La capitana y el encuadernador·Episodio 02

La corriente bajo los sauces

~4 min · 816 palabras

A las dos de la madrugada de la tercera noche, el último remache de latón cedió con un suspiro metálico bajo la presión del punzón de hueso. La tapa de cuero azul se abrió despacio sobre la mesa y soltó una bocanada de aire viejo que olía a tinta ferrogálica, alcanfor y brea de pino. Simón apartó las guardas de papel marmoleado con la punta de la plegadera, sin tocarlas con los dedos. Ante sus ojos se desplegó una lámina de vitela de dos varas de ancho, iluminada a mano con aguadas de nogalina y bermellón.

—Es el mapa del curso bajo del río —susurró Simón, inclinándose sobre el dibujo a la luz dorada de la lámpara—. Tu abuelo no solo trazó la corriente principal con sus bajíos; anotó con números diminutos las profundidades exactas en brazas, los fondos de grava limpia donde fondear y unos canales laterales que hoy ningún patrón del puerto conoce.

Lucía, que llevaba horas sentada en el taburete de anea tallando con una navaja curva una nueva clavija de madera para la caña del timón, se levantó de un salto y apoyó los codos sobre el borde de la mesa. Sus rizos castaños rozaron la mejilla de Simón, pero ninguno de los dos hizo ademán de apartarse ni un milímetro.

—Mira con atención aquí —dijo ella con la voz encendida de emoción, señalando con la punta de acero un meandro estrecho y serpenteante oculto tras un denso bosque de sauces—. Mi abuelo llamaba a esto el Paso de las Nutrias en sus cartas familiares. Si este canal sigue abierto y navegable, podemos esquivar los temibles bajos de piedra pómez donde encallan cada año las pesadas gabarras del concejo municipal.

◇

—El papel dice que el canal tiene doce pies de calado en aguas medias —observó Simón, siguiendo la línea punteada de tinta carmesí con la yema del dedo—. Pero este derrotero tiene veinticinco inviernos de antigüedad, Lucía. El fango de las avenidas puede haber cegado la boca del paso con troncos caídos.

—Solo hay una forma honesta de saberlo en este río, encuadernador. Sube a bordo de La Noria. Trae tu estuche de trabajo, tus frascos de tinta resistente al agua y esa lámpara tuya de latón que no se apaga ni con los vendavales del norte.

Media hora más tarde, la gran gabarra de roble soltaba amarras en el muelle desierto de Puerto Sauces. La niebla de otoño envolvía el agua como una manta de lana blanca y no dejaba ver a más de diez brazas. Lucía empuñaba la caña del timón de fresno con la soltura de quien siente cada cuaderna en la planta de los pies. Simón permanecía junto al estay del trinquete, sosteniendo el mapa abierto sobre una tabla engrasada para proteger la vitela del rocío.

—El río Oreb no perdona a los soberbios, pero siempre le da un remanso al que sabe esperar con la caña lista —dijo Lucía, virando dos cuartas a estribor mientras la proa afilada de la gabarra cortaba la corriente con un rumor continuo de seda rasgada.

—Ahí delante, a la orilla izquierda —advirtió Simón, levantando la linterna para rasgar la bruma—. Dos sauces gigantes con las ramas entrelazadas sobre el agua formando una bóveda. Es exactamente la marca del pliego número tres del atlas.

Lucía cobró la escota de la vela cangreja con una sola mano. La barcaza se deslizó bajo la bóveda de los sauces y entró en un canal de agua quieta y honda que el río escondía entre la niebla. El silencio era total, roto solo por el goteo de las hojas sobre la cubierta.

Simón se giró hacia Lucía en la toldilla. La vio sonreír bajo el ala del gorro verde, con una audacia tranquila que le aceleró el pulso más que cualquier códice de la cancillería.

—Tu abuelo era un maestro de los ríos, Lucía. No mintió en una sola línea.

A medida que la gabarra se adentraba en el laberinto de meandros de la ribera baja, una bandada de garzas alzó el vuelo desde las espadañas y rasgó la niebla de la mañana. Simón ajustó el compás sobre la carta, midiendo la distancia hasta el siguiente vado con la paciencia de su oficio. Lucía lo miraba desde la caña, sabiendo que en aquel tramo del Oreb una pulgada de error significaba partir la quilla contra un banco de grava, y al cabo le pidió que midiera el tramo siguiente: quería saber cuántas horas les quedaban hasta el Meandro del Lobo.

Simón pasó el pliego. Damián Ribes había anotado cada braza, cada vado y cada banco de grava del río con letra diminuta y paciente. Pero donde tenía que empezar el Meandro del Lobo, la tinta se cortaba en seco contra una mancha vieja de humedad. El atlas lo sabía todo del Oreb, salvo el único paso que se había tragado a su autor.

Fin del Episodio 2 · de 4

La corriente bajo los sauces

Siguiente Episodio 3~4 minLa cera de abeja y el meandro ciego“Un mapa no sirve para no perderse; sirve para saber qué rumbo tomar cuando la bruma te borra los ojos.”Seguir leyendo
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