La capitana y el encuadernador·Episodio 03

La cera de abeja y el meandro ciego

~4 min · 818 palabras

El temido Meandro del Lobo era el paso fluvial más peligroso y traicionero de todo el Valle de Oreb: una curva cerrada en herradura encajonada entre paredones verticales de caliza gris donde las corrientes encontradas del deshielo formaban remolinos furiosos capaces de tragar una gabarra cargada en cuestión de segundos. Hacia el mediodía, una cerrazón blanca e impenetrable bajó rodando desde las laderas boscosas, borrando ambas orillas y dejando a La Noria navegando a ciegas en medio de un mar de leche espesa que ahogaba cualquier punto de referencia.

—No alcanzo a ver la baliza de madera del cabo —dijo Lucía con la voz tensa como una maroma y los nudillos blancos de apretar la caña del timón—. El rumor sordo del agua está cambiando de tono bajo el casco; estamos derivando peligrosamente hacia la restinga de piedra oculta.

Simón se arrodilló en la toldilla de popa y protegió el atlas abierto con su propio capote para que la condensación no arruinara la vitela. En el folio del meandro, las líneas seguían cortándose en seco contra la vieja mancha de humedad, igual que esa mañana.

—Falta el rumbo del paso central —dijo él, examinando la vitela con su lente de relojero—. Pero bajo el grano hay un relieve brillante, casi invisible... Mi abuelo usaba zumo de cebolla blanca, alumbre y miel para los mensajes que tenían que burlar a los censores del rey.

◇

Sin vacilar un segundo, Simón tomó una vela gruesa de cera virgen de abejas de su caja de herramientas, la encendió bajo el resguardo de su sayo y acercó la llama a tres pulgadas de la superficie del pergamino, moviéndola con trazos circulares rápidos y constantes para que el calor no chamuscara las fibras animales del cuero.

Con el calor de la llama, una red de trazos dorados empezó a aparecer sobre el blanco de la vitela: flechas trazadas a mano y una leyenda en tinta simpática que decía: «Arrímate con valor a la peña del Fraile; el agua muerde y traga en el centro del cauce, pero besa mansa contra la roca viva».

—¡A babor todo lo que dé la caña, Lucía! —gritó Simón con toda la fuerza de sus pulmones, señalando hacia la sombra imponente del farallón que emergía de la niebla como un titán dormido—. ¡Arrímate al pie mismo del Fraile! Hay una contracorriente limpia de doce pies de fondo a dos varas del muro de piedra.

Cualquier otro patrón del puerto habría considerado una locura arrimar un barco con treinta toneladas de grano contra un risco vertical de caliza negra. Pero Lucía Ribes confió en la voz del encuadernador sin dudarlo. Metió la caña con todo el peso del cuerpo y obligó a la barcaza a rozar el musgo de la roca viva.

Durante tres latidos, el crujido de las defensas de cáñamo contra la piedra les rechinó en los dientes. Luego el remolino central pasó de largo por estribor, y La Noria entró, dócil, en la corriente recta del canal de salida.

Lucía soltó la caña despacio y se dejó caer en el banco de popa, respirando hondo; le temblaban los hombros y no conseguía abrir del todo los dedos, agarrotados de apretar el fresno. Simón se sentó a su lado y le echó sobre la espalda su capote seco de lana. Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. Detrás de ellos, el remolino del Lobo seguía girando en vacío, como un perro al que le han quitado el hueso.

—Un mapa no sirve para no perderse; sirve para saber qué rumbo tomar cuando la bruma te borra los ojos —dijo Simón en voz baja, retirándole con delicadeza un mechón de pelo húmedo de la frente.

Lucía apoyó la cabeza contra su hombro cansado, cerrando los ojos mientras el barco navegaba plácidamente hacia las aguas abiertas del valle.

—Gracias, Simón. Ningún hombre en este río me había mirado las manos como tú miraste ese mapa de vitela.

El eco cavernoso del agua golpeando los tajos de caliza resonaba como un trueno continuo en el fondo del desfiladero. Simón recordó las leyendas que los ancianos de Puerto Sauces contaban junto a las hogueras del muelle: decían que el capitán Damián había descubierto aquel paso secreto siguiendo a las nutrias salvajes durante una crecida de primavera que destruyó todos los puentes de madera del valle. Ahora, con el pergamino templado bajo la llama de la cera, la memoria de aquel viejo lobo de río volvía a la vida para salvar la barcaza de su nieta.

—Es que en tus manos al timón y en ese mapa está todo lo que merece la pena de este valle, Lucía —dijo él. Pero lo dijo mirando a popa, donde el agua del desfiladero había empezado a bajar parda y espesa: la riada de la luna nueva se había adelantado un día, y aún les quedaban once leguas hasta Puente Viejo.

Fin del Episodio 3 · de 4

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