El fondeadero de las estrellas de río
~4 min · 811 palabras
El atardecer del cuarto día abrió sobre los tres arcos de sillería de Puente Viejo una franja de cobre, añil y violeta. Cuando la proa negra de La Noria asomó por la última curva del río, la campanilla de la botica de Jacinta Durán saludó su llegada desde las barandillas del puente. En el muelle de carga, una docena de vecinos con carretillas y cuerdas esperaba para descargar los sacos de grano de otoño.
Lucía arrimó la barcaza con precisión y dejó que el casco de roble besara las defensas de paja trenzada del embarcadero sin una sacudida. Los estibadores lanzaron los cabos a los norayes de granito y aseguraron el barco con dos vueltas de ballestrinque.
—¡Treinta toneladas de centeno limpio entregadas a tiempo en la dársena! —gritó el capataz del puerto, anotando la carga en su tablilla, mientras el agua parda de la riada empezaba a lamer los peldaños del muelle—. Los hornos comunales de Elena Morán y Mateo Ruesta tienen grano para todo el invierno.
En la pequeña cabina de popa de la gabarra, iluminada por dos farolillos de latón que reflejaban sus destellos cálidos en el agua mansa del remanso, Simón cosía con esmero el pliego final del atlas recuperado. Había utilizado un hilo de cobre nuevo y una tira de vitela blanca en la que, durante las horas de navegación sosegada por el canal de los sauces, había dibujado las nuevas sondas del río junto con las anotaciones náuticas dictadas por Lucía.
Lucía entró en la cabina trayendo dos tazas humeantes de té negro aromático con miel silvestre de ribera y clavo de olor. Dejó las tazas sobre la mesa de cartas y se inclinó sobre el mapa recién terminado, apoyando la barbilla en el hombro del encuadernador. En el ángulo inferior derecho de la vitela, donde los cartógrafos antiguos solían dibujar una rosa de los vientos con coronas de oro, Simón había trazado una pequeña gabarra navegando bajo dos sauces entrelazados y una pluma de ave entrelazada con la rueda de un timón de barco.
—Has dejado varias páginas en blanco al final del cuaderno —dijo ella en voz baja, rozando el relieve del dibujo con la yema del dedo.
—Un buen cuaderno de navegación nunca se termina del todo, Lucía. Siempre hay un recodo nuevo, un canal oculto o una tormenta que necesita ser nombrada con tinta limpia.
Lucía lo miró a los ojos y dejó que la tibieza de la cabina y la calma del fondeadero le borraran la fatiga del río. Se sentó a su lado en el estrecho arcón de popa, tan cerca que Simón sintió el calor de su respiración y el olor a roble mojado y agua de río que la acompañaba a todas partes.
—La vida de un marinero de agua dulce es solitaria y dura, Simón. Siempre midiendo el calado con la pértiga, siempre temiendo que la niebla te engañe en la noche y te rompa el casco contra una peña.
—Haber navegado contra corriente hace que cualquier muelle compartido se sienta como un puerto definitivo —respondió él, tomándole la mano derecha y entrelazando los dedos sin prisa.
Lucía sonrió, esa sonrisa suya amplia y luminosa que parecía encender faroles en la oscuridad de la dársena, y apoyó su frente contra la de él con un suspiro de alivio.
—Entonces guarda tus leznas, tus reglas y tus hilos de cobre en la taquilla de popa, encuadernador. Porque La Noria tiene camarote doble y no pienso volver a soltar amarras si no estás tú a mi lado en la caña del timón.
Los marineros de las otras gabarras fondeadas en la dársena descorcharon una barrica de vino blanco de pino para brindar por la hazaña de La Noria, que había cruzado el paso más peligroso del río en plena niebla sin una sola vía de agua en el casco. Desde la cubierta, Lucía saludó con el gorro de lana en la mano antes de bajar a la cabina con Simón. La noche caía tibia y limpia sobre los sauces de la ribera, y el rumor del agua contra el muelle parecía un canto de cuna que invitaba a descansar tras las fatigas de la navegación.
Antes de apagar el farol de latón de la cabina, Simón tomó un frasco de tinta de nuez y caligrafió en la primera página de guarda del atlas los nombres de los diez tripulantes y amigos que habían hecho posible la travesía: los panaderos de Molino Claro, los campaneros de Altasierra, los boticarios de Puente Viejo y los patrones de Puerto Sauces. Lucía apoyó la barbilla en su hombro mientras la tinta secaba, sintiendo que por primera vez en veinte inviernos el derrotero de su abuelo había encontrado su verdadero destino.
Afuera, el Oreb seguía bajando crecido y pardo hacia el sur. En el atlas quedaban once páginas en blanco.
Fin del Episodio 4 · de 4
El fondeadero de las estrellas de río
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