El baile de los acreedores
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El palacio de la Capitanía General resplandecía bajo la luz de quinientas velas de cera blanca engarzadas en arañas de cristal de Bohemia. El aire tibio olía a almizcle importado, perfume de azahar y vino especiado servido en copas de plata repujada por criados vestidos de librea púrpura.
La flor y nata de la nobleza del virreinato se reunía con motivo del aniversario de la coronación imperial: condes arruinados con jubones recamados en oro falso, oidores de la audiencia con togas de damasco y mercaderes genoveses que paseaban sus pagarés como si fueran condecoraciones de guerra ganadas en Flandes.
Tomás vestía una casaca de terciopelo pardo prestada por un letrado amigo de su padre, con el cuello de encaje almidonado que le rozaba la nuez de la garganta como una soga incómoda. Su presencia en el sarao formaba parte del plan: había sido convocado oficialmente como ayudante de protocolo para llevar el registro de las donaciones patrióticas que los magnates entregaban para sostener la guerra del norte.
Don Beltrán de Vivar presidía el salón mayor desde un estrado alfombrado, conversando en voz baja con el legado de Roma y dos capitanes de los tercios de infantería. El archicanciller lucía un semblante sombrío; las noticias de Oakhaven —el golpe del archiduque Morvath sofocado, el príncipe Fadrique otra vez en su trono y el contrato de su falsa prometida hecho pedazos delante de toda la corte— habían llegado con el correo del mediodía, amenazando con desmoronar su prestigio ante el consejo del virrey.
Los violines y las chirimías arrancaron los primeros compases de una pavana solemne que pronto dio paso a un vals cortesano traído recientemente de las cortes italianas, cuyo ritmo envolvente invitaba a las parejas a tomar el centro de la pista.
Beatriz cruzó la pista entre una nube de sedas carmesíes y abanicos de concha. Llevaba un vestido de raso plateado con brocados de escarcha bordados en los hombros, un desafío deliberado a la derrota de su padre en el norte. Sus ojos buscaron a Tomás entre los servidores de la galería baja.
Con un gesto altivo y natural que no admitía réplica, doña Beatriz declinó la invitación de tres hidalgos de la guardia ducal y avanzó directamente hacia el rincón donde Tomás fingía revisar un rollo de vitela con nombres de donantes.
—El oficial mayor me ha informado de que el nuevo pasante sabe bailar con decoro —dijo ella en voz alta, para que los oídos curiosos de las dueñas no sospecharan nada indebido—. Acompáñeme a la pista, don Gabriel; la corte necesita ver que la cancillería premia la diligencia de sus letrados.
Tomás inclinó la cabeza con una reverencia impecable, tomó la mano enguantada de Beatriz y la guió hacia el centro del gran salón.
Al juntar sus cuerpos en la primera cadencia del vals, la música pareció desvanecerse en un murmullo lejano. Tomás rodeó la cintura de Beatriz con su brazo derecho; bajo la seda pesada del corpiño sintió la tensión eléctrica de su cuerpo y el roce rígido de una llave de hierro forjado escondida entre los pliegues de la faltriquera secreta.
—Mi padre tiene la llave del arca mayor en la manga de su sobreveste —susurró ella sin mover apenas los labios, manteniendo una sonrisa impecable para las damas de honor que los observaban desde los palcos dorados—. Esta noche ordenará trasladar las escrituras originales al cuartel de la guardia para sellar el embargo.
—Tengo la copia con las enmiendas lista en mi celda —respondió Tomás, haciéndola girar con una firmeza que arrancó murmullos de admiración entre los oficiales de guardia—. Pero necesito entrar en la cámara de los sellos antes de que comience el relevo de la guardia.
Beatriz se acercó a su pecho en el siguiente compás. Su mejilla rozó la tela de la casaca de Tomás, y un perfume limpio a menta silvestre y papel seco inundó los sentidos del muchacho, eclipsando el hedor a perfume cortesano de la sala.
—La llave maestra está en mi mano izquierda —susurró ella, deslizando un cilindro de bronce frío contra la palma de Tomás en el momento exacto en que sus dedos se entrelazaban en el remate del giro—. Si te atrapan, diré que me la robaste del tocador.
—No me atraparán, mi señora —dijo Tomás, cerrando los dedos con fuerza sobre el metal caliente por el contacto de su cuerpo—. Y si caigo ante las picas de la guardia, su nombre no cruzará mis dientes ni aunque me arranquen las uñas con tenazas de fragua. Los escribanos de Valdelobos sabemos morir en silencio para que la verdad quede escrita.
Beatriz lo miró a los ojos. Durante un compás entero se le olvidó sonreír para las damas de los palcos, y Tomás vio debajo a una muchacha de veinte años muerta de miedo. Luego el vals terminó, la corte aplaudió y ella volvió a ser la hija del canciller.
Fin del Episodio 3 · de 8
El baile de los acreedores
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