El hilo de cobre en el telar
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El olor penetrante a cola caliente de huesos de carnero, alcanfor y cera virgen de abejas llenaba por completo el taller de encuadernación de Puerto Sauces. A través del gran ventanal acristalado que daba a la dársena lacustre, Simón Alós contemplaba las pesadas gabarras de carga cabeceando suavemente sobre el agua plomiza y quieta del fondeadero. El otoño avanzado teñía las copas de los sauces llorones de un amarillo encendido y oxidado, y los juncos de la orilla baja crujían bajo las primeras rachas del viento húmedo que bajaba del norte.
Sobre el telar de encuadernar de madera de peral torneada, Simón tensaba una hebra finísima de cobre recocido, dócil como un hilo de seda pero resistente al moho y a las aguas traicioneras de las bodegas fluviales. Con una lezna de acero templado perforaba los cuadernillos de papel de trapo y entrelazaba las hojas con la cadencia callada que había aprendido de su padre y de su abuelo en ese mismo banco de trabajo.
—Coser un pliego viejo no es reparar papel; es convencer a la memoria ajena de que todavía tiene un lugar donde descansar —dijo Simón en voz baja para sí, rematando el nudo ciego con el pulgar enguantado en cuero fino.
Un golpe rotundo y seco en la puerta de tablas alquitranadas hizo vibrar los compases de bronce, las leznas y las plegaderas de hueso que colgaban ordenadas en el panel de nogal de la pared. Antes de que pudiera dejar la aguja curva sobre el trapo de fieltro, la hoja de la puerta se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga húmeda y fría con sabor a limo de ribera, brea de pino y humo denso de carbón vegetal.
En el umbral estaba Lucía Ribes, patrona y dueña de la gabarra fluvial La Noria. Llevaba un capote impermeable de marinero empapado de rocío matinal, pantalones de pana oscura metidos en altas botas de cuero engrasado y un gorro de lana verde calado hasta las cejas que no lograba sujetar sus rizos castaños indomables. Bajo el brazo izquierdo protegía con celo un volumen voluminoso y pesado, envuelto en una doble capa de lona encerada de vela.
—Dicen en la cantina de los gabarreros que eres el único artesano de todo el valle que sabe abrir un lomo cosido sin rasgar las marcas de agua de los pliegos interiores, Simón —dijo ella, cerrando la puerta con un golpe de talón y avanzando hacia la mesa de trabajo con paso elástico y resuelto.
—Depende de quién haya cerrado el lomo y con qué intención, capitana —respondió él con calma, observando cómo ella retiraba la lona húmeda con manos rápidas—. Si lo cosió un chapuzas de puerto con hilo de cáñamo basto o alambre de hierro común, el papel se parte en pedazos como galleta seca al menor esfuerzo de la plegadera.
Lucía depositó el libro sobre el paño de fieltro verde del mostrador con un chasquido sordo. Era un atlas colosal de gran formato, encuadernado en piel de cabra teñida de añil, protegido en las esquinas por cuatro cantoneras de latón macizo y cerrado en los cantos por dos remaches ciegos que impedían abrir las tapas sin destruir el lomo. En el centro del cuero, grabado a fuego con letras doradas ya gastadas, se leía: Derrotero Mayor del Valle de Oreb, y debajo, más pequeño: D. Ribes, patrón.
—Perteneció a mi abuelo, el viejo capitán Damián Ribes —explicó Lucía, y por un instante la dureza orgullosa de su voz se quebró en una sombra de respeto doloroso y hondo—. Desapareció hace veinte inviernos en el Meandro del Lobo. Antes de zarpar en su última travesía, selló este cuaderno con remaches de forja para que los alguaciles del virreinato no confiscaran sus cartas secretas de navegación fluvial. Ahora las gabarras de la cofradía no pueden bajar el grano de la cosecha porque las grandes crecidas han cambiado el curso de las barras de arena y nadie se atreve a meter quilla en el canal.
Simón acercó su lámpara de latón y rozó con la yema del índice el metal frío de los remaches. Estaban templados con una aleación que guardaba una elasticidad milagrosa.
—Abrir este volumen sin mutilar las cartas llevará tres noches enteras de trabajo con ácido suave y punzones de hueso, Lucía. Si fuerzo los goznes, los pliegos interiores se desharán como ceniza mojada en nuestras manos.
—Entonces tienes exactamente tres noches, encuadernador —dijo ella, cruzándose de brazos y mirándolo fijamente con unos ojos verdes que parecían conocer cada remolino traicionero del río—. Porque dentro de cuatro días la luna nueva desatará la primera riada de otoño, y o bajo ese grano a Puente Viejo, o la mitad de los hornos del valle se quedarán sin harina antes del solsticio.
Ya con la mano en el picaporte, se volvió.
—Y con las barras de arena cambiadas, solo queda un canal por donde bajar a Puente Viejo —añadió, más bajo—. Pasa por el Meandro del Lobo. El mismo donde se lo tragó el río a él.
Fin del Episodio 1 · de 4
El hilo de cobre en el telar
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