás abrió el volumen despacio. La encuadernación crujió como una juntura de huesos secos. Mientras sus ojos recorrían las cuentas de grano y peajes de paso, la sangre se le heló en las sienes. No era un simple registro de cobros: era un mapa detallado del expolio planificado contra su propia comarca.

En los márgenes, con tinta encarnada y rúbrica apresurada, constaban las órdenes secretas para triplicar los censos de los molinos de harina en cuanto comenzara la siega. El objetivo de la corona no era recaudar tributos legítimos; era forzar la quiebra forzosa de los labradores libres para transferir las escrituras de propiedad a los banqueros genoveses que financiaban los cañones del virrey.

Tomás apretó la pluma entre sus dedos encallecidos con tanta fuerza que el cañón de ave crujió. Conocía cada nombre anotado en aquellas listas: eran sus vecinos, los herreros que forjaban las rejas de los arados y las viudas que dependían de la harina molida sin diezmo para alimentar a sus hijos.

◇

Al levantar la vista para mojar el cálamo en el tintero de cuerno, Tomás se topó con una mirada que lo desarmó al instante.

Al otro lado de la reja dorada que separaba la sala de los pasantes del estrado de los letrados mayores, una mujer joven lo observaba con una fijeza implacable. Vestía un brial de terciopelo verde botella con botonadura de azabache y llevaba el cabello castaño recogido en una redecilla de perlas menudas que brillaban con la luz cenicienta del ventanal.

Era doña Beatriz de Vivar, la única hija del gran canciller don Beltrán. En los mentideros de la corte se decía que su padre la mantenía en la cancillería no como dama de compañía, sino como el cerebro secreto que revisaba cada cédula imperial antes de estampar el gran sello de plomo.

Beatriz sostenía en su regazo un rollo de vitela con anotaciones al margen. Sus ojos, del color del ámbar oscuro, no examinaban la vestimenta humilde de Tomás; miraban con atención quirúrgica el movimiento de su muñeca izquierda al trazar las ligaduras de la letra, reconociendo un ritmo que no pertenecía a los escribanos adocenados de la audiencia.

Tomás disimuló el pulso y volvió a inclinar la cabeza sobre el folio, trazando un asiento ficticio con caligrafía impecable. Pero supo de inmediato que la máscara comenzaba a agrietarse: aquella mujer no miraba como miran los nobles a los siervos; miraba como un lebrel que acaba de oler la pólvora en el dobladillo de una sotana.

Cuando la campana mayor dio la sexta hora, Beatriz se levantó de su sitial con movimientos pausados y aristocráticos. Al pasar junto al pupitre de Tomás camino de las estancias privadas de su padre, dejó caer con aparente descuido un pañuelo de batista bordado con el escudo de los Vivar.

Tomás esperó con paciencia de piedra a que la sala quedara vacía de oficiales y aprendices. Se agachó para recoger la prenda y descubrió, prendida con un alfiler de plata en el encaje, una tira diminuta de papel secante con una frase escrita con tinta violeta fresca:

«Gabriel de Soria murió el miércoles de ceniza en Pancorbo. Si mañana a medianoche no está en el archivo bajo con el libro de censos, los alabarderos de la guardia no se molestarán en llevarlo a juicio.»

Tomás apretó el papel contra la palma de su mano, sintiendo el latido desbocado de su pecho en la soledad del claustro silencioso, Mañana a medianoche. No sabía si era una trampa o una invitación, y en la Chancillería de Burgos solían ser lo mismo.

Fin del Episodio 1 · de 8

La tinta del usurpador

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